Seiya estuvo rondándome por la mente los siguientes días, lo que me puso de muy mal humor (es decir, peor de lo habitual).

No quería pensar en él. Quería pensar en Kelvin, que evidentemente era demasiado bueno para mí. Él notaba que estaba de muy mal humor; sin embargo, en lugar de presionarme para que le contara la causa, simplemente me apretaba la mano, me besaba en la mejilla y me compraba golosinas con la esperanza de hacerme sonreír de nuevo. ¿Cómo podía estar pensando en otro tipo (un tipo insufrible, egoísta y mujeriego), cuando tenía justo delante a uno tan maravilloso? Tal vez alguien iba a tener que darme una bofetada o someterme a electrochoques, como hacen con los locos en las películas. Puede que eso me hiciera entrar en razón.

Pero Seiya parecía estar por todas partes. Siempre estaba subiéndose a su coche cuando yo iba al aparcamiento del instituto o lo tenía medio metro por delante de mí en la fila del almuerzo. ¿Tienen una idea de lo difícil que es olvidarte de que alguien existe cuando estás viéndolo constantemente? Pues muchísimo. Durante un segundo, hasta me pregunté si estaría haciéndolo a propósito (como si estuviera acosándome o algo así), pero descarté esa idea cuando me di cuenta de que ya ni siquiera me miraba. Como si estuviera demasiado molestp por lo que le había dicho e hiciera como si no me viera.

Debería haber sido un alivio no tener esos ojos escalofriantes observándome, pero no lo era en absoluto. Me dolía. Cada vez que veía a Seiya, me invadía una avalancha de emociones: rabia, tristeza, dolor, irritación, pesar, deseo y, lo peor de todo, culpa. Sabía que no debería haberle dicho esas cosas sobre sus problemas de apego... aunque fueran completamente ciertas. Sin embargo, a pesar de la necesidad de disculparme, mantuve la boca cerrada. Sinceramente, prefería hacerle frente a la idea de que era una persona horrible antes que pasar por otra conversación incómoda con él.

Pero no pude evitar la conversación con su hermana.

Estaba en la biblioteca una mañana, intentando encontrar un libro que no incluyera vampiros románticos ni chicos volando sobre dragones, cuando se me acercó Hotaru. Os juro que fue tan sigilosa que no tuve ocasión de huir. Estaba sola y, un instante después, la tenía a mi lado. Había caído en una emboscada.

—Us... Usagi —balbuceó. Se retorcía las manos y tenía la mirada clavada en el suelo, como si hablar conmigo le costara un esfuerzo sobrehumano.

—Ah. Esto... hola, Hotaru. —Dejé en la balda el libro que estaba examinando—. ¿Qué pasa?

No me volví hacia ella y fingí que seguía echándole un vistazo a los libros que tenía delante. No quería mirarla. Para empezar, se parecía demasiado a su hermano y yo estaba intentando (y fracasando rotundamente) olvidarme de él. Y, además, no podía soportar mirarla a los ojos cuando arremetiera contra mí, y estaba segura de que se disponía a hacerlo. Aunque no podía culparla. Bueno, vale, no me imaginaba a la pequeña y tímida Hotaru arremetiendo contra nada, pero aun así...

—Yo, eh... tengo algo que decirte —empezó, intentando sonar decidida.

O quizás Hotaru estuviera enfadada conmigo por facilitarle a Seiya que siguiera con su «estilo de vida». Quizá quería culparme de la distancia que había entre ellos. Si ese era el caso, ansiaba defenderlo, decirle que su abuela estaba dándole una imagen falsa de Seiya, que no era mal chico... y que, desde luego, no era mal hermano. Pero sabía que no debía involucrarme. Yo no era quién para entrometerme en los problemas familiares de Seiya. Él ya ni siquiera formaba parte de mi vida.

—Vale, dime.

«Allá vamos —pensé—. Diga lo que diga, no llores.»

—Yo... quería... —respiró hondo— darte las gracias.

—¿Qué? —Me volví para mirarla. Seguro que no la había entendido bien. Era imposible.

—Gracias —repitió—. Por Seiya. Está... está muy cambiado, y sé que tiene que ser por ti. Me... me alegra, así que gracias.

Antes de que pudiera pedirle que se explicara (que hablara despacio para seguirla), Hotaru dio media vuelta y se alejó a toda prisa, con sus mechones negros balanceándose tras ella. Yo me quedé de pie en medio de la biblioteca, completamente confundida.

Y la cosa empeoró aún más ese día.

No me sorprendió ver a Seiya doblando la esquina después del almuerzo mientras yo sacaba unos cuadernos de mi taquilla. Como he dicho, estaba por todas partes. Michiru iba con él, aferrándose a su brazo y agitando el pelo como la protagonista de un anuncio de champú. Ella se reía, pero me habría apostado cualquier cosa a que lo que fuera que había dicho Seiya no era tan gracioso. Solo lo hacía para alimentar su ego... como si hiciera falta que fuera más grande.

—Ven aquí —le dijo con una risita mientras tiraba de él hacia un hueco entre las taquillas a tres metros de donde yo estaba—. Quiero hablar contigo.

«¿Hablar? —pensé—. Ya, claro.»

Les juro que intenté no escuchar. Sabía que oírlos flirtear solo conseguiría alterarme, pero Michiru tenía una voz fuerte y chillona y estaban muy cerca de mí... y, sí, una pequeña y masoquista parte de mí no pudo contenerse. Me puse a colocar los libros en el fondo de la taquilla, intentando hacer suficiente ruido para no oír la conversación.

—¿Qué vas a hacer para el baile de graduación? —preguntó Michiru.

—No he planeado nada —respondió Seiya.

Moví mis apuntes de sitio armando estruendo con la esperanza de que, si no podía ahogar sus palabras, por lo menos se dieran cuenta de que estaba allí y se fueran a besuquearse a otro lado. Bueno, todavía no estaban metiéndose mano, pero los conocía a los dos lo suficiente para saber que no tardarían mucho.

—Bueno —dijo Michiru, que o bien no me había oído o bien le daba igual—. He pensado que podríamos ir juntos.

No me hizo falta mirar para tener la certeza de que estaba pasándole con suavidad las largas uñas pintadas por el brazo. Michiru utilizaba los mismos truquitos con todos los tipos.

—He pensado que después del baile podríamos pasar un rato a solas... en tu casa, por ejemplo.

Sentí el intenso deseo de vomitar. Agarré mis libros, cerré la taquilla de un portazo y me preparé para marcharme pitando a mi siguiente clase antes de tener que oír cómo Seiya aceptaba.

«¡Son tal para cual! —Pensé con amargura—. Ojalá pillen una enfermedad venérea. A la mierda.»

Pero Seiya respondió antes de que yo pudiera dar un paso.

—Me parece que no, Michiru.

Me quedé paralizada.

¿Qué? ¿Cómo? Rebobinemos un momentito, por favor. ¿Seiya acababa de rechazar a una chica? ¿A una chica dispuesta a hacérselo pasar de muerte en la cama? Debía de estar soñando.

Michiru parecía estar experimentando una reacción similar.

—¿Qué? ¿Qué quieres decir?

—Que no estoy interesado —dijo Seiya—. Pero estoy seguro de que hay un montón de chicos a los que les encantaría ir contigo. Lo siento.

—Ah. —Michiru salió del hueco tambaleándose y con una expresión dolida y sorprendida en la cara—. Está... está bien. No pasa nada. Se me ocurrió pedírtelo. —Vaciló un segundo—. Supongo que nos veremos luego. Tengo que ir a clase. Adiós.

A continuación, se marchó pasillo abajo, claramente confundida. Y no era la única.

¿Esa era la diferencia de la que hablaba Hotaru? ¿A Seiya le había dado de pronto por ser menos promiscuo? Si ese era el caso, ¿cómo iba a ser por mí?

Vi cómo Seiya salía del hueco. Y entonces, por primera vez en días, me miró. Su mirada se encontró con la mía y una leve sonrisa le tiró de las comisuras de la boca, pero no pude leer la expresión de sus ojos, aunque noté que ya no estaba enfadado. Ese descubrimiento hizo que una sensación de alivio me recorriera al instante los músculos tensos.

Saber que no estaba cabreado conmigo consiguió que el sentimiento de culpa disminuyera un poco... pero no del todo. Lo cierto era que le había dicho cosas muy desagradables y, en ese segundo, mientras lo miraba a los ojos, pensé en hablar con él, en pedirle disculpas. Lo pensé, pero no dije ni una palabra.

Seiya dio un paso hacia mí y, de repente, recordé quién era yo... y quién era él. Aunque el que hubiera rechazado a Michiru era sin lugar a dudas sorprendente, eso no cambiaba el hecho de que yo no tenía ninguna posibilidad con él; que él nunca querría una relación de verdad... y menos aún conmigo. Por no hablar de que yo estaba saliendo con Kelvin. Además, mi vida iba mejorando poco a poco, y sabía que hablar con Seiya solo conseguiría complicármela otra vez. No pensaba castigarme de esa manera.

Di media vuelta y eché a correr por el pasillo, fingiendo que no lo oía llamarme.

Reduje la velocidad cuando giré por otro pasillo y vi a Kelvin(¿mi novio?, ya no estaba segura de cómo iba eso) esperándome junto a las viejas máquinas expendedoras averiadas. Me sonrió mientras se colocaba bien las gafas y noté que se alegraba sinceramente de verme. ¿Yo estaba igual de feliz de verlo? Sí, claro que sí; pero la sonrisa que se dibujó en mi cara me pareció artificial.

Kelvin me rodeó los hombros con un brazo cuando me acerqué.

—Hola.

—Hola —dije con un suspiro.

Se inclinó y me besó en los labios antes de preguntar:

—¿Te parece bien que te acompañe a clase?

Eché un vistazo por encima del hombro en dirección al pasillo vacío.

—Claro —murmuré mientras miraba de nuevo hacia delante. Apoyé la cabeza en su hombro—. Me parece... perfecto.

Unos días después, me encontré a Lita esperándome fuera del aula de Cálculo después de la tercera hora.

—¿Podemos hablar de camino a Inglés? —me preguntó sin mostrar ese brío habitual al andar ni balancear la coleta. Me di cuenta de que pasaba algo por la forma en que se mordía el labio inferior.

—Eh... claro —contesté mientras me colocaba los libros bajo el brazo derecho. Me inquieté al ver tan seria a mi amiga, que por lo general estaba constantemente alegre—. ¿Pasa algo?

—Más o menos... Bueno, no.

Nos abrimos paso por los pasillos abarrotados intentando no pisarle los pies a demasiada gente. Esperé a que Lita hablara mientras mi curiosidad y preocupación iban en aumento. En realidad quería decirle: «¡Vamos! ¡Suéltalo ya!». Pero, por suerte, mi amiga empezó a hablar antes de que mi famosa poca paciencia se agotara.

—Se trata de Kelvin y de ti. Creo que no deberían estar juntos.

Lo dijo tan rápido que al principio no estuve segura de haberla oído bien.

—Lo siento, Usagi —gimió—. No es asunto mío, pero no veo chispa entre vosotros, ¿sabes? Aunque Mina no está en absoluto de acuerdo. Ella dice que estás mejor con Kelvin, y puede que tenga razón, pero... no lo sé. No pareces tú misma cuando estás con él. Por favor, no te enfades conmigo.

Negué con la cabeza, intentando contener el repentino impulso de soltar una carcajada. ¿Eso era todo? ¿Eso era lo que la tenía preocupada? Había llegado a pensar que alguien estaba muriéndose o que, como mínimo, su madre le había prohibido ir al baile de graduación. En cambio, resultó que estaba preocupada por mí.

—No estoy enfadada contigo, Lita.

—Ah, bien. —Suspiró—. Tenía miedo de que te enojaras.

Vaya. ¿Era tan bruja, tan horrible que a una de mis mejores amigas le daba miedo darme su opinión por si me ponía hecha una furia? Dios, eso me hizo sentir como una mierda.

—No es que no me guste Kelvin—continuó Lita—, porque me gusta. Es dulce, y es bueno contigo, y sé que necesitas eso después... después de lo de mi hermano.

Creo que el corazón dejó de latirme un segundo. Me paré en seco, pasmada, y después de un momento me volví hacia Lita.

—¿Cómo te...? —logré susurrar.

—Mamoru me lo contó. Estaba hablándole de mis amigas cuando surgió tu nombre y me contó lo vuestro hace unos años. Ahora se siente fatal por ello y quería que te pidiera disculpas en su nombre, pero no quise sacar el tema. Lo siento, Usagi. Debe de resultarte muy duro ser mi amiga después de lo que te hizo Mamoru.

—No es culpa tuya.

—Pero no puedo creerme que no me dijeras nada. Debió de rondarte por la cabeza todo el tiempo cuando Mamoru vino de visita. ¿Por qué no me lo contaste?

—No quería que pensaras mal de tu hermano. Sé lo que lo admiras y no quería estropear nuestra relación.

Lita no dijo nada. Simplemente, dio un paso adelante y me abrazó, apretándome contra ella todo lo humanamente posible. Al principio fue un poco incómodo, sobre todo teniendo en cuenta que sus enormes tetas casi me asfixian, pero poco a poco me dejé llevar por aquella muestra de afecto. Le rodeé la cintura con los brazos y le devolví el abrazo. Saber que contaba con alguien que podía abrazarme así, sin esperar nada a cambio, me hizo sentir una de las personas más afortunadas del mundo.

—Te quiero, Usagi.

—Eh... ¿a qué viene eso?

Lita me soltó y retrocedió un paso.

—Te quiero —repitió—. A ti y a Mina. Sois las mejores amigas que he tenido, y no sé qué habría sido de mí si no os hubiera conocido en segundo. Seguramente todavía dejaría que esas tipas me avasallaran. —Se miró los pies—. Ustedes dos siempre intentáis protegerme; por ejemplo, ocultándome lo mal que se portó mi hermano. Y yo quiero hacer lo mismo por ti.

—Eso es precioso, Lita.

—Por eso te digo esto —prosiguió—. Sé que Kelvin es simpático y que le gustas, pero no veo una conexión. Quiero decir que me alegro de que vuelvas a pasar tiempo conmigo y con Mina, y es genial que Kelvin salga con nosotras a veces, pero a mí lo que me importa es que tú seas feliz. Puede que parezcas feliz, pero no creo que lo seas. —Respiró hondo y se tiró del dobladillo de la falda con estampado floral—. No quiero sacar el tema, pero... he oído algunos rumores sobre Seiya.

Me mordí el labio.

—Ah.

—Últimamente no se comporta como un ligón. No lo he visto con ninguna chica y he pensado... —me miró con sus grandes ojos color verde—, he pensado que tal vez te gustaría saberlo. En fin, sé que sientes algo por él y...

Negué con la cabeza.

—No —repuse—, no es tan simple.

—Vale —dijo asintiendo—. Te lo he dicho por si te interesaba. Lo siento.

Suspiré y sonreí mientras la cogía de la mano y tiraba de ella hacia el aula de Inglés.

—No pasa nada. Te agradezco tu preocupación, de verdad. Y puede que tengas razón... Me refiero a lo mío con Kelvin. Pero esto es el instituto. Solo estamos saliendo. No estoy buscando marido ni nada por el estilo, así que no creo que debas preocuparte por mí todavía. Estoy bien.

—Mina dice que, por lo general, mientes cuando dices eso —me informó Lita.

—¿De verdad?

Le solté la mano cuando entramos en la clase, decidida a evitar responder a aquella acusación. Lo que me resultó bastante fácil, la verdad. Conseguí fingir que me había distraído (bueno, no fue del todo falso) cuando me di cuenta de que había un papel doblado sobre mi pupitre. Me senté y lo cogí, suponiendo que era de Mina. ¿Quién más me escribiría una nota? Pero Mina siempre dibujaba una cara sonriente sobre la «i» de mi nombre y la escritura de la parte exterior de la nota era pequeña, curvada y desconocida.

Desdoblé el papel, confundida, y leí la frase garabateada en la parte superior.

«Seiya Kou no persigue a las chicas, pero a ti sí te perseguiré.»