2
Los gladiadores – y los que aún no portaban la marca de la hermandad – despertaron medio atontados por los rayos del sol.
Doctore les obligó a deshacerse de cualquier rastro de vino de la noche anterior, así como de las rameras que yacían medio muertas por el suelo.
Espartaco salió de su estancia con los ojos posados en el ex campeón , Crixo. Su mirada era fría, incluso podía verse que el galo no estaba de buen humor si no era arrancando cabezas o en brazos de la esclava Naevia. Pero ella lo rechazaba y lo irritaba todavía más.
Lucrecia se asomó por el balcón y apreció los rayos de luz que la cegaban. Eran inmensas las ganas que tenía por reencontrarse con su gladiador favorito y conseguir que éste accediera a yacer con ella.
Se volvió hacía Naevia y le hizo un gesto para que se aproximara a su oído.
-Ve a decirle a Crixo que le espero después de comer – susurró.
-Sí, dómina.
Bajó las escaleras tan lentamente como le fue posible, pues no quería que el galo hablara más de lo previsto con ella.
Lo encontró de espaldas, hablando con Espartaco.
Discutían, así que decidió esperar.
-¿Crees que por ser el maldito campeón tienes derecho a darme órdenes? - Crixo se adelantó hacía él con los ojos entrecerrados.
-Soy lo que me otorgan los dioses, y si tú no lo aceptas... - Espartaco descubrió a Naevia en la penumbra de la puerta y se alejó sin decir una palabra.
Crixo gruñó y caminó hacia ella.
-Domina quiere verte después de la comida – Naevia no le miró a los ojos.
-¿Y qué pasa con mi hora de descanso?
-Pregúntale a ella – dio media vuelta para marcharse pero Crixo la sujetó por un brazo y la obligó a mirarlo.
-¿Por qué ni siquiera me miras?
-Porque no debes mirarme como me miras.
-No siento nada por domina – se acercó a ella -. Sólo te tengo a ti en mis pensamientos.
Naevia vaciló. El galo estaba siendo demasiado sincero con ella, y podrían estar escuchándoles.
-Debes olvidarte de mí – Naevia susurró.
-Hago un gran esfuerzo por ello, pero soy incapaz de mirarte y no sentir nada.
-Eres un necio.
-Y tú eres preciosa.
Crixo sintió la sangre ardiendo en sus venas. El rostro de la mujer que tenía delante estaba sereno, casi sonriente. Quiso arrancar las rejas de metal que le impedían atraparla en sus brazos.
-Si domina descubre lo que sientes por mi moriremos – le advirtió.
-No me importa.
Naevia observó con debilidad la mano fuerte del galo bajar hasta su muñeca con una caricia que le provocó un escalofrío.
-Eres un completo idiota – murmuró, sintiendo su otra mano en la espalda.
Crixo disfrutó viendo como la esclava suspiraba como respuesta a sus caricias. La deseaba, como nunca había deseado a ninguna mujer. Y aun que a Naevia le costara admitirlo, ella sentía lo mismo por él.
-Debo irme – Naevia despertó de entre las nubes y abrió los ojos como platos.
-¿Tan pronto?
-No seas ocioso. Domina no permite que ningún hombre me toque.
Crixo rió por debajo de la nariz y la miró a los ojos.
-Entonces podría ser el primero, sería la victoria más gloriosa que jamás haya ganado.
Naevia se sintió profundamente halagada con las dulces palabras que el galo desprendía cada vez que le hablaba. Sintió el extraño deseo de permanecer con él más rato.
-Volveré a por vino – le susurró.
Crixo pilló al vuelo sus palabras y la empujó hacía él de la cintura.
Naevia gimió y notó el metal frío a través de su túnica.
-Te estaré esperando con ansiedad – la miró directamente a los labios.
-No debes mirarme así, ya lo sabes.
-Créeme, lucho por no hacerlo. Pero soy débil...
Naevia alargó el brazo y le acarició el rostro.
Crixo besó sus dedos con desesperación, ansioso por besarla.
-Oraré por tu victoria mañana – Naevia sonrió y permitió que el galo le sonriera.
-Gratitud – respondió él.
Naevia se alejó de él sin quitarle el ojo de encima, y subió las escaleras como si sus pies quisieran quedarse allí abajo.
-No deberíamos hacer esto.
Melitta se incorporó sobre el duro lecho y se abrazó a sus propias piernas.
Estaba arrepentida por ser la oscura amante del antiguo campeón de Capua y mejor amigo de su esposo.
-¿Y qué podríamos hacer evitándonos? - Gannicus también se incorporó, y le acarició la espalda desnuda -. Enomao es tu esposo, pero yo te amo desde que te vi, Melitta.
Ella volvió la cabeza hacía el gladiador, sintiéndose incómoda entre ésas sábanas sucias.
-Pero yo elegí a Enomao, y ahora...
-Y ahora tú estás aquí conmigo – interrumpió él, tomando su rostro entre sus manos -. Y no hay nada que quisiera cambiar.
Melitta sacudió la cabeza y saltó del lecho para colocarse la túnica. Él la observó sonriente.
No estaba nada arrepentido por estar con ella de aquella manera. Siempre deseó que fuera así.
-¿Ya te vas?
-Debo volver a mis tareas. Y tú deberías ir a entrenar, como el resto de tus hermanos.
Gannicus se levantó con pereza y se aproximó a ella para besarle en los labios.
Melitta luchó por no rechazarle y sonrió cuando se alejó de ella.
-¿Te veré esta noche? - Gannicus se ató el subligar lentamente y la vió desaparecer por la puerta sin decirle una palabra.
Aquella acción le sentó mal. La quería, a pesar de su comportamiento preocupante.
Salió para entrenar renegando con la cabeza.
Vió a sus hermanos sometidos en el entrenamiento. Sudaban más que hablaban y rugían imaginándose un enfrentamiento mucho más glorioso en la arena del coliseo de Capua.
Gannicus observó a Espartaco con los ojos entrecerrados, orgulloso de ver a ése hermano con tan buena reputación en la ciudad.
Crixo miró al ex-campeón. Parecía un vagabundo cuando caminaba después de haber bebido, por lo menos, tres litros de vino.
-Doctore, entrenaré en el palus , en la sombra – Gannicus dijo estas palabras vagamente, mientras los demás gladiadores le miraban con recelo por su pésimo comportamiento de superioridad hacía ellos.
En el balcón, se asomó Lucrecia dispuesta a admirar los relucientes músculos de Crixo.
Naevia la seguía con la mirada puesta en el suelo, sabiendo que se toparía con la mirada penetrante del galo.
Crixo demandó pelear con Espartaco. Éste se ofreció con una sonrisa de oreja a oreja y empezaron con gritos de victoria y gloria.
Se movían ágilmente, dejando impresionadas a las mujeres que les observaban desde el balcón.
Todos los gladiadores hicieron un círculo detrás de ellos, y animaron a Espartaco por encima de Crixo, lo cual lo motivó.
Naevia percibió la locura del galo cuando golpeaba al tracio, sabiendo que deseaba acabar con la vida de éste para obtener la gloria que le habían arrebatado.
-¡Te mataré! - rugía Crixo, sacudiendo el escudo contra la espada de su oponente.
Espartaco sonrió y lo tiró al suelo de una patada.
Lucrecia se sobresaltó y sintió ira contra el tracio, que recibía aplausos.
Gannicus se aproximó a ellos y percibió las intenciones de Crixo, por lo cual decidió separarles y mantenerlos en raya.
-Ya basta. Sois hermanos, no debéis rivalizar entre vosotros.
Crixo escupió en el suelo y se alejó de ellos. Posó su mirada en Naevia, que lo observaba sacudiendo la cabeza en desacuerdo con su comportamiento.
-Maldito tracio, siempre está jodiendo a mi pobre Crixo – dijo Lucrecia fulminando a Espartaco con la mirada -. Es hora de darle una lección. Naevia, quiero que coloques esto en su bebida.
Lucrecia se volvió para posar un pequeño recipiente ovalado en sus manos. Naevia lo cogió y la miró confusa.
-¿Quiere matarle, dómina?
-No, solo dormirle para que no luche en los juegos de Pompeya. Ve a hacerlo ahora, es la hora de la comida.
Naevia asintió y salió disparada hacía el ludus.
Bajó las escaleras con las manos temblorosas por la tarea encomendada. Era incapaz de meter ese líquido en el agua sabiendo las consecuencias que éste producía.
Vigiló que no pasara nadie y, cuando estaba segura, caminó en silencio hasta los vasos, en dónde depositó todo el contenido con rapidez.
-¿Qué hace una esclava aquí?
Naevia se volvió rápidamente y observó a uno de los gladiadores. Éste sonreía y la miraba con deseo.
-Vengo a por agua – se excusó evitando su mirada.
-¿Estás segura? - se acercó peligrosamente a ella -. He visto como depositabas veneno en la bebida de Espartaco.
Tragó saliva inquieta y quiso gritar para salir de aquella horrorosa situación.
-Debo irme.
-Y una mierda, todavía no he terminado – la cogió por la cintura y la posó sobre la mesa.
-¡Suéltame maldito asqueroso! - gritó ella, sacudiendo las piernas para que se alejara.
-¿Prefieres que te tome por detrás, preciosa?
Naevia sintió como el miedo recorría su cuerpo y temblaba por ello. Deseó haber incumplido las órdenes de dómina, aunque el resultado hubiera sido el mismo.
-Dómina no permite que ningún hombre me toque y menos un sucio animal como tú.
Le golpeó el rostro con rabia y ella escupió sangre y lágrimas de sus ojos.
-Cállate puta – le subió la túnica dispuesto a disfrutar de aquella esclava intacta.
-¡Ayuda!
Crixo entrenaba cuando escuchó una voz indefensa pidiendo ayuda. Reconoció ése dulce tono cuando se repitió más de una vez y corrió hacía de dónde provenía.
Vio como uno de los gladiadores reclutados intentaba forzar a Naevia y no se lo pensó dos veces a la hora de correr hacía él y golpearle el rostro.
Crixo le golpeó el rostro varias veces con sus puños, luego le dió un cabezazo. El recluta lo tiró al suelo y se levantó para golpearle, pero se chocó contra la pared y cayó al suelo desmayado.
Corrió hacía Naevia y la levantó con uno de sus brazos. Estaba bañada en lágrimas y sudorosa.
-¿Estás bien?
-Sí... Gratitud...
Las piernas le temblaban debido al miedo y tuvo que sostenerse en Crixo para evitar caerse.
Él la tomó en brazos y la sentó debajo del sol para que recuperara las fuerzas.
Ella lo miró temblando, pero quiso estirar uno de sus brazos para coger su mano, pero no lo hizo.
-Si ése cabrón llega a tocarte un pelo te aseguro que yo mismo acabaría con su vida – Crixo la miró enfurecido, aún recordando las imágenes de aquél sirio encima de la esclava.
-Te agradezco que te preocupes por mí, pero no deberías correr esos riesgos.
-Estaba abusando de ti, debía hacer algo.
-Y te lo agradezco con todo mi corazón, de verdad. Pero la violencia...
Crixo tomó su rostro entre las manos y lo acarició varias veces. Ella cerró los ojos, maravillada con la paz del momento. Pero cuando los abrió, descubrió a los demás gladiadores mirándolos y se apartó de Crixo.
-Debo marchar ya – se levantó acorde con él y se miraron una vez más.
-Gratitud por salvar mi castidad – lo besó en la mejilla durante unos segundos y se marchó sin querer descubrir su mirada.
Espartaco miró la actitud de Crixo ante aquella mujer y pensó que realmente aquél galo tenía un buen corazón, y quería a ésa esclava, se le veía en los ojos.
Gannicus avanzó hacía el galo y le dió una palmada en la espalda.
-Parece que tienes a una muchacha loca por ti, gran Crixo.
Crixo volvió la cabeza hacía él y no pudo evitar sonreír.
-Eso parece – dijo casi en susurró y se dispuso a coger su escudo junto con su espada para entrenar.
-No, eso no va ahí.
Naevia le quitó la jarra de las manos y la colocó debajo de un pequeño armario, en donde se guardaban todos los vinos marchitos.
Mira era una esclava traída de Roma para Lucrecia, ya que una de sus más viejas esclavas había muerto debido a la vejez.
-Lo lamento, no me ocupaba de estas tareas en Roma.
-Debes acostumbrarte a esto, es un consejo.
Mira observó sangre en el contorno del labio inferior de Naevia y la cogió por el brazo para observarla.
-¿Qué te ha pasado?
-Un gladiador intentó violentarme.
-Por todos los dioses, ¿Y qué ha pasado? - Mira abrió los ojos como platos y depositó la otra jarra de vino debajo del armario.
-Crixo me salvó de sus sucias garras – Naevia sintió un escalofrío al pronunciar su nombre.
-¿El galo indicto, del que tanto se habla en Roma?
-Así es.
-Vaya, es increíble – sonrió para si misma, sintiendo ganas de ver a los demás gladiadores -. Y... ¿Espartaco tiene alguna mujer en su poder?
-No, que yo sepa.
-¿Puedo asomarme al balcón, ahora que no está domine?
Naevia frunció el cejo y miró a su alrededor.
-¿Con qué propósito?
-Observar a Espartaco entrenar.
Naevia asintió, pues ella también deseaba ver a Crixo.
Las dos caminaron discretamente hasta el balcón y apreciaron los rugidos de los treinta hombres que entrenaban bajo sus pies.
Mira buscó con su mirada a Espartaco, y cuando lo vió se sintió excitada hasta la sinrazón. Sus movimientos eran ágiles y practicados.
Naevia por su parte balanceó su mirada hacía Crixo y se apoyó en la baranda para observarle mejor.
El sol relucía en su tersa piel, y no pudo evitar sentir algo muy fuerte por aquél hombre.
-Este lugar es impresionante... - Mira se apoyó en la barandilla de madera y miró a Espartaco de nuevo, sintiéndose halagada por estar allí presente.
-Sí, lo es – Naevia prosiguió pasmada con Crixo.
El galo descubrió a Naevia observándole desde el balcón y se quedó súbitamente parado. Gannicus aprovechó y le dio un golpe en el rostro con el escudo y cayó al suelo.
Naevia se mordió el labio y ladeó la cabeza para observarle desde el suelo.
-¿Qué hacéis aquí?
Las dos se volvieron a la vez y miraron a Melitta con los ojos muy abiertos.
-Yo... - Naevia miró a Mira, buscando una excusa por su presencia -. Quería enseñarle el ludus a Mira.
-Está bien. Pero dómina ha ordenado que preparéis a Espartaco y Crixo para una visita en la villa. Así que espabilad y evitaré pensar lo que realmente estabais haciendo aquí.
Mira y Naevia se encaminaron hacía la arena, y no discutieron por el gladiador que deseaban ver desnudo y frotarlo con sus manos.
Bajaron a la arena, en donde el calor era rebosante debido al mediodía. Buscaron con la mirada a cada uno de ellos, y cuando lo encontraron se separaron para cumplir su tarea.
Crixo observó a Naevia aproximarse y dejó de entrenar para escucharla.
-Dómina requiere tu presencia y la de Espartaco, y para ello debo prepararte.
Crixo dejó las cosas en el suelo y la siguió hasta el baño de esclavos, pero estaban solos, ya que estar junto a Espartaco le irritaba en abundancia.
Naevia cerró la puerta. Crixo la miró cargado de deseo mientras se acercaba a él para limpiar su sudor.
Lo hizo despacio, para prolongar el momento. Luego le quitó el subligar y le frotó más delicadamente. Él gimió y la levantó para observarla de cerca.
-Dómina no quiere que tarde en prepararte – se quejó temblorosa.
-No me importaría incumplir sus ordenes por vez primera.
Crixo deslizó sus labios por los de la esclava y la rodeó con sus brazos. Naevia se dejó llevar por el momento, pero cuando despertó se separó de él y lo observó arrepentida.
-Eres un necio – susurró -. Debo terminar de borrar tu sudor.
Se agachó, pero Crixo la levantó y le quitó la túnica con el corazón acelerado. Naevia sentía como sus piernas temblaban de nuevo cuando Crixo deslizó sus manos por sus caderas.
Agarró el cuchillo de la bandeja de su izquierda para protegerse.
-Apártate de mí - le advirtió sosteniendo el cuchillo en vilo.
Crixo no se inmutó. Observó su mano temblorosa y frunció el cejo.
-Naevia... - se acercó para quitarle el cuchillo.
-¡No te acerques! - se apartó de él y lágrimas brotaron de sus ojos por el miedo -. Estoy harta de que intentéis aprovecharos de mi, malditos brutos.
-No quería hacerte sentir así – miró su cuerpo desnudo y ella lo descubrió en el acto y agarró su túnica para cubrirse.
Tiró el cuchillo, se vistió y salió de allí.
Crixo se colocó el subligar y la persiguió hasta alcanzarla. La puso contra una columna y se acercó a ella.
-Déjame – se revolvió inútilmente entre sus brazos.
-¿Por qué no permites que te ame?
-¡Por qué yo no te amo! - casi gritó, fulminándole con la mirada.
Crixo sintió que su corazón se rompía en pedazos y la soltó.
Naevia vio su entristecida mirada, pero decidió ignorarla.
-Domina te espera – le señaló en dónde tenía que ir con dureza, hiriendo una vez más sus sentimientos.
La fulminó con la mirada y sintió la extraña sensación de que la esclava sería inalcanzable, y que para contradecir sus palabras debía ponerla a prueba.
Atravesó la puerta y se topó con Espartaco. Éste le miró serio, mientras se colocaba con los brazos al lado de las caderas, a su costado.
De la penumbra de la habitación, dómine pronunció unas palabras breves, pero muy claras:
-Mañana lucharéis entre vosotros en el primus – les anunció entretanto se encaminaba hacia ellos con pasos lentos, queriendo retrasar el momento.
Ambos se miraron entre ellos. Estaban ansiosos por luchar entre ellos, y sonrieron al imaginar, cada uno en su mente, que ganaban con una gloria que les concedía dinero y hasta la libertad – si dómine no se interponía -.
Quinto caminó por la habitación sin dejar de observar el rostro de Espartaco. Su esperanza era que el tracio ganara a Crixo, porque tras salir victorioso de la batalla contra Teocles la ciudad no le quería en la arena porque le consideraban agua pasada.
Y debían renovarla con la presencia de Espartaco como ganador.
-Será un combate a muerte, sin emisione. Todo lo que la ciudad deseará es ver a uno de vosotros muerto, nada más.
Espartaco asintió, sabiendo que la victoria sería suya. Crixo advirtió ésa esperanza en el tracio y arrugó la nariz disimuladamente.
Lucrecia entró por la puerta y Naevia la seguía. Crixo la miró perdido en la discusión de hacía apenas un cuarto de hora y suspiró.
-Mañana será un gran día, Quinto. Nuestros mejores gladiadores se enfrentarán entre ellos en el combate final en los juegos de Pompeya – Lucrecia se acercó a su esposo y lo besó en los labios.
-Sí. Pero debo hablar con Espartaco a solas. Para comentar con él un asunto pendiente.
Crixo pilló al vuelo las intenciones escondidas en sus palabras y esperó a que lo mandaran fuera de la habitación.
-Ve a entrenar – le dijo a Crixo, con un gesto de pasotismo.
El galo no tardó en desaparecer del lugar. Odiaba estar por debajo de Espartaco, y cada vez se sentía más incómodo dentro de esos muros.
Lucrecia se marchó con Naevia, ya que la reunión entre ellos parecía pretendida para ser privada.
Quinto se acercó al tracio lentamente, con los brazos abiertos.
-¿Sabes qué supone este enfrentamiento con el ex campeón de Capua, Espartaco?
Espartaco lo miró sin comprender.
-No, dómine.
-Riquezas, gloria y a tu mujer de vuelta.
-Es un placer servirte, dómine.
-Pero debes acabar tú con Crixo. Si gana él tu mujer no regresará, y tu gloria se esfumará junto con tus riquezas.
-Perdóneme, dómine, pero no entiendo sus intenciones.
Quinto colocó una de sus manos sobre el hombro derecho del campeón y sonrió.
-Tengo una tarea muy fácil para ti. Debes envenenar a Crixo antes del anochecer, para el primus. ¿Lo has entendido?
Espartaco dudó de sus palabras. ¿Envenenar? Jamás había hecho tal cosa.
-Pero dómine…Crixo lleva la marca de la Hermandad… - le reprochó.
-¡A la mierda la maldita marca! – gritó -. Si no acabas con Crixo me aseguraré de que tu esposa no regrese y de que tu gloria se esfume, ¿Me has entendido?
Espartaco tragó saliva pensativo. Tener en sus brazos a su esposa era lo único que lo motivaba a seguir con vida día tras día.
Asintió lentamente, sintiendo que estaba haciendo lo correcto.
-Sí, dómine.
Quinto le dio un vaso de agua con el veneno ya disuelto y lo tendió delante de él.
-Hazlo muy discretamente – le advirtió casi en susurro.
