Mina aceleró el motor mientras me subía a la vieja camioneta de su madre. La señora Aino (antes era la señora Hino, pero volvió a utilizar el apellido de soltera después del divorcio) podría tener un vehículo mucho más bonito. Cuando estaba casada con el padre de Mina, tenían mucho dinero. El señor Hino se había ofrecido a comprarle un Lexus, pero ella se había negado. Le encantaba el viejo y destartalado Chevy, que se había comprado en su tercer año de instituto. Su hija, en cambio, lo odiaba. Sobre todo porque era el único vehículo que podía usar. Ella, desde luego, habría aceptado el Lexus de su padre. Por desgracia, la generosidad del señor Hino no volvió a hacer acto de presencia después de que concluyera el proceso de divorcio.
Mina observó la semimansión a través del parabrisas mientras me abrochaba el cinturón. Llevaba un pijama rosa con estampado de ranas verdes debajo de la chaqueta y tenía el pelo corto completamente revuelto. A diferencia de mí, Mina podía conseguir que ir desaliñada pareciera mono y sexy. Y ni siquiera tenía que intentarlo.
—Hola —saludé.
Mi amiga me miró. Examinó mi rostro, buscando algún indicio que dejara traslucir que estaba en problemas, y arrugó la frente. Después de un breve duelo de miradas, giró la cabeza y puso la camioneta en marcha (peleándose un poco con la palanca de cambios).
—Vale —dijo mientras salíamos del camino de entrada—. ¿Qué está pasando? Y no me digas que todo va bien, porque he tenido que levantarme a las siete de la mañana y puede que acabe retorciéndote el pescuezo si no me das una respuesta válida.
—Ya, claro, porque recurrir a las amenazas siempre me hace hablar.
—No me vengas con esas —gruñó Mina—. Estás evitando el tema, como siempre. Puede que eso te funcione con Lita, pero a estas alturas ya deberías saber que a mí no conseguirás despistarme. Así que explícate. Empieza con por qué acabo de recogerte en casa de Seiya.
—Porque he pasado allí la noche.
—Eso ya me lo había imaginado yo solita.
Me mordí el labio, sin saber del todo por qué persistía en guardarme la verdad. A fin de cuentas, no podía seguir ocultándosela mucho más. Mina acabaría averiguándolo todo enseguida, así que ¿por qué no escupirlo de una vez? Ahora que Seiya y yo habíamos terminado, al menos. ¿Mentir (o, más bien, ocultar la verdad) se había convertido en algo instintivo? ¿Me había acostumbrado a hacerlo después de todas estas semanas de secretismo? Y, si era así, ¿no era hora de dejarlo ya?
Mina suspiró y la camioneta redujo un poco la velocidad.
—Dime la verdad, Usagi, porque ahora mismo estoy muy confundida. Confundida y enfadada. Tenía entendido que odiabas a Seiya Kou. Y me refiero a odiarlo a muerte.
—Y lo odiaba —le aseguré—. Aún lo odio... más o menos.
—¿Más o menos? Por el amor de Dios, déjate de rodeos. Mira, llevas semanas pasando de Lita y de mí. Ya casi ni te vemos porque no haces nada con nosotras. Lita nunca se atrevería a decirlo, pero está convencida de que ya no te caemos bien. Está disgustada, y yo estoy cabreada porque nos has abandonado por completo. Siempre estás distraída y con la cabeza en las nubes. ¡Y siempre te andas con rodeos cuando te preguntamos qué te pasa! Joder, Usagi, dame algunas respuestas... por favor. —El tono de rabia de su voz se quebró transformándose en una pequeña súplica de desesperación. Bajó la voz—. Por favor, dime qué te pasa.
Se me partió el corazón mientras la culpa me aprisionaba el pecho como si fuera una boa constrictor. Dejé escapar un largo suspiro. Sabía que no podía seguir mintiendo. Al menos, no sobre eso.
—Nos hemos estado acostando.
—¿Quién? ¿ Seiya y tú?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde finales de enero.
Mina se quedó callada un buen rato. Luego, después de asimilarlo, me preguntó:
—Si lo odias, ¿por qué te has metido con él?
—Porque... me hacía sentir mejor. Con todo el asunto del divorcio de mis padres y luego encima aparece Mamoru... necesitaba distraerme. Quería escapar de todo... de una forma que no implicara el suicidio, ya me entiendes. Acostarme con Seiya me pareció una buena idea en aquel momento.
Miré hacia fuera por la ventanilla, pues no quería ver la expresión de su cara. Estaba segura de que la había decepcionado. O, de una manera retorcida, puede que incluso estuviera orgullosa de mí.
—Así que... ¿ahí es donde has estado metida el último mes? —me preguntó—. ¿Por eso has estado pasando de nosotras? ¿Por que estabas con Seiya?
—Sí —murmuré—. Cada vez que las cosas me superaban, él estaba ahí. Podía aliviar el estrés sin asustaros a ti o a Lita. Parecía una buena idea. Y luego se convirtió en una especie de adicción... Pero al final me ha pasado factura, y ahora las cosas están mucho peor que antes.
—Madre mía, ¿estás embarazada?
Apreté los dientes y me volví hacia ella.
—No, Mina, no estoy embarazada. —¿Estaba hablando en serio?—. Joder, soy lo suficientemente lista como para usar condón, y llevo unos tres años tomando la píldora, ¿de acuerdo?
—Vale, vale —contestó Mina—. No estás embarazada... gracias a Dios. Pero, si ese no es el problema, ¿por qué las cosas están mucho peor?
—Bueno, para empezar, tú estás enojada conmigo... y me gusta Seiya.
—Bueno, chica, estás tirándotelo.
—No, lo que quiero decir es que...
Negué con la cabeza y volví a mirar por la ventanilla. Las casitas de las afueras de Tokyo pasaban a toda velocidad por nuestro lado, sencillas y limpias, rodeadas por sus inocentes cercas. Yo habría dado cualquier cosa por ser sencilla y limpia como aquellas casitas. En cambio, me sentía complicada, sucia y deshonesta.
—En realidad, no me gusta —le expliqué—. Me saca completamente de quicio el noventa y seis por ciento del tiempo y, a veces, me encantaría estrangularlo. Pero al mismo tiempo... quiero que sea feliz. Pienso en él mucho más de lo que debería y...
—Estás enamorada de él.
—¡No! —exclamé volviéndome bruscamente hacia ella—. ¡No, no y no! No estoy enamorada de él, ¿entendido? El amor es raro y difícil de encontrar, y tarda años y años en surgir. Los adolescentes no se enamoran. No estoy enamorada de Seiya.
—Vale, pero sientes algo por él, ¿no?
—Sí.
Me echó un vistazo antes de volver a concentrarse en la carretera, esbozando una media sonrisa.
—Lo sabía. Me refiero a que... todas esas bromas que hacía sobre el tema solo eran para tomarte el pelo, pero estaba segura de que pasaría algo después de que lo besaras.
—Ah, cállate —mascullé—. Esto es una mierda.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—Que por qué es algo malo. ¿Y qué si sientes algo por él? ¿No se supone que debería ser genial y emocionante y provocarte un revoloteo en la barriga y todo eso?
—No. No es genial ni emocionante. Es espantoso e insoportable.
—Pero ¿por qué?
—¡Porque yo nunca le gustaré a él! —Dios, ¿es que no era evidente? ¿Acaso no podía atar cabos?—. Nunca se interesará por mí de esa manera, Mina. Pierdo el tiempo solo con pensar que es posible.
—¿Por qué no ibas a gustarle?
Dios, ¿es que tenía un millón de preguntas o qué?
—Déjalo.
—No, lo digo en serio, Usa—insistió—. Estoy bastante segura de que no puedes leer la mente ni ver el futuro, así que no entiendo cómo sabes que nunca le gustarás. ¿Por qué no iba a pasar?
—Bueno, ahora mismo tampoco te gusto mucho a ti —señalé.
—Se me pasará —contestó—. Bueno, con el tiempo. Pero, en serio, ¿qué impide que le gustes a Seiya?
—Que soy la Duff.
—¿Cómo dices? ¿La qué?
—La Duff.
—¿Eso es una palabra?
—Significa la amiga fea y gorda —expliqué con un suspiro—. La chica menos atractiva de un grupo de amigas. Y esa soy yo.
—Qué estupidez.
—¿En serio? —le espeté—. ¿De verdad es tan estúpido, Mina? Mírate. Mira a Lita. Las dos parecéis sacadas de un ejemplar de Teen Vogue. Yo no puedo competir con eso. Así que, sí, yo soy la maldita Duff.
—No es verdad. ¿Quién te ha dicho eso?
— Seiya.
—¿No jodas?
—No.
—¿Antes o después de tirártelo?
—Antes.
—Bueno, pues entonces no lo decía en serio —concluyó Mina—. Ha estado acostándose contigo, ¿no? Así que debes de resultarle atractiva.
Solté un resoplido.
—Ten en cuenta de quién estás hablando, Mina. Seiya no es particularmente quisquilloso cuando se trata de sexo. Podría parecer una gorila y aun así no vacilaría en llevarme a la cama; pero salir conmigo es algo totalmente diferente. Si ni siquiera saldría con una chica del Escuadrón Barbie...
—Odio que nos llames así.
—... pero ¿conmigo? Nunca sería el novio de una Duff.
—Ya basta, Usagi —dijo Mina—. Tú no eres la Duff. Si alguna de nosotras es la Duff, esa soy yo.
—Qué risa.
—No estoy bromeando —insistió—. Sigo enfadada contigo, así que ¿por qué molestarme en ser amable? Mierda, soy como un mousntruo. ¡Mido uno sesenta y algo! Y muchos de los chicos tienen que levantar la cabeza para mirarme a la cara, y a ningún tipo le gusta ser más bajo que una chica. Por lo menos tú eres bonita y menuda. Yo mataría por medir lo mismo que tú... y por tener tus ojos. Tus ojos son mucho más bonitos que los míos.
No dije nada. Estaba segura de que se le había ido la pinza. ¿Cómo diablos iba a ser ella la Duff? Incluso con el pijama de ranas parecía una de las concursantes de America's Next Top Model.
—Si Seiya no puede ver lo adorable que eres, entonces no te merece. Tienes que pasar página y sacarte a Seiya de la cabeza.
Ya, claro. ¿Pasar página con quién? ¿Quién iba a quererme? Nadie. Pero no podía decirle eso a Mina. Seguramente solo conseguiría iniciar otra estúpida pelea, y todavía no habíamos terminado con la primera, por lo que simplemente asentí con la cabeza.
—Bueno... ¿y qué pasa con ese tal Taylor?
La miré sorprendida.
—¿Kelvin? ¿Qué pasa con él?
—Llevas colada por él una eternidad —me recordó—. Y ayer te vi echarte encima de él en la cafetería...
—Me dio un abrazo —la interrumpí—. Eso no es echarse encima.
Mina puso los ojos en blanco. Dios, se le estaba pegando mi forma de ser.
—Da igual. La cuestión es que estabas intimando con Kelvin, pero ahora de repente estás ena...
Le lancé una mirada de advertencia.
—... de repente te gusta Seiya.
—¿Adónde quieres ir a parar? —le pregunté.
—No lo sé —respondió con un suspiro—. Es solo que... creo que has estado ocultándome muchas cosas. Que en tu vida han cambiado muchas cosas y muy rápido. Y ahora mismo me siento excluida.
Más culpa. Genial. Hoy no se estaba cortando un pelo, pero supongo que me lo merecía.
—No han cambiado tantas cosas —le aseguré—. Todavía estoy colada por Kelvin... pero da igual, solo somos amigos. Me abrazó ayer porque lo admitieron en la universidad que quería y estaba muy contento. Ojalá hubiera sido algo más, pero no lo fue. Y, en cuanto a lo de Seiya, solo es... una estupidez. Se acabó. Podemos hacer como si nunca hubiera ocurrido. La verdad es que lo preferiría.
—¿Y qué pasa con tus padres? Con el divorcio. No has vuelto a mencionarlo desde el día después de San Valentín.
—Todo va bien —le mentí—. El divorcio sigue adelante, pero mis padres están bien.
Me dirigió una mirada de escepticismo antes de volver a fijar la vista en la carretera. Mi amiga sabía que aquello no eran más que estupideces; pero, por una vez, lo dejó correr. Por fin, después de un buen rato, volvió a hablar. Por suerte, cambió de tema.
—Bueno, ¿y dónde narices está tu coche?
—En el instituto —contesté—. La batería se murió.
—Qué mierda. Supongo que tendrás que pedirle a tu padre que te la cambie.
—Sí —murmuré.
«Si consigo que esté sobrio más de diez segundos.»
Se produjo un largo silencio. Después de unos minutos, decidí tragarme el poco orgullo que me quedaba.
—Siento haberte llamado imbécil ayer.
—Eso espero. También me llamaste animadora tonta y esnob.
—Lo siento. ¿Sigues enfadada conmigo?
—Sí —contestó—. Bueno, no tanto como ayer, pero... Me dolió mucho, Usagi. Lita y yo estábamos muy preocupadas por ti, y tú casi ni nos hablabas. Te invitaba a salir una y otra vez y tú siempre pasabas de mí. Y entonces te vi hablando con Kelvin cuando se suponía que deberías estar hablando conmigo y... me puse celosa. No de un modo raro ni nada de eso, pero... Se supone que soy tu mejor amiga, ¿sabes? Me sentí como si me hubieras echado a un lado. Y me molesta que empezaras a acostarte con Seiya en lugar de simplemente hablar conmigo.
—Lo siento —murmuré.
—Deja de decir eso. Sentirlo no es suficiente. Sentirlo no cambia nada. La próxima vez, piensa en mí. Y también en Lita. Te necesitamos, Usagi Y recuerda que nos tienes aquí y que nos preocupamos por ti... Dios sabe por qué.
Esbocé una leve sonrisa.
—Lo recordaré.
—No vuelvas a abandonarme, ¿vale? —Pronunció aquellas palabras con un débil murmullo—. Incluso con Lita, me sentía muy sola sin ti... y no tenía a nadie genial que me llevara en coche. ¿Sabes lo horrible que es tener a Michiru de chófer? El otro día casi atropella a un pobre viejo en bicicleta. ¿Te lo había contado?
Dimos vueltas por Tokyo un rato, gastando gasolina y poniéndonos al día. Mina estaba colada por un jugador de baloncesto. Yo estaba bordándolo en Inglés. Nada demasiado personal. Ahora Mina conocía mi secreto (o, al menos, una parte) y ya no estaba enfadada conmigo... bueno, no tanto. Me aseguró que todavía tendría que arrastrarme mucho más suplicando perdón antes de que todo quedara olvidado.
Seguimos dando vueltas hasta que su madre llamó a las diez exigiendo saber dónde estaba su camioneta y Mina tuvo que llevarme a casa.
—¿Vas a contárselo a Lita? —me preguntó en voz baja mientras entraba en mi calle—. Me refiero a lo de Seiya.
—No lo sé. —Respiré hondo y decidí que guardar secretos no era una buena idea. Hasta ahora solo había conseguido echarlo todo a perder—. Mira, puedes contárselo. Cuéntaselo todo si quieres, pero yo no quiero hablar de ello. Solo quiero olvidarlo, si puedo.
—Entiendo —dijo Mina—. Creo que debería saberlo. A fin de cuentas, es nuestra mejor amiga... pero le diré que estás pasando página. Porque es verdad, ¿no?
—Claro —murmuré.
No pude evitar inquietarme cuando aparcó en la entrada de mi casa. Me quedé mirando la puerta principal de roble, las ventanas con los postigos cerrados que daban a la sala de estar y el sencillo y limpio jardín rodeado por una cerca. Nunca me había dado cuenta de que mi familia vivía tras una máscara.
Y entonces pensé en papá.
—Te veo el lunes —dije apartando la mirada para que no viera la preocupación reflejada en mi cara.
Luego me bajé de la camioneta y empecé a caminar hacia mi casa.
