Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada.
Sanando corazones
"Un día alguien te abrazará tan fuerte que todas tus heridas sanarán… A veces un simple abrazo es todo lo que necesitas para seguir adelante, pues tiene más poder para consolar que mil palabras"
Capítulo 3 Hyoga, el poder un abrazo…
La luz del sol se filtraba suavemente por en medio de las hojas de los árboles, mientras eran impelidas por el apacible y fresco viento que cruzaba el enorme jardín. Estaba recostado sobre el césped, disfrutando del relajante momento, los que eran escasos en su agitada vida, cuando recordó que no tendría mucho tiempo para hacer las grullas que se había propuesto para ese día, antes de que su hermano terminara de jugar a la pelota y lo fuera a buscar. Se había escabullido por el bosque, avisándole a Ikki que estaría descansando al lado del árbol donde él entrenaba.
Su hermano se había tomado en serio su estadía en ese lugar, por lo que entrenaba en secreto, golpeando el tronco de un árbol tan fuerte con sus puños que quedaban marcados. Cuando lo veía así, se preguntaba si todo lo que estaban viviendo no terminaría por endurecer el amable corazón de su hermano, cambiando su personalidad. Aunque temía eso, le agradaba tener un lugar donde podían estar solos y conversar tranquilamente o solo reposar juntos.
Pensando en esas cosas, se levantó hasta quedar sentado y estiró su brazo hacia una pequeña caja que era su cofre del tesoro y que había traído consigo, para acercarla. Al abrirla vio el libro que Shiryu le había regalado el día que se conocieron e interesado comenzó a hojearlo y leerlo.
–"Vía Láctea, galaxia donde se encuentra el Sistema Solar" – leyó la nota al pie de la página – Shiryu me enseñó que este puntito es donde vivimos, ¿qué tan grande será el universo, entonces? – pensaba en voz alta, mientras continuaba pasando las hojas – "Constelaciones del Universo" … "Draco", "Cygnus", "Pegasus", "Andromeda" – siguió leyendo – Por más que intento distinguir una forma, no logro ver nada – giraba el libro de un lado a otro con su rostro confundido – Será mejor preguntarle a Shiryu después – dijo finalmente cerrando el libro.
Volvió su atención a la cajita nuevamente, y sacando los papeles que la maestra le dio para hacer sus grullas, pudo ver al fondo de la cajita, dos pequeñas monedas que había guardado ahí. Recordó que esas monedas se las había regalado Ikki un día en el orfanato, antes de llegar hasta el lugar donde vivían ahora, diciéndole que podía hacer lo que quisiera con ellas. Él las había guardado con mucho cariño, pues quería gastar ese dinero con su hermano el día que al fin fueran libres. Las miró con nostalgia, aunque en el orfanato siempre estaban solos, tenían todo el tiempo que quisieran para conversar, jugar o simplemente estar juntos. Ahora, se sentía esclavizado en un lugar que no tenía nada que ver con sus intereses.
Tomó un papel en sus manos y comenzó a doblarlo, cuando sintió que lo llamaban insistentemente. Era la voz de Seiya y se sorprendió de que lo encontrara ahí, pues solo le había dicho a Ikki donde estaría. Al levantar la mirada, vio que no solo venía él, sino que traía rastras a Shiryu tomado del brazo, y su hermano venía más atrás caminando con tranquilidad.
–¡Shun!, ¡Shuuuuun!… - gritaba Seiya, mientras el pequeño abría sus ojos en señal de desconcierto.
–Seiya, Shiryu… ¿qué hacen aquí? – al fin pudo reaccionar al verlos detenerse agitados al mismo tiempo que su hermano los alcanzaba.
–Te vinimos a buscar para que vengas a jugar con nosotros – Seiya le decía con una enorme sonrisa en su rostro.
–Me obligó a salir de la biblioteca para jugar a la pelota – Shiryu hablaba ya totalmente resignado ante la impetuosidad del niño.
–Tú quisiste hacerte amigo de este loco, Shun, ahora no te quejes – Ikki hablaba un tanto molesto, porque sabía que a su hermano no le gustaba jugar a la pelota y sentía que era una pérdida de tiempo haberlo ido a buscar. Sabía que Shun era un niño muy dócil y amable, pero terco y decidido cuando algo le gustaba o no.
–Oh, es que justo iba a empezar a hacer mis grullas. Tú sabes que tengo que hacer cien de ellas para pedir mi deseo y ya no tengo mucho tiempo – en verdad se sentía culpable de que perdieran su tiempo y le daba pena dejarlos sin jugar.
–Pero, no te preocupes. Después todos te ayudamos a hacerlas, así avanzarás más rápido – el castaño volvió a hablar con entusiasmo, nadie le impediría llevarse a Shun a jugar. Los otros abrieron los ojos, sorprendidos de la propuesta de Seiya y antes de que pudieran reclamar, Shun se había levantado y guardado los papeles en su cajita.
–Entonces, después tienen que ayudarme – sonreía contento de pensar que cuatro pares de manos serían más rápidas que solo una. Dejó su cofre escondido entre unas ramas que tenía preparadas para ello y partió junto a los niños a jugar.
–Yo no sé nada de futbol, nunca lo he jugado – decía antes de llegar al patio donde harían el partido.
–No tienes que saber nada para jugar a la pelota, solo debes correr detrás de ella y no perderla – Seiya estaba feliz de poder jugar con niños que no se burlarían de él, como los otros.
–Yo tampoco sé jugar, Shun, así que somos dos – Shiryu se acercaba a él igual de confundido.
Estaban llegando a la cancha, cuando pudo divisar entre los árboles al niño rubio que recordaba que había visto en el bus. Se veía igual de triste y serio, además de solitario. Se detuvo, llamando la atención de los otros niños, quienes miraron hacia donde él estaba haciéndolo. Al ver al niño rubio, todos saltaron hacia atrás, sorprendidos.
–Shun vámonos de aquí – Ikki comenzó a tirar de su mano.
–Sí, vamos a jugar – Seiya insistía, apoyándolo.
–Invitemos a jugar a ese niño también, está muy solito – Shun no se había dado cuenta del cambio de actitud en sus amigos.
–No podemos, Shun – Shiryu se acercaba con tranquilidad hacia el niño – Él es un gaijin, un extranjero. No podemos juntarnos con él – mientras hablaba, Shun abría sus ojitos que comenzaron a brillar, demostrando que esas palabras no le gustaban para nada.
–Otooto, es algo que aún no necesitas entender. Él no sabe hablar nuestro idioma, ni conoce nuestra cultura, por eso no puedes ser su amigo – Ikki siempre era muy serio cuando hablaba para enseñarle algo nuevo o difícil.
–Pero, si está aquí es porque también es huérfano como nosotros y está solo… eso es muy triste – una lágrima corrió por su mejilla, mientras seguía mirando al niño. Justo en ese momento, el pequeño niño de cabellos rubios, volteó hacia donde él, cruzando sus miradas y Shun pudo ver la enorme tristeza que lo inundaba. Entonces, se propuso conocerlo, aun si tenía que hacerlo a escondidas de los demás. Mientras tanto, secó sus lágrimas y se fue a jugar a la pelota con sus amigos. Como nadie sabía mucho de futbol, se entretuvieron chuteando y corriendo hasta quedar exhaustos en el suelo, llenos de tierra, cansados pero felices.
Después de bañarse y almorzar, como era domingo y hacía mucho calor, la Fundación les dio helados de postre a todos los niños. Estaban contentos haciendo fila para recibir su helado de piña, cuando pudieron ver al gaijin llegar al lugar. Todos comenzaron a apartarse de él, como si estuviera enfermo de algo contagioso, por lo que llegó rápido a pedir su helado. Parecía acostumbrado al rechazo, por lo que su rostro se mantenía serio, sin ninguna señal de amargura. Shun lo siguó con la vista y pudo ver que se fue hacia el mismo lugar en que lo había visto en la mañana, por lo que recibiendo su helado, salió corriendo para alcanzarlo, sin que Ikki pudiera detenerlo. Él pensó que su hermano volvería al lugar donde estaba haciendo sus grullas y como no tenía deseos de ayudarlo en ese momento, se fue a su cuarto a comerse su helado.
Cuando logró encontrar al niño rubio, vio que este miraba el suelo a punto de llorar pues su helado se había caído al suelo. Como estos tenían dos palitos, Shun partió el suyo y acercándose lentamente, extendió su mano ofreciéndole la mitad al niño. Este, primero se asustó de verlo tan repentinamente y luego se sorprendió de que quisiera compartir su helado con él. Un tanto temeroso, levantó su mano y alcanzó la mitad, a lo que Shun le esbozó una gran sonrisa. En ese momento, el rubio se dio cuenta que aquel niño no era como los demás.
–Arigato – dijo agradecido, casi susurrando, sin levantar la mirada.
Para Shun, eso fue una sorpresa, no esperaba que el niño le hablara en su idioma.
–Pensé que no hablabas japonés - se dio cuenta que lo que decían de él no era cierto y que podría conversar con el niño – Mi nombre es Shun y el tuyo ¿cuál es?
–Hyoga – dijo secamente el niño.
–¿Hyoga?, nunca había escuchado ese nombre… pero, es japonés ¿cierto?
–Sí, es que mi padre es japonés – el niño se sentía cada vez más en confianza, comiendo su helado.
–Entonces, ¿no eres huérfano? – le llamó la atención lo dicho por el rubio.
–No le importo a mi padre, a si es que es como si fuera huérfano – no parecía afectarle hablar de ese tema.
Se quedaron en silencio un momento, mientras terminaban sus helados. Se sentían extrañamente cómodos acompañándose. Entonces, Shun se levantó para marcharse.
–Tengo que terminar un trabajo de mi clase de arte – le informó al niño – Fue un gusto conocerte.
–¿Puede acompañarte? – Hyoga levantó su mirada al fin – Es que estoy aburrido de estar solo.
–Claro, si quieres puedes ayudarme – Shun sonría feliz ante la iniciativa del niño.
Caminaron juntos hacia el árbol donde había escondido su cajita y, después de escarbar un poco en las ramas, la encontró. Al abrirla, sacó primero el libro, luego los papeles. Se sentó en el pasto e invitó al niño a hacer lo mismo. Le enseñó a doblarlo para hacer las grullas y el rubio demostró ser de gran ayuda, pues le resultaba sencillo. Mientras doblaban papeles comenzaron a conversar nuevamente.
–Estoy haciendo estas grullas para pedir un deseo – Shun le contaba a su nuevo amigo.
–¿Un deseo? Y ¿qué quieres? – el pequeño parecía interesado.
–Quiero que todos los niños que vivimos aquí seamos felices y vivamos en paz.
–¿No quieres pedir ver a tu mamá? – le pareció demasiado generoso el deseo del niño.
–No creo que sea posible cambiar el pasado – el pequeño reflexionaba – Pero puedo pedir por el futuro.
–A mí me gustaría ver a mi mamá – y diciendo esto comenzó a llorar. Primero eran lágrimas que salían de sus celeste ojitos, para luego convertirse en un llanto descontrolado.
Shun abrió sus ojos, sorprendido del repentino cambio de ánimo del pequeño. Entonces, se levantó y acercándose al niño lo envolvió en sus brazos cálidamente. Hyoga, al sentir el abrazo del niño, continuó llorando hasta que se le agotaron las lágrimas. Cuando sintió que se calmaba, Shun soltó a su amigo y con la mirada le transmitió que comprendía sus sentimientos.
–Gracias, necesitaba desahogarme – el niño se limpiaba el rostro, mientras suspiraba.
–No te preocupes, cuando pienso en que no conocí a mi mamá siempre lloro – quería demostrarle que entendía lo que le pasaba – Pero entonces, mi hermano me abraza para consolarme…
–¿No conociste a tu mamá? Qué triste…
–No, pero mi hermano siempre me habla de ella y es como si la hubiera conocido…
–Yo perdí a mi mamá hace unos meses… - casi vuelve a llorar – Es algo que aún no supero…
Shun, por primera vez no supo qué decir. ¿Qué sería perder a un ser querido? No tenía a su mamá a su lado y no supo que fue perderla como ikki, quien lloraba en silencio cada vez que la recordaba. Intentó buscar algo con qué consolar a su amigo y recordó las monedas que tenía guardadas en su cajita. Las sacó rápidamente y se las mostró a Hyoga, que lo miró confundido.
–¿Hagamos una promesa?
–¿Una promesa? – el niño no entendía nada.
–Sí… mira, ten esta moneda – Shun le pasó una – Prometamos que cuando al fin salgamos de este lugar iremos a tomar un helado para recordar el día que nos conocimos y nos hicimos amigos – le decía con una enorme sonrisa que iluminaba su rostro.
–¿Amigos? ¿Me consideras tu amigo? – no podía creer que al fin ya no estaba solo en aquel lugar.
–Claro. Entonces, ¿harás la promesa?
–Sí, prometo que cuando salgamos de aquí nos compraremos un helado con esta moneda para recordar el día que nos hicimos amigos…
….
Un grupo de apuestos jóvenes caminan por la calle, conversando animadamente, mientras atraen las miradas de las personas que los ven pasar. Desean llegar pronto al centro comercial, pues el calor es agotador. De pronto, uno se detiene sin que los demás lo noten, quedándose rezagado. Un cartel en un pequeño negocio ha llamado su atención. Una sonrisa aparece en su rostro, iluminando su mirada. Busca algo en un pequeño bolsillo de su billetera. Al encontrar lo que buscaba, levanta su brazo y comienza a llamar a su amigo.
–¡Hey, Shun!
El aludido, apenas puede oírlo entre las voces de sus amigos, pero igual se voltea y al ver que Hyoga no está junto a ellos comienza a buscarlo con la mirada, viéndolo más atrás levantando su brazo.
–¡Shun, ven aquí! – lo llama agitando su mano en señal de que vaya hacia él.
Resignado, vuelve sobre sus pasos, agotado aún por el calor. Pero, algo le dice que es importante ir.
–¿Qué te pasa, Hyoga? – Shun agitaba su mano intentando darse algo de aire – ¿Acaso no sientes el calor que hace?... a ti debería afectarte más que a nosotros.
–Mira… - le mostró el cartel del negocio, donde se veía el helado de piña con dos palitos que habían compartido aquel día. Luego, le mostró la moneda en su mano - ¿Recuerdas la promesa que hicimos?
Shun se quedó boquiabierto, no podía creer que él no había olvidado aquella promesa hecha tantos años atrás.
–Claro que la recuerdo… espérame – buscó dentro de su billetera, igual que lo había hecho Hyoga y encontró la moneda, cuidadosamente guardada en un pequeño bolsillo – Mira, yo también la tengo.
–Entonces, que esperamos para recordar el día que nos conocimos, hermano – sintió deseos de llorar al pronunciar esas palabras – Tal como me dijiste, era cierto que el pasado no se puede cambiar, pero el futuro sí… – se acercó para darle un abrazo – Aunque no puedo recuperar a mi mamá, pude encontrar una familia y hermanos a los que amo con todo mi corazón.
Shun se sorprendió, Hyoga no era conocido por exteriorizar sus sentimientos, pero le devolvió el abrazo que le estaba dando.
–Todos encontramos lo que nos faltaba y ahora podemos disfrutar de una familia unida…
–Tú, Shun, has sido el que nos ha unido y ayudado con tu forma de ser. Aquel día, con tu abrazo me consolaste y ayudaste a sanar la herida de haber perdido a mi mamá. Muchas gracias, hermano…
Continuará…
Notas de la autora: Feliz y emocionada por sus comentarios de esta historia :')
Espero seguir logrando comunicar los sentimientos de estos sufridos niñitos, sanándolos con la calidez de nuestro pequeño Shun :D
Muchas gracias por leer, espero que hayan disfrutado este capítulo y si lo desean, déjenme sus opiniones… Saludos, Selitte :)
PD: Próximo capítulo "Saori, el poder de escuchar…"
