Llegué al porche antes de caer en la cuenta de que no tenía las llaves. Seiya me había sacado de la casa tan rápido anoche que ni siquiera había podido coger el bolso. Así que me encontré llamando a mi propia puerta, con la esperanza de que papá estuviera despierto para abrirme, mientras me inundaban la inquietud, el temor y los recuerdos.
Retrocedí un paso cuando el pomo giró y la puerta se abrió. Y allí estaba papá, con los ojos rojos y con profundas ojeras detrás de las gafas. Se lo veía muy pálido, como si hubiera estado enfermo, y le temblaba la mano que tenía apoyada en el pomo de la puerta.
—Usagi.
No olía a whisky y dejé escapar el aire que no me había dado cuenta de que estaba conteniendo.
—Hola, papá. Me... me dejé las llaves anoche y...
Avanzó despacio, como si tuviera miedo de que fuera a salir corriendo. Entonces me rodeó con los brazos, me apretó contra su pecho y hundió la cara en mi pelo. Nos quedamos allí abrazados un buen rato y, cuando por fin habló, las palabras le salieron entre sollozos.
—Lo siento muchísimo.
—Ya lo sé —murmuré contra su camisa.
Yo también estaba llorando.
Papá y yo hablamos más aquel día que durante los últimos diecisiete años. No es que antes no estuviéramos unidos, solo que ninguno de los dos era muy expresivo. No compartíamos nuestros pensamientos ni sentimientos ni hacíamos nada de eso que te dicen que es importante en esos anuncios de interés público que ponen en el canal juvenil Nickelodeon. Cuando cenábamos juntos, siempre lo hacíamos delante del televisor, y a ninguno de los dos se le ocurriría interrumpir el programa para charlar de temas triviales. Nosotros éramos así.
Pero ese día hablamos. Hablamos de su trabajo, de mis notas, de mamá...
—No va a volver, ¿verdad?
Papá se quitó las gafas y se frotó la cara con ambas manos. Estábamos sentados en el sofá y, por una vez, el televisor estaba apagado. Nuestras voces eran las únicas que llenaban la habitación. Ese semisilencio era agradable, aunque aterrador al mismo tiempo.
—No, papá —dije, y, en un acto de coraje, le apreté la mano—. No va a volver. Este ya no es el sitio adecuado para ella.
Mi padre asintió con la cabeza.
—Lo sé. Me di cuenta de que no era feliz hace mucho tiempo... puede que incluso antes de que ella lo supiera. Pero esperaba...
—¿Que cambiara de opinión? —sugerí—. Creo que ella también lo deseaba. Por eso seguía yendo y viniendo, ¿sabes? No quería hacerle frente a la verdad. No quería admitir que quería el... —hice una pausa antes de pronunciar la siguiente palabra— divorcio.
«Divorcio» sonaba tan definitivo... Era más que una pelea, más que una separación o una larga gira de charlas. Significaba que su matrimonio, su vida juntos, había terminado de verdad.
—Bueno —dijo con un suspiro mientras me devolvía el apretón en la mano—, supongo que los dos huíamos a nuestra manera.
—¿A qué te refieres?
Papá negó con la cabeza.
—Tu madre cogió un Mustang y yo, una botella de whisky. —Levantó la mano para colocarse bien las gafas; era un hábito inconsciente, siempre lo hacía cuando intentaba explicar algo—. Me quedé tan destrozado por lo que me hizo tu madre que me olvidé de lo horrible que es la bebida. Me olvidé de ver el lado positivo.
—No creo que un divorcio tenga un lado positivo, papá. Es un asco, lo mires como lo mires.
Él asintió con la cabeza.
—Puede que tengas razón, pero hay muchas cosas positivas en mi vida. Tengo un trabajo que me gusta, una bonita casa en un buen barrio y una hija maravillosa.
Puse los ojos en blanco.
—Oh, por Dios —mascullé—. No te pongas sensiblero conmigo. Te lo advierto.
—Lo siento —contestó sonriendo—, pero lo digo en serio. Mucha gente mataría por tener mi vida, pero ni siquiera me lo planteé. Lo di por sentado, y a ti también. Lo siento muchísimo, conejita
Quise apartar la mirada cuando vi el brillo de las lágrimas en sus ojos, pero me obligué a concentrarme solo en él. Llevaba demasiado tiempo escondiéndome de la verdad.
Papá se disculpó muchísimas veces por todo lo que había ocurrido a lo largo de los últimos días. Me prometió que iría otra vez a las reuniones de Alcohólicos Anónimos cada semana, que dejaría de beber y que volvería a llamar a su padrino. Y luego tiramos todas las botellas de whisky y cerveza por el fregadero. Ambos estábamos ansiosos por hacer borrón y cuenta nueva.
—¿Te duele la cabeza? —me preguntó aquel día como un millón de veces.
—Estoy bien —le aseguraba yo una y otra vez.
Entonces él negaba con la cabeza y murmuraba más disculpas por abofetearme, por lo que me había dicho. Y luego me abrazaba.
Lo digo en serio, como un millón de veces.
A eso de la medianoche, lo acompañé en su ritual de todas las noches de apagar las luces.
—Conejita —comentó mientras la cocina quedaba a oscuras—, quiero que le des las gracias a tu amigo la próxima vez que lo veas.
—¿Qué amigo?
—Ya sabes, el chico que estaba contigo anoche. ¿Cómo se llama?
— Seiya —murmuré.
—Eso. Bueno, me lo merecía. Demostró valor al hacer lo que hizo. No sé qué hay entre vosotros, pero me alegra que cuentes con un amigo dispuesto a defenderte. Dile que le doy las gracias, ¿quieres?
—Claro.
Me volví y subí por las escaleras rumbo a mi cuarto, rogando que aquel encuentro no ocurriera pronto.
—Oye, Usagi—Hizo una mueca mientras se frotaba la mandíbula—. Pero dile que la próxima vez preferiría que me escribiera primero una carta de reprimenda. Menudo brazo tiene ese chico.
No pude evitar sonreír.
—No habrá próxima vez —le aseguré mientras subía los últimos peldaños y me dirigía a mi cuarto.
Mis padres estaban haciéndole frente a la realidad, renunciando a aquello que les servía de distracción. Ahora me tocaba a mí, y eso significaba dejar a Seiya. Por desgracia, no había reuniones semanales ni padrinos ni un programa de doce pasos para ayudarme a superar mi adicción.
