—Dios mío —murmuré mientras Kelvin y yo intentábamos separarnos frenéticamente.
Kelvin se bajó a toda prisa de la cama y recogió su camisa del suelo poniéndose colorado. Yo estiré el brazo y cogí mi camiseta.
—¿Cómo has entrado, Seiya? —solté.
—No estaba cerrado con llave —contestó—. No me has abierto cuando he llamado... Y ahora veo por qué.
Sus ojos estaban cargados de lo que supuse que sería asombro (que se convirtió rápidamente en asco) y miraban directamente a Kelvin.
¿Por qué se sorprendía? ¿Porque no creía que nadie más quisiera echar un polvo con la Duff?
—Pero ¿qué haces aquí? —pregunté sintiendo que un repentino torrente de rabia me corría por las venas. Me pasé la camiseta por encima de la cabeza con movimientos bruscos y me puse de pie.
—No contestabas al teléfono —masculló Seiya—. Estaba preocupado, pero parece que estás perfectamente. —Fulminó a Kelvin con la mirada un momento antes de volverse de nuevo hacia mí—. Culpa mía.
Ahora era él el que parecía enfadado. Enfadado y dolido. No lo entendía.
Le eché un vistazo a Kelvin. Ya se había puesto y abotonado la camisa y se miraba los pies, visiblemente incómodo por la situación.
—Oye —dije, y él me miró—. Vuelvo enseguida, ¿vale?
Kelvin asintió con la cabeza.
Empujé a Seiya hacia el pasillo con una mano y cerré la puerta de mi cuarto detrás de mí con la otra.
—¡Por Dios, Seiya! —exclamé entre dientes, irritada, mientras lo hacía bajar por las escaleras—. Siempre supe que eras un pervertido, pero ¿espiarme? Eso es pasarse.
Supuse que respondería algo a eso, algo arrogante y presuntuoso, o que tal vez me tomaría el pelo, como siempre hacía. Pero simplemente me miró, con una expresión seria en el rostro. No era para nada lo que me habría esperado de Seiya.
Se hizo el silencio.
—Bueno —dijo por fin—. ¿Así que Taylor y tú están juntos?
—Pues sí —contesté inquieta—. Así es.
—¿Desde cuándo?
—Desde la semana pasada... aunque no es asunto tuyo.
Otra intento de convertir eso en una conversación normal. Pero no picó.
—Ya, perdona. —Parecía incómodo, muy diferente del imbécil y confiado Seiya al que estaba acostumbrada.
Se produjo otro silencio violento.
—¿Por qué has venido, Seiya?
—Ya te lo he dicho. Estaba preocupado. Has estado evitándome en el instituto la última semana y, cuando te he llamado hoy, no has contestado. Pensaba que podría haber pasado algo con tu padre, así que he venido para asegurarme de que estás bien.
Me mordí el labio inferior mientras me invadía una oleada de culpa.
—Eso es muy considerado —murmuré—. Pero estoy bien. Papá se disculpó por lo de la otra noche y está asistiendo a reuniones de Alcohólicos Anónimos, así que...
—¿Así que no ibas a contármelo?
—¿Por qué tendría que contártelo?
—¡Porque me importas! —gritó Seiya. El impacto de sus palabras me dejó atónita un segundo—. ¡He estado preocupado por ti desde que te fuiste de mi casa hace una semana! Ni siquiera me dijiste por qué te fuiste, Usagi. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Simplemente asumir que estarías bien?
—Dios —susurré—. Lo siento. No...
—¡Yo me preocupo por ti y, mientras, tú te estás tirando a ese pedante de...!
—¡Oye! —grité—. No metas a Kelvin en esto.
—¿Por qué has estado evitándome? —me preguntó.
—No he estado evitándote.
—No mientas —repuso Seiya—. Has estado haciendo todo lo posible para mantenerte lejos de mí. Ni siquiera me miras en clase y prácticamente sales corriendo por el pasillo si me ves venir. Ni siquiera cuando me odiabas te comportabas así. Puede que amenazaras con apuñalarme, pero nunca...
—Todavía te odio —gruñí—. ¡Eres exasperante! Actúas como si te debiera algo. Siento haber hecho que te preocuparas, Seiya, pero es que ya no puedo seguir viéndote. Me ayudaste a escapar de mis problemas un tiempo, y te lo agradezco, pero tengo que hacerle frente a la realidad. No puedo seguir huyendo.
—Pero eso es exactamente lo que estás haciendo ahora mismo —dijo Seiya entre dientes—. Estás huyendo.
—¿Cómo dices?
—Deja de fingir, Usagi. Eres demasiado lista para eso, y yo también. Por fin he comprendido lo que quisiste decir cuando te fuiste. Dijiste que eras como Hester. Ahora lo entiendo. La primera vez que viniste a mi casa, cuando escribimos aquella redacción, dijiste que Hester estaba intentando escapar. Pero acabó pasándole factura al final, ¿no? Bueno, pues algo te ha pasado factura a ti, y estás huyendo de nuevo. Solo que esta vez él —señaló hacia la puerta de mi cuarto— es tu vía de escape. —Dio un paso hacia mí, obligándome a estirar el cuello aún más para mirarlo a la cara—. Admítelo, Duffy.
—¿Admitir qué?
—Que estás huyendo de mí. Que te diste cuenta de que estás enamorada de mí y saliste pitando porque te acobardaste
Me burlé como si aquello fuera ridículo (deseando que fuera ridículo) y puse los ojos en blanco mientras retrocedía un paso para demostrarle que no podía intimidarme, que no tenía razón.
—Oh, por Dios, no seas tan creído. Eres tan melodramático, Seiya... Esto no es una maldita telenovela.
—Sabes que es verdad.
—Y, aunque lo fuera —grité—, ¿qué importa? Tú te acuestas con cualquiera, Seiya. ¿Y qué si me marché? ¿Y qué si siento algo por ti? ¡Solo fui un polvo para ti! Tú nunca te comprometerías a nada conmigo. Nunca podrías comprometerte con nadie, pero menos aún con Duffy. Ni siquiera me consideras atractiva.
—Estupideces—gruñó con la mirada clavada en mi cara mientras se acercaba de nuevo.
Estaba muy cerca. Yo tenía la espalda pegada a la pared y Seiya estaba a escasos centímetros de mí. Solo había pasado una semana, pero parecía que hacía siglos que no estábamos tan cerca. Me estremecí al recordar la sensación de sus manos sobre mi cuerpo; sabía que si me besaba estaría perdida, la forma en la que siempre me había hecho sentir deseada incluso aunque hubiera dicho que era la Duff. ¿Era verdad? ¿Le resultaba atractiva a pesar del apodo? ¿Cómo? ¿Por qué?
—Y, entonces, ¿por qué me llamas así? —susurré—. ¿Sabes cuánto duele? ¿Tienes idea de lo mal que me siento cada vez que me llamas Duffy?
Seiya parecía sorprendido.
—¿Qué?
—Cada vez que me llamas así, estás diciéndome lo poca cosa que me consideras, lo fea que soy. Por Dios, ¿cómo puedo parecerte atractiva si me menosprecias todo el tiempo? —Pronuncié las últimas palabras con los dientes apretados.
—Yo no... —Bajó la vista y se miró los zapatos un momento. Noté que se sentía culpable—. Usagi, lo siento. —Volvió a mirarme a los ojos—. No pretendía...
Estiró la mano para tocarme.
—No —le ordené apartándome de él. Me deslicé a un lado y me alejé de la pared. No iba a permitir que me arrinconara. No iba a dejarle llevar la voz cantante—. Déjalo, Seiya.
Daba igual que alguna parte de él me considerase atractiva. Eso no cambiaba las cosas. Solo era otra chica con la que se había acostado. Una entre muchas.
—No signifiqué nada para ti —le dije.
—Entonces, ¿por qué estoy aquí? —me soltó volviéndose de nuevo hacia mí con una expresión dura en el rostro—. ¿Por qué diablos estoy aquí, Usagi?
Lo fulminé con la mirada.
—Yo te diré por qué. Tus padres te dejan solo, y tú llenas tu vida con aventuras que no significan nada. Con chicas con las que nunca tendrás algo serio, chicas que prácticamente te adoran, para que así no te abandonen. La única razón por la que estás aquí es porque no puedes aceptar la idea de que alguien más te haya dejado. Tu susceptible ego no puede soportarlo, y es más fácil hacer que te eche de menos que conseguir que tus padres vuelvan a casa.
Seiya se quedó sin habla. Tan solo me miró fijamente unos segundos apretando la mandíbula.
—¿He dado en el blanco, Seiya? —le espeté—. ¿Te tengo tan calado como tú piensas que me tienes a mí?
Me miró con severidad unos segundos (unos largos segundos) antes de retroceder un paso.
—Vale —murmuró—. Si es eso lo que quieres, me iré.
—Sí. Deberías irte.
Dio media vuelta y salió de la casa hecho una furia. Oí cómo la puerta principal daba un portazo y supe que se había ido para siempre. Realicé unas cuantas inspiraciones lentas y profundas para despejarme la cabeza y volví a subir a mi cuarto, donde me esperaba Kelvin.
—Hola —dije con un suspiro mientras me sentaba en la cama a su lado—. Siento todo esto.
—¿Qué ha pasado? —me preguntó—. No estaba escuchando a escondidas, pero gritaban mucho. ¿Estás bien?
—Sí, no pasa nada. Es una historia larga y complicada.
—Bueno, si quieres hablar de ello... —se colocó bien las gafas y me dedicó una sonrisa nerviosa—, tengo tiempo para escuchar.
—Gracias, pero estoy bien. Todo el mundo tiene trapos sucios, ¿no?
«Bueno, todo el mundo menos tú, Kelvin.»
—Cierto —asintió. Se inclinó y me besó con suavidad—. Siento que nos interrumpieran.
—Yo también.
Volvió a presionar sus labios contra los míos, pero no pude disfrutarlo. No dejaba de pensar en Seiya. Parecía tan dolido... Pero eso es lo que quería cuando lo dejé, aunque solo fuera en parte, ¿no? Que me echara de menos. Intenté apartar aquella idea de mi mente, ansiando perderme en los brazos de Kelvin. Pero no puede. No como solía perderme con Seiya.
Me aparté, furiosa conmigo misma. ¿Cómo podía pensar en Seiya cuando estaba besando a un chico como Kelvin Taylor? ¿Qué me pasaba?
—¿Hay algún problema? —me preguntó Kelvin.
—No, nada —mentí—. Es que... probablemente deberíamos empezar a documentarnos para los trabajos.
—Sí, tienes razón.
No parecía irritado, ofendido ni abatido en absoluto. Modales perfectos, sonrisa perfecta, el chico perfecto.
Entonces, ¿por qué no me sentía perfectamente feliz?
