Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada.

Sanando corazones

"Solo puede amar de corazón e incondicionalmente aquel que ha recibido y experimentado ese amor de manera gratuita… Donde hay amor fraternal no hay hielo que resista y se funda al calor de ese amor… El amor es la fuerza que transforma y mejora el alma del mundo…"

Capítulo 5 Ikki, el poder del amor fraternal…

Dulce y jugosa… así era aquella exquisita fruta que estaba probando por primera vez. Su hermano, más desconfiado que él, lo miraba sorprendido por las ganas con las que comía, sin atreverse aún a dar su primera mordida. Pero, después de ver como Shun disfrutaba de aquel postre, decidió imitarle y entonces conoció la deliciosa y refrescante sandía.

Estaban exhaustos de trabajar todo el día. Tatsumi, el sirviente personal del señor Kido y cuidador de Saori, se había enterado del incidente de la bebida y, enfurecido con los niños, no había permitido que los sirvientes limpiaran nada de la fiesta, pues su castigo sería ordenar todo el desastre al día siguiente, incluido desarmar todos los juegos. Así es como, a primera hora los había levantado con un grito en cada dormitorio y si alguno se demoraba un poco, le lanzaba un jarro de agua fría a la cama. Así logró que todos los niños comenzaran a limpiar desde temprano.

Ahora, ya de tarde, cansados, sucios y hambrientos, se sentaron a comer aquellos trozos de sandía que las señoras de la cocina les habían dejado para que se refrescaran después de tanto trabajo. Sin embargo, el tranquilo momento fue interrumpido nuevamente por Tatsumi que los iba a buscar para su acostumbrado entrenamiento, al haberse enterado que habían terminado de ordenar.

– ¿Acaso creen que se librarán de su entrenamiento por lo que hicieron? Este era su castigo por mal agradecidos – les gritaba Tatsumi – Si hubiesen respetado a la señorita, hoy no habrían tenido que limpiar. Pero, ustedes, huérfanos mal educados, no fueron capaces de disfrutar el regalo que les dieron – todos los niños estaban acostumbrados a su maltrato. Como no querían estar castigados nuevamente, se levantaron de sus improvisados asientos en el suelo y lo siguieron hasta el enorme gimnasio.

A Shun no le gustaba ese lugar, pues ahí los hacían combatir uno contra uno y eso iba en contra de sus principios. Estaba convencido de que pelear era innecesario y que la violencia siempre traía más violencia. Pero, iba tan distraído pensando en la deliciosa fruta que había conocido, que no se dio cuenta cuando ya estaba dentro del gimnasio.

Extrañamente, no estaban los conocidos maestros que los entrenaban, sino el mismísimo señor Mitsumasa en persona junto a una pizarra. Los hicieron sentarse en el piso del gimnasio y el hombre comenzó su charla.

Les comenzó hablando de mitología griega, dioses, leyendas, astronomía, constelaciones. Aunque intentaba que su lenguaje fuera sencillo para que aquellos pequeños niños lo entendieran, igual el tema era difícil de comprender para ellos. Sus ojos y caras confundidas le dejaban claro que era muy poco lo que procesaban realmente. Entonces, acercó un papelógrafo, del que colgaban unas grandes hojas con coloridas fotos. Fue girando las hojas una tras otras a medida que explicaba su contenido, hasta que se detuvo en la última, donde se veía una caja dorada con un centauro alado. Les dijo que esa caja contenía una armadura que correspondía a la constelación de Sagitario y que su portador había luchado por la justicia y la paz de este mundo.

Sus enormes ojos se quedaron clavados en esa imagen, pues consideró que era una caja hermosa, al igual que la explicación del señor de luchar por la paz y la justicia. Todo eso parecía un maravilloso cuento de hadas, hasta que les dijo que el propósito de su estadía en ese lugar era precisamente conseguir otras cajas con armaduras parecidas a la de la foto.

Ahora, todo estaba claro para él. Por eso los habían sacado del orfanato. Por eso los entrenaban hasta el cansancio. Por eso los mantenía encerrados en ese lugar, que era más una cárcel que un refugio. Era como ver la luz al final del túnel. La incertidumbre se fue apoderando de su pequeño corazón, sin embargo, se fue rápidamente al saber que Ikki estaba junto a él. Habían llegado juntos hasta ahí y esperaba que siguiera siendo así. Sabía que podía lograr cualquier cosa si su hermano estaba a su lado.

El señor Kido dio por terminada la clase y les permitió retirarse para bañarse y comer algo.

Después de esa extraña charla, los entrenamientos se endurecieron, las clases adicionales fueron desapareciendo una tras otra y los días se les hicieron largos y agotadores. Hasta los domingos en la mañana tenían rutinas de ejercicios. Y ahí estaban ahora los cinco, una tarde de domingo, a los pies del árbol donde Ikki entrenaba, doblando papeles para poder terminar las grullas de Shun.

– Esto no es tan difícil como yo creía – Seiya se había entusiasmado al ver que lograba hacerlas.

– Claro, si tienen la paciencia de Shun para enseñarte, así cualquiera lo logra – Shiryu, extrañamente se burlaba de él. El castaño lo miró molesto y haciendo una mueca giró su cabeza hacia otro lado, causando la risa de los otros niños.

– ¿Cuántas llevamos? – preguntó Hyoga.

– Las estoy contando ahora… treinta, treinta y una, treinta y dos… nos faltan muchas aún – Shun miró las grullas un tanto desanimado.

– Pero, te ayudaremos como lo prometimos y las terminaremos, ya verás – el castaño se reponía rápido de sus enojos, para animar a otros. Shun lo miró y no pudo evitar sonreírle – Así está mejor, prefiero tu contagiosa sonrisa – el pequeño abrió sus ojos ante lo dicho por su amigo y comenzó a reír recordando el día que se conocieron. Los demás lo miraban un tanto confusos, pero contagiados por su risa, comenzaron a reír sin razón.

Ikki los observaba apoyado en el tronco del árbol. Le dijo a su hermano que no tenía dedos para doblar papeles y se limitó a acompañarlos. Desde que les habían hablado de las armaduras, no había podido dejar de estar intranquilo, presentía que algo iba a ocurrir. Se acercó a Shun y le dijo que tenía otras cosas que hacer y que volvería pronto. Él solo pudo asentir y se quedó viendo como la figura de su hermano se perdía entre los árboles.

Sin embargo, Ikki nunca regresó. Guardaron las cosas y volvieron a la mansión para la cena. Ahí encontraron al niño mayor, extrañamente perturbado.

– ¿Pasó algo, nii-san? ¿Por qué no volviste?

– Nada… no pasó nada, otooto – intentaba sonar convincente, para no preocupar a su hermano.

Llegada la noche, se fueron todos a dormir, sin embargo le costaba conciliar el sueño, dando vueltas en la cama, buscando la posición más cómoda. De pronto, notó que Ikki estaba en las mismas condiciones, girando constantemente en su cama. Lo vio levantarse y dirigirse hacia su cama; no supo por qué, pero prefirió hacerse el dormido, cerrando sus ojos. Después de unos minutos los abrió y entonces pudo comprobar que había salido del cuarto. Sentándose en la cama, decidió ir a buscarlo. Algo estaba perturbando a su hermano y debía averiguar qué era. Se escabulló silencioso por en medio de las camas y caminó por el largo pasillo. Sabía que había una puerta de servicio que daba la patio, por lo que se dirigió hasta ella, encontrándola abierta. Se notaba que Ikki había salido por ahí. Al estar afuera, solo y de noche, comenzó a tiritar debido al fresco viento y al temor que repentinamente sintió. Respiró profundo para tranquilizarse y siguió caminando, pues imaginaba donde podía estar su hermano. Avanzó por en medio de los árboles, hasta que escuchó el estrellarse de los puños de Ikki… había acertado, estaba golpeando ese árbol nuevamente. Se acercó sigiloso, pues no quería asustarlo. Pero al estar más cerca, lo que vio lo paralizó en seco.

Ikki golpeaba el árbol con fuerza, a la vez que gruesas lágrima salían de sus ojos. Eso había impactado demasiado a Shun. Él sabía que su hermano lloraba de vez en cuando al recordar a su mamá, pero rápidamente secaba sus lágrimas. Pero, ahora había algo más, una mezcla de rabia e impotencia se reflejaban en su brillante mirada. De pronto, vio como detuvo sus golpes y levantó su mirada al cielo.

– ¿Por qué, mamá? ¿Por qué? – Hablaba con dolor – Te perdí tan pequeño que casi no recuerdo tu rostro… son los ojos de Shun los que me permiten recordarte. ¿Cómo voy a hacerlo si me separan de él? ¿Cómo supero de nuevo perder a quien más quiero? – las lágrimas seguían saliendo de sus azules ojos.

Escondido detrás de un árbol cercano, Shun no podía creer lo que escuchaba. ¿Separarlos? No, eso no podía ser cierto. Sintió que debía salir de ahí sin que su hermano lo viera, así que con cuidado volvió sobre sus pasos hasta llegar a la mansión. Como pudo, se volvió a recostar y ahí junto a su almohada, lloró silenciosamente, rogando que lo que había escuchado no fuera cierto. No supo cuando su hermano volvió a la cama, pues se quedó profundamente dormido y ahora sentía como lo remecían para levantarse. Al entreabrir sus ojitos, pudo ver a Ikki con el mismo rostro calmado de siempre.

– Nii-san…

– ¿Qué pasa, otooto? Debes levantarte ya – le retiraba las sábanas, para ayudarle. Shun lo abrazó, prefiriendo no decir nada. Por ahora, mantendría ese momento en secreto.

La semana pasó rápidamente y llegó triste a su clase de arte, pues sabía que sería la última. Se sentó mirando hacia el patio por la ventana con un rostro melancólico. Había disfrutado mucho esos meses, pues dibujaron, pintaron, crearon y confeccionaron muchas cosas. Fue la voz de la maestra la que lo sacó de sus pensamientos.

– Como ya saben niños, esta es nuestra última clase, por lo que me tomé la libertad de hacer algo un poco más difícil pero con mucho significado – todos se vieron atrapados en esas palabras de ella – Hoy confeccionaremos Globos de Luz – dijo, mientras sacaba una lámpara de debajo del escritorio. Los niños se quedaron mirando el extraño, pero colorido objeto de papel – Estos globos son originarios de China y se envían al cielo con una mecha encendida para que alumbren el camino correcto de nuestro destino. También se pueden escribir deseos en él para que el cielo los cumpla – eso llamó la atención de Shun – Ahora, tomen sus materiales y manos a la obra – les sonreía mientras aplaudía para animar a los pequeños.

Todos sacaron algunos pliegos de papel de seda y la maestra fue guiando los cortes que debían hacer. Luego, fueron pegando las orillas hasta formar los globos. Ella había traído un armazón de alambre con una mecha para cada globo, los que fueron adhiriendo finalmente al papel. Cuando terminaron, la maestra los animó a escribir su deseo en unos papeles que colgarían del alambre.

Shun, pensó un poco su deseo, hasta que finalmente se decidió. Se lo entregó a la maestra, la que después de leer lo que había escrito, se acercó y retirando unos mechones de cabello le dio un beso en la frente.

– Fue un gusto conocerte, Shun. Espero que todos tus deseos se hagan realidad – le daba pena saber el cruel destino que tendrían que enfrentar esos pequeños, pero esperaba que tuvieran la fuerza suficiente para regresar.

– También fue un gusto para mí. Extrañaré sus entretenidas clases – le dedicaba una hermosa sonrisa.

– Bueno niños, ahora que nuestros globos están listos, tenemos que encenderlos para enviarlos al cielo con sus deseos. Pero eso debemos hacerlo de noche para que disfruten del espectáculo – todos se sintieron un tanto tristes ante esas palabras. Sabían que no les darían permiso para hacerlo – Así es que esta noche los encenderemos. Ya tengo todo preparado – ante sus palabras todos saltaron de alegría.

Muy contento llegó hasta donde su hermano, que lo miraba curioso de la causa de su felicidad.

– ¿Qué hiciste hoy que estás tan contento?

– Esta noche lo sabrás, nii-san.

No daba más de la ansiedad. Quería ver esos globos elevarse con su deseo. Daba vueltas por la habitación y saltaba de vez en cuando. Ikki sonreía viendo a su hermano tan inquieto. Hasta que al fin sintieron los golpes en la puerta y la maestra se asomó.

– Vamos niños al patio. Tenemos una sorpresa para ustedes.

– Vamos, nii-san… vamos – lo tomó de la mano y salió corriendo por el pasillo. Ikki lo seguía, sorprendido del ímpetu que estaba demostrando su hermano.

Cuando llegaron al patio vieron muchas más lámparas en el suelo. Aunque, Shun supo exactamente cuál era la de él, por lo que siguió corriendo hasta ella. Se la mostró a Ikki y este leyó el papel que colgaba del globo.

"Por favor, si algún día tengo que separarme de mi hermano, deseo que siempre nos volvamos a encontrar"

Ikki tuvo que contener las lágrimas ante esas palabras. No le había dicho a Shun que había escuchado de casualidad a los maestros mientras hablaban de que todos serían transferidos a distintos lugares. Pero, ahora su hermano lo reconfortaba sin saberlo con ese sincero deseo. Miró a Shun con una sonrisa y este le respondió con el mismo gesto.

La maestra fue entregando un papel a cada niño para que escribieran su deseo y cuando terminaron, los colgó de aquellos globos. Con cuidado puso a cuatro niños por lámpara, mientras iba encendiendo uno tras otro. Después de unos minutos, los globos comenzaron a elevarse y los niños fascinados pudieron ver como se iluminaba el oscuro cielo, anhelando que sus deseos se cumplieran.

Shun cerró sus ojos y volvió a repetir mentalmente su deseo que anhelaba de todo corazón que se hiciera realidad. Ikki al verlo, le tomó la mano con fuerza, igual que aquel primer día en el bus.

– No te preocupes otooto… siempre estaremos juntos. Te lo prometo…

….

Saltaba el muro de la mansión, esperando que no lo tomaran por ladrón. Con rapidez se desplazó por el jardín y busco la ventana que debía corresponder a la habitación de su hermano. Dispuso aquellas cosas que traía, preparándolas para cuando se asomara. Tiró una, dos piedras. Esperó y sonrió al ver que la luz se encendía. Cuando vio aparecer a Shun, soltó aquel globo que había encendido. Este, asombrado pudo ver la lámpara elevarse por el cielo y comenzó a buscar quien había sido el causante. Se sorprendió al ver a su hermano de pie en el jardín. Miró el globo de luz hasta que se perdió en el infinito y luego bajó a saludarlo. Eran ya dos meses que no lo veía y estaba sin palabras ante su sorpresa.

– Nii-san… – se acercó y para su asombro, Ikki lo abrazó con fuerza.

– Perdóname, Shun… nunca he sido un buen hermano para ti – quería ser sincero una vez en su vida.

– Ikki, tú siempre has sido el mejor hermano que pudiera desear. ¿Por qué dices esas cosas?

– Porque siempre te he dejado solo – miraba el suelo – Pero no me alejo porque no me guste tu compañía, es solo que…

– No te preocupes, nii-san. No es necesario hablar nada. Yo sé que me amas – lo abrazaba de vuelta. Sabía que le costaba exteriorizar sus sentimientos.

– Gracias, pero necesito decirlo. ¿Sabes? Recordé el día que enviamos nuestros deseos al cielo, por eso te di esta sorpresa. Ese día no leíste mi deseo, pero yo si leí el tuyo y siento que yo mismo he hecho difícil que se cumpla con mi lejanía.

– Y ahora, ¿me dirás que deseaste? – esperaba que se lo contara. Ikki lo miró y asintió.

– Esa vez, deseé que tuvieras la fuerza para vivir separado de mí y así poder volver a verte. En ese tiempo, ya me había enterado de que nos separarían…

– Yo también lo sabía – Ikki lo miró sorprendido ante esa revelación – Te seguí una noche y estabas hablando al cielo, diciendo que no querías perderme. Por eso pedí ese deseo – su sincera mirada le corroboró que era verdad.

– No deseaba perderte y sin embargo después intenté matarte… – al decir eso perdió el brillo de sus ojos.

– No digas eso. Todo fue debido de las circunstancias. Jamás sería capaz de culparte por algo así – Shun quería dejarle eso muy claro.

– Nunca he sido capaz de perdonarme el haber querido eliminarte solo por tener la sangre del viejo Kido. Por eso, siempre te ayudé en las batallas cuando pude, para enmendar mi error.

Shun no podía con el asombro que le causaban las palabras sinceras de su hermano. Ikki se apartó un poco de él y trajo otra lámpara.

– ¿Te gustaría elevar otra?

– Claro, pero ¿qué desearás ahora?

– Nada, solo voy a agradecer el haberte tenido a mi lado en los momentos precisos. Si ahora estoy cuerdo a pesar de todas las desgracias que viví es solo gracias a ti Shun. Lo que eliminó el odio de mi corazón fue tu verdadero amor, otooto…

Continuará…


Notas de la autora: Espero sinceramente que les haya gustado este capítulo… creo que fue uno de los que más me emocionó escribir. Va dedicado a todas las admiradoras del Fénix.

En serio, muchas gracias por continuar comentado, disfruto mucho leyendo sus opiniones *.*

Gracias por leer y dejen sus comentarios ;)

Saludos, Selitte :)

PD: Próximo capítulo "Shun, el poder de la amistad…"