Título– The Devil in Me

Autor– Lyson

Disclaimer– Beyblade es propiedad de Takao Aoki. La mente maestra detrás de este fanfiction es Lyson, quien me concedió el honor de traducirlo.

Advertencias– Yaoi, angst, violencia, gore, sangre, violación y violencia sexual explícita.

Lo sé, me atrasé demasiado con las actualizaciones, por ello subiré los tres capítulos que debía haber subido según lo programado en mi calendario en los meses anteriores. Finalmente esta historia está llegando a la mitad y mejor aún, lo que todos esperábamos: ¡Pronto Kai hará su aparición! (¿O es que sólo yo estaba esperando que saliera?) Gracias por leer y, por favor, dejen un review, espero escuchar sus comentarios, quejas y sugerencias en cuanto a la trama, traducción y demás.


Capítulo Cinco – Liberando la Maldad

Cuatro años después…

En una oficina en la ciudad de Moscú, una pequeña, estaba sentado un hombre con cabello negro y gris, se notaba envejecido, con arrugas y líneas de estrés, a sus, probablemente, cuarenta tardíos. Había estado sentado por semanas en su oficina pobremente iluminada, largas horas cada día, por los últimos dos años.

Él era un abogado llamado Milos Ivanov, era el hermano del difunto Stas Ivanov, una tragedia que destrozó su corazón al morir su hermano. Se había lamentado por años y durante todo ese tiempo había intentado completar la tarea que su hermano le había encomendado cuando aún permanecía con vida.

Ya casi había terminado, los papeles estaban por finalizarse después de años de pelear con el gobierno y todo lo que se requería ahora era ser firmados por la esposa de Stas.

Se levantó de su desordenado escritorio, sus anteojos cayeron desde su nariz hasta la mesa, revelando sus ojos inyectados de sangre. Estaba exhausto. Empacó todos los papeles importantes en un contenedor seguro y lo colocó dentro de su portafolio. Tendría un largo camino por delante hasta la penitenciaría de mujeres, ya que ésta quedaba a menos a hora y media a las afueras de Moscú.

Rápidamente tomó sus lentes y su portafolio y salió del lugar tras ponerse su abrigo. Caminó fuera del edificio cuando el frío lo golpeó de lleno. Era mediados de invierno en Rusia y la nieve estaba más gruesa y el clima más frío que nunca. Mientras se dirigía a su coche un poco lejos de la entrada del edificio, miró a su alrededor.

Se veía un poco gastado en su viejo abrigo y traje gris, su bufanda decolorada de color azul y su cabello enmarañado y encaneciendo cada día más. Un hombre que alguna vez había sido bien parecido, ahora parecía tan viejo debido a las tragedias que su familia había padecido con la muerte de Stas.

Se subió a su viejo auto y estrujo sus manos enguantadas tras asegurar el portafolio a su lado en el asiento del pasajero. Entonces, puso en marcha la máquina y manejó en el tránsito matutino de las calles nevadas de Moscú.

Tendría que conducir cuidadosamente una vez que alcanzara los caminos de las afueras de la ciudad, puesto que el hielo cubría normalmente el pavimento durante esta época del año. Él manejaba por los helados caminos porque sabía que estaba haciendo lo correcto.

Sabía que Stas nunca mintió acerca de su hijo, porque cuando él había visto al niño por primera vez con sólo dos años de edad, había recibido una señal del comportamiento del chiquillo al mirar en los ojos del pequeño y ver algo mucho más allá de la comprensión de cualquier niño.

La familia de ambos, Stas y Tatyana, se habían mantenido alejados de ellos, durante la mayor parte de la vida de su hijo. A ninguna de las familias les agradaba el niño; él era frío y, obviamente, indiferente.

Una vez Stas había ido de visita y un pequeño trozo de carne le faltaba en su antebrazo, cuando ellos habían prequntado qué había sucedido, Stas les había informado que Yuri lo atacó. Por ese entonces Yuri tendría unos nueve años, así que supieron que había sido hecho con malicia… morder tan fuerte que podía incluso arrancar la piel.

Milos tembló visiblemente con el pensamiento del niño. Tenía que hacer lo que Stas le había pedido y quitarle todo al chico. Él no era un niño, era algo más.

Largos minutos pasaron hasta que Milos finalmente vislumbró el gran edificio, lo cual le provocó una sonrisa. Condujo hacia la entrada del complejo, se estacionó y se alistó para encarar el frío, al tiempo que salía del automóvil. Para su sorpresa, pese a que el aire continuaba igual de gélido, el viento era casi inexistente y la nieve era ligera. Recogió su portafolio y caminó hacia el inmueble.


Tatyana se había vuelto más amargada y hórrida en su tiempo en a prisión, ella siempre lo había sido, pero el estar viviendo allí, había acentuado sus verdaderos colores.

Estaba sentada en su catre en el momento en el que el guardia se había presentado en las barras de su celda.

–Tienes un visitante. Vamos –le dijo a Tatyana.

Ella lo siguió en silencio. No había tenido una sola visita en los cuatro años siguientes al fallecimiento de Stas. ¿Quién la visitaría ahora? Su familia la había desheredado, el que fuera porque creían que había matado a esa mujer o porque escogieron culparla por haber conservado a su hijo, ella no lo sabía.

Llegaron al cuarto con su visitante y vio a un guardia permanecer de pie dentro de la habitación con otro hombre. Ella no pudo evitar sonreir.

–Milos… –Lo reconoció como su cuñado, aunque se veía muy envejecido.

–Hola, Tatyana… –Él también sonrió y ella corrió hacia él.

Se abrazaron por un momento y él supo que ella estaba llorando, ya que temblaba ligeramente, sin embargo, no dijo nada y esperó hasta que ella se alejó y recobró la compostura; fue entonces cuando se sentaron en la mesa del cuarto gris.

–Así que… sin visitas por tanto tiempo y ahora vienes… me pregunto porqué… No puede ser bueno –dijo comprensivamente.

Él negó con la cabeza.

–Creo que es bueno, pero dudo que lo veas como yo… –comentó y dio unos golpecitos al portafolios en su regazo.

–Bueno, vayamos al grano… –dijo ella miserablemente.

Él asintió y colocó el portafolios en la mesa, abriéndolo y removiendo el archivo, lo abrió y lo colocó en el centro de la mesa entre ellos y, al centro del folder, dejó una pluma.

Ella lo miró fijamente.

–¿Qué es esto? –inquirió.

Él suspiró.

–Antes del accidente de Stas, él estaba haciendo planes, me pidió que hiciera algo para él… –comenzó a explicar, notando cómo lo veía.

–¿Es acerca de… Yuri? –cuestionó.

–Sí –dijo suavemente. La tensión en la habitación de pronto se hizo muy evidente.

Milos esperó un momento y entonces prosiguió:

–Puedes simplemente firmar los papeles y no saber nada… todo estará bien…

–No digas tonterías, Milos… Sé lo que Stas quería, él me dijo cuando vino a verme… Él siempre quiso que mi hijo terminara en un orfanato dirigido por el gobierno… o en la calle… en cualquier lugar en el que pudiese ser miserable –dijo en voz baja.

Milos suspiró más profundamente.

–Tatyana, por favor comprende cómo se sentía… –Hizo una pausa–. Cómo se sentía él. Tu hijo asesinó a alguien y tú estás cumpliendo una condena debido a ello… Yuri sencillamente mató a esa mujer, pero nadie lo creyó. Y tú, al ser su madre, sabes perfectamente bien qué tan capaz es de lo que hizo… sabes que fue intencional… –terminó también en voz baja, y, a pesar, de que el guardia los podía escuchar, no parecía importarle.

Las lágrimas aparecieron en sus ojos.

–Lo sé… He estado pensando sobre ello durante cuatro años. Él no puede vivir entre la gente… –dijo, mirándolo fijamente en sus ojos azules–. ¿Qué sentido tendría mandarlo a la calle o a un orfanato mal supervisado –explicó su punto.

Milos se inclinó hacia delante.

–Él estará entre gente que generalmente es inestabe… justo ahora está bajo medicación y mantenido encerrado a cal y canto. Libertad para pelear por sí mismo… o una vida de drogas en un estado de inconsciencia mental… tú eliges –trató de jugar con su lado amante de su hijo.

Ambos sabían que Yuri saldría adelante en un mundo salvaje, pero la idea de que viviera como un paciente medicado tuvo el efecto deseado en Tatyana. La observó mirar los papeles y la pluma, alcanzarlos y acercárselos.

Ella sostuvo la pluma.

–Todo lo que necesitas hacer es firmar… y él estará por su cuenta… Estará mejor así –dijo suavemente.

Ella se tragó el nudo que se había formado en su garganta mientras firmaba. Quería lorar porque lo que estaba haciendo era tan cruel como el dejarlo permanecer contantemente medicado.

Una vez que ella hubo firmado, él tomó los papeles y los colocó de regreso a su portafolios.

–Gracias, Tatyana. Estás cumpliendo la última petición de Stas. –Le sonrió y sostuvo su mano sobre la mesa.

Ella sacudió la cabeza.

–¿Yuri… lo mató? –tenía que preguntar.

Milos ahora era el que quería llorar.

–No físicamente… pero yo creo que no fue un accidente… Yuri es más de lo que muestra a simple vista… –comentó desgraciadamente y ella asintió en comprensión.

Milos se paró y tras otro abrazo, salió de la prisión y sonrió triunfante., sabiendo que él tenía el poder ahora.

–Espero que mueras dondequiera que termines… –se murmuró a sí mismo y entró a su auto. Ahora se dirigiría a la corte principal de San Petersburgo y entregaría los papeles para hacerlo oficial.


Yuri estaba sentado en el catre de su habitación individual. Todo era blanco. Siempre lo era. Las sábanas, las almohadas, el baño, las toallas, el jabón y hasta la ropa que él usaba, una camisa blanca y unos pants blancos, el uniforme de este lugar.

Yuri ahora tenía catorce años. Era mucho más alto, su cuerpo era más fuerte, pese a que su constitución seguía siendo delgada y desafiaba la idea de fuerza. Su cabello era más largo, y le llegaba a la mitad de la espalda cuando estaba suelto, cabello rojo intenso y ojos tan vacíos como siempre.

Él había vivido allí todo ese tiempo, con la medicación que forzaban dentro de su sistema cada ocho horas. Había veces en las que ni siquiera había querido levantarse, puesto que sus extremidades se sentían como partes del cuerpo gastadas. Estaba pálido, tan blanco como el color que lo rodeaba por completo. Eran cerca de las ocho de la tarde y pronto sería hora de dormir.

En ese momento, todas las enfermeras irían de un lado a otro apagando las luces y asegurándose que estuvieses en la habitación que deberías, listo para irte a la cama y dormir de nuevo en la prisión blanca. El ojo de Yuri tembló cuando escuchó su puerta abrirse y Gustav entró.

–Ya veo que estás listo para dormir –le sonrió.

Yuri nunca le había respondido a ninguna pregunta que este hombre le había dirigido en cuatro años y no comenzaría a hacerlo ahora. Lamió sus rosados labios, irritado y desvió su mirada del amigable hombre.

–Mañana será el día anual de diversión. Tú sabes cuál. Me estaba preguntando si querías participar en algún deporte –le preguntó.

Yuri lo miró. Esta pregunta era nueva. Estaba sugiriendo que Yuri formara parte de un deporte físico. Gustav lo miró y le sonrió.

–Eres lo suficientemente grande para jugar con los niños mayores… Pensé que podría ser divertido para ti.

Hubo un silencio, mientras Gustav revisaba las cosas del cuarto en su rutina. Cuando se dirigió a la puerta para marcharse, escuchó hablar por primera vez a Yuri.

–¿Por qué me dejarías competir? –cuestionó.

Gustav se congeló y miró al joven cuya boca estaba cerrada de nuevo. Había escuchado la voz de un chico de catorce años, una voz ligera, pero monótonamente seca, por lo que ahora veía incrédulo a la fuente.

–Hablaste… –notó estúpidamente.

Yuri parpadeó y esperó por una respuesta. Gustav sacudió sus manos levemente y abrió sus ojos.

–Bueno, queremos que interactúes más y hagas amigos y ese tipo de cosas… tú sabes, verte sonreír y divertirte –contestó esperanzado.

Vio a Yuri hacer algo similar a un suspiro, para luego sacar sus pies de sus zapatillas de noche y deslizarse bajo las cobijas. Todo lentamente, pues sus movimientos estaban ralentizados. Aún estaba sentado y recargado hacia atrás sobre sus manos.

–¿La doctora Julia me dejaría sin medicación? –inquirió y Gustav sonrió, dándose cuenta de que Yuri le estaba hablando cómodamente.

–No lo creo… pero aún así podrías jugar –dijo animándolo.

Yuri lo miró.

–Nunca debería quitarme esta medicación… –su voz parecía muerta y sin ningún tono–, porque la mataré –finalizó y se acostó, cerrando sus ojos azules.

Gustav estaba congelado en su lugar, no sólo por las palabras de Yuri, sino porque… le creía. Se dio la vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí, después de apagar las luces. Se detuvo un momento en el pasillo, para luego andar para completar sus faenas nocturnas.


La siguiente mañana…

–Esto es increíble, ¿por qué Stas le quitaría los fondos a la institución médica de su hijo? –Julia preguntó completamente impactada.

Un conocido oficial de policía, dos trabajadores sociales del gobierno y un abogado permanecían de pie frente a su oficina.

–Éste es Milos Ivanov, Doctor, De'Angela, él era el hermano de Stas y dice que era algo que Stas había firmado después de que su esposa fuera encerrada –Hiro Granger, ahora más viejo y con el cabello ligeramente más largo habló secamente.

Él no estaba sorprendido por todo esto, sólo estaba aburrido con los retrasos.

–Tiene papeles firmados por Tatyana para confirmar el acuerdo. Tú sabes que estoy familiarizado con el caso, doctora, así que puedo asegurarle que todo está en orden –le afirmó.

Julia sacudió su cabeza.

–Esto es horrible, su hijo terminará en algún orfanato y sin medicación…

–Ese no es su problema… legalmente debe liberar al paciente, para que estos caballeros puedan llevarlo a una abadía en Moscú –Milos intervino y señaló a los dos trabajadores del gobierno.

Ella suspiró y asintió.

–Supongo que no tengo opción… –dijo molesta y caminó fuera de su oficina. Todos la siguieron.

Llegaron a la habitación que ella les indicó.

–Bien, ahora él es de su propiedad –les espetó a los trabajadores sociales, un hombre y una mujer.

Abrieron la puerta y entraron, todos ellos.

Yuri estaba sentado en el escritorio del cuarto, sólo sentado. Había estado viendo por la ventana a los niños jugar en el día de diversión… mas él no estaba pensando en jugar. Observó a la gente que había pasado y giró su silla al ver a Hiro, a quien le asintió con la cabeza.

Hiro le ofreció una pequeña sonrisa y asintió a su vez.

–Oye, Yuri… ¿cómo te está yendo, niño? –le preguntó y se le acercó.

Como esperaba, Yuri no respondió, así que volteó a ver al grupo y luego regresó su mirada a Yuri.

–Vas a salir de aquí… no más medicación… no más puertas cerradas –le dijo por lo bajo y vio un poco de luz brillar en los ojos de Yuri y sonrió.

Julia se acercó y miró a Yuri.

–Te van a llevar a una abadía en Moscú… probablemente sea un basurero del gobierno donde dormirás en colchones húmedos y comerás lodo blando… Espero que estés bien –le estaba hablando enfadada.

–De hecho, es una de las mejores abadías en Rusia. Le aseguro que estará bien –le respondió el trabajador social.

Milos ahora estaba a la vista y Yuri lo volteó a ver.

–No importa si está bien o no… mientras Stas no pague por él nunca más, a nadie le importa… –dijo fríamente

Hiro no parecía tan sorprendido por ello y Yuri no se inmutó.

–Vámonos. Es un largo camino a Moscú. Me aseguraré de que llegues allá bien –le dijo Hiro, poniendo una mano en el hombro de Yuri.

Ambos, Julia y Milos, hicieron una mueca de dolor por cómo podría reaccionar Yuri, pero él simplemente se puso de pie y parecía estar muy contento por irse.

Gustav entró y comenzó a empacar las posesiones de Yuri. Había sido informado de la noticias y no parecía muy feliz por ello. Todos permanecieron en silencio, hasta que sus cosas estuvieron en una maleta blanca, la cual fue tomada por Hiro.

–Gracias. Estoy seguro que él aprecia todo el tiempo que pasaron medicándolo y encerrándolo… pero él los extrañará… –les dijo secamente, mientras pasaba con Yuri a su lado.

Milos se había apartado del camino por temor por su vida y Gustav le dijo un sencillo "adiós", al tiempo que pasaron. Los dos trabajadores sociales le asintieron para darle las gracias a Julia y Gustav y Milos asintió de igual manera, siguiéndolos.

Julia miró a Gustav.

–Pobre niño… –murmuró y limpió una sola lágrima que había dejado su ojo.

Gustav no dijo nada, ni tampoco compartió sus sentimientos.

Yuri ahora era libre…