Podrían haber llamado al día de San Valentín el día Anti-Duff. Vamos, ¿qué otro día podría herir más la autoestima de una chica? No es que a mí me importara. Yo odiaba San Valentín incluso antes de ser consciente de mi estatus de Duff. Sinceramente, ni siquiera entendía por qué era festivo. En realidad, no era más que una excusa para que las chicas lloriquearan por no tener novio y los chicos las engatusaran para enrollarse con alguien. Lo consideraba algo materialista, complaciente y, con todo ese chocolate que me comía, pésimo para la salud.

—¡Es mi día favorito del año! —exclamó Lita una mañana mientras bajaba por el pasillo dando saltitos de camino a clase de Francés. Era la primera vez que la veía realmente animada desde que Mamoru se marchó dos días antes—. ¡Todo es de color rosa y rojo! ¡Y hay flores y bombones! ¿A que es divertido, Usagi?

—Claro.

Había pasado casi una semana desde el partido de baloncesto y ninguna de las dos había mencionado a la chica de primero desde que salimos del gimnasio aquella noche. Me pregunté si Lita ya se habría olvidado del asunto.

Qué suerte tenía, porque yo no. No podía. Esa chica y lo que teníamos en común (nuestra identidad compartida como Duff) habían estado merodeando en el fondo de mi mente desde entonces. Pero, desde luego, no iba a hablar de ello. Ni con Lita ni con nadie.

—Ay, ojalá Zoycite me hubiera pedido una cita. Eso habría sido perfecto, pero no siempre se consigue lo que se quiere, ¿verdad?

—No.

—¿Sabes qué? Creo que este es el primer año que ninguna de las tres tiene novio —continuó Lita—. El año pasado, yo estaba saliendo con Andrew y, el anterior, Mina estaba con Kaito. Pero supongo que este año podemos pasar el día juntas. Sería muy divertido. Es nuestro último día de San Valentín juntas antes de la universidad, y últimamente no nos hemos visto mucho. ¿Qué te parece? Podemos quedar en mi casa para celebrarlo.

—Me parece bien.

Lita me rodeó los hombros con un brazo.

—¡Feliz día de San Valentín, Usagi!

—Igualmente.

Sonreí, a pesar de todo. No pude evitarlo. Lita tenía una de esas sonrisas contagiosas que hacían que costara muchísimo ser pesimista cuando ella desbordaba tanta alegría.

Llegamos a la puerta del aula y nos encontramos a la profe esperándonos dentro.

—Usagi —me dijo cuando entré—. Acabo de recibir un correo electrónico de una de las secretarias de la recepción. Necesita que algunos alumnos ayuden a repartir las flores que ha enviado la gente. Tú llevas todos los ejercicios al día, así que ¿te importaría hacerme este favor?

—Esto... vale.

—¡Oh, qué divertido! —JLitame apartó el brazo de los hombros—. Vas a entregar flores. Es casi como si hicieras de Cupido.

Sí. Qué divertido. ¡Puaj!

—Hasta luego —le dije a Lita mientras daba media vuelta y salía de la clase.

Me abrí paso entre la multitud de alumnos, luchando contra la corriente para llegar a la recepción. Parecía haber parejas por todas partes demostrándose cuánto se querían (agarrándose de la mano, haciéndose ojitos, intercambiando regalos o dándose el lote) para que todo el instituto lo viera.

—¡Qué asco! —dije entre dientes.

Estaba a medio camino de la recepción cuando una mano fuerte me agarró del codo.

—Hola, Duffy.

—¿Qué quieres?

Seiya estaba sonriéndome cuando me volví hacia él.

—Solo quería avisarte de que si planeas pasar esta noche por mi casa puede que esté un poco ocupado. Como es el día del amor, tengo una agenda muy apretada.

Había sonado como si fuera un gigoló profesional.

—Pero si estás desesperada por verme, creo que estaré libre a eso de las once.

—Creo que puedo sobrevivir una noche sin ti, Seiya. De hecho, puedo sobrevivir una eternidad.

—Claro que sí. —Me soltó el brazo y me guiñó un ojo—. Te veo esta noche, Duffy.

Y entonces se fue, arrastrado por la oleada de alumnos a punto de llegar tarde a clase.

—Imbecil —gruñí—. Dios, cómo lo odio.

Llegué a la recepción unos minutos después, y la secretaria (que parecía un manojo de nervios) me sonrió con alivio.

—¿Te envía la señora Black? Ven por aquí. La mesa está aquí. —Me guió por la habitación y señaló una mesa cuadrada plegable con una superficie verde vómito—. Ahí está. ¡Que te diviertas!

—Lo dudo mucho.

La mesa estaba cubierta (y quiero decir cubierta del todo) de ramos, floreros, cajas con forma de corazón y tarjetas de felicitación. Cincuenta paquetes de color rojo y rosado, como mínimo, esperaban que los repartieran, y yo tendría el privilegio de ser la portadora de tanta felicidad.

Estaba decidiendo por dónde empezar cuando oí unos pasos a mi espalda. Supuse que era la secretaria y le pregunté sin darme la vuelta:

—¿Tiene una lista de las clases en las que están estos alumnos para saber adónde llevar los regalos?

—Sí, aquí está.

No era la secretaria.

Me volví enseguida, asombrada por la voz que me había respondido. Conocía aquella voz perfectamente, a pesar de que nunca, ni una sola vez, me había hablado a mí directamente.

Kelvin Taylor sonrió.

—Hola.

—Oh. Pensaba que eras otra persona.

—No pretendía asustarte. Así que a ti también te han encasquetado esto, ¿eh?

—Pues sí.

Me alivió descubrir que mis cuerdas vocales no se habían quedado paralizadas.

Como siempre, Kelvin llevaba un blazer rayado (demasiado formal para ir al instituto) y el pelo castaño claro le caía alrededor de la cara con ese anticuado corte a la taza. Era adorable, único e inteligente: la personificación de todo lo que yo buscaba en un chico. Si creyera en esas estupideces, habría pensado que era cosa del destino que trabajáramos juntos el día de San Valentín.

—Aquí están las listas de las clases —dijo pasándome una carpeta verde—. Deberíamos empezar. Esto podría llevarnos un buen rato. —Recorrió la montaña de regalos con la mirada desde detrás de sus gafas ovaladas—. Creo que nunca había visto tanto rosa junto.

—Yo sí. En el cuarto de mi mejor amiga.

Kelvin soltó una risita y cogió un ramo de rosas blancas y rosadas. Miró la tarjeta y sugirió:

—La forma más rápida de hacer esto podría ser separar los regalos en montones según la clase en la que esté cada alumno. Así el reparto será mucho más eficiente.

—Vale. Organizar por clase. Entendido.

Era plenamente consciente de lo idiota que sonaba con mis poco elocuentes respuestas, pero no podía evitarlo. A fin de cuentas, que me funcionara la voz no significaba necesariamente que pudiera usarla bien en su presencia. Me gustaba Kelvin desde hace tres años y decir que me ponía nerviosa sería quedarse cortísimo.

Por suerte para mí, Kelvinno pareció darse cuenta. Mientras dividíamos los diferentes regalos en grupos, incluso entabló una amable charla. Me fui relajando poco a poco y me encontré casi cómoda hablando con él. ¡Un milagro de San Valentín! Bueno, «milagro» es una palabra demasiado fuerte: un milagro habría sido que me cogiera en brazos y me plantara un beso allí mismo. Así que tal vez eso fuera más bien un «obsequio» de San Valentín. De cualquier manera, mi torpe e idiota forma de hablar empezó a desaparecer. Gracias a Dios.

—Vaya, hay un montón de cosas para Michiru Kaio —comentó Kelvin mientras colocaba una caja de bombones sobre una pila cada vez más grande—. ¿Es que tiene seis novios o qué?

—Yo solo sé de tres —contesté—, pero no me lo cuenta todo.

Kelvin negó con la cabeza.

—¡Caray! —Cogió una tarjeta y comprobó el nombre—. Bueno, ¿y qué hay de ti? ¿Tienes algún plan para San Valentín?

—No, nada.

Kelvin dejó la tarjeta en uno de los montones.

—¿Ni siquiera una cita con tu novio?

—Para eso sería necesario que tuviera novio. Y no tengo. —Como no quería que empezara a compadecerme, agregué—: Pero, aunque tuviera novio, no haría nada especial. San Valentín es una festividad estúpida y patética.

—¿De verdad piensas eso?

—Por supuesto. Por favor, es un foco de enfermedades venéreas. Apuesto a que hay más personas que contraen la sífilis en San Valentín que en cualquier otro día del año. Menudo motivo de celebración.

Nos reímos juntos y, durante un minuto, me pareció algo natural.

—¿Y tú? ¿Tienes planes con tu novia?

—Bueno, íbamos a hacer algo —contestó con un suspiro—, pero rompimos el sábado, así que esos planes se han ido al caño.

—Vaya, lo siento.

Pero no era verdad. Por dentro, estaba entusiasmada y rebosante de alegría. Dios, era una auténtica zorra.

—Sí, yo también. —Se produjo una pequeña pausa algo incómoda, y luego Kelvin añadió—: Creo que ya lo tenemos todo ordenado. ¿Estás lista para empezar a repartir?

—Lista, sí, pero no muy dispuesta. —Señalé un enorme jarrón de flores surtidas—. Mira esto. Seguro que alguna chica se lo ha enviado a sí misma para quedar bien delante de sus amigas. Qué triste, ¿no?

—¿Quieres decir que tú no lo harías? —me preguntó Kelvin mientras en su rostro aniñado se dibujaba una sonrisita de incredulidad.

—Nunca —negué rotundamente—. ¿Por qué va a importarme lo que los otros piensen de mí? ¿Y qué si no me regalan nada por San Valentín? Solo es vanidad. ¿A quién necesito impresionar?

—No lo sé. A mí me parece que el día de San Valentín va más bien de sentirse especial. —Sacó una flor del enorme florero—. Creo que todas las chicas merecen sentirse especiales de vez en cuando. Incluso tú, Usagi.

A continuación, estiró la mano y me colocó el tallo de la flor detrás de la oreja.

Intenté convencerme de que eso era completamente cursi y ridículo. De que si cualquier otro tío (Seiya, por ejemplo) me hubiera soltado algo como eso, era probable que le hubiera dado un bofetón o me hubiera reído en su cara. En cambio, sentí que me ponía colorada cuando me rozó la mejilla con los dedos al bajar la mano. A fin de cuentas, ese no era cualquier tío. Era Kelvin. El perfecto, asombroso y adorable Kelvin Taylor.

Puede que, después de todo, el día de San Valentín no fuera tan Anti-Duff.

—Vamos —propuso—. Coge ese montón y empecemos a repartir.

—Eh... vamos.

Podríamos haber acabado antes de que terminara la primera hora, pero la secretaria siguió trayendo más y más paquetes hasta la mesita color vómito. A Kelvin y a mí nos quedó muy claro que íbamos a estar trabajando, por lo menos, hasta la hora de comer.

Y a mí no me importaba pasar la mañana con Kelvin Taylor.

—No quiero arruinar la diversión —dijo cuando regresábamos a la mesa solo cinco minutos antes del timbre del almuerzo—. Pero creo que puede que hayamos terminado.

Llegamos a la mesa vacía y nos miramos sonriendo, aunque yo lo hice sin muchas ganas.

—Ya está —anuncié—. Esos eran los últimos.

—Sí. —Kelvin se apoyó en la mesa—. ¿Sabes una cosa? Me alegro de que te obligaran a ayudar. Me habría aburrido como una ostra si hubiera tenido que hacer esto yo solo. Ha sido divertido hablar contigo.

—Yo también me he divertido —contesté intentando no sonar demasiado entusiasmada.

—Oye, no deberías sentarte en el fondo del aula en clase de Política. ¿Por qué no te sientas en uno de los pupitres detrás de mí? No tienes por qué estar allí atrás sola. Creo que deberías unirte a nosotros, a los tarados de las primeras filas.

—Puede que lo haga.

Y, evidentemente, sabía que lo haría. ¿Cómo podía rechazar semejante ofrecimiento de Kelvin Taylor?

—¿Usagi Tuskino? —La secretaria dobló la esquina y se acercó a nosotros. En esta ocasión, no llevaba flores ni cajas de bombones en las manos—. Usagi, han venido a recogerte.

—Ah. Esto... voy.

Qué raro. Tenía coche, no había ningún motivo para que vinieran a buscarme.

—Hasta luego, Usagi —dijo Kelvin mientras yo seguía a la secretaria hacia la recepción—. Feliz día de San Valentín.

Me despedí con la mano justo antes de doblar la esquina, intentando recordar si ese día tenía una cita con el médico o algo por el estilo. ¿Por qué habían ido a recogerme al instituto? Sin embargo, antes de que mi mente pudiera inventar alguna tragedia familiar, la respuesta me cayó como un jarro de agua fría, y me detuve en seco.

Oh, Dios mío.

Junto al mostrador de recepción había una mujer que parecía sacada de algún plató de Hollywood. El pelo obscuro, brillante, le caía alrededor de los hombros formando ondas suaves y perfectas. Llevaba un vestido verde azulado hasta las rodillas (sin medias, por supuesto) y unos tacones altísimos. Unas gafas de sol oscuras le cubrían los ojos; unos ojos que yo sabía que eran azules. Se sacó las gafas de sol mientras se volvía hacia mí.

—Hola, Usagi —dijo la hermosa mujer.

—Hola, mamá.