Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada.
Sanando corazones
"Una amistad no crece por la presencia de las personas, sino por la magia de saber que aunque no las ves las llevas en el corazón… Los amigos verdaderos son como las estrellas, siempre brillan en la oscuridad…"
Capítulo 6 Shun, el poder de la amistad…
La mañana amaneció fría y oscura, presagiando el difícil momento que tendría que enfrentar. Eso, inevitablemente, lo llevó a recordar el lluvioso día en que habían sido llevados hasta aquel lugar en un bus. Ya había pasado un año de eso y, a pesar de los malos tratos, estaba feliz de haber llegado a aquel restrictivo lugar, pues ahí había conocido a sus nuevos amigos.
Sin embargo, las últimas semanas su hermano no se había cansado de repetirle que debía ser fuerte y que sin importar lo que les pasara siempre estarían juntos. Cada vez que le decía eso, se venía a su mente el recuerdo de aquellas palabras que había escuchado salir de los labios de Ikki, mientras él estaba escondido detrás de los árboles y siempre intentaba convencerse de que habían sido parte de un sueño, que no eran reales.
Todos los días se esforzaba por seguirle el ritmo a su hermano en lo que hacía, manteniéndose prácticamente el día completo junto a él. Deseaba tener muchos momentos para recordar, por si llegaban a separarlos, aunque muchos de ellos no fueron amenos. Había ocasiones en las que distraído en otras cosas, tropezaba y sin poder contenerse, las lágrimas escurrían de sus ojitos, provocando automáticamente las burlas de los otros niños. ¿Acaso los demás no lloraban? Claro que lo hacían, pero no tenían un hermano sobreprotector que corría a su lado para ver qué le había pasado. Eso le hizo ganarse la antipatía de todos, los que más por envidia que por verdad, lo apodaron "llorón".
Escucharon la voz de Tatsumi acercándose. Venía despertando a todos los niños y eso era extraño, pues no era su labor levantarlos a no ser que fuera por algo importante. Ikki se acercó y le animó a salir pronto de la habitación para evitarse los retos del mayordomo. Este, al verlos listos les dedicó una sonrisa burlona. Definitivamente, algo no estaba bien aquel día y llegando al gimnasio entendió todo claramente.
–Regresa a Japón sano y salvo, Shun. Aunque te quedes solo, jamás te rindas – escuchaba que Ikki le decía.
–Nii-san… – casi no podía hablar de la impresión. Había tenido la mala fortuna de sacar justo el peor papel de la caja del sorteo de los lugares de entrenamiento, la Isla de la Reina Muerte. Pero, su hermano y eterno protector había insistido en tomar su lugar y decidido le cambió el papel. "No importa adonde vaya cada uno, mientras traigamos la armadura de vuelta a Japón", escuchó que decía, a la vez que se enfrentaba a Tatsumi.
Después del sorteo, el mayordomo los envió a ordenar sus cosas, pues partirían al siguiente día.
El pequeño Shun, aún impresionado con la noticia de que mañana ya no estaría con su amado hermano, comenzó a correr hacia el único lugar que le había traído paz en aquella mansión, el árbol donde ikki entrenaba. Mientras corría, pensaba en las palabras de los niños, cuando se enteraron que sería él quien había sido designado para ir a aquel terrorífico lugar. "El llorón tiene que ir a ese sitio"… "el más débil de todos"… ¿Era eso cierto? ¿Era débil y llorón? No podía evitar que las lágrimas salieran de sus ojos, pensando que su hermano se había sacrificado por él. Pero, ¿quién no lloraría al ser separado obligadamente del único ser amado que tenía?
Llegó casi sin aliento, pues había corrido con todas sus fuerzas. Se acercó con lentitud al árbol, mientras regularizaba su respiración y ahí pudo ver las constantes marcas que los puños de Ikki le habían dejado a aquel tronco. Él realmente se había tomado en serio su estadía en aquel lugar. Acarició la dañada corteza mientras recordaba el día que vio a su hermano llorar; aquel día él sabía que los separarían, pero prefirió no decirle nada. Si no lo hubiera seguido, tampoco se habría preparado mentalmente para aquella situación. Pero, vivirla era muy diferente. El dolor en su corazón no era comparable con nada. Tendría que vivir seis años lejos de su única familia y no sabía cómo iba a sobrevivir al duro entrenamiento.
Miró hacia el montón de ramas que le servían de escondite para su caja y comenzó a removerlas para sacarla. También había escondido ahí la bolsa donde guardaba las grullas que había alcanzado a hacer con la ayuda de sus amigos. Se sentó en el césped y abrió aquella caja que se había transformado en su cofre del tesoro. Al abrirla encontró el libro que le había regalado Shiryu, un caleidoscopio que Hyoga le había obligado a guardar en compensación por el que había perdido, una caja más pequeña con insectos disecados adentro que Seiya le había pedido esconder y un dibujo que había hecho en clase de artes donde se había esmerado por plasmar las diferentes personalidades de sus amigos.
Se quedó observando aquel dibujo, pensando que ya no vería a sus amigos. ¿Sería capaz de volver? Su cabeza se llenaba de tantas preguntas sin respuestas. Pero algo tenía claro, él no era débil como muchos decían. Era sensible y amable, pero eso no quería decir que no tuviera las fuerzas necesarias para enfrentar la situación que se avecinaba. Debía convencerse él mismo de que volvería con aquella armadura primero, para así permitir que su hermano se marchara en paz a aquel horrible lugar.
Estaba perdido en sus pensamientos, cuando escuchó unos pasos llegar hasta donde él. Eran sus amigos que venían a verlo. Aunque todos estaban viviblemente tristes por la situación, se esforzaron por sonreírle con sinceridad.
– ¿Qué haces tan solo aquí, Shun? – dijo Seiya acercándose. Shun se quedó mirándolo sin responder.
–Nos tenías preocupados – agregó Shiryu, sentándose a su lado, al mismo tiempo que Hyoga, que aún permanecía en silencio.
–Tenemos que aprovechar nuestro último día juntos – intentaba animarlo el pequeño castaño.
Shun observó a cada uno de aquellos niños que tan amablemente se acercaron a consolarlo. Intentó recordar cómo se había hecho amigo de tan peculiar grupo y su mente lo condujo por agradables imágenes que deseó nunca olvidar, porque sabía que le servirían para darse fuerzas en aquella desconocida isla a la que tendría que partir en unas horas.
Siempre inquieto y ocurrente, Seiya tomó la bolsa donde se encontraban las grullas de papel.
– ¿Qué te parece que las colguemos y pidamos tu deseo? – preguntó con ganas. Todos lo miraron y después dirigieron su mirada a Shun, esperando su respuesta. Este se quedó pensando un momento, deseando que su hermano también estuviera ahí. Y como aparecido por aquel deseo, Ikki se asomó detrás de los árboles.
–Yo creo que deberíamos hacer lo que dice Seiya – dijo con seguridad, haciendo que todos voltearan a verlo, pues era la primera vez que coincidía con el inquieto niño.
–Está bien – Shun se puso de pie y se acercó a su hermano – Las colgaremos, aun cuando no las hayamos terminado – dijo decidido. Se acercó a su caja y extrajo un hilo que la maestra le había entregado para poder amarrarlas a las ramas bajas de los árboles de alrededor.
Cada niño comenzó a pasar el hilo por las grullas y a medida que lo hacían, iban colgándolas. Era un lindo espectáculo de colores, todas esas aves de papel se mecían con suavidad al ritmo del viento. Cuando las hubieron colgado todas, se recostaron en el pasto a observar el baile de ellas con tranquilidad. Estaban maravillados y felices, un pequeño momento de paz en aquel fatídico día. De pronto, una ráfaga de viento cortó algunos hilos y las grullas salieron volando por los aires como si hubieran adquirido vida propia. Todos se sentaron con rapidez mirando cómo se perdían en el cielo impulsadas por la brisa. Dirigieron su vista hacia Shun y pudieron ver su rostro iluminado por una gran sonrisa.
–Así volaremos nosotros mañana, sin saber a dónde vamos – dijo meditando en la situación – Pero, a diferencia de ellas que nunca se volverán a encontrar, nosotros tendremos un lugar al que volver ¿cierto? – los miró uno a uno con sus brillantes ojos.
–Claro, otooto, nosotros nos volveremos a encontrar, eso te lo prometo – Ikki se acercó, abrazando a su hermano.
–Yo también pienso volver, solo así me dejarán reunirme con mi hermana – dijo Seiya muy seguro.
–Yo también volveré, sabes que ustedes son mis únicos amigos – Shiryu habló con una sonrisa que iluminó su rostro siempre serio.
–A mí me tocó ir a Siberia, justo el lugar donde el barco de mi madre naufragó. Además, no tengo intenciones de volver a esta mansión y tener que ver la cara del señor Kido de nuevo – la voz de Hyoga sonaba triste – Pero, te prometo que igual nos volveremos a ver de alguna manera – dijo finalmente, levantando su rostro y enfocando su mirada en la de su amigo. Este lo miró un tanto confundido y apenado por sus palabras, había notado su rechazo hacia el señor que los había adoptado, sin embargo no pensó que fuera algo tan profundo. Pero, al escuchar que igual haría el esfuerzo de volver a verlo se quedó tranquilo.
–Entonces, hagamos una promesa – les dijo el pequeño de cabellos verdes y acercándose a una de las grullas que aún colgaban la arrancó del árbol – Coloquemos una cada uno dentro de mi caja y prometamos que nos volveremos a reunir dentro de seis años ¿les parece?
Todos se miraron e impulsados por la pacífica y reconfortadora personalidad de su amigo, se pusieron de pie, arrancando un ave de papel, escogiendo cada uno un color distinto. Se acercaron a la caja de Shun, colocando al mismo tiempo sus grullas.
–Prometemos volver a vernos dentro de seis años – hablaron al unísono al mismo tiempo que soltaron las grullas en el interior. Se miraron todos sonriendo, contentos de haber hecho esa promesa.
– ¿Qué harás ahora con tu caja Shun? – preguntó Seiya.
– ¿Piensas llevártela? – continuó Shiryu.
Todos miraron como negaba con la cabeza. Levantó su rostro y mirándoles con una sonrisa les reveló su decisión.
–La enterraré aquí. Así tendré más ganas de volver – todos lo miraban incrédulos. Pero vieron como traía una pequeña pala para comenzar a cavar – Ya lo había decidido. Así, cuando vuelva, podré ver todas estas cosas de nuevo – se agachó al lado del árbol y enterró la pala, cavando la tierra.
Entre todos lograron hacer un pequeño agujero. Colocaron la caja en el interior de la bolsa que había guardado las grullas y envolviéndola, la dejaron dentro para después cubrirla con tierra. Cuando todo el proceso estuvo terminado se miraron contentos de saber que dentro de seis años volverían a encontrarse.
Al día siguiente, llegó el bus donde Shun tendría que marcharse. Lamentablemente, fue el primero de sus amigos en tener que partir y tendría que hacerlo solo, ni siquiera su hermano lo acompañaría. Con su maleta en la mano, listo para partir se despidió de él.
–No pierdas nunca los ánimos otooto… pase lo que pase – Ikki se esforzaba por darle fuerzas – Supera todas las pruebas y vuelve con la armadura a Japón.
–Te lo prometo, nii-san – se acercó a su hermano y lo abrazó con fuerza – Espero que podamos volver a vernos algún día.
Llegó su turno de subir y ahí en las escaleras derramó la última lágrima delante de su hermano, el que tampoco pudo contenerse, dejando que las lágrimas fluyeran por sus mejillas sin oponerse por primera vez.
–Nos volveremos a ver, Ikki, en seis años… tal como lo prometimos – gritó desde arriba.
–Claro, Shun, nos volveremos a ver – alcanzó a decir antes de que partiera el bus.
– ¡Adiós, nii-san!…
….
Sentado en aquella camilla intentaba ver a través de la ventana la lluvia que afuera caía. Podía sentir el relajante sonido del agua que golpeaba el vidrio, a la vez que las gotas se deslizaban por él. Dejó escapar un suspiro de sus labios, no podía dejar de sentirse solo en aquella enorme habitación. Llevaba dos días internado debido a una descompensación. Recordaba vagamente lo que Saori le había dicho muy preocupada.
–Debiste decirnos que no te sentías bien, Shun – le había cuestinado –Si no te encuentro, quizás que habría pasado contigo.
En realidad, ni él tenía claro qué le había pasado. Solo se había sentido mareado y luego había despertado en aquel hospital. De acuerdo al chequeo médico, había sufrido un desmayo debido a una depresión no tratada. ¿Depresión? ¿Qué era eso? Saori le había dicho que no se preocupara por nada, que en cuanto pudiera salir se haría cargo de él en la mansión.
Reflexionaba en qué podría haberlo conducido a ese estado y pensando detenidamente en su corta pero agitada vida se dio cuenta de que nunca había tenido control sobre ella. Cuando niños, los sacaron del orfanato sin consultarles nada; después lo habían separado de su hermano, enviándolos a los lugares más terribles. Al volver había tenido que enfrentarse al odio y deseos de venganza de su propio hermano. Después de ayudarlo entre todos a recuperar la cordura, habían tenido que enfrentar muchas e innumerables batallas y en contra de su voluntad pacifica, había tenido que eliminar a sus enemigos bajo situaciones extremas. Lo peor de todo había sido enterarse de que él era el contenedor de Hades, el que se apoderó de su cuerpo, hiriendo a Seiya e Ikki. Y, aunque gracias a la sangre de Athena había logrado librarse de esa maldición, sin tener tiempo de superar aquello tan angustiante, se había arriesgado a viajar a través del tiempo con Saori para salvar a Seiya.
En realidad, nunca había tenido tiempo para prepararse y mucho menos para superar todas aquellas extremas situaciones. Su corazón y su cuerpo se habían debilitado poco a poco, llevándolo irremediablemente a agotarse mentalmente y como consecuencia a desmayarse.
Sumido por completo en sus pensamientos, se sobresaltó al escuchar la puerta abrirse.
– ¡Sorpresa! – dijeron a coro.
–Amigos… ¿qué hacen aquí? – se sorprendió de verlos a todos juntos, ya que hacía unos meses que cada uno había partido a su propio lugar.
–Te vinimos a visitar. ¿Acaso no podemos? – Seiya siempre era el primero en hablar.
–Estás enfermo y ni siquiera nos avisas – lo retó Shiryu.
–Sí, de no haber sido por Saori no nos hubiésemos enterado de nada – Hyoga también lo reprendía.
–Perdón, es que no me sentía mal. Fue algo repentino – les explicó. De pronto, entre todos lo levantaron y le pusieron una chaqueta - ¿Qué hacen? ¿No pensarán sacarme de aquí con la lluvia que hay afuera?
Solo pudo ver la sonrisa cómplice de todos. Para que las enfermeras no los vieran, abrieron la ventana, pues pensaban escapar por ahí.
– ¿Están locos? Si ikki estuviera aquí jamás se les ocurriría hacer algo como esto – decía, intentando convencerlos de que era una locura escaparse de esa forma. Pero, incrédulo vio cómo su hermano estaba afuera, esperándolos – ¿Nii-san?
– ¿Decías Shun? Fue Ikki el de la idea – Seiya se reía ante la cara impresionada de su amigo.
Saltaron la ventana, llevándose al enfermo con ellos. Pensó que debían tener algo muy importante en mente para estar arriesgándose de esa forma.
En realidad, no habían pensado en nada, solo en secuestrar a su amigo. Lo llevaron hasta la mansión, donde Saori tenía preparada la cena para todos, dándose cuenta de que también era cómplice de aquel rapto. Disfrutaron de la comida y rieron sin parar ante las ocurrencias de Seiya, que ese día se había esforzado de más por hacer sonreír a su amigo.
Ante la atónita mirada de ellos, Shun se levantó y sin decir una palabra se dirigió a su cuarto. Todos se preocuparon un poco, hasta que lo vieron descender nuevamente con aquella caja en sus manos. Se miraron impresionados de que la hubiese desenterrado solo.
–La saqué en cuanto regresamos – les confidenció. Lo observaron mientras abría la caja y sacaba una a una todas las cosas. Se miraron entre ellos, reteniendo las ganas de llorar que surgía en sus corazones, debido a las miles de memorias que surgían de solo verla. Al ver las desteñidas grullas de papel sobre la mesa, recordaron la promesa hecha tantos años atrás, cuando apenas eran unos niños que tenían que enfrentar un destino cruel.
–Mi caja con insectos – se acercó Seiya al ver entre aquellas cosas lo que había pedido a su amigo que guardara. La abrió y pudo ver su especial colección.
–El caleidoscopio… – Hyoga tomó ese objeto, mirando a través de él.
–El libro que te regalé – dijo sorprendido Shiryu, a la vez que comenzaba a hojearlo.
– ¿Y este dibujo? Creo que no lo había visto – Ikki tomó en sus manos aquel dibujo que había hecho cuando tenía apenas siete años.
–Lo hice en clase de artes. Quería dibujarlos a todos para recordarlos al pasar el tiempo.
Todos dejaron aquellas cosas con las que se habían entretenido y acercándose a ikki, observaron el dibujo. En realidad, era muy bueno, pues cada uno podía distinguirse en él. Se notaba el esmero con el que su amigo lo había hecho.
–Gracias hermanos – atrajo la atención de todos con aquellas palabras – Ese terrible día en que nos enteramos que todos iríamos a distintos lugares ustedes estuvieron conmigo animándome igual que hoy. No sé qué sería de mí si no tuviera amigos como ustedes… Gracias a ustedes pude sonreír ese día y también puedo hacerlo hoy. Sin saberlo, su amistad ha sanado mi dolido corazón…
Continuará…
Notas de la autora:
Creo que este capítulo fue el más triste para mí… No puedo evitarlo, pues Shun es mi personaje favorito y su vida es tan trágica T-T
Bueno, solo espero que les haya gustado a ustedes también. Se me ha hecho todo un reto este fic debido a la carga emocional que lleva. Siempre deseo que cada capítulo sea una experiencia única. Gracias a sus comentarios es que me esfuerzo el doble. Me emocionan mucho sus expresiones :')
Nuevamente, gracias por leer y si pueden dejen su opinión.
Saludos, Selitte :)
PD: Próximo capítulo "June, el poder de la mirada…"
*Algunas frases las estraje literalmente del manga, al igual que la despedida de Ikki y Shun...
