Y así pasaba los días entre pociones y más pociones, experimentando y creando, y de vez en cuando llevando paquetes hasta el hospital, como aquel día lluvioso de abril de 1980.

La verdad es que odiaba ese lugar, tan deprimente, lleno de enfermos y gente desquiciada. Y esos sanadores tan felices y orgullosos de salvar vidas cuando había más de una que no debería ser salvada. Esos sanadores que le recibían con tanta simpatía, ¿por qué lo hacían? No era una persona amigable, ni agradable y no se merecía ese trato, ni lo quería. Prefería que lo trataran con temor o respeto al mismo tiempo que indiferencia, como hacían todos, como ya estaba acostumbrado a ser tratado por sus compañeros mortífagos. Odiaba a la gente tan sociable que se pasaba el rato sonriendo. ¿Acaso la vida era divertida? ¿O alegre? La vida no era más que golpes y desgracias, una tras otra, y cuando empezaba a ir bien y podía llegar a alcanzar la felicidad, ésta se volvía a esconder. Si, desde hacía mucho tiempo había perdido la ilusión, la esperanza, el sentido del humor…no servía para nada, porque cuando sonriera siempre llegaría alguien que le quitara esa sonrisa de su estúpida cara. La única sonrisa que podía llegar a mostrar era perversa. Tan perversa como se había ido convirtiendo su vida poco a poco. No, no merecía tanta simpatía. Esos pobres ignorantes regalándole sonrisas cuando él mismo se encargaba de quitarlas a otra gente. Cada vez le gustaba más usar el imperius contra esos magos traidores de la sangre para humillarlos, entre otros maleficios oscuros de su propia cosecha. Porque si había algo que a Severus se le diera bien, a parte de las pociones, eran las artes oscuras.

Desde muy niño había leído innumerables libros de magia de todo tipo y ya en sus primeros años en Hogwarts destacaba por sus conocimientos de la magia negra, aunque nunca había entrado en sus planes usarla. Pero como siempre, el cruel destino quiso que así fuera y poco a poco su gusto por estas artes creció, se volvió más codicioso y terminó queriendo ir más allá y su odio y rencor hacia el mundo, hacia la vida, le empujaron a esa espiral de torturas y muertes en las que había acabado envuelto. Aún no había matado a nadie, como muchos de sus compañeros, que no solo asesinaban con Kedavra, sino que disfrutaban torturando a sus víctimas por largo tiempo hasta que exhalaban su último suspiro e incluso violaban a las mujeres antes de matarlas…o después. No, él no era capaz de hacer semejantes atrocidades, pero aún así no dejaba de hacer cosas retorcidas y cuestionables. Aunque realmente le daba igual, pues aunque se echara a perder, aunque se convirtiera en un monstruo, no le iba a importar a nadie, nadie iba a ir a salvarlo, nadie iba a ayudarle a salir de ese pozo cada vez más profundo, nadie se iba a preocupar por él, absolutamente nadie.

Y así, cada día estaba más amargado, pues a pesar de ser seres horribles, los mortífagos también eran amados. Algunos solo tenían éxito por simple lujuria, como Bellatrix Lestrange, que a pesar de estar casada zorreaba con todo el que podía y los hombres caían en sus redes de gata en celo como las gotas de lluvia caían sobre la ventana aquella mañana -incluso había intentado seducirle a él-. Otros buscaban ese placer en burdeles, pues si, en el mundo mágico también existían los protíbulos. Pero algunos eran amados, como Malfoy, que a pesar de no mostrar demasiado amor por su esposa, ésta no ocultaba amarlo con locura, y pronto formarían una familia, pues ella estaba embarazada.

Una familia. No era algo que Severus esperara tener. No se veía cuidando de una criatura, esos mocosos no daban más que problemas y además no sería un buen padre, pues nunca había tenido un buen ejemplo. Su padre se pasaba más tiempo en los bares que en su casa y cuando estaba en ella apenas se movía del sillón. Apenas ganaba dinero en su mísero y cochambroso trabajo muggle y la mayor parte de ese dinero se lo gastaba en alcohol y en prostitutas. Nunca había atendido a su esposa y mucho menos a su hijo, aunque mejor así pues Tobías pagaba su frustración con ellos a base de gritos y manotazos. Por eso Hogwarts, a pesar de todo, siempre había sido un hogar para él, pues allí no tenía que soportar los gritos de su padre y los llantos de su madre. En Hogwarts no era un fracasado bueno para nada pues sus notas eran excelentes y sus habilidades reconocidas, aunque solo fuera por unos pocos. Pero no quería pensar en eso, Hogwarts había sido un buen hogar pero sólo le traía recuerdos doloros que con esfuerzo había conseguido encerrar en lo hondo de su corazón.

Pero una vez más el cruel destino quiso azotar al pobre Severus, y a pesar de querer encerrar esos recuerdos y esos sentimientos que tanto luchaba por eliminar y ocultar, aquel día volvieron a salir a la luz, pues mientras esperaba a que el trabajador de San Mungo arreglara el papeleo del pedido, vio a aquella joven pelirroja con tu tripa inflada. Lily. Brillante como el sol, con su dulce sonrisa y sus delicadas manos acariciando el vientre donde su hijo esperaba a nacer. Y entonces la desesperación volvió a invadirle.