El criado le ayudó a ponerse el traje frente al enorme espejo en medio de la habitación. Había escogido un jubón celeste ribeteado con diminuta filigrana de oro con motivos orgánicos y pantalones de un tono más grisáceo. El criado acercó un banco y le pidió a Thranduil que tomara asiento para poder cepillarle el cabello. El cepillo de plata se deslizaba suavemente por las hebras de oro del Elfo que parecían despedir luz propia, lo cepilló hasta que quedó completamente seco y sedoso. Thranduil observaba todo el proceso por el reflejo del espejo, quería estar impecable… debía estar impecable. El criado tomó su mano e introdujo un enorme anillo de zafiro en su dedo medio, que hacía juego con su traje y resaltaba el color de sus ojos. Le puso botas gris oscuro y le ayudó a ponerse de pie. Sacó de una pequeña caja de madera un frasco plateado que contenía aceite con fragancia a Jazmín, colocó un poco del líquido en la yema de sus dedos y los rozó por detrás de las orejas y las muñecas de su rey.

Thranduil hizo un ademán para indicarle al criado que se marchara. Luego entraron dos doncellas con una caja de roble con incrustaciones de esmeraldas, y la ofrecieron a su rey sin mirarlo a los ojos. Thranduil abrió la caja y dándose la vuelta para estar frente al espejo, fue colocándose lentamente su corona. Las doncellas le pusieron una capa de hilos dorados sobre los hombros.

Se observó detenidamente unos minutos más. Cuando estuvo complacido, volvió la vista hacia la ventana; el Sol estaba ya ocultándose. Advirtió que la hora había llegado. Dio media vuelta y se dirigió a la enorme puerta de oro continua. Dos guardias le cedieron el paso a una colosal sala con paredes de oro blanco, que formaba parte de los aposentos reales que el Rey Thrór le había proporcionado a su homónimo. Se sentó en el sofá de seda blanca y soportes de cedro, al tiempo que sus criados se encargaban de servirle vino endulzado con miel y frutas frescas mientras se disponía a esperar.

Sin embargo, su invitado fue puntual.

Las puertas doradas volvieron a abrirse para dar paso a la razón de la visita de Thranduil a las tierras de los Enanos. Llevaba un jubón ocre con filigrana plateada, pantalones negros, botas de piel de oso y el cabello suelto, que le caía sobre la espalda y los hombros, con pequeñas trenzas en los mechones delanteros, decoradas con hilos de plata en la punta.

Lucía magnifico.

Thranduil se puso de pie. Notó como el Enano le echó un vistazo rápido de pies a cabeza y eso le complació. Saludó con cortesía a su invitado y le indicó su asiento frente a él.

- Recibí su petición de reunión. – Dijo observando a Thranduil a los ojos – …normalmente se notifica la razón por escrito, Alteza.

- Lo sé. El caso es que se trata de un asunto que necesito discutirlo personalmente.

Thorin no respondió, solo se limitó a observarlo, como tratando de adivinar sus intenciones. Thranduil se inclinó levemente y tomó una cereza del cuenco de plata, llevándola lentamente hacia su boca, observando aquellos sombríos ojos azules posados por unos segundos en sus níveos labios que rodeaban con cierta gracia la fruta roja.

- Te he visto por mis tierras en varias ocasiones – comentó evadiendo el asunto en cuestión – la última vez no hace mucho. No luces como un mercader, aunque vistas sus ropas.

- Le agradezco sus palabras, Alteza. – contestó con gélida cortesía – Suelo acompañarlos en viajes largos, generalmente cuando visitan tierras que desconozco.

- Extraño y peligroso pasatiempo.

- Estoy preparado para ello.

- No lo dudo.

Hubo un silencio casi tan tenso como la misma conversación. Thranduil estudió con detenimiento a su invitado, sin importar lo incomodo que este se sintiera bajo los fríos ojos celestes del rey, sin embargo, aguardó con paciencia. Thranduil hizo un ademán y una doncella se acercó rápidamente, sirviéndole un poco de vino en la copa de oro del príncipe.

- Bebe conmigo. – Ordenó el rey. Thorin se bebió todo el contenido de un sorbo, como era parte de los hábitos de su raza, lo que Thranduil consideraba agresivo y salvaje, pero en aquel momento, disfrutó de los hilillos del líquido rojo que recorrieron la barbilla del príncipe, algunas deslizándose por su cuello y perdiéndose bajo el jubón.

Thranduil hizo otro ademán para indicarle a la doncella que se marchara. – Por favor, siéntete libre de servirte tanto como quieras. Es vino especiado de mi reserva personal, he traído un carromato repleto de barriles.

El Elfo sabía la debilidad de los Enanos por la comida y la bebida, y estaba seguro que ni siquiera el príncipe de Erebor rechazaría tal ofrecimiento. Thorin se terminó la primera botella como si se tratara de simple agua. De inmediato una doncella depositó la segunda frente al Enano. El rey sabía que hacía falta más de un par de botellas para emborrachar a un Enano, pero esa no era su intención, simplemente deseaba aplacar un poco la tensión en la sala, y que mejor forma que ofreciendo una buena y abundante bebida.

- Ahora, podemos tratar el tema que nos concierne. – dijo sosteniendo la mirada del Enano.

- Nada me complacería más, Alteza.

- Esta misma tarde, le prometí al rey Thrór mis más altos servicios políticos, los cuales consisten en el ofrecimiento absoluto de dos mil de mis mejores soldados para que el rey disponga de ellos a su conveniencia, además del paso libre por mis tierras para toda su gente, sin la necesidad de tramitar permisos y por supuesto, mi palabra de que si tiempos oscuros acaecieran sobre las tierras de Erebor, los elfos de Mirkwood acudiremos a su auxilio con todo nuestro poderío.

Thorin dejó la copa lentamente sobre la mesa y observó al Elfo con palpable desconfianza. Sabía que un ofrecimiento de tal magnitud requeriría de un pago de iguales dimensiones. Sin embargo, guardó silencio, esperando a que el rey expusiera esa parte del trato que seguramente haría de su promesa mucho menos generosa.

- Sé lo que pasa por tu cabeza, ya lo expuse la primera vez con el rey e hizo la misma expresión que tú tienes en la cara ahora mismo. – dijo con una sonrisa altiva – Pero lo cierto es que, tienes razones para sentirte desconfiado, a menos que seas lo suficientemente inteligente para saber que mis ofrecimientos valen la pena… sea cual sea el precio.

- No estoy muy seguro de eso… Alteza. Si disculpa mi atrevimiento, usted no es muy conocido por su corazón caritativo. La oferta es tentativa, pero me gustaría escuchar su precio. – dijo con frialdad. Thranduil creía saber cómo manejar al Enano, sabía que había algo que valía para él mucho más que su orgullo.

- Mi precio vale lo que ofrezco, Thorin. – El corazón del Enano se estremeció al escuchar por primera vez su nombre de la boca del rey Elfo, pero trató de mantener el control ante aquella mirada gélida. – Mi precio… eres tú.

El desconcierto se dibujó con claridad en el hermoso rostro del príncipe, para luego transformarse en disgusto – Deberá ser más claro. – objetó.

- Cuando le expuse mi ofrecimiento al rey, le dije que mi precio era llevarte a mi reino como pupilo, de tal forma que el rey Thrór demostrara su confianza en mi gente y por supuesto, su interés en reparar nuestra amistad. Lo cual no es del todo mentira. De hecho, funcionaría para apaciguar esa arraigada antipatía entre nuestras razas, teniéndote a ti en mi castillo, y teniendo en tu reino a dos mil de mis soldados, aparte del libre paso de tu gente por Mirkwood. Sin embargo, mi intención no es llevarte como pupilo, Thorin. – Aguardó unos segundos ante el ceño fruncido del Enano. Thranduil tomó la copa con delicadeza y se la llevó a los labios. El calor del vino recorrió su cuerpo con suavidad. Intercambió la mirada con la del príncipe en silencio unos segundos y luego añadió - Mi intención es que compartas el lecho conmigo.

La reacción de Thorin fue brusca. Se levantó de golpe y golpeó la mesa con sus manos - ¡¿Quién se ha creído?! ¡¿Quién se ha creído que soy yo?! – Exclamó airado arrojando la silla a un lado y dirigiéndose a grandes zancadas hasta la salida.

- Alto. – Thranduil elevó un poco la voz pero el eco de la sala hizo la mayor parte del trabajo. – Como dije antes, si eres lo suficientemente inteligente, te darás cuenta que vale la pena. Regresa aquí y escucha mis términos.

Thorin no regresó, pero no dio un paso más. Thranduil se levantó del sofá y se acercó al Enano. La diferencia de alturas obligó a Thorin a mirar hacia arriba, lo que produjo en el elfo un breve pero intenso estremecimiento. Sonrió y susurró dulcemente - Sabes que tu reino es una mina de oro. Mucho más que ningún otro. Reinos, bandas de mercenarios, trolls, orcos, dragones… las montañas de oro son muy codiciadas, nadie desperdiciará una oportunidad.

- Estamos preparados para cualquier intento de ataque. – contestó con brusquedad. – Somos mejores guerreros que ustedes y los Hombres, no necesitamos de la ayuda de nadie para defender lo que nos pertenece.

- Si, pero ¿Por cuánto tiempo? ¿Con cuanta cantidad de enemigos? Los orcos se reproducen como hormigas en las profundidades de las montañas, y son muy pocos los que pueden alardear de haber derribado y matado a un dragón… tanto que ahora no se habla de estos héroes más que en leyendas de chiquillos. ¿Podrás defender a tu gente de una amenaza de esas magnitudes? ¿Estás seguro que las fuerzas de tu reino son suficientes? Porque Thrór no estaba muy convencido de ello. Y no le culpo – se apresuró a decir ante la amenaza de reproche del Enano – puesto que estoy seguro que ante una amenaza de esa índole, yo también necesitaría de manos amigas.

Thorin, - prosiguió al notar la falta de argumentos del príncipe, que solo se limitaba a observarlo con desprecio – mi intención no es secuestrarte, ni mucho menos retenerte de por vida en mi castillo. Cumple con tu parte de compartir mi lecho por una noche, luego doy mi palabra de rey que tendrás la libertad de marcharte cuando sea tu deseo.

- ¿Es así como consigues a tus "calienta camas"? ¿Con propuestas baratas?

- No. Es así como te conseguiré a ti. Y no son propuestas baratas, lo sabes de sobra. Te abordé a ti antes de que lo hiciera tu abuelo. No debes comentarle nada de lo que hemos discutido esta noche, de lo contrario, mucho me temo que esta será la última vez que un Elfo y un Enano estén tan cerca entre sí. Puedes meditarlo unos días. Sé que decidirás lo que más le convenga a tu gente.

Luego de soltar un bufido, el Enano dio media vuelta y salió de la habitación a grandes zancadas. Thranduil volvió a su lugar y vertió un poco de vino endulzado en su copa, sintiéndose cada vez más cerca de apoderarse del mejor botín de las tierras de Erebor.