El Porsche se detuvo en la entrada de mi casa diez minutos después. Cogí mis cosas y estiré la mano hacia la manilla de la puerta.
—Gracias por traerme. —Al mirar por encima del hombro, vi que Seiya seguía de mal humor. Bueno, al cuerno. ¿Por qué no?—. Puedes entrar si quieres. Mi padre no ha llegado a casa todavía.
Seiya me sonrió mientras apagaba el motor.
—Tienes la mente muy sucia, Duffy. Parece que intentas corromperme.
—A ti ya hace mucho tiempo que te han corrompido —le aseguré.
Salimos del coche y subimos juntos por el camino de entrada. Saqué las llaves del bolso, abrí la puerta principal y dejé que Seiya entrara delante de mí. Vi cómo su mirada recorría la sala de estar y no pude evitar sentirme un poco cohibida. Debía de estar comparando mi casa con su semimansión. Aunque, evidentemente, no había punto de comparación. Yo ni siquiera vivía en una casa de revista, como Jessica.
—Me gusta —dijo, y luego me miró—. Es acogedora.
—Eso es una forma amable de decir pequeña, ¿no?
—No. Lo digo en serio. Es cómoda. Mi casa es demasiado grande, incluso para cuatro personas, y como yo soy el único por allí la mayor parte del tiempo... Me gusta más la tuya. Es acogedora, como te he dicho.
—Gracias. —Me sentí halagada. No es que me importara lo que él pensara, pero...
—¿Dónde está tu cuarto? —preguntó guiñándome un ojo.
—Me lo veía venir. Y, ahora, ¿quién está corrompiendo a quién?
Lo cogí por el codo y lo conduje escaleras arriba.
—Aquí. —Señalé la primera puerta—. Pero te advierto que es del tamaño de una caja de zapatos.
Seiya abrió la puerta y echó un vistazo dentro. Luego me miró con aquella sonrisilla conocida.
—Tendremos suficiente espacio.
—¿Suficiente espacio para qué?
Antes de darme cuenta, Seiya me había agarrado por las caderas y estaba metiéndome en el cuarto. Cerró la puerta con el pie detrás de nosotros, me hizo dar media vuelta y me pegó a la pared, donde empezó a besarme con tanta pasión que pensé que iba a estallarme la cabeza. Al principio, me sorprendí; pero, en cuanto se me pasó, respondí. Le rodeé el cuello con los brazos y le devolví el beso. Seiya me apretó más fuerte la cintura y me bajó los vaqueros todo lo que pudo sin desabrocharlos. A continuación, deslizó las manos por debajo de la cinturilla elástica de mis braguitas y me frotó la piel ardiente y hormigueante con los dedos. Después de unos minutos, separó su boca de la mía.
—¿Puedo pedirte algo, Usagi?
—No —respondí rápidamente—. No voy a chupártela. Ni de broma. Solo pensarlo me parece repugnante, degradante y... No. Ni hablar.
—Aunque eso es un poco decepcionante —dijo Seiya —, no es lo que pensaba pedirte.
—Ah. —Vaya cambio—. Bueno, entonces, ¿qué?
Sacó las manos de mis pantalones y las colocó con suavidad sobre mis hombros.
—¿Me dices de qué intentas escapar ahora?
—¿Qué?
—Sé que tu ex novio se fue del pueblo hace semanas, pero noto que todavía hay algo que te preocupa. Aunque me gustaría creer que es por mí, porque no puedes vivir sin mí, sé que hay algo más. ¿De qué estás huyendo, Usagi?
—De nada.
—No mientas.
—No es asunto tuyo, ¿vale?
Lo aparté y volví a ponerme los vaqueros. De manera automática, me arrodillé junto a la pila de ropa limpia a los pies de la cama y me puse a doblarla.
—Hablemos de otra cosa.
Seiya se sentó en el suelo a mi lado.
—Vale —cedió.
Reparé en que había puesto esa voz que indica que la persona esperará pacientemente hasta que se lo cuentes todo. La que se usa con los niños. Pues lo sentía por él, pero eso no iba a pasar. Después de todo, no era más que mi juguete sexual, no mi psiquiatra.
Hablamos de las clases mientras yo doblaba la ropa. Cuando la tuve toda en pilas ordenadas, me levanté y me senté en la cama.
—¿No vas a guardarla? —me preguntó Seiya.
—No.
—Entonces, ¿para qué la doblas?
Me tumbé de espaldas con un suspiro y me saqué las zapatillas con los pies.
—No lo sé —admití apoyando la cabeza en la almohada y mirando al techo—. Supongo que es una especie de manía. Doblar la ropa cada noche me hace sentir mejor. Es relajante y me despeja la mente. Luego, a la mañana siguiente, rebusco en las pilas lo que voy a ponerme y todo se desordena, por lo que vuelvo a doblarla esa noche. Es como un ciclo.
La cama crujió cuando Seiya se me subió encima y se metió entre mis rodillas.
—¿Sabes una cosa? —dijo mirándome desde arriba—. Eres bastante rara. O, más bien, neurótica.
—¿Yo? —Solté una carcajada—. Tú eres el que está intentando llevarme al huerto otra vez apenas diez segundos después de un intento fallido de tener una charla íntima. Yo diría que los dos estamos bastante jodidos.
—Muy cierto.
Empezamos a besarnos de nuevo. Esta vez sus manos se dirigieron a mi camiseta y me desabrocharon el sujetador. No había mucho espacio en mi pequeña cama individual, pero aun así Seiya se las arregló para desnudarme de cintura para arriba y desabrocharme los vaqueros en tiempo récord. Empecé a desabrocharle también a él los pantalones, pero me detuvo.
—No —repuso apartándome la mano—. Puede que estés en contra de chuparla, pero tengo el presentimiento de que esto te gustará.
Abrí la boca para protestar, pero la cerré rápidamente cuando sus labios emprendieron una ruta descendente por mi vientre. Sus manos comenzaron a bajarme los vaqueros y las braguitas hacia las rodillas; una de ellas realizó una breve pausa para hacerme cosquillas en aquel punto encima de la cadera, provocándome una sacudida entre risas. Sus labios fueron bajando cada vez más y me sorprendió descubrir que estaba ansiando que llegaran a su destino final.
Había oído a Michiru, e incluso a Mina, hablar de cómo sus novios les habían hecho sexo oral y de lo agradable que era. Lo había oído, pero no me lo había creído del todo. Mamoru y yo nunca lo habíamos hecho, y yo siempre había supuesto que era algo asqueroso y raro.
Al principio sí fue un poco raro, pero luego ya no. Era... diferente, pero en el buen sentido. Y obsceno, reprobable, alucinante... Hundí los dedos en las sábanas, aferrando la tela con fuerza, y me temblaron las rodillas. Estaba sintiendo cosas que nunca había sentido.
—Ah... oh. —Jadeé de placer y sorpresa y...
—Mierda.
Seiya se apartó de mí bruscamente. Él también había oído cerrarse de golpe la puerta de un coche. Eso quería decir que mi padre estaba en casa.
Me subí las braguitas y me abroché los vaqueros a toda prisa, pero tardé un momento en encontrar el sujetador. En cuanto estuve completamente vestida, me arreglé el pelo con las manos e hice todo lo que pude para que no pareciera que me habían pillado con las manos en la masa.
—¿Me voy? —preguntó Seiya.
—No —contesté sin aliento. Noté que no quería regresar a la semimansión vacía—. Quédate un rato. No pasa nada. A mi padre no le importará. Pero no podemos hacer... eso.
—¿Y qué más podemos hacer?
Así que, como auténticos fracasados, nos pasamos las siguientes cuatro horas y media jugando al Scrabble. En el suelo de mi minúsculo cuarto casi no había espacio para que alguien tan alto como Seiya se estirase boca abajo, pero se las arregló, y yo me senté frente a él con el tablero entre nosotros mientras deletreábamos palabras como «quijotesco» y «hegemonía». No fue exactamente la noche de viernes más emocionante del mundo, pero me divertí mucho más que si hubiera ido al Crown o a alguna patética fiesta en Kinmoku.
A eso de las nueve, después de haberlo destrozado tres veces (¡por fin algo a lo que podía ganarle!), Seiya se puso en pie.
—Creo que debería volver a casa —dijo con un suspiro.
—Vale. —Yo también me levanté—. Te acompaño abajo.
Estaba de tan buen humor que había conseguido olvidarme de papá... hasta que nos topamos con él en la sala de estar. Olí el whisky antes de ver la botella sobre la mesa de centro y me puse colorada de la vergüenza. «Por favor, que no se dé cuenta», pensé mientras acompañaba a Seiya a la puerta principal. Supongo que debería haber empezado a preocuparme cuando mi padre no había subido a comprobar de quién era el Porsche que había en la entrada. A fin de cuentas, no era habitual encontrarse un coche como ese delante de nuestra casa.
Puede que Seiya no le hubiera dado importancia al asunto. Después de todo, era viernes por la noche. Los padres podían beber whisky los fines de semana... Bueno, los que no fueran alcohólicos en rehabilitación, pero Seiya no sabía esa parte de la historia. Mientras mi padre se comportara con normalidad, no pasaría nada.
Pero, por supuesto, no iba a tener esa suerte.
—¡Conejita! —exclamó papá, y noté que ya estaba ebrio. Genial. De puta madre. Se puso en pie tambaleándose y miró hacia la puerta principal, donde estábamos Seiya y yo—. Hola, conejita, no sabía que estuvieras en casa. ¿Qué tenemos aquí? —Miró a Seiya con suspicacia—. ¿Un chico?
—Eh... papá, este es Seiya Kou—dije tratando de mantener la calma—. Es un amigo de clase.
—Un «amigo»... Seguro que sí. —Cogió la botella de whisky antes de dar unos cuantos pasos vacilantes hacia nosotros, observando a Seiya con los ojos entrecerrados—. ¿Te has divertido en el cuarto de mi pequeña, chico?
—Por supuesto —contestó Seiya. Era evidente que intentaba actuar como uno de esos inocentones chicos de las series de televisión de los cincuenta—. Hemos jugado tres partidas al Scrabble. Su hija es muy buena con las palabras, señor.
—¿Scrabble? No soy idiota. Eso debe de ser un nuevo código para... para el sexo oral —gruñó papá.
Debí de ponerme como un tomate. ¿Cómo lo sabía? ¿Podía leerme la mente? No, por supuesto que no. Simplemente estaba borracho y lanzaba acusaciones, y parecer culpable no haría más que empeorar las cosas. Me eché a reír como si fuera ridículo, como si fuera un chiste. Seiya siguió mi ejemplo e hizo lo mismo.
—Claro, papá. Y el coito es el Monopoli, ¿verdad?
—¡No estoy de broma! —me espetó mientras agitaba la botella y derramaba whisky en la alfombra. Estupendo. Yo sería la que tendría que limpiarlo—. Sé lo que está pasando. He visto cómo se visten las zorras de tus amigas, Usagi. Se te está pegando su forma de ser, ¿no?
No pude seguir obligándome a reír.
—Mis amigas no son unas zorras —susurré—. Estás como una cuba y no sabes lo que dices. —En un arranque de valor, estiré el brazo y le arrebaté la botella de la mano—. No deberías beber más, papá.
Me sentí bien durante un segundo. Eso era lo que debería haber hecho desde el principio: coger el toro por los cuernos y quitarle la botella. Me sentí poderosa, como si pudiera arreglar las cosas.
—Mejor me voy —dijo Seiya a mi espalda.
Empecé a darme la vuelta para despedirme, pero las palabras no llegaron a salir de mi boca. Sentí que se me escapaba la botella de la mano y oí cómo se estrellaba contra el suelo a mi lado. Caí al suelo, pero durante un instante no comprendí qué había ocurrido. Entonces sentí con retraso un dolor en la sien que me dejó asombrada. Era como si algo me hubiera golpeado. Algo duro como la palma de la mano de mi padre. Levanté una mano y me froté la cabeza, atónita, sin sentir apenas el dolor propiamente dicho.
—¿Lo ves? —chilló papá—. Los chicos no se quedan con las putas, Usagi. Las abandonan. Y no pienso permitir que te conviertas en una puta. Eso no le pasará a mi hija. Esto es por tu propio bien.
Alcé la vista mientras mi padre estiraba la mano para agarrarme del brazo. Cerré los ojos con fuerza, esperando sentir cómo sus dedos se cerraban alrededor de mi antebrazo. Pero no sucedió.
Oí un ruido fuerte y seco y papá dejó escapar un gruñido de dolor. Abrí los ojos de golpe y vi a Seiya apartándose de mi padre, que se masajeaba la mandíbula con una mirada de incredulidad.
—Pero ¿serás pendejo...?
—¿Estás bien? —me preguntó Seiya arrodillándose delante de mí.
—¿Acabas de pegarle un puñetazo a mi padre?
No pude evitar preguntarme si no estaría delirando. ¿De verdad había pasado todo eso? Qué situación más estrambótica.
—Sí —admitió Seiya.
—¿Cómo te atreves a tocarme? —gritó mi padre, pero le estaba costando mantener el equilibrio el tiempo suficiente para volver a acercarse a nosotros—. ¿Cómo te atreves a follarte a mi hija y luego pegarme, hijo de puta?
Nunca había oído a mi padre soltar tantas palabrotas.
—Venga —dijo Seiya mientras me ayudaba a ponerme en pie—. Salgamos de aquí. Te vienes conmigo.
Me rodeó con un brazo, acercándome a su cálido cuerpo, y me hizo salir por la puerta abierta.
—¡Usagi! —gritó papá detrás de nosotros—. ¡Más te vale no subirte a ese maldito coche! ¡Más te vale no salir de esta casa! ¿Me oyes, puta?
El trayecto hasta casa de Seiya transcurrió en silencio. Lo vi abrir la boca varias veces como si fuera a decir algo, pero siempre volvía a cerrarla. Yo, por mi parte, estaba demasiado estupefacta como para decir nada. No es que me doliera mucho el golpe, simplemente no me cabía en la cabeza lo que había hecho papá. Pero lo peor era la vergüenza. ¿Por qué? ¿Por qué había tenido Seiya que presenciarlo? ¿Qué pensaría ahora de mí? ¿Qué pensaría de papá?
—Nunca había pasado algo así —dije rompiendo el silencio cuando aparcamos en la entrada de la semimansión. Seiya apagó el motor y me miró—. Mi padre nunca me había pegado... ni siquiera gritado así hasta ahora.
—Vale.
—Solo quiero que sepas que eso no es lo normal entre nosotros —le expliqué—. No me maltratan en casa ni nada por el estilo. No quiero que pienses que mi padre es una especie de psicópata.
—Tenía la impresión de que no te importaba lo que pensara la gente.
—De mí. No me importa lo que piensen de mí. —No supe que era mentira hasta que las palabras salieron de mi boca—. Pero con mi familia y mis amigos es diferente... Mi padre no es un psicópata. Solo está pasando por un mal momento.
Pude sentir que se me estaba formando un nudo en la garganta e intenté tragármelo. Necesitaba explicarme, y Seiya necesitaba saberlo.
—Mi madre acaba de solicitar el divorcio y... y mi padre no ha podido soportarlo.
El nudo no quería desaparecer, era cada vez mayor. Todas mis preocupaciones y temores me habían conducido a ese momento, y ya no logré seguir reprimiéndolos. No pude contenerlos. Las lágrimas empezaron a bajarme a mares por las mejillas y, antes de darme cuenta, estaba sollozando.
¿Cómo había pasado eso? Era como una pesadilla. Mi padre era el hombre más dulce y amable que conocía. Era cándido y frágil. Ese no era él. Aunque conocía los motivos que lo habían llevado a mantenerse sobrio, aunque en el fondo de mi mente sabía que beber era peligroso para él, aun así no parecía real. No parecía posible.
Me sentía como si mi mundo hubiera acabado girando fuera de control. Y, esa vez, no podía negarlo, no podía ignorarlo y, definitivamente, no podía escapar de ello.
Seiya no dijo nada. Simplemente se quedó allí sentado conmigo en silencio. Ni siquiera me di cuenta de que me cogía de la mano hasta que dejé de llorar. En cuanto recobré el aliento y me limpié las últimas gotas saladas de los ojos, abrió su puerta y luego rodeó el coche para abrir la mía. Me ayudó a salir (no es que lo necesitara, pero aun así fue un bonito detalle) y me condujo al porche rodeándome con fuerza con el brazo, igual que me había sacado de mi casa, y me mantuvo pegada a él. Era como si tuviera miedo de que pudiera escabullirme en la oscuridad que se extendía entre su coche y la puerta principal.
Una vez dentro, me ofreció algo de beber. Dije que no con la cabeza y subimos a su cuarto como siempre. Me senté en la cama y él se sentó a mi lado. No estaba mirándome, sino que parecía sumido en sus pensamientos. No pude evitar preguntarme qué horribles ideas le rondaban la mente, pero no dije nada. No quería saberlo.
—¿Estás bien? —me preguntó, volviéndose por fin hacia mí—. ¿Necesitas una bolsa de hielo o algo?
—No —contesté. Tenía la garganta dolorida de llorar y mis palabras sonaron un tanto roncas—. Ya no me duele.
Me apartó el pelo de la cara, rozándome apenas la sien con los dedos.
—Bueno —dijo en voz baja—, por lo menos ahora lo sé.
—¿El qué?
—De qué estás intentando escapar.
No respondí.
—¿Por qué no me habías dicho que tu padre tiene problemas con la bebida?
—Porque yo no soy quién para contarlo. Además, acabará superándolo. Es que ahora mismo está pasándolo mal. Llevaba dieciocho años sin beber, hasta que recibió los papeles del divorcio... Pero se pondrá bien.
—Deberías hablar con él. Cuando esté sobrio, deberías decirle que se le está yendo de las manos.
—Ya, claro —repuse—. ¿Y hacerle pensar que yo también estoy en su contra? ¿Justo cuando mi madre acaba de entregarle los papeles del divorcio?
—Tú no estás en su contra, Usagi.
—Y dime, Seiya, ¿por qué no hablas tú con tus padres? —le pregunté. Estaba siendo un auténtico hipócrita, ¿no?—. ¿Por qué no les dices que te sientes solo, que quieres que vuelvan a casa? Es porque no quieres disgustarlos, ¿verdad? No quieres que te culpen de su infelicidad. Si le digo a mi padre que tiene un problema, pensará que lo odio. ¿Cómo voy a hacerle más daño? Acaba de perderlo todo.
Seiya negó con la cabeza.
—No todo. No te ha perdido a ti. Al menos, todavía. Si no hablas con él, acabará alejándote, y entonces su sufrimiento será aún mayor.
—Quizás.
Los dedos de Seiya continuaron masajeándome suavemente la sien.
—No estaré haciéndote daño, ¿verdad?
—Para nada.
En realidad, el modo en el que me masajeaba el cráneo resultaba muy agradable. Suspiré y me incliné hacia su mano.
—Las cosas que me dijo me hicieron mucho más daño —murmuré. Me mordí el labio inferior—. ¿Sabes una cosa? Nunca me habían llamado puta, y hoy dos personas diferentes han insinuado que lo soy. Y lo más gracioso es que estoy segura de que tienen razón.
—Eso no es gracioso —masculló Seiya —. Y no eres una puta, Usagi.
—Entonces, ¿qué soy? —le espeté, enfadándome de pronto. Le aparté la mano de mi cabeza y me puse en pie—. ¿Qué soy? Estoy acostándome con un tipo que no es mi novio y les miento sobre ello a mis amigas... si es que siguen siéndolo. ¡Ahora ya ni me planteo si esto está bien o mal! Soy una puta. Tanto tu abuela como mi padre lo creen, y tienen razón.
Seiya se levantó con una expresión dura y seria en la cara. Me agarró por los hombros y me sostuvo con firmeza obligándome a mirarlo.
—Escúchame —me dijo—. No eres una puta. ¿Estás escuchándome, Usagi? Lo que tú eres es una chica inteligente, descarada, sarcástica, cínica, neurótica, leal y compasiva. Eso es lo que eres, ¿de acuerdo? No eres una puta ni una zorra ni nada remotamente parecido. Solo tienes algunos secretos y has cometido algunos errores. Solo estás confundida... como el resto de nosotros.
Me quedé mirándolo, asombrada. ¿Tenía razón? ¿El resto del mundo estaba tan perdido como yo? ¿Todo el mundo tenía secretos y había metido la pata? Tenía que ser verdad. Sabía que Seiya estaba tan jodido como yo, así que sin duda el resto del mundo también debía de tener sus imperfecciones.
—Usagi, «puta» solo es una palabra barata que la gente utiliza para hacerse daño unos a otros —dijo suavizando la voz—. Les hace sentir mejor frente a sus propios errores. Usar ese tipo de palabras es más fácil que analizar a fondo la situación. Te lo prometo, no eres una puta.
Miré sus cálidos ojos zafiro y de pronto comprendí lo que estaba intentando decirme. El mensaje oculto bajo las palabras.
«No estás sola.»
Porque él lo entendía. Él entendía lo que era sentirse abandonado. Entendía los insultos. Me entendía.
Me puse de puntillas y lo besé... Lo besé de verdad. Fue algo más que un precursor del sexo. Nuestras bocas no entablaron una batalla. Mis caderas se apoyaron suavemente en las suyas en lugar de apretarse con fuerza. Nuestros labios se movieron en suave y perfecta armonía. Esa vez significaba algo. En aquel momento no estaba segura de qué, pero sabía que había una conexión real entre nosotros. Me acarició el pelo con suavidad y me rozó la mejilla (todavía húmeda por el llanto) con el pulgar. Y no me pareció algo retorcido, enfermizo ni antinatural. En realidad, me pareció lo más natural del mundo.
Le quité la camisa y él me pasó la camiseta por encima de la cabeza. Luego me tumbó en la cama. Sin prisa. Esa vez las cosas eran lentas y concienzudas. Esa vez no buscaba una vía de escape. Esa vez se trataba de él. Y de mí. De honestidad, compasión y todo lo que nunca había esperado encontrar en Seiya Kou.
Esa vez, cuando nuestros cuerpos conectaron, no me pareció algo sucio ni reprobable.
Me pareció que era exactamente lo correcto.
