Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada.

Sanando corazones

"Cuando la mirada es sincera, se convierte en un puente entre dos almas, pues una mirada transparente muestra la luz del corazón… El alma que hablar puede con los ojos, también puede sanar con la mirada..."

Capítulo 7 June, el poder de la mirada…

Arena… eso era todo lo que podía ver en aquella inhóspita isla. El calor abrasador de la tarde lo dejaba sediento y exhausto después del entrenamiento que su maestro le daba. Llevaba ya tres meses desde que había llegado a la Isla de Andrómeda y aún le costaba acostumbrarse al calcinador calor y a la soledad. Aparentemente, nadie más vivía en ese lugar, que en realidad era inhabitable.

Después de las agotadoras sesiones de extenuantes ejercicios, se había acostumbrado a recostarse en la arena junto a la playa a ver el atardecer, que era el único momento en aquella isla en que la temperatura era agradable. Le fascinaba ver el mar, puesto que ahí, en ese extremo lugar, era donde lo había conocido y le había maravillado su inmensidad. Recostado, viendo aparecer poco a poco las primeras estrellas en el firmamento, recordaba a su hermano y pensaba en cómo la estaría pasando. Rogaba en silencio ser lo suficientemente fuerte para resistir seis años en aquel sitio y poder al fin conseguir la tan ansiada armadura para poder volver, entregarla a la Fundación y reencontrarse con Ikki y sus amigos, como habían prometido.

Solo… así se sentía ahí, añorando estar otra vez en los brazos de su hermano, escuchando su voz dándole ánimos y sintiendo la calidez de su mirada. Todo lo que él era se lo debía a Ikki, él había sido más que su hermano, era toda su familia y ahora se transformaba en su norte, pues era lo que le daba las fuerzas para resistir ese desértico lugar.

Al terminar de esconderse el sol en el mar, la temperatura descendía abruptamente, teniendo que correr de vuelta hasta la cabaña que le servía de refugio y hogar. Era una cabaña sencilla, solo con un cuarto para dormir y otro donde había una mesa, una silla, una cocinilla y un mueble donde se guardaban los escasos alimentos. El baño estaba extrañamente aparte de la cabaña, a unos escasos metros. Siempre que llegaba, la mesa ya estaba servida y la comida preparada. El lugar siempre estaba limpio y su ropa ordenada. Nunca se preguntó quién hacía aquellas cosas, suponía que tal vez era su maestro.

Después de bañarse y comer, lo único diferente que hacía era dibujar en el único cuaderno que había traído. Al comienzo lo utilizaba para escribir lo que hacía en aquella isla, pero al final se dio cuenta que no le servía de nada, pues todos los días eran agotadoramente iguales. Por lo que había decidido dibujar sus recuerdos, para que se mantuvieran frescos entre tanta rutina monótona. Sin colores, solo con un lápiz grafito, se esmeraba en trazar día tras día las figuras de su hermano, de sus amigos, de sus memorias…

Su maestro Deidalos era estricto, pero amable, lo que resultaba un tanto contradictorio pero reconfortante en aquel solitario lugar. Los entrenamientos eran extenuantes bajo el sol y cada día iban aumentando en intensidad. Además, le daba charlas del cosmos y de cómo utilizarlo, siempre hablando con sencillez y sabiduría. Se le hacían maravillosas aquellas enseñanzas y pensar en ser capaz de albergar un poder así dentro de su cuerpo. Con ese tipo de poder podría cumplir su sueño de proteger la paz en el mundo, como alguna vez se lo había mencionado a Ikki, en el orfanato antes de vivir en la mansión de la Fundación Graude.

Se acordaba con claridad como en un libro había encontrado la fotografía del planeta Tierra vista desde el espacio y le había llamado poderosamente la atención el hecho de que no hubiera fronteras demarcadas como veía en los mapas. Le dolía pensar que en el mundo había guerras por poseer más tierras dentro de sus límites; guerras que dejaban una infinidad de huérfanos como ellos. Y ese día se había propuesto usar sus fuerzas para defender la paz e impedir que hubiese más niños como ellos. Ahora, con el conocimiento del cosmos podría ser capaz de cumplir con ese deseo.

Sentado en la orilla de la playa, repasaba sus palabras acerca del cosmos y como esa poderosa energía podía manifestarse gracias al entrenamiento y al poder que su estrella guardiana le otorgaba. ¿Qué estrella lo guiaría a él? Su maestro le había revelado que estaba en esa Isla para conseguir la armadura de Andrómeda. Recordaba haber visto, en el libro que Shiryu le había regalado, la constelación de Andrómeda. ¿Sería esa su estrella guardiana? Intentó concentrarse, sentado sobre la arena, mirando el infinito océano, respirando con tranquilidad, recordando su deseo de traer paz y pudo sentir como un calor nacía en su pecho, extendiéndose por su cuerpo, siendo rodeado por una tenue luz magenta. Se puso de pie rápidamente, un tanto asustado de su primer intento, pero contento de saber que dentro de su ser sí existía ese poder llamado cosmos.

Viendo que ya le quedaba poco tiempo para regresar a su cabaña, decidió caminar un momento por la orilla de la playa. Comenzó a notar que cerca de las rocas se juntaban una gran variedad de caracolas marinas de distintos tamaños y colores. Se agachó a recogerlas, sonriendo de encontrar algo que no solo fuera arena en aquella isla. Había tantas que decidió tener un nuevo pasatiempo, coleccionar caracolas. Estaba tan distraído recogiéndolas, que no noto que era observado a la distancia.

Al día siguiente, despertó muy temprano, como ya estaba acostumbrado. Sintió a alguien en el cuarto que le servía de comedor, y pensando que era su maestro se levantó y salió hacia el baño para asearse. Cuando regresó vio la mesa servida con su desayuno, pero no había nadie. Extrañado, se sentó a comer, mientras revisaba las caracolas que había recogido el día anterior. Las clasificó por tamaño y color, entusiasmado de volver a buscar más. Recordó que ese día su maestro le había dicho que tendría libre, pues tenía que hacer unos trámites. ¿Dónde se hacían trámites en ese lugar?, se preguntaba a la vez que tomaba su leche. Y un pensamiento fugaz cruzó su mente en ese momento… "si mi maestro no está aquí, entonces ¿quién estuvo en mi cabaña?" Se levantó muy rápido de su silla y salió para ver si lograba encontrar al intruso. Corrió en dirección a la playa y ahí pudo ver a alguien sentado en la arena. ¿Un niño? Se veía pequeño, pero tenía el cabello largo y rubio. ¿Una niña?

Comenzó a caminar para acercarse, pero lo descubrieron antes de llegar, provocando la huida inmediata de quien le había estado sirviendo todo ese tiempo. ¿Por qué se arrancaba de él? La curiosidad se apoderó de él y sus pies comenzaron a correr detrás de esa persona. Era muy temprano aún, pero el calor ya se había hecho presente, provocando que se casaran más rápido de lo normal. Shun notó que, a quien perseguía, ya no podía seguir corriendo, pues se había detenido y estaba de pie con las manos en sus rodillas, aparentemente reponiéndose del cansancio. Aprovechó ese instante para apresurar sus pasos, alcanzando finalmente a su objetivo. Tomó impulsivamente su brazo, haciendo que volteara. Se quedó un momento en silencio, mirando fijamente que no podía ver su rostro, pues estaba cubierto con una máscara. Estuvieron unos minutos en la misma posición sin atreverse a hablar ninguno de los dos.

— Disculpa… parece que te asusté —finalmente se decidió a hablar Shun, a la vez que le soltaba el brazo.

— No te preocupes —pudo escuchar la voz de aquella niña— No quería ser descubierta, pero ya qué más da…

— ¿Has estado aquí todo este tiempo? —no podía creer que en todo ese tiempo nunca la había visto.

— Sí.

— ¿Y por qué no te había visto antes? —preguntó aún incrédulo.

— Ya te dije que no quería ser vista.

— ¿Por qué?

— Eres muy curioso, sabías.

— Sí, lo sabía —al fin sonrió Shun, iluminando su rostro.

— ¿Qué pensaste cuando me viste y no pudiste ver mi cara? —el rostro curioso y la mirada sincera de él permitieron que la niña se atreviera a hablar un poco más.

— Me dio pena no poder ver el rostro de quien me ha estado ayudando gratuitamente todo este tiempo — le reveló sinceramente.

La mirada de ese niño era pura, transparente, honesta… tan distinta a las que había visto antes. Estaba acostumbrada a que la rechazaran y miraran feo. Hasta ese momento, era la única que vivía en esa isla junto a su maestro, entrenándose para ser una futura amazona. Las pocas personas que la habían visto eran aquellas que comerciaban con Deidalos para abastecerlos de comida y ropa. Y siempre que lo acompañaba al muelle, los marineros se burlaban de ella. La llamaban la niña de la máscara y se carcajeaban diciendo que debía ser tan fea que necesitaba ocultar su rostro. Ya era tanto lo mal que se sentía, que había decidido no volver a ver nunca más a una persona en su vida.

Deidalos se había esmerado en hacerla entender que los demás decían esas cosas porque no la conocían. Había deseado sacarse esa máscara que tanto la torturaba, pero estaba decidida a ser una amazona en agradecimiento al único que la había tratado como alguien normal, su maestro. Y ahora, ese niño que había llegado para ser entrenado igual que ella, parecía ser honesto.

— ¿Cómo sabes que he sido yo?

— Porque no creo que el maestro lo hiciera.

— Podría ser alguien más.

— No parece haber nadie más en esta isla.

— Como lo sabes. No me habías visto a mí, tampoco.

—Tienes razón —levantó el rostro, mirando el cielo— Pero sigo creyendo que fuiste tú —volvió a mirarla con esos ojos verdes iluminados con un brillo especial.

— Está bien. Sí fui yo —se resignó ante su insistencia.

— Gracias, entonces —le sonrió.

— De… nada —dijo desconcertada la niña.

— Pero, ahora preferiría ayudarte. No me gusta que hagas mis cosas sola —el tono de su voz era tan sincero que la niña sintió deseos de llorar ante tanta pureza y amabilidad. Jamás había conocido a alguien como ese niño.

— No es necesario. Es parte de mis labores en este lugar. Igual que tú, estoy aquí para conseguir una armadura y debo cumplir con las tareas que me ordena mi maestro —habló con seriedad, ocultando sus emociones.

— ¿Tú también entrenas? —preguntó sorprendido Shun.

— Claro. ¿Por qué crees que uso esta máscara?

— No tengo idea.

— ¿O sea que no sabes por qué uso esta máscara? —no podía creer eso. Pensó que el niño no se había asustado de ella porque tenía alguna noción de por qué la llevaba puesta, pero vio como negaba con la cabeza —Es una exigencia para quienes queremos servir como amazonas. Creo que la uso desde que tengo memoria. Pensé que tú sabías de esto.

Shun abrió sus ojos sorprendido. No imaginaba qué sería llevar una máscara toda la vida. Pero prefirió no preguntar más por el momento, ya que el tema parecía incomodar a aquella niña. Ya tendrían tiempo suficiente para conversar.

— ¿Sabes? Ayer encontré unas caracolas muy lindas. ¿Te gustaría acompañarme a recoger algunas para mi colección? —invitó a la niña.

— ¿Colección de caracolas? ¿Eso hacías ayer? —preguntó sin notar que se le había escapado esa pequeña revelación.

— ¿Cómo sabes que ayer las estaba buscando? —preguntó y luego comenzó a reír al darse cuenta que la niña lo había estado siguiendo y él ni siquiera lo había notado.

Ella se sintió avergonzada de haberse puesto al descubierto sola y tuvo deseos de arrancar del lugar. Pero, Shun ya la había tomado de la mano, invitándola con su mirada a caminar hacia el lugar que ambos conocían.

—Mi nombre es Shun… ¿el tuyo cuál es?

—June…

….

Sentada en un café en una de las tantas y numerosas esquinas de Tokio, se encontraba una joven de largo cabello rubio y ojos azules. Mientras tomaba su bebida con tranquilidad, miraba aquella cajita que tenía sobre la mesa. Dudosa la acercó, pues lo que guardaba le traía lindos recuerdos, pero también dolorosos. La abrió y sacó de adentro una pequeña caracola.

Recordaba que aquel día que al fin se había atrevido a conversar con su compañero de entrenamiento, él se la había regalado. Para ella se había convertido en un tesoro, pues el niño había hecho un esfuerzo sobrehumano por alcanzarla, ya que estaba sumergida justo donde rompían las olas. Ella al verla la encontró tan hermosa, pero nunca pensó que él decidiría regalársela por sus palabras. Ahora la observaba detenidamente, apreciando su real belleza. Esa caracola se había transformado en el lazo de amistad y hermandad que la había unido a Shun durante esos seis años en la Isla de Andrómeda.

Estaba en aquel lugar, esperando que él llegara. Hacía unos años que ya no se veían y había sido extraño recibir una llamada de él. Llegó a pensar que, debido a las terribles circunstancias que él había tenido que enfrentar, se había olvidado por completo de ella. Pero no. La había ubicado gracias a la fundación y la había citado en aquella esquina para conversar.

Llegó mucho antes de la hora, emocionada por su reencuentro. En realidad, estaba llena de distintos sentimientos, pues también sentía vergüenza de verlo, ya que su último encuentro no había sido muy ameno. Muy contrario a su naturaleza, había dejado que sus sentimientos sobrepasaran su razón y había pretendido detenerlo de ir a luchar, de cumplir son su misión de caballero. Incluso se había despojado de su máscara, intentando demostrarle lo importante que él era en su vida y que no deseaba perder al único con el que había compartido todos esos años.

Distraída, mirando aquella caracola que estaba en sus manos, no pudo percibir que alguien se había sentado en la misma mesa al frente de ella.

— Hola June. Te vi tan concentrada que no quise molestarte —dijo al fin.

— ¡Shun!... Ho…la… —había intentado prepararse para ese momento en que volvería a verlo, pero era tan diferente tenerlo en frente. Se quedó mirándolo, viendo como había crecido, ya no era un niño, sino un hombre. Aun así sus ojos verdes eran los mismos y su mirada seguía tan pura y transparente como antes.

— ¿Ya no usas tu máscara? —preguntó confundido.

— No… desde aquel día que quise detenerte, me di cuenta que no podía servir como amazona… lo siento —dijo volteando el rostro, avergonzada.

— No debes preocuparte, June… ya no hay más guerras. Ahora que al fin hemos conseguido la paz, quiero cumplir mi promesa de reconstruir la Isla de Andrómeda —reveló finalmente Shun.

June lo quedó mirando, un tanto confusa al comienzo, pero luego una sonrisa se asomó en sus labios. Él nunca la había olvidado. Eso era suficiente. Había visto por tantos años la mirada decidida de Shun, esa mirada que ponía cada vez que hablaba de su hermano. A pesar de su insistencia porque abandonara la isla y dejara de intentar ser un caballero, él siempre se mostraba decidido a cumplir con su promesa hecha a su hermano. Conocía esa determinación y sabía que si le estaba diciendo eso ahora era porque ya lo tenía todo resuelto.

— Pero, ¿por qué?

— Porque es tu hogar, June y fue el mío también. Deseo que volvamos y podamos hacer un altar donde recordar a nuestro maestro, que fue como un padre para nosotros. ¿Qué te parece?

— Es tan sorpresivo… pero creo que es una excelente idea —al fin se atrevió a aceptar aquella oferta.

— Tú fuiste como una hermana para mí, June y siempre he querido agradecer tu cuidado y dedicación. Gracias a ti y al maestro pude llegar a ser un caballero y proteger así la paz en este mundo.

—Tú también Shun has sido mi única familia junto al maestro Deidalos. Fuiste el primero en aceptarme y no burlarte de mí. Me enseñaste a confiar de nuevo en las personas. Y todo eso lo hiciste solo con tu dulce mirada. Tu mirada pura y transparente habla más que mil palabras y con ella pudiste sanar mi corazón…

Continuará…


Notas de la autora:

Al fin pude terminar este capítulo, que espero hayan disfrutado. Como había dicho antes, me baso en el manga para escribir este fic, por lo que el maestro de Shun es Deidalos y solo ellos eran sus discípulos.

Gracias por leer y por los hermosos comentarios que me han dejado. En serio no esperé tener tanta acogida con este fic, pero ustedes han permitido que esta historia de haya desarrollado hasta este punto.

Muchas, muchas gracias, espero que les haya gustado el capítulo de June, que quise dejar con un final abierto para que puedan interpretarlo a su manera :D

Si desean, me dejan sus impresiones ;)

Saludos, Selitte :)

PD: Próximo capítulo y final "Epílogo Mi vida después de conocerlos…"