Mina y Lita estaban esperando en el asiento trasero del Taurus. Ambas me sonrieron con picardía cuando subí al asiento del pasajero.
—Alguien se ha puesto sexy —dijo Mina tomándome el pelo—. Te regalé esa blusa hace nueve meses. ¿Es la primera vez que te la pones?
—Pues... sí.
—Bueno, pues te queda bien. Parece que esta noche yo soy la Duff. Muchas gracias, Usa.
Me guiñó un ojo y no pude evitar sonreír. Últimamente, a Mina le había dado por apropiarse de la palabra «Duff», introduciéndola en nuestras conversaciones informales. Al principio me había resultado un tanto incómodo. Después de todo, aquella palabra era un insulto, era horrible. Sin embargo, tras la revelación que había tenido aquel día en el baño con Michiru, me di cuenta de lo que estaba haciendo Mina. Ahora la palabra era nuestra y, mientras nos aferráramos a ella, podíamos controlar el daño que infligía.
—Es un trabajo duro —bromeé—, pero alguien tiene que hacerlo. Prometo ser la Duff el próximo fin de semana.
Mina se rió.
—¿Llevas sujetador con relleno? —me soltó Lita, ajena al parecer a nuestra conversación—. Tus tetas parecen más grandes.
Se produjo un largo silencio y de repente comprendí que habría estado más segura con mi madre. A Mina le dio un ataque de risa mientras yo hundía la cara en las manos, muerta de vergüenza. Kelvin no mostró ninguna reacción, gracias a Dios. Si lo hubiera hecho, me habría suicidado allí mismo en el coche. Me habría golpeado la cabeza contra la ventanilla hasta aplastarme el cerebro como si fuera una tortita. En vez de reírse por lo bajo o echarle un vistazo a mi pecho para ver si Lita tenía razón, Kelvin se comportó como si nadie hubiera mencionado la palabra «tetas». Simplemente metió la llave en el contacto y salió de la entrada de mi casa.
«Nota mental —pensé—. Cargarme a Lita cuando no haya testigos.»
Aunque, de una forma extraña, la falta de reacción de Kelvin me fastidió. Seiya habría hecho una broma. Me habría mirado el pecho, por supuesto, pero luego habría dicho algo. Me habría hecho reír. No lo habría ignorado sin más como Kelvin.
¡Por Dios! Eso no debería molestarme.
—¿Sabés qué? —dijo Mina cuando por fin consiguió dejar de reír—. Es genial que nos hayas invitado a ir con ustedes. —Me sonrió y supe que se alegraba de que las hubiera incluido—. Pero se dan cuenta de que va a arruinarles la cita, ¿no?
—¿Y eso? —preguntó Kelvin.
—¡Porque vamos a ser sus chaperonas! —exclamó Lita con demasiado entusiasmo.
—Por lo que nuestra labor será impedir cualquier forma de ñaca-ñaca —añadió Mina—. Y disfrutaremos haciéndolo.
—Exacto.
Pero Kelvin y yo no teníamos nada de lo que preocuparnos. En cuanto entramos en el Crown, mis amigas salieron disparadas hacia la pista de baile, agitando el pelo y meneando el trasero como siempre.
—Parece que son ellas las que van a necesitar un chaperón —comentó Kelvin con una risita mientras me conducía a un reservado vacío.
—Normalmente me encargo yo de eso —contesté.
—¿Crees que sobrevivirán si te tomas una noche libre?
—Ya veremos.
Sonrió y me tocó el pendiente con los dedos.
—El grupo no actúa hasta dentro de media hora —dijo mientras deslizaba la mano por mi cuello y la posaba sobre mi hombro.
No sentí nada. Si Seiya hubiera hecho eso, si hubiera recorrido mi piel con sus dedos de esa manera, me habría...
—¿Quieres que consiga algo de beber antes de que la barra se llene demasiado?
—Claro —contesté reprimiendo el pensamiento sobre Seiya—. Tomaré una Cherry... cola light.
—Vale. Vuelvo enseguida.
Me besó en la mejilla y se dirigió a la barra.
Estaba entrando una avalancha de personas por las puertas de la discoteca. Siempre había más gente las noches que tocaba un grupo. Unas cuantas chicas de octavo de primaria se sentaron en el reservado situado detrás del nuestro, alardeando en voz alta de que habían fingido estar en el instituto para entrar. Un chico de tercero y uno de sus amigos pasaron a mi lado, con una botella de cerveza mal disimulada asomando de la chaqueta holgada, y, durante una fracción de segundo, vislumbré a la morena de primero que Lita y yo habíamos visto en el partido de baloncesto semanas atrás. Cruzó la puerta de la mano de un chico muy lindo al que no reconocí. Incluso desde tan lejos, pude ver la sonrisa en su rostro. Estaba preciosa, y supe que una de sus tontas amigas rubias se habría visto obligada a ocupar el puesto de Duff en su ausencia. Entonces la chica y su pareja desaparecieron, arrastrados por la multitud, dejándome con una inexplicable sonrisa en los labios.
No sabía qué clase de grupo se suponía que iba a tocar; pero, basándome en la cantidad de chicos con el pelo violeta y piercings en los labios que estaban entrando, supuse que tendría que escuchar música emo. Eso me borró la sonrisa.
Genial. Quejicas con guitarras. Justo mi estilo, ¿eh?
Estaba observando distraída el torrente de gente cuando él apareció en medio de la multitud. Al principio, ni siquiera me di cuenta. Iba con Zoycite, hablando tranquilamente, mientras se abrían paso hacia la barra. Me resultó fácil seguir su avance. Medía unos cuantos centímetros más que la gente que lo rodeaba, recorría el gentio con la mirada con más confianza en sí mismo que el resto de nuestros compañeros de instituto, se movía entre la multitud con más elegancia de la que podría lograr cualquier adolescente normal, y mis ojos lo siguieron sin pedirle permiso a mi cerebro.
A medio camino de la barra, Seiya volvió la cabeza hacia donde yo estaba. Sus ojos se encontraron con los míos un instante. «Mierda.» Aparté la mirada, rogando que no me hubiera visto, aunque estaba segura de que lo había hecho.
—Dios —mascullé apretando el puño por debajo de la mesa—. Es como si estuviera en todas partes.
— ¿Quién está en todas partes? —me preguntó Kelvin mientras se sentaba frente a mí y me pasaba un vaso por la lisa superficie de la mesa.
—Nadie.
Le di un sorbo a la cola light e intenté no hacer una mueca. La falta de azúcar me dejó mal sabor de boca. Tragué y pregunté:
— ¿Cómo dijiste que se llamaba el grupo que va a tocar?
—Black tears.
Sí. Sonaba a esa mierda de música emo.
—Genial.
—No he oído ninguna canción suya —admitió Kelvin mientras se pasaba una mano por el pelo—, pero me han dicho que son buenos. Además, son el único grupo de Jubban. Parece que toda la demás gente que toca aquí es de Kinmoku.
—Ya.
Me moví incómoda en el asiento, plenamente consciente de que Seiya me observaba. La forma en la que sus ojos me recorrían la piel estaba volviéndome loca y esperé que Kelvin no notara cómo me estremecía. Probablemente pensaría que le daba al crack.
—He terminado Cumbres borrascosas —dije, desesperada por comenzar una conversación que me hiciera dejar de pensar en Seiya. Tardé un minuto en darme cuenta de que ese no era el mejor tema para semejante tarea.
—¿Te ha gustado? —me preguntó Kelvin.
—Bueno, me ha hecho pensar.
Dios, me habría dado de bofetadas. ¿No había sido ese maldito libro lo que me había alterado, para empezar? ¿Por qué había tenido que sacarlo a relucir? Pero ahora ya era demasiado tarde para cambiar de tema. Kelvin se había embarcado en una crítica completa del libro.
—Te entiendo. Siempre me he preguntado qué llevó a Emily Brontë a decidir crear unos personajes tan desagradables. Me refiero a que, durante todo el libro, no podía dejar de pensar que tanto Heathcliff como Linton eran unos auténticos cabrones, y Cathy...
Hice girar la pajita en el vaso, escuchando solo a medias. Cada vez que Kelvin decía «Heathcliff», mi mirada pasaba de manera automática por encima de sus hombros para echarle un vistazo a Seiya. Estaba guapísimo, como siempre: llevaba vaqueros y una ajustada camiseta blanca debajo de una chaqueta negra algo holgada y el cabello en su típica coleta baja. Estaba sentado solo, con las piernas estiradas y los codos apoyados con aire relajado en el borde de la barra.
Estaba solo. No tenía ni una sola chica pegada. Por Dios, hasta Zoycite había desaparecido. Motoki era la única persona lo bastante cerca como para hacerle compañía, pero parecía ocupado con una avalancha de góticos sedientos.
Los ojos de Seiya no se apartaron de mí ni un momento. Me costaba leer su expresión desde donde me encontraba, pero no vacilaron ni un segundo. Sí, me ponía nerviosa, pero sabía que me sentiría decepcionada, puede que incluso dolida, si descubría que había apartado la vista. Hasta me encontré mirando cada pocos minutos para comprobar si seguía observándome.
—¿Usagi?
Me sobresalté y volví a concentrarme en Kelvin.
—¿Sí?
—¿Pasa algo?
Sin darme cuenta, mis dedos habían estado jugueteando con el pequeño colgante en forma de «U» y bajé la mano de inmediato.
—No, estoy bien.
—Mina me advirtió que probablemente mientes cuando dices eso.
Apreté los dientes y examiné la pista de baile en busca de mi supuesta amiga. Acababa de añadirla a mi interminable lista de víctimas.
—Y creo que tiene razón —añadió Kelvin con un suspiro.
—¿Qué?
—Usagi, me doy cuenta de lo que está pasando. —Miró a Seiya por encima del hombro antes de volverse de nuevo hacia mí asintiendo con la cabeza—. Ha estado mirándote desde que llegó.
—¿De verdad?
—Puedo verlo en esos espejos de ahí. Y tú también has estado mirándolo. Y no es solo esta noche. He visto cómo te mira en el instituto, en los pasillos. Le gustas, ¿no?
—No... no lo sé. Supongo.
Ay, Dios, qué momento más incómodo. Seguí haciendo girar la pajita entre los dedos y observé las olitas que se formaban en la superficie de mi bebida. No podía mirar a Kelvin a la cara.
—A mí no me hace falta suponer. Está claro como el agua. Y tu forma de mirarlo me hace pensar que tú también estás enamorada de él.
— ¡No! —exclamé soltando la pajita y fulminando a Kelvin con la mirada—. No, no y no. No estoy enamorada de él, ¿vale?
Kelvin esbozó una leve sonrisa y dijo:
—Pero sientes algo por él.
No vi ningún indicio de dolor en sus ojos, solo una pizca de diversión. Eso hizo que me resultara mucho más fácil responder.
—Pues... sí.
—Entonces, ve con él.
Puse los ojos en blanco sin pretenderlo. Simplemente era algo automático.
—Por Dios, Kelvin, parece una frase sacada de una peli mala.
Kelvin se encogió de hombros.
—Tal vez, pero lo digo en serio, Usagi. Si sientes eso por él, deberías estar allí.
—Pero ¿y qué pasa con...?
—No te preocupes por mí —me aseguró—. Si quieres estar con Seiya, eso es lo que deberías hacer. Salir conmigo no hará que tus sentimientos por él desaparezcan. Si lo sabré yo... No te preocupes para nada por mí, Usagi. La verdad es que yo estoy en la misma situación que tú, pero no quería admitirlo.
—¿Qué?
Ahora fue Kelvin el que clavó la mirada en su vaso mientras se colocaba bien las gafas, nervioso.
—No he superado lo de Naru.
—¿Naru? ¿Tu ex?
Asintió con la cabeza.
—Rompimos hace más de un mes, pero todavía pienso en ella. Me gustas mucho, y creí que si salíamos tal vez me olvidaría de ella. Durante un tiempo funcionó, pero...
—Bueno, pues entonces deberías llamarla. En lugar de quedarte aquí sentado lamentándote, deberías llamar a Naru y decirle lo que sientes. Esta noche.
Kelvin levantó la vista y me miró.
— ¿No estás enfadada? ¿No te sientes utilizada?
—Eso me convertiría en una tremenda hipócrita, puesto que se podría decir que yo también estaba utilizándote. Aunque te aseguro que no era mi intención. —Me levanté del reservado e hice una pausa para recobrar el equilibrio sobre los zapatos de plataforma—. Y que conste que si Naru no quiere volver contigo es una idiota. Creo que eres el chico más dulce y amable que he conocido en mi vida, y he estado loquita por ti durante años. Desearía con toda mi alma que fueras el indicado para mí.
—Gracias —dijo Kelvin—. Y si Seiya te rompe el corazón, te juro que... Bueno, diría que le daría una paliza, pero ambos sabemos que eso es físicamente imposible. —Se miró los brazos flacuchos con el ceño fruncido—. Así que le escribiré una carta muy dura.
—Muy bien —contesté con una carcajada. Me incliné sobre la mesa y le di un beso en la mejilla—. Y gracias.
Me dedicó una de sus sonrisas perfectas, que recordaría el resto de mi vida, y me dijo:
—Estás dándole largas. Vete ya.
—Sí. Vale. Nos vemos en clase, Kelvin.
—Adiós, Usagi.
Realicé una inspiración larga y profunda para calmar los nervios mientras buscaba de nuevo la mirada de Seiya. A continuación, con una ligera sonrisa tirándome de las comisuras de la boca, empecé a abrirme paso por la atestada discoteca dejando atrás al chico más amable del mundo.
La habitual música tecno había dejado de sonar y toda la gente se había quedado allí parada esperando a que el grupo saliera al escenario. Tuve que zigzaguear entre los cuerpos inmóviles, ya que nadie fue lo bastante atento como para apartarse ni un milímetro.
Divisé a Mina entre la multitud (su cabeza rubia brincaba y sobresalía por encima de todas las demás, menos la del chico que tenía al lado, el jugador de baloncesto al que llevaba semanas echándole el ojo) y supe que no le gustaría mi decisión. En su mente, Seiya era el responsable de que hubiera pasado de ella. Puede que se disgustara conmigo. Incluso hasta que se cabreara. Pensaría que estaba abandonándola de nuevo. Así que iba a tener que demostrarle que estaba equivocada. Demostrarle que Kelvin, al que adoraba, no era el chico adecuado para mí.
Cuando estaba a unos tres metros de la barra, un sonido llenó los altavoces, pero no se trataba de la música emo que estaba esperando. En cambio, un pitido de acople me atacó los oídos... y me dio un susto de muerte. Me sobresalté de tal manera que di un brinco, lo que no habría supuesto ningún problema con otros zapatos. Apoyé el pie sobre un lado de la plataforma, perdiendo el equilibrio por completo; pero, antes de poder recuperarme, el tobillo cedió y me hizo caer (de bruces, por supuesto) en el suelo de madera. ¡Genial!
No pude contener un gemido cuando una punzada de dolor me recorrió el tobillo que me había torcido.
—¡Joder! —gruñí—. ¡Ay, ay, ay! Dios, cómo odio estos malditos zapatos.
—Entonces, ¿por qué te los has puesto?
Sentí un hormigueo en la piel cuando unas manos me sostuvieron por los codos y me ayudaron a levantarme. Seiya se dio cuenta de que yo no podía mantener el equilibrio sobre mis pies, así que me pasó un brazo por la cintura y me acompañó a un taburete de la barra.
—¿Te encuentras bien? —me preguntó mientras me ayudaba a sentarme. Por su sonrisa, noté que estaba intentando contener la risa.
—Sí —farfullé, y me permití una leve sonrisa.
En realidad, no sentía mucha vergüenza. No con Seiya. Si se hubiera tratado de cualquier otra persona, habría salido corriendo (o cojeando) de la discoteca. Pero con Seiya no pasaba nada. Podíamos reírnos de ello juntos.
Pero la sonrisa se le borró y en su rostro apareció una expresión seria. Me miró fijamente un rato, y ese silencio estaba a punto de sacarme de quicio, cuando por fin habló:
—Usagi, yo...
—¡Usagi! ¡Ay, Dios mío!
Lita apareció de repente a mi lado, con las mejillas sonrosadas por la emoción y el baile. A su espalda, el grupo había empezado a tocar (o a intentar tocar) una versión emo de una canción de Johnny Cash. Era horroroso, pero Lita consiguió hacerse oír por encima del ruido.
—¡Ay, Usagi, por fin te encuentro! ¿Lo has visto? ¡Zoycite y yo hemos bailado juntos! Creo que tal vez me pida que vaya con él al baile de graduación. ¿No sería genial?
—Felicidades, Lita.
—¡Tengo que ir a contárselo a Kakkyu! —Entonces se fijó en Seiya y en su cara apareció una sonrisa de complicidad mientras decía—: Los veo luego.
Y desapareció agitando su coleta castaña.
Seiya la vio perderse entre la muchedumbre con una expresión de diversión.
—Sabe que a Zoycite le van los tipos, ¿no?
—Déjala tener esperanza —contesté sonriendo para mis adentros.
Seiya volvió a concentrarse en mí.
—Sí. La esperanza es buena. Usagi, yo... —Sonrió con picardía—. Sabía que acabarías cediendo tarde o temprano. —Me colocó una mano en la rodilla y la subió con suavidad por mi muslo—. Por fin vas a admitir que me amas, ¿no?
Le aparté la mano de un manotazo.
—En primer lugar —comencé—, no te amo. Amo a mi familia y puede que a Mina y a Lita; pero hacen falta años y años para que surja el amor de verdad. Así que no te amo. Pero estoy dispuesta a admitir que he pensado mucho en ti últimamente y que indudablemente siento algo por ti... aparte de odio, claro. Y quizá sea posible que, en el futuro, pueda... amarte. —Vacilé, un tanto asustada por las palabras que acababan de salir de mi boca—. Pero aun así me dan ganas de matarte la mayor parte del tiempo.
La mueca arrogante de Seiya se convirtió en una auténtica sonrisa.
—Dios, cómo te he echado de menos. —Se inclinó para besarme, pero levanté una mano para detenerlo—. ¿Qué pasa?
—No voy a irme a la cama contigo esta noche, cretino —dije recordando a Michiru y el susto que había pasado. No es que fuera a convertirme de pronto en una monja ni nada por el estilo; pero, después de darme cuenta de lo fácil que podíamos haber intercambiado los papeles, sabía que algunas cosas tendrían que ser diferentes—. Si vamos a hacer esto, lo haremos bien. Vamos a avanzar al ritmo de una relación de instituto normal.
Seiya estiró la mano para tocar la pequeña «U» blanca que descansaba entre mis clavículas e hizo girar el colgante que me había regalado mi madre entre el pulgar y el índice con aire casi distraído.
—Pero ninguno de los dos somos normales.
—Es verdad —admití—. Pero esta parte de nosotros va a ser normal. Mira, no digo que no podamos volver a llegar a ese punto. Simplemente... nos tomaremos las cosas un poco más despacio.
Seiya lo pensó un momento antes de dejar que aquella sonrisa torcida volviera a aparecer en sus labios.
—De acuerdo —dijo inclinándose un poco hacia delante para mirarme a los ojos—. Me parece bien. Podemos hacer otras cosas. —Soltó el collar, me pasó los dedos por la clavícula y los deslizó por mi brazo provocándome un estremecimiento—. Me parece que dejé algo a medias. La última vez, en tu cuarto, nos interrumpieron; pero podría volver a demostrártelo. Es más, estoy deseando demostrártelo.
Respiré hondo intentando hacer caso omiso de esa afirmación y del torrente de excitación que me provocó.
—Vamos a tener citas —continué después de carraspear—. Citas agradables. Y tampoco volverás a llamarme Duffy.
La sonrisa de suficiencia de Seiya desapareció y se mordió el labio.
—Usagi —dijo en voz baja. Casi no podía oírlo con la música—. Lo siento. No sabía cuánto te hería esa palabra. Nunca debería haberte dicho que eras la Duff. Entonces no te conocía. No...
Negué con la cabeza.
—No te molestes en buscar excusas. No pierdas el tiempo, porque la verdad es que sí soy la Duff. Pero también lo es el resto del mundo. Todos somos unos malditos Duff.
—Yo no soy un Duff —repuso Seiya con confianza.
—Eso es porque no tienes amigos— sonreí un poco.
—Ah. Cierto— dijo en una especie de mueca.
—Y —continué— es probable que me comporte como una bruja la mayor parte del tiempo. Te garantizo que encontraré una razón para gritarte casi todos los días, y no te sorprendas si te tiro algunas bebidas a la cara de vez en cuando. Yo soy así y vas a tener que aceptarlo. Porque no pienso cambiar ni por ti ni por nadie. Y...
Seiya se bajó del taburete y apretó sus labios contra los míos antes de que las palabras pudieran salir de mi boca. El corazón se me desbocó a la vez que la mente se me quedaba en blanco. Me rodeó la cintura con un brazo, pegándome a él todo lo posible, y ahuecó la mano libre sobre mi cara, acariciándome el pómulo con el pulgar. Me besó con tanta pasión que pensé que acabaríamos ardiendo.
A ambos nos faltaba el aire cuando se apartó, y solo entonces pude volver a pensar con claridad.
— ¡Cretino! —Grité mientras lo alejaba de un empujón—. ¿Me besas para hacerme callar? Dios, eres tan odioso... Ahora mismo tengo ganas de lanzarte algo a la cabeza.
Seiya se subió de un salto a su taburete con una enorme sonrisa y, de pronto, recordé que me había dicho que estaba sexy cuando me enfadaba con él. Qué cosas.
—Oye, Motoki —dijo llamando al camarero—. Creo que Usagi quiere una Cherry Coke.
No pude reprimir la sonrisa. Seiya no era perfecto, ni por asomo; pero, vaya, yo tampoco. Los dos estábamos bastante jodidos. Sin embargo, de alguna manera, eso lo hacía todo más emocionante. Sí, era enfermizo y retorcido; pero así es la realidad, ¿no? Es imposible huir de ella, así que ¿por qué no aceptarla?
Seiya me cogió la mano y entrelazó sus dedos con los míos.
—Esta noche estás preciosa, Usagi.
