Después de quedarme despierta toda la noche leyendo (y doblando la ropa por lo menos diez veces), descubrí que Cumbres borrascosas no tenía un final feliz. Por culpa de la estúpida, malcriada y egoísta de Cathy (sí, ya lo sé, yo no era quién para hablar, pero es la verdad), todo el mundo terminaba sufriendo. Su decisión arruinó las vidas de las personas que más le importaban. Porque eligió la convención en lugar de la pasión. Siguió a la cabeza en lugar de al corazón. A Linton en lugar de a Heathcliff.

A Kelvin en lugar de a Seiya.

Eso, decidí mientras llevaba a rastras mi agotado trasero al instituto a la mañana siguiente, no era un buen presagio. Normalmente no creo en presagios, señales ni nada de esa mierda sobre el destino; pero las similitudes entre mi situación y la de Cathy Earnshaw eran demasiado inquietantes para ignorarlas. No podía evitar preguntarme si el libro intentaba decirme algo.

Era vagamente consciente de que estaba dándole demasiada importancia; pero la falta de sueño, unida al estrés de todo lo demás, llevó mi mente por unos derroteros muy interesantes. Interesantes, pero nada productivos.

Me sentí prácticamente como un zombi todo el día hasta que, en medio de la clase de Cálculo, algo me despertó por fin.

—¿Te has enterado de lo de Michiru?

—¿Lo de que se ha quedado preñada? Sí, me he enterado esta mañana.

Levanté la cabeza bruscamente del problema que estaba intentando resolver sin muchas ganas. Había dos chicas sentadas, una al lado de otra, en la fila delante de la mía. Reconocí a una de ellas: era una animadora de tercero.

—Dios, menuda zorra —dijo la animadora—. A saber quién es el padre. Se acuesta con todo el mundo.

Detesto admitirlo, pero mi primera reacción al oírlo fue un temor egoísta. Pensé en Seiya. Sí, había rechazado a Michiru en el pasillo hacía unos días, pero ¿y si había cambiado algo? ¿Y si la carta había sido una broma, un juego para confundirme? ¿Y si Michiru y él habían...?

Me obligué a olvidar aquella idea. Seiya tenía cuidado, siempre usaba condón. Además, la chica tenía razón: Michiru se acostaba con todo el mundo. Las probabilidades de que Seiya fuera el padre eran casi nulas. Y, de todas formas, yo no tenía derecho a preocuparme por eso. No era mi novio. Aunque prácticamente me hubiera declarado su amor en una carta. Yo estaba con Kelvin, y lo que quiera que Seiya decidiera hacer no era asunto mío.

Mi segunda reacción fue pensar en Michiru. Diecisiete años, a punto de graduarse y, si los rumores eran ciertos, embarazada. Menuda pesadilla. Y todo el mundo lo sabía. Pude oír cómo la gente cotilleaba al respecto en el pasillo cuando salí de Cálculo. Los chismes no tardaban en extenderse en un instituto del tamaño de Hamilton.

Michiru Kaioh estaba en la mente de todo el mundo, incluyendo la mía. Así que, cuando salí de un cubículo del baño unos minutos antes de Inglés y me encontré a Michiru de pie frente al lavamanos retocándose el pintalabios rosa intenso, tuve que hacer un esfuerzo para apartar la mirada.

Pero tenía que decir algo. Bueno, no es que estuviéramos muy unidas ni nada de eso, pero comíamos juntas todos los días.

—Hola —mascullé.

—Hola —contestó mientras seguía aplicándose el carmín por el labio inferior.

Abrí el grifo y observé mi reflejo en el espejo, intentando con todas mis fuerzas no mirarla de reojo. ¿De cuántos meses estaba? ¿Sus padres ya se habrían enterado?

—No es verdad, ¿sabes?

—¿Qué?

Michiru tapó el pintalabios y se lo guardó en el bolso. Estaba mirándome por el espejo y noté que tenía los ojos un poco rojos.

—No estoy embarazada —me dijo—. Bueno, pensé que lo estaba, pero la prueba dio negativo. Me la hice hace dos días. Pero supongo que alguien me oyó contárselo a Haruka y a Kakkyu y... da igual. Pero no estoy embarazada.

—Ah. Bueno, me alegro.

Sí, es probable que no fuera exactamente la respuesta más adecuada en esas circunstancias, pero es que me había pillado desprevenida.

Michiru asintió con la cabeza y le dio un pequeño tirón a un mechón rubio rojizo.

—Me sentí aliviada. No sé cómo se lo habría dicho a mis padres. Y el tipo nunca hubiera sido un buen padre.

—¿Quién?

Qué pregunta tan egoísta.

—Un tipo cualquiera...

«Gracias a Dios», pensé. Luego, por supuesto, me sentí increíblemente culpable. Ese no era el momento de estar pensando en mí.

—No es más que un estúpido miembro de una fraternidad al que le pone tirarse a chicas de instituto. —Bajó la mirada, de modo que ya no pude ver sus ojos en el espejo—. Y me importó un bledo. Dejé que me usara, y nunca pensé... ni siquiera cuando el condón se rompió... —Se quedó callada mientras negaba con la cabeza—. En fin, que me alegro de que diera negativo.

—Claro.

—Pero tuve miedo —continuó—. Me volví loca esperando el resultado. No podía creer que estuviera en esa situación, ¿sabes?

—Me lo imagino —contesté, pero no me resultaba nada sorprendente.

Se trataba de Michiru, después de todo. ¿No llevaba tiempo arriesgándose a que ocurriera algo así? Acostándose con chicos por los que no sentía nada y olvidándose de las consecuencias.

«Igual que hice yo...»

Vale, en mi caso no habían sido «chicos», Seiya era el único. Y sí sentía algo por él... ahora, después de dejar de acostarme con él. Pero eso solo era... Bueno, no sé cómo lo llamaríais ustedes. No era exactamente suerte. ¿Coincidencia, quizás? De cualquier forma, era lo suficientemente lista como para saber que eso no sucedía a menudo.

Pero sí me había olvidado de las consecuencias. Y, de repente, se me ocurrió con qué facilidad Michiru y yo podríamos haber intercambiado los papeles. Yo podría haber sido la chica de la que todos estaban hablando. Yo podría haber pensado que me había quedado embarazada. O podría haber sucedido algo aún peor. En fin, tomaba la píldora y Seiya y yo siempre tomábamos precauciones, pero esas cosas fallan a veces. Podrían habernos fallado a nosotros fácilmente. Y, sin embargo, allí estaba, juzgando a Michiru por hacer prácticamente lo mismo. Menuda hipócrita estaba hecha.

«No eres una puta.» Me vino un repentino recuerdo de Seiya aquella última noche en su cuarto diciéndome quién era yo exactamente. Diciéndome que el resto del mundo estaba tan confundido como yo. Que no era una puta y que no estaba sola.

No conocía muy bien a Michiru. No sabía cómo eran las cosas en su casa ni nada tan personal aparte de sus problemas de chicos. Y allí en el baño, escuchando mientras me contaba su historia, no pude evitar preguntarme si ella también había estado huyendo de algo. Si yo había estado juzgándola, pensando que era una zorra todo ese tiempo, cuando en realidad estábamos viviendo vidas aterradoramente parecidas.

Llamar a Michiru zorra o puta era como llamar a alguien Duff. Era insultante e hiriente, y uno de esos motes que simplemente se alimentaban de un miedo interior que toda chica sufre de vez en cuando. Zorra, bruja, mojigata, calientabraguetas, cabeza hueca... Todo era lo mismo. Todas las chicas sentían que alguna de esas etiquetas machistas las describía en algún momento. Así que, ¿quizá todas las chicas se sentían también la Duff?

—¡Dios, llego tarde! —exclamó Michiru cuando sonó el timbre de entrada—. Tengo que irme.

La observé mientras cogía el bolso y los libros de la encimera, preguntándome qué estaría pasando por su cabeza. ¿Todo eso habría hecho que se diera cuenta de las consecuencias de sus elecciones? De nuestras elecciones.

—Hasta la vista, Usagi —dijo dirigiéndose hacia la puerta.

—Hasta luego —contesté. Después, sin pretenderlo, añadí—: Y, oye, Michiru... lo siento. Es un asco la forma en la que la gente habla de ti. Pero recuerda que lo que ellos digan no importa.

De nuevo, pensé en Seiya y en lo que me había dicho en su cuarto.

—La gente que te insulta solo intenta sentirse mejor. Ellos también la han cagado en algún momento. No eres la única.

Michiru parecía sorprendida.

—Gracias —dijo. Abrió la boca como si fuera a añadir algo más, pero luego la cerró.

Y entonces, sin otra palabra, salió del baño.

Por lo que yo sabía, quizá Michiru acabara enrollándose con otro tipo esa misma noche. Quizá no hubiera aprendido nada de esa experiencia. O quizás hubiera cambiado su comportamiento por completo (como mínimo, puede que a partir de ahora tuviera más cuidado). Quizá nunca me enterase. Era su elección. Su vida. Y yo no era quién para juzgarla. No podía juzgar a nadie.

Mientras recorría el pasillo de camino a Inglés, con cinco minutos de retraso, decidí que me lo pensaría dos veces antes de volver a llamar puta a Michiru (o a cualquiera). Porque ella era como yo. Como todos los demás. Eso es algo que todas las personas tenemos en común. Todas somos zorras, brujas, mojigatas o Duff.

Yo era la Duff. Y eso era algo bueno. Porque alguien que no se siente un Duff no tiene amigos. Todas las chicas se sienten feas a veces. ¿Por qué había tardado tanto en entenderlo? ¿Por qué me había estresado por esa estúpida palabra durante tanto tiempo cuando era tan simple? Debería estar orgullosa de ser la Duff. Orgullosa de tener unas amigas maravillosas que pensaban que eran mis Duff.

—Usagi —me saludó la señora Haruna cuando entré en el aula y ocupé mi sitio—. Bueno, supongo que es mejor tarde que nunca.

—Siento haber tardado tanto —contesté.

Cuando llegué a casa esa tarde, estaba demasiado agotada para subir las escaleras, así que me desplomé en el sofá y me quedé frita. Había olvidado lo bien que sentaba echarse una cabezadita en mitad del día. Me parece que los europeos dieron en el clavo con sus siestas. Los estadounidenses deberían considerar incluirlas en sus agendas diarias porque son increíblemente revigorizantes, sobre todo después de un día movidito como el mío.

Eran casi las siete cuando desperté, lo que no me dejaba mucho tiempo para prepararme para mi cita. Necesitaría casi toda la hora para arreglarme el pelo, que parecía un pajar después de dormir en el sofá. Genial.

Desde que había empezado a salir con Kelvin, le prestaba más atención a mi aspecto. Aunque a él no le importaban esas cosas. Probablemente me habría dicho que estaba guapa con un traje de payaso... con la peluca de colores incluida. Pero yo sentía la necesidad constante de impresionarlo. Así que me alisé el pelo y me lo recogí en una coleta alta, me puse unos pendientes de plata de clip (soy demasiado gallina para hacerme cualquier tipo de piercing) y encontré la blusa que me había regalado Mina cuando cumplí los diecisiete. La sedosa tela blanca estaba estampada con intrincados diseños plateados y se me ajustaba al pecho, lo que hacía que mis diminutas tetas parecieran un poco más grandes.

Ya eran casi las ocho en punto cuando bajé a duras penas las escaleras con mis sandalias de plataforma, poniendo en riesgo mi seguridad a cambio de parecer más alta. Procuré apartar la mirada cuando pasé por delante de la cocina porque la víspera papá (que evidentemente había pensado que las rosas eran un regalo de Kelvin) había puesto el ramo en un antiguo florero sobre la mesa del comedor. Fue un gesto encantador, pero ver las brillantes flores rojas solo conseguía hacerme recordar aquellas irritantes dudas. Así que me dirigí a trompicones a la sala de estar y me dejé caer en el sofá a esperar a Kelvin, prometiéndome que resolvería mi lío sentimental en algún momento del fin de semana.

A falta de algo mejor que hacer, cogí el ejemplar de la guía de programación que había sobre la mesa de centro y me puse a hojear el horario de programas. Me llamó la atención una nota adhesiva amarilla que asomaba entre las páginas y fui a la sección que señalaba. Mi padre había subrayado un maratón de Enredos de familia para el próximo sábado por la noche, usando el trocito de papel a modo de marcador. Sonreí, saqué un boli del bolso y garabateé «Yo hago las palomitas» en la nota amarilla. Papá lo vería cuando llegara a casa después de su reunión.

Sonó el timbre justo cuando volví a dejar la revista sobre la mesa. Me levanté tan rápido como pude sin caerme y me dirigí a la puerta, esperando encontrarme con una gran e inmerecida sonrisa de Kelvin. Pero la sonrisa con la que me encontré, aunque era blanca y reluciente, pertenecía a una persona completamente diferente.

—¿Mamá? —exclamé con voz entrecortada, como si fuera la protagonista de una telenovela que acaba de enterarse de que su gemela malvada sigue viva. Carraspeé, avergonzada, y añadí—: ¿Qué haces aquí? Pensaba que estabas con Tía Berjite.

—Y lo estaba, pero he venido a visitarte —respondió ladeando la cabeza como si fuera una estrella de cine.

Tenía el pelo cuidadosamente recogido con horquillas en la nuca y llevaba un vestido rojo y negro hasta las rodillas. Típico de mamá.

—Pero eso son como siete horas de camino.

—Oh, créeme, lo sé. —Suspiró de manera teatral—. Siete horas y medias con mucho tráfico. Así que... bueno, ¿vas a invitarme a entrar o no?

Por la forma en la que retorcía la correa del bolso con las manos, me di cuenta de que la ponía nerviosa regresar a esa casa.

—Ah, sí —dije, apartándome a un lado—. Entra. Perdona. Pero... esto... papá no está.

—Ya lo sé. —Recorrió la sala de estar con la mirada de una forma que me hizo preocuparme por ella. Observó el sillón y el sofá que en otro tiempo le habían pertenecido como considerando si ahora se le permitía sentarse allí o no—. Tiene las reuniones de Alcohólicos Anónimos los viernes. Me lo dijo.

—¿Has hablado con él?

No me había enterado. Por lo que yo sabía, mis padres habían estado evitando el contacto desde la reaparición de mi madre el mes pasado.

—Hemos hablado por teléfono dos veces. —Apartó los ojos de los muebles y los posó en mí. Eran como unas pesas enormes sobre mis hombros—. Usagi, cielo... —Su voz sonó suave y triste. Me dolió escucharla—. ¿Por qué no me dijiste que había vuelto a beber?

Me moví, intentando eludir su mirada.

—No lo sé —murmuré—. Supongo que esperaba que todo pasaría. No quería que te preocuparas por nada.

—Lo entiendo, pero esto es un asunto serio, Usagi. Espero que ahora lo comprendas. Si alguna vez vuelve a ocurrir, no te lo guardes. Tienes que contármelo. ¿Entiendes?

Asentí.

—Bien. —Suspiró y pareció inmensamente aliviada—. En fin, no he venido por eso.

—¿Y por qué has venido?

—Porque tu padre también me dijo otra cosita —bromeó—. Algo acerca de un chico llamado Kelvin Taylor.

—¿Has conducido siete horas y media porque tengo una cita?

—Tengo otras razones para estar aquí—contestó—. Pero esta es la más importante. Así que, ¿es verdad que mi niña tiene novio?

—Pues... sí —dije encogiéndome de hombros—. Supongo.

—Bueno, háblame de él —pidió mamá, que al final había decidido sentarse en el sofá—. ¿Cómo es?

—Es muy agradable. ¿Cómo está el abuelo?

Mi madre entrecerró los ojos con recelo.

—Está bien. ¿Qué pasa? Estás tomando la píldora, ¿verdad?

—Por Dios, mamá, sí —gruñí—. No se trata de eso.

—Gracias a Dios. Soy demasiado joven y sexy para ser abuela.

«No me digas», pensé recordando a Michiru.

—Entonces, ¿qué pasa? —insistió—. He venido porque me enteré de que tenías una cita importante esta noche y quería que compartiéramos ese momento especial madre-hija. Pero si tienes problemas, también puedo darte algunos consejos maternales. Esta visita será una especie de dos por uno, ¿eh? Así las horas de viaje habrán valido la pena.

—Gracias —refunfuñé.

—Vamos, cielo, es broma. ¿Cuál es el problema? ¿Qué pasa con ese chico?

—Nada. Es absolutamente perfecto. Es listo, bueno y me conviene por completo. Pero hay otro chico... —Negué con la cabeza—. Es una estupidez. Estoy comportándome como una idiota. Solo necesito un poco de tiempo para pensar bien las cosas. Eso es todo.

—De acuerdo —dijo mamá mientras se ponía en pie—. Pero recuerda hacer lo que te haga feliz, ¿vale? No te mientas a ti misma porque pienses que es más seguro. La realidad no funciona así... Me parece que ya te lo había dicho.

Sí, así era. Pero llevaba tanto tiempo huyendo que ya no estaba segura de lo que quería.

—Aunque te he traído un regalito para tu cita, que puede que te ayude mientras reflexionas.

Vi con cierto horror cómo sacaba una cajita rosada y amarilla del bolso. Ningún objeto que viniera envuelto con esos colores podía ser nada bueno.

—¿Qué es? —pregunté mientras mamá depositaba la caja en mi mano extendida.

—Ábrelo y lo descubrirás, tonta.

Deshice el espantoso lazo de la caja con un suspiro y abrí la tapa. Dentro había una cadenita de plata con un pequeño colgante de metal blanco tornasolado en forma de «U». Como los que llevan las chicas de primaria, como si fueran a olvidarse de su propio nombre.

Mi madre sacó el collar de la caja.

—Lo vi y pensé en ti.

—Gracias, mamá.

Dejó el bolso, se puso detrás de mí y me apartó el pelo para poder abrocharme la cadena alrededor del cuello.

—Va a sonarte cursi, así que intenta no poner los ojos en blanco, ¿vale?; pero quizás esto te ayude a recordar quién eres mientras resuelves las cosas. —Volvió a colocarme bien el pelo y se situó de nuevo delante de mí—. Perfecta. Estás preciosa, cariño.

—Gracias —contesté, y esta vez lo decía en serio. Verla me hizo darme cuenta de lo mucho que había echado de menos a mi madre.

En ese momento sonó el timbre y supe que era Kelvin. Mientras estiraba la mano hacia el pomo, noté que mamá se colocaba detrás de mí, preparada para no perderse nada.

Lo que faltaba.

—Hola —dije mientras abría la puerta y apartaba la mirada de la deslumbrante sonrisa de Kelvin.

—Hola —contestó—. Vaya, estás preciosa.

—Por supuesto que sí —intervino mi madre—. ¿Qué esperabas?

—Mamá —protesté entre dientes, lanzándole una mirada asesina por encima del hombro.

Ella se encogió de hombros.

—Hola, Kelvin—saludó agitando la mano—. Soy Ikuko, la madre de Usagi. Sí, ya lo sé, parezco más su hermana, ¿verdad?

Apreté los dientes y Kelvin se rió.

—Pásalo bien —me dijo mamá mientras me daba un beso en la mejilla—. Voy a recoger algunas cosas que todavía tengo aquí, pero el domingo doy una charla en una residencia de ancianos de Kinmoku, por lo que me quedaré en un hotel el fin de semana. Almorzaremos juntas mañana para que me cuentes todos los detalles.

Me sacó por la puerta de un empujón antes de que pudiera discutir, y entonces me quedé sola en el porche con Kelvin.

—Es graciosa —comentó él.

—Está loca —mascullé yo.

—¿Qué clase de charlas da? Ha dicho que iba a una residencia de ancianos, ¿no?

—Escribió un libro sobre la autoestima.

Eché un vistazo hacia la casa y vi pasar a mamá por la ventana en dirección al cuarto en el que solía dormir, preparada para recoger las últimas cosas que había dejado atrás. No me había dado cuenta de la ironía hasta entonces. Durante los últimos meses, había estado batallando con mi propia autoestima mientras mi madre les enseñaba a otras personas a mejorar las suyas. Quizá, si hubiera hablado con ella, no habría tardado tanto en comprender las cosas.

—Da charlas por todo el país sobre aprender a aceptarse a uno mismo.

—Parece un trabajo divertido.

—Puede.

Kelvin sonrió, me rodeó la cintura con un brazo y bajamos los escalones del porche. Cuando llegamos al coche, suspiré y me escabullí de su brazo para entrar.