Al decir esto, la voz de Rin se quebró. Al verla, Kagome no pudo evitar sentir pena, se quedó en silencio, oyéndola: Pensé que tal vez tenía sed, así que le llevé una ánfora llena de agua (una especie de termo natural, que se utiliza para mantener líquidos frescos). Cuando llegué estaba dormido, o al menos eso me pareció, así que dejé el agua y me fui para que descansara. Luego pensé que seguramente al despertar tendría hambre y fui al río cercano a la aldea; logré pescar un pez (sonrió). Como pude, lo cociné con algunos hongos que encontré en el bosque; los coloqué sobre unas hojas y se los llevé, ya estaba oscuro cuando llegué, me acerqué lentamente, pensando que seguía dormido, pero no fue así, estaba viendo fijamente la ánfora. Cuando me vio volteó para otro lado, así que le acerqué la comida y me fui, apenas había dado unos pasos, cuando me dijo: "No es necesario que hagas esto, algo que detesto es la comida que ingieren los humanos." Ni siquiera me volteó a ver.

¡Infeliz mal agradecido!, pensó Kagome, pero no dijo nada. Solo siguió escuchando.

Cuando dijo esto pensé que tal vez él comía los peces crudos, así que fui otra vez al río y después de un rato logré sacar otro, pero en eso los hombres de la aldea me descubrieron y me acusaron de ladrona, me sacaron del río, me aventaron al suelo y dos de ellos me patearon hasta cansarse; luego, uno de ellos me levanto del kimono y me amenazó con matarme si lo volvía a hacer; me dio una bofetada tan fuerte que se me hicieron varios moretones en el rostro, la mejilla se me inflamó tanto que se me cerró el ojo derecho.

Rin hizo un silencio, tenía la mirada fría, casi cansada, a pesar de su pequeño tropiezo con el cambo de voz; había relatado este pasaje de su vida y los anteriores, cual si se tratara de un espectador foráneo que nada tenía que ver con la historia y no como la protagonista.

¡Malditos animales!, pensó Kágome, con el corazón estrujado de pena tan solo de imaginar la escena. No se le ocurrieron insultos lo suficientemente ofensivos como para describir lo que pensaba de esos hombres, de su crueldad al tratar a esa pequeña niña huérfana, indefensa; un sabor amargo apareció en su boca, apretó los labios de coraje e impotencia. Dos lágrimas furtivas y silenciosas salieron de sus ojos involuntariamente.

Como no pude conseguir un pez, me fui al bosque -siguió Rin-, me pasé toda la noche buscando algo digno para llevarle (volvió a sonreír), pero solo encontré unos cuantos granos, así que los coloqué sobre unas hojas. Ya era de día cuando llegué dónde él: estaba recostado con los ojos cerrados, pero me sintió llegar y los abrió. "No quiero", -me dijo-, yo corrí con la comida sobre las manos y me arrodille a su lado ofreciéndosela. Sin voltear a verme dijo: "Ya te dije que no quiero nada, entiende"; me sentí muy triste y baje las manos viendo al suelo; en ese momento me hizo una pregunta que me sorprendió.

Kágome, se limpió las lágrimas del rostro e interesada expresó: ¿Qué te preguntó?

Me preguntó: "¿Quién te hizo eso en el rostro?"; lo miré sorprendida porque yo pensé que en todo este tiempo ni siquiera me había visto, pero no fue así. Como no le contesté me dijo: "Esta bien, no es necesario que me lo digas"; pero luego volteó lentamente hacia mí… Nunca olvidaré la forma en que me miró, me vio directamente a la cara, a los ojos con detenimiento. Me miró –recalcó Rin con emoción-.

Kágome la observaba sin comprender exactamente el significado de eso; hasta que ella, con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas, dijo:

Hacía tanto que nadie me miraba…. Todos volteaban.., todos.

Pero… ¿Cómo? ¿De quién hablas? ¿Cómo que volteaban? Preguntó Kagome, alterada.

De los aldeanos… todos ellos; si. -dijo Rin, entrecortadamente, con las mejillas llenas de lágrimas por lo doloroso de los recuerdos- Todos volteaban para otro lado cuando me veían; cuando quedé sola, sin nadie.

Luego aclaró: A la mañana siguiente del ataque a la aldea; me ayudaron a enterrar los cuerpos de mi familia; luego, empezaron reconstruir sus chozas; como yo no pude hacer nada, la mía quedó igual; recuerdo que la primera noche después de ese día, me quedé en la calle sin saber qué hacer, no quería entrar en la casa donde habían matado a mi familia; me di cuenta como todos los aldeanos me veían y luego se metían a sus chozas, intenté seguir a algunos, los más cercanos, intenté meterme a sus casas, pero me echaron; … los escuché, a muchos de ellos, decir que hubiera sido mejor que me hubiera muerto junto con mi familia. Me quedé en la calle, sola, rogándole a Kami que me llevara con mis familiares; hasta que del cansancio me dormí; así se repitió por muchas noches, hasta que me acostumbré a estar sola y dormir en cualquier parte en la calle.

El corazón de kágome se rompió en mil pedazos… No podría creer tanta indiferencia, tanta falta de humanidad de esa gente; con lágrimas en los ojos, preguntó:

Pero, Rin…¿nadie? La voz se le quebró.

No…, nadie. Contestó ella, con una voz apenas audible que reflejaba el gran dolor que sentía.

Algunas mujeres, a veces, a escondidas de sus maridos, me daban algún pedazo de pan, alguna fruta, o algo para comer, pero casi siempre comía lo que encontraba o lo que… robaba. Pero la enorme mayoría me ignoraban, muchos decían que tenías su propia familia que mantener; y todos, todos sin excepción, cuando pasaba, o los volteaba a ver, miraban hacia otro lado, nadie me veía; era como si no fuera nada, como si no estuviera ahí, o… como si no debiera estar ahí, como si fuera culpable por haber sobrevivido a mi familia. En este punto, los sollozos de Rin se hicieron más fuertes, se cubrió el rostro con las manos, tratando de ahogar un grito que amenazaba con salir de su garganta; tomó aire y luego, más calmada, agregó: Para ellos, solo era la molesta niña muda que les robaba la comida.

Kagome la veía con una infinita tristeza, con gran impotencia al saber que ya nada podía hacer para remediar un poco de la pena de esa niña, que ahora era una hermosa jovencita. Lloraba en silencio.

Pero él me vio,.. Dijo Rin, ahora con una dolorida sonrisa en sus labios-, Él sí me vio. Me dio tanto gusto que alguien me preguntara algo, que se interesara por mí, por saber que me pasó. Me dio tanta alegría, que en el momento en que me preguntó, sonreí. (Una pequeña risa, escapó de sus labios). Hasta él se extrañó, porque me dijo "¿Porqué te pones feliz?, solo te pregunté cómo estabas."

Fue lo último que me dijo, pero no me importó; estaba tan contenta que regresé a la aldea, tenía pensado llevarle algunas mantas para que se cubriera; si hubiera podido, habría cantado; mucha parte del camino, fui saltando en un solo pie y riendo, era la primera vez que me sentía feliz, libre, liviana.

La liberó, -pensó Kagome-, con esa acción, Sesshomaru, aún sin proponérselo la liberó de su culpa, la hizo sentir que valía. Es increíble.

Cuando llegué a la casa, encontré a un hombre dentro que tomaba agua; cuando me vio me preguntó si esa casucha era mía; le contesté que sí; en eso, empezó el alboroto, los lobos habían llegado, con un muchacho alto que era su líder.

Seguramente fue Kuoga. Pensó kágome.

Al parecer venía siguiendo a ese hombre, lo acusaba de haberle robado un fragmento de la perla de Shikon; el hombre fue rodeado por los lobos, y pedía clemencia, pero el muchacho lo mató con sus propias manos; luego, le dijo a los lobos que podían comer a todos los aldeanos que quisieran. Todo pasó muy rápido: los lobos se abalanzaban sobre los aldeanos; vi como les arrancaban la carne a mordidas; me horroricé, tantos gritos, tanta sangre. Estaba harta de tanto dolor, de tanta muerte; entonces corrí, corrí lo más rápido que pude hasta donde sabía que él estaba; tres lobos me seguían, pero yo continuaba corriendo; mientras avanzaba, lo vi, vi claramente su imagen, su rostro, como se alejaba con su gran estola blanca al viento. Sé que solo lo imagine, pero eso me alentó a seguir, a alcanzarlo; no sé porqué, pero sabía que sería mi salvación.

Rin, hizo una pausa. Luego siguió: Solo que no lo logré, tropecé con una raíz saliente del suelo y caí; hasta ahí llegué. Aún recuerdo las mordidas de los lobos; el dolor de los colmillos encajándose en mi carne. Hasta que ya no supe más de mi; supongo que fue cuando morí. Esa muerte, no se la deseo a nadie.

Kagome se estremeció, no podía siquiera imaginarse lo que Rin debió haber sufrido.

Luego todo fue total oscuridad. Lo próximo que recuerdo, fueron los ojos del señor Seshomaru, fueron lo primero que vi cuando desperté en sus brazos.