..Se sintió triste y avergonzada a la vez, pero luego sonrió, había llegado a su mente la respuesta a la pregunta que horas atrás se había formulado: ¿Cuál era el lazo que unía a esos dos seres tan opuestos?
Elaboró una teoría: él, un gran demonio, increíblemente hermoso, si, pero potencialmente letal, poderoso, oscuro, frío, calculador, arrogante, orgulloso, despiadado y poco menos que inmortal; ella, una pequeña humana, frágil, inocente, bondadosa, íntegra y mortal, con una de las almas más puras que había conocido, y con un auras de las más brillantes que sus ojos habían visto; inocencia y malicia, pureza y corrupción, luz y oscuridad. Eran totalmente opuestos… pero tal vez, y solo tal vez, opuestos que se atraen, tan diferentes pero tan necesarios el uno para el otro.
Ellos … se complementan. Pensó. Si, ella encontró en él lo que tanto necesitaba, aquello que nadie, excepto, tal vez solamente él podía darle; y él, despertó por ella una parte de su ser que pensó que no existía: el instinto de protección, la compasión, el dolor, el temor, el cariño, la piedad.
Rió para sus adentros, recordando las palabras de Sesshomaru al hablar sobre los humanos, en aquella ocasión en que por primera vez enfrentó a Inuyasha por colmillo de acero, cuando ella logró sacar esa espada de la roca: "Inuyasha, pareces muy interesado en las acciones de los humanos, ¿porqué los proteges?, ¿porqué dejas que huyan?, ¿porqué los amas? Lamento decirte que yo no heredé las cualidades de mi gran padre: esa misericordia y el cariño que sienten por los humanos… Yo no soy así, yo no puedo tratar a seres tan repugnantes como los humanos."
Ajá, -pensó-. Más pronto cae un hablador que un cojo.
Era increíble pensar que ese demonio que decía no poder a tratar a "seres tan repugnantes como los humanos", hubiera terminado haciendo exactamente lo contrario, hubiera sido capaz de otorgar protección, cuidados, y en sí, felicidad, a una niña de esa especie, a tal grado que hasta ahora, la devoción de ésta por él, fuera indudable. Aunque, tal vez era que ella… y solo ella entendía a ese youkai, logrando ver más allá de sus miradas, monosílabos y medias palabras, y que él… y solo él, era capaz de cruzar y morir en el infierno por ella.
Esto era demasiado.¿Será que, ellos…?. -Se aventuró a pensar-¡No!, soy una mal pensada. -se recriminó.
En esas cavilaciones que le estaban provocando dolor de cabeza, se encontraba cuando, a lo lejos escuchó a Rin, decir:
.. pero es que necesito verlo, quiero verlo..., otra vez…, por lo menos una vez, solo una vez más.
Rin estaba de espaldas, parada, con ambas manos en puño, golpeando suavemente, pero gran impotencia la parte baja de la ventana que daba al bosque.
Un deja vú, vino a su cabeza. ¿Qué dijiste?Preguntó, al tiempo que se levantaba como resorte del suelo.
Rin se volteo, tenía las mejillas salpicadas de un rojo rubí, los ojos llenos de de lágrimas que brotaban con urgencia, como si hubieran sido contenidas desde hacía tiempo.
Que sé que tiene asuntos que atender, -contestó- y que ahora yo solo significaría una preocupación más para él, pero yo…, siento como si no fuera a verlo nunca más; necesito verlo, saber que está bien, yo… quiero, necesito estar a su lado.
Kágome entró en shock, su memoria la trasladó a su época, a aquella vez, hacía muchos años atrás, cuando todo comenzó; aquella vez en que, llorando frente al árbol sagrado se dio cuenta de que se había enamorado de Inuyasha; aquella vez, cuando, con los puños cerrados, y con lágrimas en los ojos, que al brotar dolían como si fueran sangre, deseó con toda su alma poder verlo, verlo, por lo menos una vez, una vez más, y decidió permanecer a su lado, aún sabiendo que el corazón del hanyou le pertenecía a otra, a la sacerdotisa Kikyo; aquella vez en que repitiera, las mismas palabras que ahora decía Rin.
¿Rin… tu estás ena..?– Preguntó con un hilillo de voz, sin atreverse a terminar. Pero no necesitaba la respuesta, era claro, esa niña, estaba enamorada del demonio. Aunque parecía que ella no se había dado cuenta, y confundía su amor por él, con lealtad y cariño.
¡Por kami! –pensó- la magnitud del descubrimiento hizo que sintiera como si le pesara su propio cuerpo; se sentó por inercia, dejándose caer. Cerró los ojos, y luego se pasó una mano por toda la cara: se apretaba la frente, las mejillas, la boca, todo el rostro, como en un masaje urgente y desesperado, tratando de procesar todo, mientras el otro brazo lo cruzó por la cintura.
Rin la miró confundida: ¿Me preguntó algo, sacerdotisa? ¿Se siente bien? Preguntó, levantando una ceja.
¿Heee?. No, no Rin –se apresuro a contestar- No te pregunté nada, yo solo... Sí, me siento bien, solo me dolió un poco la cabeza, me sentí un poco mareada. Eso es todo.
Tal vez necesite recostarse. Dijo Rin, observándola.
No, estoy bien. Gracias por preocuparte.Rápidamente se recuperó de su letargo,la miró, y decidió "tantear" un poco el terreno para eliminar cualquier duda.
Rin- repuso con seriedad-mirándola a los ojos. Entonces estás decidida a seguir a Sesshomaru, ¿verdad?
SI. Contestó ella al instante.
Ni un solo atisbo de duda –pensó kágome-.¿Y conoces el concepto que él tiene sobre los humanos? ¿estás consciente de que para él siempre vas a ser un ser inferior, débil, indefenso?
Al escuchar estas palabras, la mirada de la chica cambió, se vislumbró furiosa, temerosa. ¡No!, -dijo más para sí misma que para Kágome- Él jamás me ha tratado así, siempre ha visto por mí.
Si, es verdad. Recalcó Kágome sin darle tregua- pero no te engañes, tu eres la excepción a su "regla general", de no tratar con humanos, pero no dejas de ser una humana, y eso no lo puedes cambiar, por tanto, no te considerará más que a cualquier otro.
El me quiere. Contestó Rin a la defensiva, mirándola de frente.
No lo dudo, pero no te respeta Rin. Para los youkai como él, los humanos como tú y yo, somos solo seres "inferiores", que no merecen siquiera tocar la tierra que ellos pisan, débiles, indefensos, llenos de "sentimientos" que, a su ver, nos hacen ser patéticos y más débiles aún. Un youkai como Sesshomaru, solo sabe de guerras, poder, sangre y muerte, y solo respeta aquello que lo iguale en fuerza y poder. Tú, a pesar del cariño que te pueda tener, siempre serás alguien a quien tenga que proteger, y estando en batalla, siempre te dejará a un lado para no tener que preocuparse por ti.
Esas palabras fueron el detonante para que el programa mental se activara, - Kágome, sin proponérselo, había dado en el blanco-, y como si le hubieran oprimido un botón de encendido, en su mente y corazón se escucho a grito esa fatídica frase: "Debes entender que no podré protegerte todo el tiempo." La ira se hizo presente, y entonces, las palabras surgieron de su boca, casi atropellándose, sin pensarlo, gritó:
¡YO NO NECESITO QUE NADIE ME PROTEJA!
Kágome solo se limitó a decir: Tu sabes bien que eso no es cierto; no sabes pelear, no puedes defenderte; en una batalla, para Sesshomaru siempre serás un punto débil, un blanco seguro, es por eso que te dejó aquí en la aldea.
La impotencia de saber la certeza de esas palabras, la dominó: ¡No!, ¡no!, ¡no es cierto! Decía mientras caminaba de un lado a otro dentro de la pequeña choza, con los puños cerrados, totalmente desesperada. ¡Maldita mi debilidad!, -pensaba-, ¿porqué?, ¿porqué? – se cuestionaba mentalmente, hasta que, sin querer, su pensamiento se convirtió en un eco que se dejó escuchar: ¿Porqué?, ¿porqué no puedo estar con él?
Porque no puede librar su eterna batalla por el poder, si tiene que estarse preocupando por ti todo el tiempo. Dijo Kágome, dando contestación a su involuntaria pregunta.
Rin detuvo su ansioso andar, para mirarla, con gran dolor. Sabes que tengo razón. Señaló Kágome.
La chica la miraba con coraje, con incredulidad, pero luego, sin más, se quebró: ¡Si!, ¡si!, ¡es cierto! Lo sé… - se dejó caer sentada muy cerca de kágome, con las manos cubriéndose el rostro; sus sollozos eran cada vez más profundos, como surgidos de su misma alma- Es verdad, -admitió vencida- solo sería un estorbo… y no quiero serlo, no quiero serlo, nooo. Quiero cambiar, quiero que el señor Sesshomaru deje de pensar en mí solo como una simple humana, quiero ser capaz de defenderme, de pelear, quiero dejar de ser una preocupación para todos, para él, quiero poder enfrentar una batalla, quiero poder ganarla.
Quiero… necesito, que me sepa capaz, valerosa, necesito que me respete para poder estar a su lado en cualquier momento. ¡Por favor, sacerdotisa Kágome, ayúdeme!, -se descubrió el rostro, bañado en llanto, y se arrojó a sus brazos, suplicante- Por favor, haré lo que usted me diga, lo que sea, no importa qué, haré cualquier cosa, pero por favor, ayúdeme a volver a su lado… quiero permanecer a su lado… por favor.
Kágome la miraba con infinita tristeza: No había duda, esa niña estaba enamorada del youkai, y no solo enamorada, esta prendada de él hasta los huesos. Con gran ternura la abrazó, no podía evitar sentir empatía por la situación de la muchacha que se parecía a su propia historia con Inuyasha; pero al mismo tiempo, era totalmente diferente; asintió con la cabeza, en respuesta a la petición de Rin; la ayudaría, aún no sabía cómo, pero lo haría.
Mientras trataba de consolar a la muchacha, su mente se planteaba un problema:
Si lograr el cariño de Inuyasha fue un martirio (y siendo solo mitad demonio).¿Qué podría depararle el destino a esta niña, al lado de un demonio puro como Sesshomaru, con título de nobleza, orgulloso, arrogante, frío como el hielo y además de todo nada amante de los humanos? ¡Por kami!. Pensó,al imaginar lo que tendría que soportar esa pobre criatura, cuando, en algún momento, se diera cuenta de su amor por ese príncipe de hielo.
