Estaba casi segura de que Seiya no me abordaría en el instituto. ¿Por qué iba a hacerlo? Ni que me echara de menos... aunque yo deseara con toda mi alma que así fuera. No había perdido nada, disponía de un montón de chicas deseando llenar cualquier hueco que yo pudiera haber dejado en su agenda. Por eso, no iba a hacerme falta un plan para evitarlo el lunes por la mañana.

El problema era que yo ni siquiera quería encontrarme con él. Si tenía que verlo día tras día, nunca podría olvidarlo. Nunca podría pasar página. Para esa situación sí necesitaba un plan, y ya había trazado uno.

Paso uno: mantenerme distraída en el pasillo por si me cruzaba con él. Paso dos: mantenerme ocupada en Inglés y nunca mirar hacia su lado de la clase. Paso tres: salir disparada del aparcamiento por la tarde para no toparme con él.

Papá hizo posible el paso tres al arreglarme el coche el domingo, así que estaba segura de que podría evitar ver a Seiya. En cuestión de semanas, conseguiría sacarme de la cabeza nuestra relación (o la ausencia de esta). Y si no era así, bueno, nos graduaríamos en mayo y no tendría que volver a ver aquella sonrisita arrogante nunca más.

Al menos, esa era la teoría.

Sin embargo, cuando el timbre indicó el final de las clases el lunes, supe que mi plan era una estupidez. No mirar a Seiya no significaba necesariamente no pensar en él. De hecho, me pasé la mayor parte del día pensando en no mirarlo, y luego pensé en todas las razones por las que no debería pensar en él. ¡Era un círculo vicioso! Nada conseguía distraerme.

Hasta el martes por la tarde.

Iba de camino a la cafetería después de una clase de Política insoportablemente larga cuando pasó algo que me proporcionó la distracción que necesitaba. Fue algo increíble y asombroso. Algo absolutamente alucinante.

Kelvin se puso a caminar conmigo por el pasillo.

—Hola —me saludó.

—Hola. —Hice todo lo que pude para mostrarme lo más simpática posible y que no se me notara el mal humor—. ¿Cómo va eso, Harvard?

Kelvin sonrió y bajó la mirada mientras avanzaba arrastrando los pies.

—Pues aquí, ya ves, intentando decidir sobre qué escribir el trabajo de la carta al periódico. El señor Tomoe no fue muy específico. ¿Sobre qué vas a escribir el tuyo?

—No estoy segura —admití—. Estoy pensando en hacerlo sobre el matrimonio homosexual.

—¿A favor o en contra?

—A favor, por supuesto. Después de todo, el Gobierno no tiene ningún derecho a dictar quiénes pueden o no pueden declararse públicamente su amor.

—Qué romántico —comentó Kelvin.

Solté un resoplido.

—En absoluto. No soy nada romántica, pero es de cajón. Negarles a los homosexuales el derecho al matrimonio viola su derecho a la libertad y a la igualdad. Una cagada monumental, vamos.

—Opino exactamente lo mismo —asintió Kelvin—. Parece que tenemos mucho en común.

—Supongo que sí.

Caminamos un par de segundos en silencio antes de que me preguntara:

—Bueno, ¿tienes planes para el baile de graduación?

—No; no voy a ir. ¿Por qué pagar doscientos dólares por un vestido, treinta por una entrada, cuarenta por el peinado y el maquillaje y otro puñado más por una cena donde lo único que puedes comer es una ensalada sin aderezo para evitar mancharte el vestido de fiesta? Es ridículo.

—Ya veo —contestó Kelvin—. Pues es una pena... porque confiaba en que fueras conmigo.

Vaya, eso no me lo esperaba. Para nada. ¿Kelvin Taylor, el chico por el que llevaba años colada, quería invitarme al baile de graduación? Ay, Dios mío. Ay, Dios mío. Y yo acababa de despotricar contra toda la institución de los bailes de instituto como una idiota sabelotodo. Prácticamente lo había reSonado sin querer. Ay, mierda. Era una imbécil. Una completa imbécil. Y ahora me había quedado sin palabras. ¿Qué le decía? ¿Me disculpaba, lo retiraba, le...?

—Pero no pasa nada si eso es lo que opinas —me dijo Kelvin—. Yo siempre he considerado los bailes de graduación un rito de paso absurdo, así que opinamos igual.

—Ah, ok —respondí sin convicción.

«¡Por el amor de Dios, que alguien me pegue un tiro!»

—Pero —insistió Kelvin— ¿tienes algo en contra de las citas normales? ¿Sin vestidos de fiesta ni ensaladas asquerosas?

—No, no tengo ningún inconveniente.

La cabeza me daba vueltas. Kelvin quería pedirme una cita. ¡Una cita! No había tenido una cita de verdad desde... En realidad, nunca había tenido una cita de verdad. A menos que contase cachondear con Mamoru en la última fila de un cine, y eso no lo consideraba una cita.

Pero ¿por qué? ¿Por qué iba a querer Kelvin salir conmigo? Yo era la Duff. Las Duff no tienen citas. No de las de verdad. Y, sin embargo, Kelvin estaba desafiando las probabilidades. Tal vez era mejor persona que la mayoría, exactamente como siempre me lo había imaginado en mis estúpidas y cursis fantasías en medio de clase. No era superficial, engreído, arrogante ni presumido, sino un perfecto caballero.

—Eso está bien. En ese caso... —Noté que estaba nervioso: estaba poniéndose colorado, tenía la mirada clavada en sus zapatos y jugueteaba con las gafas—. ¿Qué tal el viernes? ¿Te gustaría salir conmigo el viernes por la noche?

—Me...

Y entonces sucedió lo inevitable. Pensé en el cretino, el playboy, el mujeriego; la única persona que podría estropearme ese momento. Sí, estaba colada por Kelvin Taylor (¿cómo no iba a estarlo?: era dulce, encantador, inteligente...), pero mis sentimientos por Seiya eran mucho más profundos. Había salido de la piscina para niños de los encaprichamientos adolescentes y me había zambullido en las profundas aguas infestadas de tiburones del océano de las emociones. Y, si me perdonan la dramática metáfora, se me daba fatal nadar.

Pero Mina me había dicho que pasara página, y allí estaba Kelvin lanzándome un flotador y ofreciéndose a salvarme de morir ahogada. Sería una idiota si no aceptara. Quién sabía cuánto tiempo podría pasar hasta que apareciera otro equipo de rescate. Y, vamos, Kelvin era adorable.

—Me encantaría —dije esperando que la pausa no lo hubiera asustado demasiado.

—Genial. —Parecía aliviado—. Te recogeré a las siete el viernes.

—Genial.

Nos separamos en la cafetería y creo que me acerqué a la mesa dando saltitos (sí, fui saltando como una niña), olvidando por completo mi mal humor.

Y siguió en el olvido.

Durante el resto de la semana, no volví a pensar en que no debería estar pensando en Seiya. Es más, no pensé para nada en él. Ni una sola vez. Mi cerebro estaba demasiado ocupado con cosas como «¿qué debería ponerme?» y «¿cómo debería peinarme?». Todo aquello por lo que nunca me había preocupado antes. Eso sí que era surrealista.

Pero Mina y Lita eran expertas en eso, y fueron a casa conmigo el viernes por la tarde, deseando convertirme en su Barbie particular. Si no hubiera estado tan nerviosa por esa cita, me habría sentido horrorizada; mi lado feminista se habría ofendido con todo aquel acicalamiento y los grititos de entusiasmo.

Me obligaron a probarme como veinte conjuntos diferentes (me parecieron todos espantosos) antes de decidirse por uno. Terminé con una falda negra hasta las rodillas y una blusa turquesa de cuello bajo, lo bastante escotada para dejar entrever la curva de mis diminutas tetas. Luego emplearon el resto del tiempo en pasarme la plancha por mi rebelde pelo. Tardaron dos horas (y no exagero) en alisármelo.

Ya eran las siete menos diez cuando me colocaron delante del espejo para examinar su obra.

—Perfecta —anunció Mina.

—¡Preciosa! —coincidió Lita.

—¿Lo ves, Usa? —dijo Mina—. Toda esa mierda de las Duff es una estupidez. Ahora mismo, estás bellicima.

—¿Qué es esa mier... eso de las Duff? —preguntó Lita.

—Nada —contesté.

—Usa cree que es más fea que nosotras.

—¿Qué? —exclamó Lita—. ¿De verdad crees eso, Usagi?

—No es para tanto.

—Sí lo cree —dijo Mina—. Me lo dijo ella misma.

—Pero no es verdad, Usagi —insistió Lita—. ¿Cómo puedes pensar eso?

—Lita,no te preocupes. No es para tan...

—Estoy de acuerdo —me interrumpió Mina—. ¿ Eso es una estupidez? ¿A que es muy guapa, Lita?

—Superguapa.

—¿Lo ves, Usagi? Eres superguapa.

Suspiré.

—Gracias, chicas. —Hora de cambiar de tema—. Bueno... esto... ¿cómo piensan volver a casa? No puedo llevaros yo porque Kelvin me recogerá en diez minutos. ¿Van a venir sus padres a buscarlas?

—Ah, no —anunció Lita—. No vamos a irnos.

—¿Qué?

—Estaremos aquí esperándote cuando regreses de tu cita —me informó Mina—. Y luego nos lo contarás todo en la fiesta de pijamas que vamos a montar en honor de la primera gran cita de nuestra Usagi

—¡Eso es! —exclamó Lita alegremente.

Me quedé mirándolas, boquiabierta.

—¿En verdad?.

—¿Te parece que estamos bromeando? —preguntó Mina.

—Pero ¿que van a a hacer mientras no estoy? ¿No se aburrirán?

—Tienes una tele —me recordó Lita.

—Y eso es lo único que necesitamos —añadió Mina—. Ya hablamos con tu padre. No tienes elección.

El timbre sonó antes de que pudiera seguir discutiendo y mis amigas prácticamente me hicieron bajar las escaleras a empujones. Cuando llegamos a la sala de estar, se pusieron a enderezarme la falda y a ajustarme el cuello de la blusa intentando que enseñara el máximo escote posible.

—Vas a pasártelo genial —dijo Mina con un suspiro de felicidad mientras me colocaba un mechón de pelo detrás de la oreja—. Te habrás olvidado de Seiya en un santiamén.

Se me hizo un nudo en el estómago.

—Calla, Mina... —murmuró Lita.

Sabía que Mina ya le había contado toda la historia, pero Lita no me había comentado nada, lo que era de agradecer. Lo único que quería era mantener a Seiya lo más lejos posible de mi mente.

No había vuelto a hablar con él desde la mañana que me fui de su casa, aunque él lo había intentado un par de veces después de Inglés. Yo simplemente lo había evitado poniéndome a hablar con Lita o Mina y saliendo disparada del aula.

—Ay, Dios, lo siento —dijo Mina mordiéndose el labio—. Lo he dicho sin pensar.

Carraspeó, incómoda, y se rascó la nuca, alborotándose el pelo corto.

—¡Diviértete! —intervino Lita poniendo fin a la incómoda pausa—. Pero no demasiado, ya sabes. Puede que no les caigas tan bien a mis padres si tengo que sacarte de la cárcel.

Solté una carcajada. Solo Lita podía salvarnos de esos momentos incómodos con tanta soltura y alegría.

Miré a Mina y pude ver una chispa de miedo en sus ojos. Ella quería que superara lo de Seiya, pero yo sabía que estaba preocupada. Le preocupaba que volviera a abandonarla, que Kelvin la reemplazara. Pero no tenía nada que temer. Eso no se parecía en nada a mi relación con Seiya. Ya no huía. Ni de la realidad, ni de mis amigas ni de nada.

Le sonreí para tranquilizarla.

—¡Vete! ¡Vete! —chilló Lita, y su coleta castaña se balanceó mientras daba brincos de entusiasmo.

—Sí, eso —coincidió Mina, devolviéndome la sonrisa—. No hagas esperar a tu chico.

Me empujaron hacia la puerta y desaparecieron en el piso de arriba entre risas y susurros.

—Qué raritas —murmuré moviendo la cabeza y tratando de contener una risita. Luego respiré hondo y abrí la puerta—. Hola, Kelvin.

Estaba de pie en el porche, tan guapo como siempre con su blazer azul marino y pantalones color caqui. Parecía un Kennedy, aunque con el pelo cortado a la taza. Me dedicó una amplia sonrisa de niño que dejó al descubierto sus blanquísimos dientes.

—Hola —me dijo mientras se situaba delante de mí. Había estado esperando a un lado de la puerta—. Lo siento, oí risas y decidí esperar.

—Ah, eso. —Eché un vistazo por encima del hombro—. Sí, lo siento.

—Caramba. Estás preciosa, Usagi.

—Qué va —repuse, muerta de la vergüenza. Ningún tipo, excepto mi padre, me había dicho nunca eso.

—Claro que sí —me aseguró—. ¿Por qué iba a mentirte?

—No lo sé.

Madre mía, qué patética era. ¿Por qué no podía aceptar el cumplido sin más? ¿Y si lo asustaba antes siquiera de que empezara la cita? Dios, eso sería una mierda. Carraspeé e intenté aparentar que no me estaba dando de bofetadas para mis adentros.

—Bueno, ¿estás lista para irnos? —me preguntó Kelvin.

—Claro.

Salí y cerré la puerta detrás de mí. Kelvin me cogió del brazo y me condujo por la acera hacia su Taurus plateado. Incluso me abrió la puerta del pasajero, como hacen los chicos en las pelis antiguas. Cuánta clase. No pude evitar preguntarme de nuevo por qué diablos estaría interesado en mí. Kelvin metió la llave en el contacto y se volvió para sonreírme. Su sonrisa era sin duda su punto fuerte. Así que yo también le sonreí mientras notaba mariposas revoloteándome en la boca del estómago.

—Espero que tengas hambre —me dijo.

—Estoy famélica —mentí, pues sabía que estaba demasiado nerviosa para comer.

Cuando salimos de Beryl's, un diminuto restaurante italiano en Kinmoku, me sentía un poco más cómoda. Se me estaban pasando los nervios e incluso había conseguido comer un pequeño cuenco de espaguetis sin carne. Estábamos riendo y hablando y me lo estaba pasando tan bien que no quería que la cita terminara cuando Kelvin pagó la cuenta. Por suerte para mí, él pensaba lo mismo.

—¿Sabes qué? —comentó mientras las campanillas de la puerta tintineaban tras nosotros—. Solo son las nueve y media. Todavía no tengo que llevarte a casa... a menos que quieras volver, lo que me parecería bien, por supuesto.

—No, no tengo prisa por volver a casa. Pero ¿qué quieres hacer?

—Bueno, podríamos dar un paseo —sugirió, y señaló con un gesto la acera que recorría la concurrida calle—. No es muy emocionante, pero podemos mirar los escaparates, hablar...

Le sonreí.

—Parece divertido.

—Genial.

Entrelazó nuestros brazos y empezamos a pasear por la acera bien iluminada. Ya habíamos pasado por delante de un par de tiendecitas antes de que ninguno de los dos hablara. Gracias a Dios, él abrió la boca primero, porque, aunque ya no estaba tan nerviosa, no tenía ni idea de qué decir que no me hiciera quedar como una mema integral.

—Bueno, puesto que ya conoces mi situación universitaria con pelos y señales, me gustaría saber cómo va la tuya. ¿Has solicitado plaza en algún sitio? —me preguntó.

—Sí. He enviado un par de solicitudes, pero todavía no me he decidido por ninguna. Supongo que estoy dejándolo para el último momento.

—¿Ya sabes qué vas a estudiar?

—Periodismo, probablemente —contesté—. Pero no estoy segura. Siempre he querido trabajar para el New York Times, o en algún periódico Político en Aquí en Japón por eso he solicitado plaza en algunas universidades Kyoto, Osaka, Keio, Nagoya.

—Vaya —dijo realmente sorprendido y asintiendo con la cabeza—. Qué ambicioso.

—Ya, bueno, probablemente acabe como esa chica de El diablo viste de Prada. Una auténtica perdedora trabajando en una estúpida revista de moda, cuando lo que de verdad quiero hacer es escribir sobre lo que pasa en el mundo o entrevistar a congresistas revolucionarios... como acabarás siendo tú.

Me dedicó una sonrisa radiante.

—No, tú no serás una perdedora.

—Lo que tú digas —contesté riéndome—. ¿Me imaginas escribiendo sobre moda, una industria donde llevar una talla treinta y ocho se considera ser gorda? Ni hablar. Acabaría suicidándome.

—Algo me dice que se te daría bien cualquier cosa que te propusieras.

—Algo me dice que estás adulándome un poco, Kelvin.

Se encogió de hombros.

—Puede, pero no mucho. Eres estupenda, Usagi. No tienes pelos en la lengua, no te da miedo ser tú misma, y eres demócrata. En mi opinión, eso es ser asombrosa.

Vale, sí, me puse roja. ¿Pueden culparme?

—Gracias.

—No hay nada que agradecer.

¡Madre mía! ¿Es que era perfecto? Guapo, amable, divertido... y yo le gustaba por alguna misteriosa razón. Era como si estuviéramos hechos el uno para el otro. Como si él tuviera la pieza que encajaba en mi rompecabezas. ¿Podía una chica tener más suerte?

Soplaba una fría brisa de marzo y empecé a arrepentirme de permitir que Mina y Lita me hubieran elegido la ropa. Mis amigas nunca tenían en cuenta el clima a la hora de vestirse. Tenía las piernas desnudas heladas (no me habían dejado ponerme medias) y la fina tela de la blusa no me protegía para nada del viento. Estaba tiritando y me rodeé el torso con los brazos intentando calentarme.

—Espera, toma —me dijo Toby. Se quitó el blazer, como se supone que tienen que hacer los chicos, y me lo ofreció—. Deberías haberme dicho que tenías frío.

—Estoy bien.

—No seas tonta. —Me ayudó a meter los brazos—. Preferiría no tener que salir con una paleta.

¿Salir? Bueno, eso era una cita, pero ¿ahora estábamos saliendo? Nunca había salido con nadie, así que no estaba segura del todo. De cualquier forma, oírlo decir eso me hizo sentir muy feliz... y extrañamente nerviosa al mismo tiempo.

Kelvin me hizo dar la vuelta y me arregló el blazer alrededor del cuello y los hombros.

—Gracias —murmuré.

Estábamos de pie delante de una vieja tienda de antigüedades y la luz de unas elaboradas y anticuadas lámparas, como las que tenía mi abuelo en su sala de estar, iluminaba los escaparates. El resplandor envolvía la cara angulosa de Toby, reflejándose en los bordes de sus gafas y realzando sus ojos almendrados... que me miraban fijamente. Todavía tenía los dedos en el cuello del blazer, pero entonces su mano se deslizó por mi hombro hasta mi mandíbula. Me rozó la mejilla con el pulgar, acariciándola una y otra vez. Se inclinó despacio hacia mí, proporcionándome tiempo de sobra para detenerlo si quería. ¡Ya, claro! Como si se me fuera a ocurrir.

Y entonces me besó. No fue un cachondeo, pero tampoco solo un piquito. Fue un beso de verdad: suave, dulce y largo. La clase de beso que había querido que Kelvin Taylor me diera desde que tenía quince años, y fue exactamente como siempre lo había imaginado. Sus labios eran suaves y cálidos, y la forma en la que se movían sobre los míos hizo que las mariposas que tenía en la tripa enloquecieran.

Vale. Lo sé, lo sé. Opino que meterse mano en público es asqueroso e inmaduro, pero vamos. En ese instante estaba demasiado distraída para que me importara quién pudiera estar mirando. Así que, sí, dejé de lado mis principios un segundo y le rodeé el cuello con los brazos. A fin de cuentas, siempre podía volver a mi cruzada contra los besos en público por la mañana.

Entré sigilosamente en casa a eso de las once de la noche y me encontré a papá esperándome en el sofá. Me sonrió y le quitó el sonido al televisor.

—Hola, conejita.

—Hola, papá. —Cerré la puerta principal y eché la llave—. ¿Qué tal tu reunión de Alcohólicos Anónimos?

—Extraña —admitió—. Es raro volver... pero me acostumbraré. ¿Y tú? ¿Qué tal tu cita?

—Alucinante —contesté con un suspiro.

Dios, no podía dejar de sonreír. Papá probablemente iba a pensar que me habían hecho una lobotomía.

—Eso está bien —aseguró—. ¿Con quién me dijiste que ibas a salir? Lo siento, es que no me acuerdo de cómo se llamaba.

—KelvinTaylor.

—¿Taylor? —repitió papá—. ¿Te refieres al hijo de Son Taylor? Vaya, eso es genial, conejita. Son es un buen tipo. Es el director del departamento de tecnología de una empresa del centro, y viene continuamente a la tienda. Es una familia maravillosa. Y me alegra oír que su hijo también es un buen chico.

—Sí que lo es —le aseguré.

Oímos pasos en la planta de arriba y los dos levantamos la vista hacia el techo.

—Vaya. —Papá negó con la cabeza y volvió a mirarme—. Casi me había olvidado de ellas. Han estado sospechosamente calladas toda la noche.

—Sí. Debería subir antes de que Mina tenga un aneurisma. Hasta mañana, papá.

—Vale. —Cogió el mando de la tele y subió el volumen—. Buenas noches, conejita.

Ya había subido alegremente media escalera cuando papá me llamó otra vez.

—Oye, conejita.

Me detuve y me apoyé en la barandilla para mirar hacia la sala de estar.

—¿Sí?

—¿Qué pasó con Seiya?

Me quedé helada y sentí que me faltaba un poco el aire.

—¿Q... qué?

—Tu amigo, el que... estaba contigo aquella noche. —Me miró desde el sofá mientras se colocaba bien las gafas—. No hablas mucho de él.

—Ya no nos vemos —contesté.

Empleé aquel tono de voz que dejaba claro que no debía hacerme más preguntas. Todas las adolescentes conocen esa voz y la usan con sus padres con frecuencia. Por lo general, la orden tácita es respetada. Mi padre me quería, pero sabía que era mejor no ahondar en los problemas de mi vida en el instituto. Era muy listo.

—Ah... solo era curiosidad.

—¡Usagi!

La puerta de mi cuarto se abrió de golpe y apareció Lita con un pijama de color naranja fosforito. Bajó corriendo hasta la mitad de la escalera y me agarró del brazo.

—¡Deja de hacernos esperar! Ven y cuéntanoslo todo.

La sonrisa radiante de Lita casi consigue hacerme olvidar que papá había mencionado a Seiya. Casi.

—¡Buenas noches, señor Tsukino! —gritó Lita mientras me arrastraba hasta mi cuarto.

Después de unos pasos, mis pies volvieron a ponerse en marcha y me recordé que acababa de tener la mejor cita del mundo con el chico de mis sueños. Mis amigas comenzaron a chillar y a dar saltitos en cuanto entré en la habitación, y acabé sucumbiendo a su contagiosa alegría.

Tenía derecho a sentirme feliz por eso. Incluso los cínicos nos merecemos una noche libre de vez en cuando, ¿no?