El buen humor me duró hasta el lunes por la tarde. Después de todo, ¿por qué iba a irritarme? Por nada. Las cosas habían vuelto a la normalidad en casa, hacía semanas que mis amigas no me obligaban a ir al Crown y, ah, sí, acababa de tener una cita con el chico perfecto. ¿Quién se quejaría?
—Creo que nunca te había visto tan feliz —comentó Mina mientras salíamos del aparcamiento para alumnos. Su voz estaba cargada de energía, un desafortunado efecto secundario del entrenamiento de animadoras, y daba botecitos en el asiento—. ¡Es tan alentador!
—Por Dios, Mina, oyéndote parece que fuera una suicida o algo por el estilo.
—No se trata de eso. Es solo que últimamente no pareces tan amargada como de costumbre. Es un buen cambio.
—Yo no soy una amargada.
—Sí que lo eres. —Se estiró y me dio una palmadita en la rodilla—. Pero no pasa nada, Usa, es parte de tu personalidad y lo aceptamos. Pero ahora no estás amargada, y eso es genial. No te lo tomes como un insulto.
—Lo que tú digas. —Pero sonreí.
—¿Lo ves? —exclamó Mina—. Estás sonriendo. No puedes evitarlo, ¿verdad? Como te dije, nunca te había visto tan feliz.
—Vale, puede que tengas razón —admití.
En cierto sentido, era verdad. Había recuperado a Mina y a Lita y las cosas habían vuelto a la normalidad con papá. ¿Por qué iba a quejarme?
—Siempre la tengo. —Se inclinó hacia delante y cambió la radio a una espantosa emisora de éxitos—. Bueno, ¿y qué hay de ti y de Kelvin? ¿Algún chisme que valga la pena?
—Pues no. Va a venir a casa esta tarde.
—¡Hmmm! —Volvió a apoyarse en el asiento y me guiñó un ojo—. A mí eso me parece un chisme muy interesante. Habrás conseguido condones extragrandes, ¿no?
—Cierra el pico. No se trata de eso, y lo sabes. Solo viene a hacer el trabajo para clase de Política. Es...
Me interrumpí cuando mi móvil, que estaba en el portavasos, empezó a vibrar y a sonar con fuerza. Apreté el volante con los dedos al instante. Recordaba a quién le había asignado ese tono, y aquellos pocos acordes fueron lo único que hizo falta para arruinarme la tarde.
—¿Britney Spears? Tienes Womanizer de tono. ¿En serio? Por Dios, Usa, esa canción debe de ser de 2008, por lo menos —bromeó Mina, pero yo no dije nada—. ¿No piensas contestar?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no quiero hablar con él.
—¿Con quién?
No respondí, así que Mina cogió mi móvil y comprobó la pantalla. La oí soltar un suspiro comprensivo. La música dejó de sonar unos segundos después, pero no conseguí que mi cuerpo volviera a relajarse. Me sentía entumecida e inquieta, y no me ayudaba que Mina me mirara fijamente.
—¿No has hablado con él?
—No —contesté entre dientes.
—¿Desde el día que te recogí en su casa?
—Ajá.
—Ay, Usa —Suspiró.
Se hizo el silencio en el coche (bueno, salvo por el molesto sonido de una cantante pop sin talento en la radio; pero la tipa estaba demasiado ocupada quejándose de que su novio la engañaba para preocuparse por mis problemas).
—¿Qué crees que quiere? —me preguntó Mina cuando la canción terminó. Noté cierta amargura en su voz.
—Conociendo a Seiya... probablemente sexo telefónico —gruñí—. Nunca es nada más importante.
—Bueno, pues menos mal que no has contestado. —Volvió a dejar el móvil en el portavasos y se cruzó de brazos—. Porque no te merece, Usa Y, además, ahora estás con Kelvin, que es perfecto para ti y te trata como deberían tratarte... a diferencia del imbécil ese.
Una parte de mí quiso detenerla, defender a Seiya, decirle que en realidad nunca me había tratado mal. Vale, sí, me llamaba Duffy sin parar, lo que me fastidiaba y me dolía; pero, en general, Seiya había sido bueno conmigo.
Pero no se lo dije a Mina. No le dije nada en absoluto. Ella no sabía nada de la última noche que había pasado con Seiya, de que había sido mi amigo durante doce horas seguidas. No sabía nada de la recaída de papá ni de cómo Seiya me había defendido. Nunca podría contarle esas cosas.
Mina solo estaba enfadada con él porque estaba asustada. Asustada de que volviera corriendo a sus brazos y me olvidara de ella y de Lita otra vez. Defender a Seiya no la habría ayudado a superar esos temores.
En cuestión de días, Kelvin había pasado de freaki a héroe en la mente de Mina, simplemente porque no me había apartado de ella, porque no pasaba todas las tardes con él como había hecho con Seiya. Aunque la verdad era que no me apetecía. Algunas veces eso me asustaba, pero supuse que era normal. Esa era una relación sana, no una vía de escape como lo que tenía con Seiya. Y, por el momento, estaba muy contenta de pasar algún tiempo con mis amigas.
Aparqué delante de la casa de Mina y pulsé el botón de desbloqueo automático de las puertas.
—No te preocupes por mí. Tienes razón, Kelvin es genial, y me ha ayudado mucho a pasar página. En realidad, ya lo he hecho. Las cosas me van bien, así que no te preocupes.
—Vale —contestó—. Bien. Bueno, hasta mañana, Usa
—Adiós.
Mina salió del coche y yo me marché, preguntándome si acababa de mentirle. Para ser sincera, no estaba segura.
Seiya volvió a llamar de camino a casa y lo ignoré. Porque las cosas me estaban yendo bien, porque estaba pasando página, porque hablar por teléfono y conducir al mismo tiempo no es seguro.
Saqué a Seiya de mi mente cuando vi que el coche de Kelvin ya estaba aparcado frente a mi casa. Mi padre todavía no había vuelto del trabajo, por lo que estaba sentado en los escalones del porche con un libro. El sol se reflejaba en la montura de sus gafas, haciéndolas parecer aún más brillantes. Como si Kelvin fuera un trofeo.
Salí del coche y subí rápidamente por la acera hacia él.
—Hola. Lo siento. He tenido que llevar a Mina a su casa.
Kelvin levantó la cabeza y me miró con una sonrisa en los labios. Una sonrisa de verdad, no una mueca arrogante...
Negué con la cabeza. No iba a pensar en Seiya. No iba a permitirme echarlo de menos. No, cuando tenía a Kelvin. Mi dulce, normal y sonriente Kelvin.
—No pasa nada —me aseguró—. Estaba disfrutando del clima. Es tan impredecible en primavera... —Metió el marcapáginas en la novela—. Es agradable disfrutar de un poquito de sol.
—¿Brontë? —pregunté al ver la cubierta del libro—. ¿Cumbres borrascosas? ¿No es un libro para chicas?
—¿Lo has leído?
—Bueno, no —admití—. Pero sí he leído Jane Eyre, que está lleno de feminismo temprano. No digo que eso sea un problema. Soy una feminista absoluta, pero es un poco raro para un chico.
Kelvin negó con la cabeza.
—Jane Eyre es de Charlotte Brontë. Y Cumbres borrascosas, de Emily. Las dos hermanas son muy diferentes. Sí, Cumbres Borrascosas normalmente se considera una historia de amor, pero yo no estoy de acuerdo. Es casi una historia de fantasmas, y hay más odio que romance. Todos los personajes son detestables, malcriados, egoístas... Es algo así como ver un episodio de Gossip Girl en el siglo XIX. Salvo que es mucho menos ridículo, claro.
—Parece interesante —mascullé, disgustada porque en secreto veía Gossip Girl con regularidad.
—Supongo que no es demasiado popular entre la mayoría de los chicos de mi edad, pero engancha. Deberías leerlo.
—Puede que lo haga.
—Te gustará.
Sonreí y negué con la cabeza.
—Bueno, ¿listo para entrar?
—Por supuesto. —Cerró el libro y se puso de pie—. Te sigo.
Abrí la puerta y le permití pasar delante de mí. Una vez dentro, Kelvin se quitó los zapatos de inmediato. No es que viviéramos como cerdos ni nada por el estilo, pero nadie hacía nunca eso en nuestra casa. No pude evitar quedar impresionada.
—¿Dónde vamos a trabajar? —me preguntó.
De pronto, caí en la cuenta de que estaba mirándolo y aparté la vista.
—Ah —dije como si tal cosa—. Pues... ¿en mi cuarto? ¿Te parece bien?
«Dios, espero que no piense que soy una acosadora por quedarme mirándolo así.»
—Si a ti no te molesta... —respondió Kelvin.
—No, está bien. Vamos.
Me siguió escaleras arriba. Cuando llegamos a mi cuarto, abrí la puerta una rendija y realicé un examen rápido en busca de artículos vergonzosos (sujetadores, braguitas, etc.) que pudieran estar tirados por el suelo. Tras asegurarme de que todo estaba en orden (y rezando para que no se me hubiera notado demasiado), abrí la puerta de par en par y le hice un gesto a Kelvin para que pasara.
—Lo siento, está un poco desordenado —me disculpé mirando el montón de ropa limpia sin doblar que siempre estaba en el suelo al pie de la cama e intentando no pensar en la última vez que había subido a un chico a mi cuarto y cómo se había reído de mi manía de doblar la ropa. ¿Qué pensaría Kelvin de ello?
—No pasa nada. —Kelvin apartó de la silla una pila de libros que ya debería haber devuelto a la biblioteca y los colocó sobre el escritorio. Luego se sentó—. Tenemos diecisiete años. Se supone que nuestras habitaciones deben estar desordenadas. De lo contrario, no sería natural.
—Supongo que no. —Me subí a la cama y me senté con las piernas cruzadas—. Solo quería asegurarme de que no te molesta.
—Nada de lo que haces podría molestarme, Usagi.
Tuve que hacer un gran esfuerzo para ignorar lo cursi que había sonado eso, pero sonreí de todas formas y clavé la mirada en mi edredón morado. Nunca había recibido tantos cumplidos de la misma persona, y no se me daba muy bien aceptarlos. Generalmente, porque siempre estaba demasiado ocupada burlándome de lo empalagoso que eran. Pero estaba trabajando en ello.
Y la verdad era que me había sonrojado.
Ni siquiera me di cuenta de que Kelvin se había movido hasta que lo tuve sentado a mi lado.
—Lo siento. ¿Te he hecho sentir vergüenza?
—No... Bueno, sí, pero en el buen sentido.
—Mientras sea en el buen sentido...
Se inclinó hacia delante y me besó en la mejilla, pero no dejé que parara ahí. Volví la cabeza y presioné mis labios contra los suyos, justo cuando él estaba empezando a apartarse. No ocurrió con tanta fluidez como había esperado. Me golpeó en la cara con las gafas un momento, pero fingí que no me había dado cuenta.
Tenía los labios tan suaves que me pregunté si usaría bálsamo. En serio, nadie tiene los labios tan perfectos de manera natural, ¿verdad? Los míos debieron de asquearlo: probablemente le parecieron ásperos y agrietados. Pero, si era el caso, no lo demostró. Su mano subió por mi brazo y se posó en mi hombro, acercándome un poco más. Nos quedamos sentados en la cama besándonos unos minutos, pero el sonido de mi móvil interrumpió el momento. «¡Mierda!»
Y, por supuesto, se trataba del mismo tono de Britney Spears (el que menos me apetecía oír en ese preciso instante), que parecía gritarme. Kelvin se separó y miró hacia el suelo, donde yo había dejado caer el bolso. Cuando no me moví, se volvió hacia mí arqueando las cejas.
—¿Estás ignorando a alguien? —me preguntó.
—Pues... sí.
—¿Estás segura de que no tienes que contestar?
—Segurísima.
Antes de que pudiera hacerme más preguntas, volví a besarlo. Con más fuerza, esta vez. Y, aunque Kelvin vaciló un momento, luego correspondió al beso. Le saqué las gafas a tientas y las coloqué en la mesita de noche al lado de la cama antes de abrazarnos y profundizar el beso.
Lo empujé hacia las almohadas conmigo. No había suficiente espacio para los dos en mi cama individual, así que tuvo que tumbarse encima de mí. Tenía una de sus manos en mi pelo y la otra, cerca de mi codo. No intentó agarrarme un pecho, no me metió la mano debajo de la camiseta ni trató de desabrocharme los vaqueros. En realidad, Kelvin no intentó hacer nada arriesgado y tuve el presentimiento de que iba a tocarme a mí dar todos los pasos importantes, como desabotonarle la camisa. Y así lo hice.
Durante un instante, me pregunté si Kelvin vacilaba por mí, porque yo era la Duff, porque en realidad no le resultaba atractiva. A pesar de todos los cumplidos que me hacía, no parecía que me deseara. No como Seiya.
No. Sabía que eso no era cierto. No se trataba de que Kelvin no quisiera pasar a mayores (era un adolescente, después de todo), sino de que era un caballero. Un chico paciente y respetuoso que no quería pasarse de la raya. Y además solo llevábamos saliendo unos días.
¿El hecho de que solo lleváramos saliendo unos cuatro días y ya estuviera revolcándome con él en mi diminuta cama me convertía en una zorra? ¿Mi relación con Seiya había deformado por completo mi percepción del sexo? ¿O todas las chicas lo hacían?
Michiru se acostaba con la mayoría de sus novios en la primera cita, aunque todo el instituto pensara que era una puta. Mina se había acostado con Jedite solo una semana después de que empezaran a salir. Ella tenía quince años en aquel entonces y Jedite era su primer novio de verdad. Era ingenua y estúpida, y no tenía reparos en admitir que fue un gran error.
Pero yo sabía que no me sentiría así con Toby. A fin de cuentas, era yo la que estaba dando los pasos. Yo quería ir más lejos con él. Porque me gustaba, porque era guapo y dulce, porque no le daba vergüenza salir conmigo. No se me ocurría ni una buena razón para no acostarme con él.
Dios, solo quería dejar de pensar. Lo besé con más intensidad y lo acerqué más a mí, intentando recrear aquel entumecimiento mental que había sentido antes... con Seiya. Pero no estaba funcionando. No podía dejar de pensar.
Le desabroché el resto de los botones de la camisa y lo ayudé a tirarla al suelo. Era bastante escuálido, sin apenas músculos (Mina lo habría llamado flacucho o algo por el estilo). Empezó a subirme el dobladillo de la camiseta con cautela. Se movía despacio por si yo quería detenerlo; me besaba del mismo modo, siempre preocupado de haberse extralimitado. Le pasé una pierna alrededor de la cintura y me froté contra él. Sin límites. Tal vez no había límites. Tal vez yo nunca los había tenido.
Quién sabe cuánto tiempo estuvimos enrollándonos en la cama, sacándonos la ropa a paso de tortuga. Yo ya estaba sin aliento para cuando se atrevió a pasarme la camiseta por encima de la cabeza y tirarla a la alfombra. Aunque parte de mí apreciaba la paciencia que estaba demostrando, no pude evitar pensar: «Ya era hora».
Noté que su mano derecha avanzaba lentamente (como un caracol) hacia el cierre de mi sujetador. A ese paso, sería medianoche antes de que me lo quitara y, por algún motivo, me sentía ansiosa e inquieta. Quería que me lo quitara, quería sentirme atractiva y deseada, quería dejar de pensar. Así que lo aparté y me senté, rodeándolo todavía con las piernas. Ambos estábamos jadeando y nos miramos fijamente.
—¿Estás segura de esto? —susurró Kelvin.
—Completamente.
Me llevé las manos a la espalda para soltar el cierre; pero, justo cuando rocé el gancho con los dedos, alguien llamó a la puerta de mi cuarto.
—¿Usagi?
Kelvin y yo dimos un brinco y giramos bruscamente el cuello mientras la puerta se abría.
Seiya Kou se había quedado paralizado en la puerta, mirándonos.
