Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada.

Sanando corazones

"Hay veces en las que tu sonrisa puede causar la alegría de otros… Sonríe aunque estés triste, pues nunca sabes quién puede necesitar tu sonrisa…"

Capítulo 2 Seiya, el poder de la sonrisa…

Cada día se le hacía más corto con tantas actividades que realizar. Durante las mañanas debían entrenar sin descanso. Los hacían correr alrededor de la enorme mansión muchas veces y él siempre se quedaba atrás viendo cómo todos competían por ser el primero en llegar a la meta incluso su hermano. No le importaban esas cosas, por lo que las hacía por obligación, para mantenerse junto a Ikki al que le fascinaban todas esas actividades que le exigían su fortaleza física. Temía que si dejaba de hacerlas lo sacaran del "proyecto" y ya no pudiera ver más a su hermano. Se habían enterado que eso les ocurrió a muchos niños que estaban ahí, a los que separaron sin piedad de sus raíces. Aunque todos eran huérfanos, muchos vivían con sus familiares en situaciones cómodas y ahora estaban ahí solos en el mundo, compartiendo con niños extraños, bajo un régimen estricto. No sabían qué poder tenía la Fundación Graude para lograr algo así, pero eso los hacía temer aún más, ya que ellos como simples niños jamás podrían enfrentarla. Todos los días escuchaba como otros conversaban del tema, como si fueran adultos preparándose para un motín, muchos estaban cansados de las exigencias, mientras otros querían ver a sus familias. Pero, también había algunos que ya se habían acostumbrado y agradecían tener alimento y abrigo todos los días. Él era feliz mientras su hermano estuviera a su lado.

Ahora, estaba emocionado, porque después de almuerzo tendría su primera clase de arte. La Fundación había determinado que una vez a la semana podrían tener una clase optativa, para despejar sus mentes. Dentro del listado que les habían mostrado, vio una gran cantidad de actividades físicas, las que obvió rápidamente, "sería un desperdicio de mi tiempo"; pensó. Y leyendo el papel, al fin encontró algo que hizo latir su corazón: Arte. Y ahí se encontraba ahora, esperando a la maestra que les haría la clase a solo cuatro niños; él y otros tres que habían escogido lo mismo. Le era extraño estar oficialmente sin su hermano por primera vez, ya que, como muchos y para su total sorpresa, había escogido seguir corriendo, ahora detrás de una pelota, eligiendo ser parte del equipo de futbol.

Cuando la maestra llegó y vio a los cuatro niñitos sentados esperándola, le pareció tierno que hubiesen escogido una asignatura como la suya, puesto que tenía claro cuál era el propósito de ellos en ese lugar. Para su primera clase, sabiendo que eran pequeños, había escogido enseñarles a hacer origamis, formas de animales con papel. Para eso, había preparado una pequeña introducción, contándoles la historia de Sadako Sasaki, quien para pedir un deseo a Dios, había intentado moldear mil grullas de papel, pero como su enfermedad hizo que muriera antes, los demás niños terminaron las grullas por ella, transformándose en un símbolo de la paz. Los presentes la miraban con sus ojitos brillosos, fascinados de estar aprendiendo algo así. Shun, encontró que era una hermosa historia y decidió que él también haría mil grullas para que se cumpliera su deseo, que todos los niños de ese lugar fueran felices y estuvieran en paz algún día. Lo que no sabía era lo complicado que le resultaría hacer las grullas de papel. La maestra lo miraba divertida viendo cómo se esforzaba en hacer los dobleces correctos, pero siempre se equivocaba en uno y tenía que volver al principio. Verlo así, concentrado con sus mejillas sonrojadas y sus ojos brillosos le transmitió una sensación de pureza, dándole la impresión de que estaba viendo un ángel. Se acercó y comenzó a ayudarle, doblando un papel al mismo tiempo que Shun doblaba el suyo, hasta que al fin pudo terminar su grulla. Estaba tan contento que de un salto, abrazó a la maestra, la que se sorprendió al principio y luego le sonrió de vuelta.

–Lo has hecho muy bien, ¿qué deseo piensas pedir? – la maestra quería conocer a ese angelito.

–Gracias a usted por enseñarme. Tengo un deseo, pero usted dijo que tengo que hacer mil de estas… - Shun se sintió un tanto desilusionado al pensar en eso.

–Pero, puedes intentarlo con menos, depende de lo que tú te propongas.

– ¿En serio? – esas palabras le dieron el ánimo suficiente – Entonces haré cien, una por cada niño que está aquí para que todos seamos felices – su sonrisa iluminaba su rostro, lo que hacía que sus palabras sonaran aún más tiernas.

–Eres un niño hermoso, Shun. Espero que estar aquí no arruine tu corazón – ella acarició su cabeza, mientras él la miraba un tanto confundido.

Finalmente, la maestra dio por terminada la primera clase, no sin antes entregar una cantidad de papel a Shun que le alcanzara para hacer unas cuantas grullas durante la semana.

Estaba tan contento y deseoso de contarle a su hermano lo que había aprendido, que salió corriendo hasta el patio donde debían estar jugando futbol. Grande fue su impresión al llegar y ver que nadie jugaba, muy por el contrario, dos niños estaban en el centro aparentemente peleando.

–Arrepiéntete de lo que dijiste – decía muy enfurecido el niño de cabello castaño. Sus ojos demostraban la furia que debía estar sintiendo en su corazón.

–Nunca. Eres tan torpe que de seguro por eso tu hermana te abandonó aquí – el otro niño se veía enojado también.

–Te dije que te arrepintieras. Tú no conoces a mi hermana, no puedes halar de ella – estaba a punto de lanzarse sobre el otro niño.

–Todos dicen lo mismo, que tu hermana te abandonó, quizás hasta te vendió a la Fundación para deshacerse de ti – se notaba que quería ser cruel.

El castaño ya no aguantó más y se lanzó sobre el otro, golpeándolo sin piedad. Shun estaba sorprendido, no podía creer que hubiera niños tan crueles que pudieran decir cosas así. Le dio pena ver como el otro defendía a su hermana de esa manera. Pensó que él también tendría que defender a su hermano si alguien hablaba mal de él. "¿Podré hacerlo? ¿Tendré la fuerza necesaria?", pensaba mientras todos veían que el maestro había vuelto y estaba intentando separar a los niños. Debido al incidente, ambos fueron castigados y tendrían que pasar la noche en el cuarto de castigo.

Shun siguió al castaño con la mirada hasta que sintió que su hermano le hablaba.

–Otooto, vamos al cuarto, para que me cuentes como te fue.

–Nii-san, ¿cómo se llama ese niño?

– ¿Quién?

–El niño de cabello castaño que se llevaron…

–Ah, se llama Seiya ¿por qué?

–Me dio pena que hablaran mal de su hermana…

– Nosotros estamos acostumbrados a eso, Shun, no te preocupes mucho – Ikki comenzó a jalar a Shun que no quería moverse del lugar – Vamos, quiero que me muestres lo que aprendiste en tu clase.

Shun al fin pudo reaccionar y le mostró a su hermano la grulla que había hecho y le contó que iba a hacer cien para que se cumpliera su deseo. Ikki lo miro un tanto incrédulo, pero para no coartar la inspiración de su hermanito, prefirió no decirle nada.

Después de tomar once, Shun sintió un vacío en su corazón debido al recuerdo del niño que ahora sabía que se llamaba Seiya. Quiso ayudarlo, pero tendría que esperar hasta el día siguiente para verlo, a no ser que…

Esperó a que todo estuviera oscuro y corroboró que su hermano estuviera profundamente dormido, para levantarse en silencio. Tomó la grulla que había hecho durante la tarde y se escabulló del dormitorio lo más sigiloso que pudo. Aunque nunca había estado castigado, todos sabían dónde estaba ese cuarto. Caminó rápidamente por los pasillos hasta que encontró la puerta que buscaba y la golpeó suavemente.

– ¿Seiya? ¿Estás ahí? – preguntó con un poco de temor.

–Sí, ¿quién es? – no podía creer que alguien hubiese ido a verlo.

–Me llamo Shun, hoy vi cómo defendiste a tu hermana… quería entregarte algo para que te sientas mejor – deslizó la grulla que había hecho por debajo de la puerta – Si haces muchas de estas puedes pedir un deseo, si quieres puedo ayudarte.

Seiya estaba sorprendido, no tenía idea quien era ese niño que se arriesgaba por él y que además le estaba regalando algo.

–Gracias, pero es mejor que vuelvas a tu cuarto, podrían castigarte también si te encuentran aquí.

–Entonces, me voy. Mañana nos vemos, Seiya.

–Está bien.

A la mañana siguiente, muy temprano comenzaron a levantarlos, pero extrañamente Shun no se movía de la cama. Para sorpresa de Ikki tuvo que moverlo para que despertara y eso era algo que nunca había tenido que hacer. Su escapada en la noche le había restado sueño y ahora quería seguir durmiendo. Pero de un jalón, su hermano le quitó las sábanas, mirándolo seriamente.

–Levántate, Shun.

–Tengo sueño todavía…

–Levántate en este momento. ¿O quieres que nos castiguen?

Esa palabra lo despertó de un salto. Recordó que esa mañana podría ver a Seiya, por lo que se levantó muy rápido, bajo la sorprendida mirada de Ikki.

Llegaron al comedor donde los esperaban para comenzar el desayuno y empezó a buscar a Seiya entre los niños. Cuando al fin pudo verlo y se cruzó con su mirada, le dio una gran sonrisa. El castaño no tuvo que pensarlo mucho para darse cuenta que él había sido el niño que la noche anterior lo visitó. Le pareció que era la sonrisa más contagiosa que había visto y que reflejaba el puro corazón de ese niño. Impulsado por ese instante, le sonrió de vuelta, levantando un poco su mano, para demostrarle que sabía de quien se trataba.

Después de los acostumbrados entrenamientos, recién pudieron cruzarse en el camino antes de ir a ducharse para ir a almorzar.

–Asi que tú eres Shun… gracias por lo anoche – Seiya le extendió su mano en señal de agradecimiento.

–De nada… - dudó en tomar su mano, pero al hacerlo sintió que de alguna forma se convirtieron en amigos.

– ¿Sabías que tu sonrisa es contagiosa?

– ¿Contagiosa?

–Sí, cuando me sonreíste en el comedor, sentí muchos deseos de sonreír también – Seiya era totalmente extrovertido.

–No, no lo sabía – movía su cabecita de un lado a otro, negando.

–Justo en ese momento estaba pensando en volver a pegarle a ese niño que me molestó ayer – Seiya golpeó su mano en señal de molestia – Pero en ese momento tu sonrisa me salvó.

– ¿De verdad? – Shun abrió sus ojos de par en par ante la revelación del niño – Admiro tu deseo de defender a tu hermana, por eso te visité en la noche.

–Yo no permito que nadie hable mal de mi hermana… ellos no saben lo que hemos pasado juntos – a Seiya le cambió el semblante inmediatamente ante lo revelado.

–Te entiendo, mi hermano y yo también nos defenderíamos así – Shun volvió a esbozar esa contagiosa sonrisa.

–Si lo sé, los había visto antes y sentía un poco de envidia de ver que ustedes si pueden estar juntos. Pero, ahora que te conozco, puedo ver que tienes un gran corazón.

–Mi hermano también tiene un gran corazón. Siempre que estoy triste tiene una forma de alegrarme…

– ¿Ah sí? ¿Qué hace? – sintió curiosidad.

–Cosquillas

– ¿Cosquillas?

–Sí, me hace cosquillas y así me olvido de qué era lo que me tenía triste…

–Oh, me gustaría probar…

– ¿En serio?

–Haber si así me olvido de lo que dijo ese niño…

–Entonces, sácate una zapatilla…

– ¿Una zapatilla? ¿Para qué?

–Para hacerte cosquillas en el pie, son las más efectivas – Shun decía esto con convicción, como si fuera un experto en el tema.

Entonces, Seiya le hizo caso, se recostó en el pasto, mientras se sacaba la zapatilla y apretaba los labios para enfrentar el ataque de cosquillas que Shun se preparaba a darle. Y cuando este comenzó a mover sus deditos en la planta de su pie no pudo contenerse, comenzado a reír hasta que las carcajadas salían involuntarias de su boca, moviéndose en el pasto de un lado a otro mientras Shun seguía con su labor, riéndose junto a su víctima.

Cuando aquella sesión de relajación hubo terminado; ambos niños terminaron recostados en el pasto, exhaustos de tanto reírse…

….

Seika mira a su hermano que está extrañamente melancólico mirando por la ventana. Se acerca y le acaricia la cabeza, ante lo que Seiya voltea sorprendido a verla.

– ¿Qué te pasa, hermano? – pregunta.

–Solo estaba recordando cuando estuvimos separados…

–Pero, eso ahora ya no importa, estamos juntos de nuevo y ahora nadie podrá separarnos – abraza a su hermano con fuerza para reafirmar sus palabras.

Se quedaron abrazados hasta que sonó el timbre del departamento, anunciando las visitas.

–Hermano, que bueno que pudiste venir – Seiya le da un abrazo a Shun que fue el primero en llegar.

–Cómo no iba a venir. Sabes que me gusta mucho reunirme con ustedes – Shun le sonreía… esa sonrisa que Seiya recordaba con cariño.

–Mira, Shun. Quería mostrarte algo – lo guía hasta su cuarto, donde puede ver que del techo cuelgan grullas hechas de papel.

–Pero, Seiya, ¿cuándo hiciste esto? – estaba muy impresionado ante la sorpresa de su, ahora, hermano.

–Quería sorprenderte con algo y recordé la ocasión en que me regaste esta grulla – Seiya apunta una que se notaba desteñida entre las demás – Hice una por cada niño que volvió, diez en total. Espero que ahora puedas pedir tu deseo.

–Gracias, Seiya, por acordarte de eso y por las grullas que hiciste. Mi deseo ya se cumplió y ahora somos felices de habernos encontrado, conocido y apoyado mutuamente – Shun le da un abrazo y le sonríe.

– Gracias a ti Shun, porque tu contagiosa sonrisa pudo sanar la herida de mi corazón…

Continuará…


Notas de la autora: Aquí está el segundo capítulo que me entretuve mucho haciendo, espero que eso se transmita en su lectura :D

Muchas gracias por sus comentarios, soy feliz de poder transmitir mediante mis palabras sentimientos profundos y que eso puedan apreciarlo.

Espero su opinión de este capítulo… saludos, Selitte :)

PD: Próximo capítulo "Hyoga, el poder de un abrazo…"