En cuanto abrí los ojos la mañana siguiente, supe que algo iba mal.

El cielo tenía un aspecto frío y apagado al otro lado de la ventana de Seiya, pero yo notaba calidez. Mucha calidez. Seiya me había echado un brazo encima, sosteniéndome contra su pecho, y su respiración suave y rítmica me calentaba la nuca. Todo era tan tranquilo, tan perfecto... Me sentía segura y contenta. Y ese era el problema.

Vi un jersey rosado olvidado en un rincón de la habitación. Llevaba semanas allí. Le pertenecía a alguna chica anónima, una de las muchas a las que Seiya había llevado a su cuarto. Al verlo, recordé de pronto en la cama de quién estaba. Quién me abrazaba.

No debería sentirme segura ni contenta. Allí no. No con Seiya. Eso estaba mal. Debería estar indignada. Debería estar asqueada. Debería desear apartarlo de mí de un empujón. ¿Qué diablos estaba sucediendo? Pero ¿a mí qué me pasaba?

Y, mientras me hacía esas preguntas, las respuestas me arrollaron como un tsunami. Un gélido tsunami que me dejó boquiabierta y horrorizada.

Estaba celosa de las otras chicas con las que hablaba. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para que sonriera. Me sentía segura y contenta en sus brazos.

«Ay, Dios mío —pensé a punto de dejarme llevar por el pánico—. Estoy enamorada de él.»

Entonces tuve que controlarme. No, no, no. No era amor. «Amor» es una palabra importante. Demasiado importante. El amor tarda años y años en surgir... ¿verdad? No estaba enamorada de Seiya Kou.

Pero sentía algo por él. Algo aparte de odio y repugnancia. Era más que un encaprichamiento. Más que cualquier cosa que hubiera sentido por Kelvin Taylor a lo largo de los últimos tres años. Puede que incluso más que lo que había sentido por Mamoru. Era real, potente... y aterrador.

Tenía que largarme de allí. No podía quedarme. No podía permitirme caer en esa trampa. Daba igual lo que yo sintiera por Seiya, él nunca sentiría lo mismo.

Porque era Seiya Kou. Y yo era la Duff.

No iba a torturarme de esa manera, ni hablar. Ya había aprendido la lección con Mamoru. Involucrándote demasiado solo conseguías que te hicieran daño, y Seiya disponía de mucha munición con la que hacerme daño. Anoche me había visto en mi momento más débil. Y yo se lo había permitido, me había abierto con él. Y si no me marchaba ahora, pagaría el precio.

«No importa adónde vayas ni lo que hagas para distraerte, la realidad acaba alcanzándote.» Mi madre había dicho eso sobre su relación con papá.

En mi cara se dibujó una sonrisa de amargura al tiempo que me liberaba despacio y de mala gana de los brazos de Seiya. Mi madre había estado en lo cierto; Seiya era mi distracción. Se suponía que debía ser mi vía de escape de las emociones, de todos los problemas de mi vida. Y ahora me encontraba allí... abrumada por las emociones.

Me moví sigilosamente por el cuarto intentando vestirme sin hacer ruido. Después de ponerme a toda prisa el jersey y los vaqueros, cogí mi móvil y salí al balcón. Marqué el número del móvil de Mina antes de que me diera tiempo de arrepentirme o convencerme de que no me contestaría. Suponía que aún seguiría enfadada conmigo, pero no se me ocurría otra opción. Por muy cabreada que estuviera, sabía que Mina me ayudaría. Mi amiga ayudaría a cualquiera que lo necesitase. Ella era así.

—¿Sí? —gruñó medio dormida después de dos tonos.

«Mierda», murmuró una vocecita en el fondo de mi mente. Después de todo ese tiempo, no podía creerme que sería así como Mina se enteraría de mi secreto. Pero sabía que era lo mejor. Sabía que, si no me marchaba ahora, nunca lo haría. Lo sabía, pero aun así no quería irme. No quería sentir lo que sentía. Y de ninguna manera quería que Mina (ni nadie, en realidad) lo supiera.

—¿Hola? ¿Usagi?

Qué lástima que yo nunca consiguiera lo que quería.

—Hola, Mina. Siento despertarte, pero ¿podrías hacerme un favor enorme?

—Usagi, ¿estás bien? —me soltó mientras se desvanecía su somnolencia—. ¿Qué tienes? ¿Ha pasado algo?

—¿Puedes coger las llaves de tu madre y venir a recogerme? Necesito que me lleves a casa.

—¿A casa? —Parecía confundida; algo nada bueno cuando se combinaba con el miedo. Dios, un día de estos iba a provocarle una úlcera a la pobre—. ¿Quieres decir que no estás en tu casa? ¿No dormiste anoche en tu casa?

—Relájate, Mina. Estoy bien —le aseguré.

—Y una mierda. No se te ocurra decirme que me relaje, Usagi—me espetó—. Llevas semanas comportándote de forma rara e ignorándome por completo cada vez que intento hablar contigo. Y ahora me llamas de madrugada y me pides que vaya a recogerte. ¿Debería relajarme? Por Dios, ¿dónde rayos estás?

Esa era la parte que había estado temiendo, así que respiré hondo antes de contestar.

—En casa de Seiya... Ya sabes, la casaza en...

—Sí, ya —me interrumpió—. La casa de Seiya Kou. Ya sé dónde está.

Mina sentía curiosidad, pero intentaba ocultarla tras el enfado. Tenía tan poco talento para la interpretación como yo.

—Vale, llegaré en diez minutos.

Y colgó.

Cerré el móvil y me lo metí en el bolsillo trasero. Diez minutos. Solo diez breves minutos.

Suspiré y me apoyé en la barandilla del balcón. Desde allí, el aburridísimo Tokyo parecía un espeluznante pueblo fantasma. Las calles estaban desiertas a esas horas de la madrugada (aunque, a decir verdad, nunca estaban demasiado concurridas) y todas las tiendecitas de tejados grises estaban cerradas. El cielo apagado y lúgubre que lo envolvía todo con una capa de penumbra no ayudaba a mejorar el paisaje.

Una penumbra lúgubre. Qué apropiado, ¿verdad?

—Puede que no lo sepas, pero los humanos suelen levantarse tarde los sábados.

Me volví y me encontré a Seiya de pie en la entrada del balcón, frotándose los ojos, soñoliento, con una pequeña sonrisa en los labios. A pesar del frío viento, solo llevaba unos calzoncillos negros. Maldita sea, tenía un cuerpo increíble... Pero no podía desconcentrarme. Debía ponerle fin a eso.

—Tenemos que hablar.

Intenté encontrar algo que mirar aparte de su sexy cuerpo semidesnudo. Mis pies me parecieron la mejor opción.

—Ya —murmuró Seiya mientras se pasaba una mano por el pelo revuelto—. ¿Sabes qué? Mi padre dice que esas son las tres palabras más aterradoras que puede pronunciar una mujer. Afirma que nada bueno empieza nunca con un «tenemos que hablar». Me estás preocupando un poco, Duffy.

—Deberíamos entrar.

—Eso no suena nada prometedor.

Lo seguí al interior del cuarto retorciéndome las manos de manera incontrolable. Las manos sudorosas son tan atractivas, ¿verdad? Seiya se dejó caer sobre la cama y esperó a que yo hiciera lo mismo, pero permanecí de pie. No podía ponerme demasiado cómoda. Mina llegaría para recogerme en unos ocho minutos y medio (sí, llevaba la cuenta), y tenía que procurar que aquello fuera breve y agradable.

O puede que solo breve. A mí nada de aquello me parecía agradable.

Me rasqué la nuca, inquieta.

—Mira —empecé—, eres un chico estupendo, y te agradezco todo lo que has hecho por mí.

¿Por qué sonaba como una ruptura? ¿No tienes que estar saliendo con alguien para plantarlo?

—¿En serio? —preguntó Seiya —. ¿Desde cuándo? Lo más bonito que me has llamado es imbécil. Sabía que acabarías cediendo a mis encantos... pero algo me dice que debería desconfiar.

—Pero —proseguí, ignorándolo lo mejor que pude—, no puedo seguir con esto. Creo que deberíamos dejar de... eh... acostarnos.

Sí. Definitivamente, me sonaba a ruptura. Solo me faltaba soltar un «no es por ti, es por mí», y sería perfecto.

—¿Por qué?

No parecía dolido, solo sorprendido. Y a mí me dolió que no pareciera dolido.

—Porque esto ya no funciona; al menos, para mí —contesté ciñéndome a las frases típicas que había oído en las películas. Después de todo, eran clásicos por algún motivo—. No creo que esto —hice un gesto con la mano abarcándonos a ambos— me... nos convenga.

Seiya me miró entrecerrando los ojos.

—Usagi, ¿esto tiene algo que ver con lo de anoche? —me preguntó con seriedad—. Porque, si es así, quiero que sepas que no tienes que preocuparte de que...

—No se trata de eso.

—¿Y de qué, entonces? Lo que dices no tiene sentido.

Me miré las zapatillas. Los bordes de goma estaban empezando a pelarse, pero la tela de color rojo intenso de las Converse no se había desteñido lo más mínimo. «Rojo intenso.»

—Soy como Hester —susurré, más para mí misma que para Seiya.

—¿Qué?

Levanté la mirada, sorprendida de que me hubiera oído.

—Que soy como... —Negué con la cabeza—. Nada. Que hemos terminado. Yo he terminado.

—Usagi...

Dos rápidos bocinazos procedentes de la entrada me salvaron.

—Te... tengo que irme.

Estaba tan concentrada en salir pitando de aquella casa que no oí lo que Seiya me gritó. Su voz simplemente se perdió a lo lejos, donde esperaba dejarlo para siempre.