Papá no estaba mejor al día siguiente. Ni al otro.
Volvió al trabajo a finales de semana, pero estaba segura de que yo no era la única que se había dado cuenta de que todo el tiempo tenía resaca. Ahora había siempre botellas de cerveza o whisky por la casa, y mi padre se pasaba el día desmayado en el sofá o encerrado en su cuarto. Pero nunca me lo mencionaba. Como si no me diera cuenta. ¿Qué se suponía que debía hacer yo? ¿Ignorarlo? ¿Fingir que no era un problema?
Quería decirle algo. Quería pedirle que lo dejara. Hacerle ver que estaba cometiendo un tremendo error. Pero ¿cómo? ¿Cómo convence a su padre una chica de diecisiete años de que ella sabe qué es lo mejor? Si intentaba detenerlo, podría ponerse a la defensiva. Podría pensar que yo también lo había abandonado. Podría enfadarse conmigo.
Puesto que papá había dejado de beber antes de que yo naciera, en realidad yo no sabía mucho acerca de todo el proceso de estar sobrio. Solo sabía que antes tenía un padrino: un tipo alto y calvo de Kinmoku al que mamá siempre le enviaba tarjetas de Navidad cuando yo era niña. Papá ya no hablaba de él, y estaba segura de que, aunque lo intentara, no sería capaz de encontrar su número. Y, aunque lo encontrara, ¿qué le diría? ¿Cómo funcionaba todo eso de los padrinos?
Me sentía impotente, inútil y, sobre todo, avergonzada. Sabía que, ahora que mamá no estaba, me correspondía a mí hacer algo. Pero no tenía ni la más remota idea de qué.
Así que, en las semanas posteriores a que mi madre se trasladara a Fukushima me pasé la mayor parte del tiempo que estaba en casa evitando a mi padre. No lo había visto ebrio en mi vida, por lo que no sabía qué esperar. En lo único que podía basarme era en los fragmentos de conversaciones que había oído por casualidad de niña. Como que antes tenía mal carácter y siempre estaba furioso. No podía imaginarme así a mi padre, pero no quería tener que comprobarlo. Me quedaba en mi cuarto y él, en el suyo.
Seguía diciéndome a mí misma que aquello pasaría y, mientras tanto, me guardaría su pequeño secreto. Por suerte para mí, mamá era tan crédula que se lo tragaba cada vez que le decía por teléfono que todo iba bien, a pesar de mi escaso talento para la interpretación.
Sinceramente, pensé que ocultarle mis secretos a Mina sería lo más difícil. A fin de cuentas, siempre me calaba a la primera. Al principio intenté evitarla, ignorando sus llamadas e inventando excusas cuando me pedía que saliéramos. No llegué a llamarla para organizar la noche de chicas que había sugerido en el baño. Estaba segura de que me acribillaría a preguntas en cuanto estuviéramos solas, así que siempre intentaba usar a la pobre y despistada Lita de escudo. Sin embargo, en menos de una semana, tuve la extraña sensación de que Mina estaba alejándose de mí. Me llamaba cada vez menos. Dejó de preguntarme si quería ir al Crown los fines de semana. Hasta le cambió el sitio a Haruka a la hora de comer y se sentó al otro lado de la mesa (lo más lejos posible de mí). Un par de veces, incluso la cache lanzándome miradas asesinas.
Quería averiguar qué diablos le pasaba, pero tenía miedo de hacerle frente. Sabía que si hablábamos del tema no sería capaz de seguir mintiendo sobre mi padre. A ella no. Pero era su secreto, su vergüenza, y yo no tenía derecho a contarlo. No permitiría que nadie, ni siquiera Mina, se enterase.
Por todo eso, de momento tuve que dejar pasar el extrañísimo comportamiento de mi amiga.
Seiya fue lo único que me ayudó a superar esas semanas. A una parte de mí le horrorizaba lo que estaba haciendo, pero ¿qué quieren que diga? Necesitaba esa vía de escape (ese desestres) más que nunca, y siempre estaba a un corto paseo en coche. Una dosis tres o cuatro veces a la semana era lo único que necesitaba para mantenerme cuerda.
Por Dios, era como una maldita droga. Puede que ya hubiera perdido la cabeza hacía tiempo.
—¿Qué harías sin mí? —me preguntó una noche.
Estábamos enredados en las sábanas de seda de su enorme cama. El corazón todavía me retumbaba mientras se me pasaba el efecto de lo que acabábamos de hacer, y no me ayudaba tener sus labios tan cerca de mi oreja.
—Vivir una vida... feliz —murmuré—. Puede que hasta... fuera optimista... si no fuera por ti.
—Mentirosa. —Me mordió el lóbulo de la oreja con actitud juguetona—. Estarías hecha polvo. Admítelo, Duffy, soy el viento bajo tus alas.
Me mordí el labio, pero aun así no pude contener la risa (y justo cuando por fin estaba recuperando el aliento).
—Acabas de hacer alusión a una canción de Bette Midler... en la cama. Estoy comenzando a cuestionarme tu sexualidad, Seiya.
Me miró con un brillo de desafío en los ojos.
—¿Ah, sí? —Sonrió antes de volver a acercar la boca a mi oído y susurrarme—: Los dos sabemos que mi sexualidad nunca ha estado en duda... Me parece que solo quieres cambiar de tema porque sabes que es verdad. Soy la luz de tu vida.
—Qué... —Me esforcé por encontrar las palabras mientras Seiya apretaba la boca contra la parte donde se unían mi cuello y mi hombro. La punta de su lengua se desplazó hasta mi hombro y perdí el hilo de mis pensamientos. ¿Cómo se suponía que iba a discutir en esas condiciones?—. Qué más quisieras. Solo estoy utilizándote, ¿recuerdas?
Su risa sonó apagada contra mi piel.
—Qué gracia —comentó sin dejar de rozarme la clavícula con los labios—. Porque estoy casi seguro de que tu ex ya no está en el pueblo. —Una de sus manos se deslizó entre mis rodillas—. Y, sin embargo, aquí sigues.
Empezó a mover los dedos arriba y abajo por la parte interna de mi muslo, dificultándome pensar una respuesta. Eso pareció gustarle, porque volvió a reírse.
—No creo que me odies, Duffy. Creo que te gusto mucho.
Me retorcí de manera incontrolable mientras sus dedos me acariciaban el interior de la pierna. Quería negarlo desesperadamente, pero estaba provocándome escalofríos que me subían por la espalda. Por fin, cuando pensé que iba a explotar, me colocó la mano en la cadera y apartó la boca de mi hombro.
—Ay, gracias a Dios —susurré cuando cogió un condón del cajón de la mesita de noche, pues sabía lo que venía a continuación.
—Supongo que está bien que no me importe tenerte por aquí —dijo con esa sonrisilla arrogante—. Ahora, deja que responda a todas esas dudas que dices que tienes sobre mi sexualidad.
Y mi mente volvió a quedarse en blanco.
Pero no podía negar que las cosas estaban yéndoseme de las manos. Un viernes por la tarde en clase de Inglés, me quedó perfectamente claro que algo no iba bien.
La señora Haruna estaba repartiendo unos trabajos que había corregido mientras hablaba sin parar de un libro de Nora Roberts que acababa de terminar de leer (sin darse cuenta de que nadie estaba escuchándola), cuando se detuvo junto a mi pupitre. Me dedicó una amplia sonrisa tonta, como la de una orgullosa abuela.
—Tu trabajo era maravilloso —me susurró—. Qué perspectiva tan interesante sobre Hester. Seiya y tú formáis un excelente equipo.
Luego me entregó una carpeta color canela y me dio una palmadita en el hombro.
Abrí la carpeta mientras se alejaba, un poco confundida por lo que me había dicho. Reconocí al instante la redacción que había dentro. «Análisis de las ansias de evasión de Hester, por Usagi Tsukino y Seiya Kou.» En la esquina superior izquierda, la señora Haruna había garabateado nuestra nota con brillante tinta roja. Nueve con ocho: un sobresaliente.
No pude evitar sonreír de oreja a oreja al mirar el trabajo. ¿De verdad había pasado solo un mes y medio desde que habíamos escrito eso en el cuarto de Seiya? ¿Desde la primera vez que nos habíamos acostado juntos? Parecía que hubiesen transcurrido décadas. Milenios, incluso. Miré a Seiya, que se sentaba en el otro extremo de la clase, y se me borró la sonrisa.
Estaba hablando con Sonoko Yui. No, no solo hablando. Hablar únicamente implica la vibración de las cuerdas vocales y allí estaba pasando mucho más que eso. Seiya le había apoyado la mano en la rodilla, y ella estaba poniéndose colorada mientras él le dedicaba aquella sonrisa arrogante tan sexy.
¡No! Aquella sonrisa repulsiva. ¿Desde cuándo pensaba que semejante despliegue de arrogancia era sexy? ¿Y qué era esa extraña punzada que sentía en el estómago?
Aparté la mirada cuando Sonoko empezó a juguetear con el collar: una clara señal de coqueteo.
«Zorra.»
Negué con la cabeza, sorprendida y algo preocupada. ¿Qué me estaba pasando? Sonoko Yui no era una zorra. Vale, era una animadora nice (cocapitana del Escuadrón Barbie), pero Mina nunca había dicho nada malo de ella. Solo estaba hablando con un chico guapo. Todas habíamos hecho lo mismo. Además, Seiya no estaba fuera del mercado ni nada por el estilo. No tenía una relación con nadie. Como yo, por ejemplo...
«¡Ay, Dios!», pensé al caer en la cuenta de lo que debía de significar aquella punzada en la barriga. «Ay, Dios. Estoy celosa. ¡Estoy muriéndome de celos! ¡Mierda!»
Decidí que debía de estar enferma. Tenía fiebre, el síndrome premenstrual o algo estaba afectando gravemente a mi equilibrio mental, porque ni por asomo podía estar celosa de que un casanova como Seiya le tirase los jeans a otra. Después de todo, él era así. El mundo habría dejado de girar si Seiya no coqueteara con pobres chicas ingenuas. ¿Por qué habría de estar celosa? Eso era ridículo. Debía de estar enferma. Era la única explicación.
—¿Estás bien, Usagi? —me preguntó Lita. Se volvió en la silla para mirarme—. Pareces muy molesta. ¿Estás enfadada por algo?
—Estoy bien. —Pero pronuncié aquellas palabras con los dientes apretados.
—Bueno —respondió ella. Dios, era igual de crédula que mi madre—. Oye, Usagi, creo que deberías hablar con Mina. Está algo disgustada y me parece que deberíais tener una charla. Tal vez hoy, después de clase, ¿qué te parece?
—Sí... claro.
Pero no estaba escuchando. Estaba demasiado ocupada ideando maneras de mutilar la perfecta y delicada cara de Sonoko. Definitivamente, eso era un caso grave de síndrome premenstrual.
Salí disparada de aquella clase en cuanto sonó el timbre. Me explotaría la cabeza si tenía que volver a escuchar la risita tonta e infantil de Sonoko mientras coqueteaba con Seiya. ¿Y qué si estaba flaca como un alambre y tenía las tetas del tamaño de pelotas de baloncesto? Seguro que era más tonta que una piedra.
«Basta —me dije a mí misma—. Sonoko nunca me ha hecho nada. No tengo derecho a pensar eso de ella... incluso aunque sea boba.»
Tiré mis cosas dentro de la taquilla y corrí hacia la cafetería, deseando escapar del edificio del instituto. Estaba tan concentrada intentando no pensar en los celos inducidos por el síndrome premenstrual que no vi a Kelvin hasta que me detuve de golpe a quince centímetros de él.
—¿Tienes prisa? —me preguntó.
—Algo así —contesté con un suspiro—. Perdona por casi arrollarte.
—No pasa nada. —Jugueteó nervioso con las gafas—. Pero ¿te importaría aflojar el paso? Me gustaría hablar contigo.
No me sorprendió. Kelvin y yo habíamos trabado cierta amistad a lo largo de las últimas semanas. Más que nada, hablábamos en clase de Política; pero, oye, era una gran mejora. En realidad, ahora me sentía bastante cómoda con él. Aunque el corazón todavía se me aceleraba un poco cuando entraba en el aula, ya no me preocupaba quedarme sin habla.
—Claro —contesté. Al menos así pensaría en otra cosa durante unos minutos.
Kelvin sonrió y se puso a caminar conmigo.
—¿Puedes guardar un secreto? —me preguntó cuando llegamos a la cafetería, donde se habían congregado los alumnos esperando a que sonara el timbre que señalaría el final de las clases de aquel día.
—La mayor parte del tiempo. ¿Por?
—¿Recuerdas cuando falté a clase hace un par de semanas? ¿El día después de San Valentín?
—Ajá. Creo que fue el peor día en la vida del señor Tomoe. Pensé que iba a echarse a llorar cuando comprendió que no había nadie allí para hacerle la mayor parte del trabajo.
Kelvin se rió (aunque solo fue una pequeña carcajada) y continuó:
—Falté a clase... para hacer una entrevista. —Sacó un sobre grande del interior del blazer y susurró—: Solicité plaza en Harvard. Acabo de recibir la carta por correo esta mañana.
—¿Por qué es un secreto?
Se puso colorado de una forma monísima.
—No quiero acabar humillado si no me admiten —confesó.
—Te admitirán.
—No sé yo...
—Yo sí lo sé.
—Ojalá confiara tanto en mí como tú.
—Oh, vamos, Kelvin—le dije con seriedad—. Todos los grandes políticos (como senadores y presidentes) van a universidades estupendas. Tú vas a ser un gran político, así que tienen que admitirte. Además, eres uno de los chicos más listos del último curso. Eres el primero del curso, ¿no?
—Sí —asintió mientras miraba el sobre con el entrecejo fruncido—. Pero... pero es Harvard.
—Y tú eres Kelvin. —Me encogí de hombros—. Aunque no te admitieran, hay otro millón de universidades que matarían por tenerte. Pero eso no importa, porque sé que te han admitido. Hazte un favor y abre esa carta.
Kelvin se detuvo en medio de la cafetería y me sonrió.
—¿Lo ves? Por eso quería que fueras tú la que estuviera conmigo cuando la abriera. Sabía que serías...
Lo interrumpí.
—Aunque estoy convencida de que las palabras que ibas a decir iban a ser increíblemente dulces, estoy cien por cien segura de que estás dándole largas al asunto. Abre la carta, Kelvin. Incluso un rechazo es mejor que hacerte esto. Te sentirás mejor si la lees.
—Sí, lo sé. Es que...
—Ya.
Mientras Kelvin rasgaba el sobre, me di cuenta de lo raro que era todo eso. Había acudido a mí con ese tema tan personal en busca de apoyo, de ánimo. En enero, nunca me hubiera imaginado ordenándole a Kelvin Taylor que abriera su carta de admisión. En realidad, nunca me hubiera imaginado hablando con él, y punto.
Vaya, vaya, cómo habían cambiado las cosas. Para mejor, claro.
Kelvin sacó la carta del sobre roto con dedos temblorosos y empezó a leer. Vi cómo sus ojos recorrían la página y se abrían mucho. ¿Eso era una señal de alegría o de tristeza? ¿De asombro, tal vez? ¿Le sorprendía que lo hubieran admitido o que lo hubieran rechazado?
—¿Y bien?
—Me... me han aceptado. —Dejó caer el papel y este flotó con elegancia hasta el suelo—. ¡Usagi, he entrado!
Me agarró por los hombros, me acercó a él y me rodeó con los brazos. Esa era otra cosa que en enero nunca hubiera esperado que ocurriera.
—Ya te lo he dicho —contesté devolviéndole el abrazo.
Por encima de su hombro, divisé a Mina y Lita atravesando la cafetería. Estaban mirándome mientras se abrían paso entre la multitud de estudiantes y me vieron entre los brazos de Kelvin. Pero, por alguna razón, las expresiones de sus rostros no reflejaban la felicidad que yo sentía. Lita parecía algo triste, pero Mina... Bueno, ella parecía completamente furiosa. ¿Por qué? ¿Qué les pasaba?
Kelvin me dio un apretón antes de soltarme y arrodillarse para recoger la carta.
—No puedo creérmelo. Mis padres no van a creérselo.
Aparté la mirada de mis amigas mientras desaparecían detrás de un grupo de alumnos de primero y volví a concentrarme en el chico de sonrisa radiante que tenía delante.
—Si te conocen algo, no les costará creérselo —le aseguré—. Hace mucho tiempo que todos sabemos que estás destinado a grandes cosas. Por lo menos, yo lo sé desde hace años.
Kelvin parecía sorprendido.
—¿Años? Pero solo llevamos hablando unas semanas.
—Pero hemos compartido clases desde primero —le recordé—. No hacía falta que habláramos para darme cuenta de que eras asombroso. —Sonreí y le di una palmada en la espalda—. Y acabas de demostrar que tenía razón.
Sonó el timbre y me volví hacia las puertas que conducían al aparcamiento para alumnos.
—Hasta luego. Y ¡felicidades!
—Bueno. Gracias, Usagi.
Mientras me dirigía hacia las puertas dobles, me pregunté si habría hablado demasiado. ¿Había quedado casi como una acosadora? Dios, esperaba que no. Lo último que quería era asustar al pobre chico después de menos de un mes de auténtico contacto humano. Eso me convertiría en una perdedora.
Estaba a punto de abrir la puerta que llevaba al aparcamiento cuando un fuerte «¡ejem!» llamó mi atención. Me volví y vi a Mina apoyada contra la vitrina para trofeos casi vacía del instituto, con los brazos cruzados sobre el pecho. La manera en la que miraba con los ojos entrecerrados me irritó de inmediato.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
Mina frunció el ceño y dejó caer con fuerza los brazos a los costados.
—Nada —refunfuñó—. ¡Olvídalo!
—Mina, ¿de qué estás...?
—Ahora no, Usa —Dio media vuelta y empezó a alejarse de mí dando unos buenos pisotones—. Tengo entrenamiento de animadoras.
Me llevé las manos a las caderas de manera automática.
—Pero ¿a ti qué te pasa? —le espeté—. Estás comportándote como una auténtica imbécil.
Mina se detuvo y me miró por encima del hombro.
—¿Yo soy la imbécil? Tú me ignoras a mí, ¿y yo soy la imbécil? ¡Chingar, Usagi! —Negó con la cabeza—. Da igual. No pienso tener esta conversación ahora. No cuando se suponía que íbamos a tenerla hace diez minutos, como le dijiste a Lita. Pero supongo que estabas demasiado ocupada echándote encima de ese friki como para...
—Criticar a Kelvin es lo que haría una imbécil, Mina —le solté. ¿Cómo se atrevía? Ella sabía que me gustaba. ¡Sabía que el que me prestara la más mínima atención era una pasada! ¿Lo sabía, y aun así me lo echaba en cara?—. ¡Estás comportándote como una animadora estupida y esnob!
Le relampaguearon los ojos y, durante un segundo, dio la impresión de que iba a abalanzarse sobre mí. Pensé seriamente que iba a acabar envuelta en una pelea de gatas con mi mejor amiga justo delante de las puertas del aparcamiento.
Pero Mina se alejó sin decir una palabra, sin emitir ni un sonido siquiera. Simplemente se dirigió al gimnasio, dejándome enfadada y completamente confundida.
Ya me había peleado antes con Mina: tiene que pasar tarde o temprano cuando se mantiene una amistad tanto tiempo como nosotras. Pero esa discusión realmente me desconcertó, sobre todo porque no sabía de qué iba Mina. Crucé el aparcamiento hecha una furia mientras trataba de averiguar qué podría haberle hecho para merecerme semejante espectáculo. Era evidente que la había cagado de algún modo.
Y, naturalmente, las cosas se pusieron aún peor.
Mi coche no quería arrancar. Lo intenté una y otra vez, pero sin resultado. La batería estaba completamente muerta.
—¡Joder! —grité dándole un puñetazo al volante.
Lo que me faltaba. ¿El día no había sido lo bastante malo? ¿Mi vida no había sido lo bastante mala? Era como si nada me saliera bien nunca.
—¡Mierda! ¡Maldita sea! Arranca, pedazo de...
—¿Tienes problemas con el coche, Duffy?
Hice una pausa en mi diatriba para fulminar con la mirada a la molesta sombra. Abrí la puerta y le dije a Seiya:
—Esta mierda de coche no quiere arrancar.
Entonces vi a la chica que había a su lado. Flaca y con tetas grandes, pero no era Sonoko Yui. Aquella chica era más guapa. Tenía un rostro redondo y dulce, pelo negro que le llegaba hasta los hombros y grandes ojos zafiro. Era más bonita que yo, por supuesto. Probablemente se trataba de una alumna de primero que con solo echarle un vistazo a la sonrisa sexy de Seiya y su brillante cochazo había dejado que se la llevara al huerto. Aquella punzada de celos me abrumó de nuevo. Síndrome premenstrual, solo era eso.
—¿Quieres que te lleve? —se ofreció.
—No —respondí con rapidez—. Voy a llamar a...
Pero ¿a quién podía llamar? Mamá estaba Okinawa, papá estaba trabajando y Mina tenía entrenamiento con las animadoras. Aunque eso tampoco importaba. De todas formas, estaba molesta conmigo, y tanto a ella como a Lita las llevaban siempre en coche sus padres (o yo). ¿Quién iba a venir a recogerme?
—Vamos, Duffy —insistió Seiya sonriéndome—. Sabes que quieres venir conmigo. —Se inclinó para mirarme a los ojos—. ¿Qué es lo peor que podría pasar?
—No hace falta.
Ni por lo mejor del mundo iba a subirme en el mismo coche que Seiya y su última conquista. No, ni hablar.
—No seas ridícula. Puedes llamar a alguien después. No tiene sentido que te quedes en el aparcamiento hasta que anochezca. Solo tengo que dejar a Hotaru y luego puedo llevarte a casa.
«Hotaru —pensé—. Así se llama la muñequita.»
Entonces se me encendió la bombilla. ¡Ay, Dios mío! ¡Hotaru! ¡Hotaru era su hermana! Miré a la chica otra vez, preguntándome cómo no me había dado cuenta antes. Pelo negro, ojos zafiro oscuro y muy atractiva: el parecido era evidente. Me sentí como una auténtica idiota.
Seiya se estiró y sacó las llaves del contacto.
—Está bien —cedí sintiéndome mucho mejor. Recuperé mis llaves y me las guardé en el bolso—. Déjame coger mis cosas.
En cuanto tuve todo lo que necesitaba, cerré las puertas y seguí a Seiya hasta su coche. Era fácil de encontrar, puesto que era el único Porsche del aparcamiento.
—Bueno, Duffy —dijo Seiya mientras se subía al asiento del conductor. Yo me senté atrás para que Hotaru (que al parecer era introvertida) pudiera ir delante con su hermano—. Ahora no te quedará más remedio que admitir que, de vez en cuando, hago cosas buenas por la gente.
—Nunca he dicho lo contrario —repuse mientras intentaba situarme en el estrecho asiento trasero. Por Dios, para ser tan caros, esos coches no tenían espacio para las piernas. Tuve que sentarme de lado con las rodillas pegadas al pecho. No era nada cómodo—. Pero solo lo haces cuando obtienes algún beneficio.
Seiya soltó una risita burlona.
—¿Has oído eso, Hotaru? ¿Puedes creer lo que piensa de mí?
—Estoy segura de que Hotaru sabe cómo eres.
Seiya se quedó en silencio. Hotaru se rió, pero parecía un poco nerviosa.
Su hermana no dijo gran cosa durante el viaje, aunque Seiya intentó varias veces que se uniera a nuestra conversación. Al principio me pregunté si sería por mí, pero no tardé en darme cuenta de que simplemente era tímida. Cuando aparcamos en la entrada de una casa grande y anticuada (que supuse que era de la abuela de Seiya), Hotaru se volvió hacia el asiento trasero y dijo en voz baja:
—Adiós. Encantada de conocerte. —Acto seguido, salió corriendo del coche.
—Es linda —dije.
—Tiene que salir del caparazón.
Seiya suspiró mientras la veía subir rápidamente al porche. En cuanto desapareció dentro de la enorme casa (no era una semimansión, como la suya, pero era evidente que su abuela también tenía dinero), me miró.
—Puedes sentarte delante, si quieres.
Asentí con la cabeza y salí del coche. Abrí la puerta del copiloto y ocupé el asiento que Hotaru acababa de dejar. Justo cuando terminé de abrocharme el cinturón, oí que Seiya dejaba escapar un gemido bajo.
—¿Qué pasa? —pregunté levantando la mirada. Pero supe la respuesta antes de que dijera nada.
Una mujer de sesenta y tantos años acababa de salir de la casa y se dirigía hacia el coche. Se trataba de la abuela de Seiya, sin duda. La abuela que lo odiaba. No era de extrañar que pareciera como si Seiya quisiera esconderse. Me sentí un tanto inquieta mientras observaba cómo la mujer se acercaba al coche con aire resuelto. Iba muy bien vestida, con un jersey color salmón que parecía caro y unos pantalones con la raya perfectamente planchada.
Seiya bajó la ventanilla cuando la mujer se acercó lo suficiente como para oírlo.
—Hola, abuela Kou. ¿Cómo estás?
—No juegues conmigo, Seiya Kou. Ahora mismo, estoy muy furiosa.
Pero no sonaba furiosa. Tenía una voz aguda y suave. Sedosa. Parecía la viejecita más dulce del mundo, pero sus palabras no encajaban en ese papel.
—¿Qué he hecho esta vez? —preguntó Seiya con un suspiro—. ¿Llevar los zapatos equivocados? ¿O es que el coche no está lo suficientemente limpio? ¿Qué leve imperfección vas a reprocharme esta tarde?
—Te sugiero que te abstengas de emplear ese tono conmigo —dijo con la voz menos intimidante que se pueda imaginar. Habría resultado divertido si Seiya no pareciera tan infeliz—. Vive tu vida como quieras, pero deja a Hotaru al margen.
—¿Hotaru? ¿Se puede saber qué le he hecho a Hotaru?
—Por el amor de Dios, Seiya —protestó su abuela con un suspiro teatral—. ¿Por qué no dejas que Hotaru coja el autobús y ya está? No me parece bien que la lleves con tus... —hizo una pausa— amiguitas en el asiento de atrás.
Miró más allá de Seiya y nuestras miradas se encontraron un instante antes de que volviera a concentrarse en su nieto.
—No quiero que sean una influencia negativa para tu hermana.
Me quedé confundida un segundo. Yo sacaba sobresalientes en todas las asignaturas y no me había metido en ningún problema en toda mi vida. Y, sin embargo, aquella mujer pensaba que podría perjudicar de alguna forma a su queridísima nieta.
Y entonces caí en la cuenta. Ella creía que yo era una de las golfas de Seiya, una zorrita a la que se tiraba. Seiya me había contado que su abuela no aprobaba su «estilo de vida», que odiaba que fuera tan promiscuo. Y, al verme en el asiento trasero del coche, su abuela había supuesto que yo era otra ramera que había recogido.
Aparté la vista y miré hacia fuera por mi ventanilla para no tener que ver la expresión de repugnancia que se reflejó en el rostro de la anciana. Me sentía dolida y enfadada. Sobre todo porque sabía que era verdad.
—Eso no es asunto tuyo —gruñó Seiya. Nunca había oído tanta furia en su voz—. No tienes ningún derecho a faltarle el respeto a mi amiga y, desde luego, tú no eres nadie para decidir qué hago con mi hermana. Deberías conocerme lo suficiente para saber que nunca haría nada que la perjudicase, a pesar de lo que le has hecho creer. No soy el monstruo que le dices que soy, ¿sabes?
—Creo que, a partir de hoy, debería ir yo a buscar a Hotaru al instituto.
—Adelante. Pero no me mantendrás alejado de ella. Es mi hermana, y a mis padres les dará un ataque si les cuento que estás intentando romper nuestra familia, abuela.
—Me temo que tu familia ya está rota, querido.
Oí un zumbido, lo que me indicó que Seiya había vuelto a subir la ventanilla, y el motor aceleró. Vi cómo la mujer regresaba a la casa. A continuación, Seiya salió marcha atrás de la entrada haciendo chirriar los neumáticos y bajó por la calle a toda velocidad. Lo miré de reojo, preocupada y sin saber qué decir. Por suerte, él habló primero.
—Lo siento. No sabía que iba a salir. No debería haberte tratado así.
—No pasa nada —le aseguré.
—Claro que pasa. Es una arpía.
—Ya me he dado cuenta.
—Y lo peor de todo es que tiene razón.
—¿Sobre qué? —le pregunté.
—Sobre nuestra familia. Tiene razón. Está rota. Lo está desde hace mucho tiempo. Mis padres nunca están y la abuela ha conseguido interponerse entre Hotaru y yo.
—Hotaru todavía te quiere.
—Tal vez —murmuró—, pero no tiene una buena opinión de mí. Mi abuela la ha convencido de que soy un hijo de puta. He notado cómo me mira Hotaru ahora. Me mira con tristeza, como si la hubiera decepcionado. Piensa que soy una persona horrible.
—Lo siento —dije en voz baja—. Si lo hubiera sabido, no habría hecho esa broma sobre que solo haces cosas buenas para... para obtener beneficios.
—No pasa nada. —El coche estaba reduciendo un poco la velocidad—. La verdad es que tienes razón. Y mi abuela, también. Pero nunca quise que Hotaru me viera así.
No pude resistir el impulso de estirar el brazo por encima de la palanca de cambios y colocar la mano sobre la de Seiya. Tenía la piel cálida y suave y noté su pulso palpitando a ritmo constante bajo la palma de mi mano. Me olvidé de mi estúpido coche y de la pelea con Mina. Solo quería que Seiya volviera a sonreír. Incluso me habría bastado aquella sonrisilla arrogante. No soportaba verlo tan dolido ante la posibilidad de perder el respeto de su hermana. Me importaba y quería consolarlo.
Ay, Dios mío. ¿De verdad me importaba?
