Debido a las enormes cantidades de amenazas de muerte he decidido volver a actualizar jaja las Adoro!
Me di cuenta de que estaba nerviosa por la forma en que dio un paso hacia mí. Temblaba y tenía los ojos muy abiertos, supuse que por miedo. Y tenía motivos para tener miedo. A diferencia de mi padre, yo sabía que había enviado los papeles del divorcio a propósito, y la odiaba por ello. Por no avisarnos a ninguno de los dos. Le lancé una mirada de advertencia y me aparté cuando se acercó. Eso debió de confirmar sus inquietudes, porque clavó la mirada en el suelo y se concentró en la punta de sus zapatos con tacón de aguja.
—Te he echado de menos, Usagi —dijo mi madre.
—Seguro que sí.
—¿Ha terminado de rellenar la autorización de salida, señora Tsukino? —preguntó la secretaria, que había regresado a su silla detrás del alto mostrador.
—Sí, ya está —respondió mamá. Su voz había recuperado su tono suave y natural—. ¿Podemos irnos?
—Ya son libres —bromeó la secretaria. Se ahuecó el pelo y añadió—: Solo quería que supiera que me compré su libro. Ha sido mi salvación. Lo leo una vez al mes.
Mamá sonrió.
—¡Vaya, gracias! Me alegra conocer a una de las diez personas que lo han leído.
La secretaria sonrió de oreja a oreja.
—Me ha cambiado la vida.
Puse los ojos en blanco. Todo el mundo adoraba a mi madre. Era graciosa, inteligente y guapísima. Se parecía mucho a modelo: todo lo opuesto a una Duff. Todos sus defectos quedaban ocultos tras esa cara bonita, y su sonrisa podía hacerle creer a la gente que era perfecta. La secretaria (que se rió como una tonta y nos dijo adiós con la mano mientras mamá me sacaba del instituto) también se había dejado engañar.
—¿Puede saberse adónde vamos? —No me molesté en disimular mi resentimiento. Se lo merecía.
—Pues... no lo sé —admitió mamá.
Sus tacones repiquetearon contra el pavimento liso mientras caminaba. El sonido se detuvo cuando llegamos a su coche, un Mustang rojo en el que parecía haber vivido unos días. Se notaba que había venido conduciendo desde el condado de Ok.
—¿A algún sitio con calefacción? —sugirió intentando sonar alegre—. Se me está helando el trasero.
—Si te pusieras ropa decente, puede que no tuvieras ese problema. —Abrí bruscamente la puerta del pasajero y aparté algunos trastos del asiento antes de sentarme—. Siento que esto no sea Okinawa. Aquí hace frío.
—Oh, Okinawa no es tan buena como la pintan —contestó mamá. Parecía tensa cuando subió al coche. Su risa animada reflejaba claramente nerviosismo, no alegría—. No es tan divertida como parece en las películas, ¿sabes?
—¿En serio? Qué raro. Porque parece que te gusta más que Tokyo. Aunque, claro, a ti te gusta estar en cualquier sitio menos aquí, ¿no?
La risa se apagó y el coche quedó en silencio. Mamá arrancó y salió del aparcamiento. Por fin, dejando de lado todo fingimiento, susurró:
—Tenemos que hablar de esto, Usagi. Creo que no entiendes por lo que estoy pasando ahora mismo.
—Sí, parece duro, mamá —le espeté—. Bonito bronceado, por cierto. Ya sé que el condado de Okinawa debe de haber sido un auténtico infierno. ¿Cómo te las has arreglado?
—¡Usagi Tsukino, no te permito que me hables así! —me gritó—. A pesar de lo que puedas pensar de mí en este momento, sigo siendo tu madre, y me merezco cierto respeto.
—¿En serio? —me burlé—. ¿El mismo respeto que tú le mostraste a papá al enviar los jodidos papeles del divorcio sin avisarle? ¡Ni a mí! Por el amor de Dios, mamá, ¿a ti qué diablos te pasa?
Más silencio.
Sabía que eso no nos llevaría a ninguna parte. Sabía que debería escucharla, tener en cuenta su versión de los hechos y compartir mis sentimientos de manera razonable. Había visto lo bastante El show del Dr. Phil para saber que necesitábamos transigir, pero no me apetecía. Egoísta, infantil, inmadura... Puede que todos esos términos describieran mi actitud, pero la cara de mi padre, las botellas de cerveza vacías que había recogido la semana pasada y los estúpidos papeles del divorcio seguían apareciendo una y otra vez en mi mente. ¿Escuchar? ¿Tener en cuenta? ¿Ser razonable? ¿Cómo podría plantearme siquiera esas opciones? Ella era tan infantil y egoísta como yo. La única diferencia era que ella lo disimulaba mejor.
Mamá dejó escapar un lento suspiro antes de detener el coche en el arcén. Apagó el motor sin decir una palabra y yo miré por la ventanilla hacia un campo vacío que se llenaría de altos tallos de maíz cuando por fin llegara el verano. El cielo gris de febrero lo decía todo. Frío. Lúgubre. Un día desperdiciado. Un esfuerzo desperdiciado. Pero no sería yo la que hablara primero. Dejaría que ella fuera la adulta, por una vez en su vida.
Transcurrieron los segundos y el único sonido dentro del coche era el de nuestra respiración. La de mamá era entrecortada y vacilante, como si estuviera a punto de hablar pero cambiara de idea antes de que la primera palabra escapara de sus labios. Esperé.
—Usagi —dijo al cabo de un rato. Habíamos permanecido en silencio por lo menos cinco minutos—. Lo... lo siento. Lo siento... tantísimo.
No dije nada.
—Yo no quería que esto acabara así. —Por la forma en la que se le quebró la voz me pregunté si estaría llorando, pero no giré la cabeza—. Hacía mucho tiempo que no era feliz y, después de que muriera la abuela, tu padre me sugirió que hiciera un viaje. Me pareció que podría ayudarme. Podría escapar por un tiempo, dar unas cuantas charlas en diferentes ciudades y luego regresar y todo mejoraría. Todo volvería a ser como cuando tu padre y yo nos casamos. Pero...
Sus dedos largos y delgados temblaron cuando me rodearon la mano. Me volví hacia ella de mala gana. No tenía lágrimas en las mejillas, pero pude ver un destello borroso en sus ojos. La presa no se había roto todavía.
—Pero me equivoqué —continuó—. Pensé que podría escapar de mis problemas, pero me equivoqué, Usagi. No importa adónde vayas ni lo que hagas para distraerte, la realidad acaba alcanzándote. Volvía a casa y, después de unos días, lo sentía otra vez, así que me marchaba de nuevo. Me quedaba un poco más de tiempo, aceptaba dar charlas en un par de lugares más, me alejaba un poco más... hasta que ya no pude seguir alejándome. La verdad me alcanzó al otro lado del país y... tuve que reconocerla.
—¿Qué verdad?
—Que ya no quiero estar con tu padre. —Bajó la mirada hasta nuestras manos, que seguían unidas—. Quiero mucho a tu padre, pero ya no estoy enamorada de él... no de la forma en que él lo está de mí. Es un tópico como una casa, pero es la verdad. No puedo seguir mintiendo y fingiendo que las cosas van bien entre nosotros. Lo siento.
—¿Así que quieres el divorcio?
—Sí.
Suspiré y volví a mirar por la ventanilla. Todo seguía gris y frío.
—Vas a tener que decírselo a papá. Él piensa que fue un error. No se cree que... pudieras hacernos algo así.
—¿Me odias?
—No.
En realidad, la respuesta no me sorprendió, aunque me salió de forma bastante automática. Quería odiarla, pero no por lo del divorcio. Con todo el tiempo que había estado fuera en los últimos años, la idea de vivir sola con mi padre no me resultaba nada nuevo ni terrible. Y, sinceramente, ya hacía tiempo que esperaba que se separasen. La verdad era que quería odiarla por papá. Por el dolor que sabía que estaba causándole. Por esa noche en la que había recaído.
Pero entonces me di cuenta. Ella no había provocado la recaída. Podía culparla todo lo que quisiera, pero eso no serviría de nada. Ella tenía que hacerse cargo de su propia vida, y papá debía hacer lo mismo. Al seguir casados y dejar que las cosas siguieran igual durante los últimos tres años, habían estado engañándose. Mi madre estaba enfrentándose a la realidad por fin y papá también iba a tener que hacerlo.
—No te odio, mamá.
Ya hacía horas que había oscurecido cuando mi madre me llevó al aparcamiento del instituto, donde había dejado mi coche. Habíamos pasado la tarde dando vueltas por Tokyo y hablando de todo lo que se había perdido. Igual que hacíamos cada vez que regresaba de una gira. Solo que en esta ocasión no volvería a casa. Al menos, no para quedarse.
—Creo que... voy a ir a ver a tu padre ahora —me dijo—. Tal vez deberías quedarte a dormir en casa de Mina, cielo. Es que no sé cómo va a tomárselo... Bueno, es mentira. Sí sé cómo va a tomárselo: mal.
Asentí con la cabeza con la esperanza de que se equivocara (aunque nuestras definiciones de «tomárselo mal» eran diferentes). No le había mencionado la recaída de papá, más que nada porque había pasado sin ningún drama importante. Ella temía encontrarse con lágrimas y gritos (la clase de cosas que cualquiera se esperaría en un enfrentamiento de ese tipo) y no quise que se preocupara también por su alcoholismo. Sobre todo porque al final no había sido para tanto.
—Dios —susurró—, me siento fatal. Voy a decirle a mi marido que quiero el divorcio el día de San Valentín. Soy una... una bruja. Tal vez debería esperar hasta mañana y...
—Tienes que decírselo, mamá. Si lo aplazas ahora, no lo harás nunca. —Me desabroché el cinturón—. Voy a llamar a Mina para ver si puedo quedarme con ella. Deberías irte ya... antes de que sea demasiado tarde.
—Vale. —Respiró hondo y dejó salir el aire despacio—. Vale, lo haré.
Abrí la puerta del Mustang y salí.
—Todo irá bien.
Mamá negó con la cabeza y jugueteó con las llaves que colgaban del contacto.
—Tú no tendrías que ser la adulta —murmuró—. Yo soy la madre. Debería ser yo la que te consolara y te dijera que todo va a salir bien. Esta relación es tan disfuncional...
—Lo funcional está sobrevalorado. —Le sonreí de manera tranquilizadora—. Ya hablaremos mañana. Buena suerte.
—Gracias —dijo con un suspiro—. Te quiero, Usagi.
—Y yo a ti.
—Adiós, cariño.
Cerré la puerta y me alejé del coche. Le dije adiós con la mano sin dejar de sonreír y vi cómo el pequeño Mustang rojo salía del aparcamiento y giraba hacia la carretera, donde dudó como si intentara decidir si seguir adelante o no. Pero mi madre siguió conduciendo, así que yo continué agitando la mano.
En cuanto las luces traseras desaparecieron, permití que la sonrisa se esfumara de mi cara. Sí, sabía que todo saldría bien. Sí, sabía que mamá estaba haciendo lo correcto. Sí, sabía que ese era un paso en la dirección correcta para mis padres. Pero también sabía que papá no lo vería así... al menos al principio. Había sonreído para tranquilizar a mi madre, pero incliné la cabeza apenada al pensar en mi padre.
Saqué las llaves del coche del bolsillo trasero y abrí la puerta. Después de lanzar mis cosas sobre el asiento del pasajero, entré y cerré la puerta, levantando un muro entre mi tembloroso cuerpo y el frío de aquella noche de febrero. Me quedé sentada en el silencioso coche varios minutos, intentando no pensar en mis padres ni preocuparme por ellos. Algo imposible, por supuesto.
Metí la mano en el bolso y me puse a rebuscar entre la maraña de envoltorios de chicle y bolis. Por fin, localicé mi móvil. Lo saqué e hice una pausa con el pulgar sobre el teclado.
No llamé a MIna.
Esperé tres tonos antes de que lo cogiera.
—Hola. Soy Usagi. Esto... ¿todavía estás ocupado?
—¿Me tomas el pelo?
Me quedé mirando boquiabierta el enorme televisor de pantalla plana mientras me ponía colorada. ¿Otra vez? ¿En serio? Seiya me había dado una paliza diez veces seguidas en la hora que llevaba allí. Casi había esperado encontrarme a una rubia de largas piernas saliendo a hurtadillas de su cuarto cuando subí las escaleras, pero la escena con la que me encontré era muy diferente: Seiya estaba jugando a SoulCalibur IV. Y, como soy masoquista, lo reté.
¡Dios mío, tenía que encontrar algo a lo que pudiera ganarlo!
Además, moler a palos a un personaje animado tenía algo que me hizo sentir mejor. Antes de darme cuenta, ya ni siquiera estaba preocupada por mis padres. Todo saldría bien. Tenía que ser así. Lo único que debía hacer era ser paciente y dejar que las cosas siguieran su curso. Y, mientras tanto, tenía que machacar a Seiya... o intentarlo, al menos.
—Todo se me da genial, ya te lo dije —bromeó mientras dejaba el mando de la PlayStation 3 en el suelo entre nosotros—. Y eso incluye los videojuegos.
Vi cómo el personaje que Seiya había estado manejando se movía por la pantalla haciendo una especie de extraña danza de la victoria.
—No es justo —mascullé—. Tu espada era más grande que la mía.
—Mi espada es más grande que la de todo el mundo.
Le lancé el mando a la cabeza; pero, por supuesto, se agachó y la esquivó. Mierda.
—Pervertido.
—Oh, vamos. —Se rió—. Me lo has puesto regalado, Duffy.
Lo miré con cara de pocos amigos un momento, pero pude sentir cómo se disipaba mi enfado. Al final, negué con la cabeza... y sonreí.
—Vale, tienes razón. Me lo he buscado yo solita. Pero los chicos que fanfarronean nunca tienen nada de lo que presumir, ¿sabes?
Seiya frunció el ceño.
—Los dos sabemos que eso no es verdad. Te lo he demostrado un montón de veces. —Sonrió con picardía y luego se apoyó contra mí, rozándome la oreja con los labios—. Pero puedo volver a demostrártelo si quieres... y sabes que quieres.
—No... no creo que sea necesario —logré decir.
Sus labios bajaron por mi cuello, provocándome un escalofrío que me recorrió la espalda.
—Ah —gruñó juguetón—. Pero yo sí.
Me reí cuando me empujó hacia el suelo y una de sus manos localizó el lugar exacto por encima de mi cadera izquierda donde tenía más cosquillas. Seiya había descubierto aquel punto un par de semanas antes y yo estaba furiosa conmigo misma por dejar que lo usara en mi contra. Ahora podía hacer que me retorciera y me riera de manera incontrolable cada vez que le viniera en gana, y se notaba que le encantaba. Imbécil.
Exploró con los dedos aquel punto sensible por encima de mi cadera mientras su boca se trasladaba desde mi clavícula a la oreja. Me reía tan fuerte que casi no podía respirar. Era injusto, tan injusto... Intenté apartarlo de una patadita, pero me atrapó la pierna entre las suyas y procedió a hacerme aún más cosquillas.
Justo cuando pensé que estaba a punto de desmayarme por falta de oxígeno, sentí que algo me vibraba en el bolsillo trasero.
—¡Para, para! —exclamé mientras le daba un empujón.
Seiya se apartó y yo me puse en pie, tambaleándome e intentando recobrar el aliento, mientras sacaba el móvil del bolsillo.
Supuse que sería mamá para contarme cómo habían ido las cosas con papá (y así aliviar cualquier rastro de preocupación que me quedara), pero se me hizo un nudo en el estómago cuando vi el nombre en la pantalla.
—Ay, mierda. Es Mina.
Le eché un vistazo a Seiya, que seguía tumbado en el suelo con las manos detrás de la cabeza. La camiseta se le había subido un poco y pude entrever los huesos de su cadera asomando por debajo de la tela verde.
—No digas nada. No puede saber que estoy aquí. —A continuación, abrí el teléfono y dije con toda la naturalidad que pude—: ¿Diga?
—Hola. —Parecía molesta, muy molesta—. ¿Qué rayos te ha ocurrido hoy? Lita ha dicho que íbamos a pasar el día de San Valentín las tres juntas, pero no has aparecido.
—Ya, lo siento. Es que me ha surgido algo.
—No paras de decir eso últimamente, Usagi. Siempre te surge algo o tienes planes o...
De pronto, sentí el aliento de Seiya en la nuca. Se había levantado del suelo y se había situado detrás de mí sin que me diera cuenta. Me rodeó la cintura con los brazos desde atrás y me desabrochó el botón de los vaqueros antes de que pudiera detenerlo.
—... y Lita se había hecho la ilusión de que haríamos algo divertido...
No podía concentrarme en nada de lo que Mina estaba diciendo mientras la mano de Seiya se deslizaba por debajo de la cinturilla de mis pantalones y sus dedos iban bajando cada vez más. No podía decir ni una palabra. No podía ordenarle que parase ni mostrar ninguna reacción. Si lo hacía, Mina sabría que no estaba sola. Pero, Dios mío, sentía que todo mi cuerpo estaba transformándose en una bola de fuego. Seiya sabía que estaba volviéndome loca y se reía contra mi cuello.
—... es que no entiendo qué pasa contigo.
Me mordí el labio para no jadear cuando los dedos de Seiya alcanzaron lugares que hicieron que me temblaran las rodillas. Pude notar la sonrisa de suficiencia en sus labios cuando se deslizaron hasta mi oreja. Imbécil. Estaba intentando torturarme y yo no podría soportarlo mucho más.
—Usagi, ¿estás ahí?
Seiya me mordió el lóbulo de la oreja y me bajó aún más los vaqueros con la mano libre mientras la otra seguía haciéndome estremecer.
—Mira, Mina, tengo que dejarte.
—¿Qué? Usa, no...
Cerré el teléfono de golpe y lo dejé caer al suelo. A continuación, le aparté los brazos a Seiya y me volví hacia él. Efectivamente, estaba sonriendo de oreja a oreja.
—Eres un hijo de...
—Oye —me interrumpió levantando las manos en señal de rendición—. Me has dicho que no dijera nada. No has dicho que no pudiera...
Me lancé a por el mando de la videoconsola que estaba tirado en el suelo y apreté el botón que reiniciaría la partida, decidida a darle una lección por meterse conmigo así. Ya había conseguido asestar unos cuantos golpes certeros antes de que Seiya lograra recuperar su mando y defenderse.
—Y tú me acusas a mí de hacer trampas —dijo mientras bloqueaba el puñetazo que le lanzó mi gladiadora.
—Bueno, te lo mereces —le espeté, apretando frenéticamente los botones de ataque.
Dio igual. Incluso con la ventaja inicial, me ganó. Mierda.
—Feliz día de San Valentín, Duffy. — Seiya se volvió para dedicarme una amplia sonrisa, con un brillo de triunfo y galanteria en los ojos.
«¿Por qué ha tenido que decir eso?», me pregunté mientras mis pensamientos regresaban a mis padres. ¿Mamá ya le habría dado la noticia a papá? ¿Estarían peleándose? ¿O llorando, quizás?
—Usagi.
Me di cuenta de que estaba mordiéndome el labio con demasiada fuerza al notar el sabor metálico de la sangre en la punta de la lengua. Parpadeé y vi que Seiya me observaba atentamente. Se quedó mirándome un buen rato; pero, en lugar de preguntarme qué pasaba o si estaba bien, simplemente cogió de nuevo el mando.
—Vamos —dijo—. Esta vez seré bueno contigo.
Me obligué a sonreír. Todo se arreglaría. Seguro que sí.
—No seas tonto —repuse—. Esta vez voy a darte una buena paliza. Simplemente he estado conteniéndome.
Seiya soltó una carcajada, pues sabía que no eran más que patrañas.
—Eso ya lo veremos.
Y empezamos otra partida.
