Hola chic s! :) Me disculpo por la tardanza del capitulo 3, tuve una semana un poco difícil en la universidad DX pero ya creo que la voy superando ;w;

¡Espero que lo disfruten!


Se revolvió bajo las mantas, inquieto. Llevaba horas tratando de dormir, pero fragmentos de aquella conversación revoloteaban en su cabeza, dispuestos a no dejarle conciliar un sueño tranquilo. De vez en cuando, sentía un leve olor a jazmín en el aire, y trataba de convencerse de que quizás su imaginación le estaba jugando una mala pasada. Se sentó en la cama, como tantas veces lo había hecho esa noche; inmerso en una mezcla de impaciencia, confusión y disgusto. Arrojó las mantas a un lado y se levantó. - ¿Se estará burlando de mi? – murmuraba caminando en círculos en la habitación - ¿O me estará probando?- miles de posibles escenarios desfilaban frente a sus ojos, cada uno peor que el anterior. El rey Elfo siempre le había resultado intrigante, desde que Thorin lo vio por primera vez cuando ni siquiera tenía barba, hasta su más reciente reunión, el Elfo lucía exactamente igual, como congelado en el tiempo, con su gran altura y su inigualable porte, ese que al Enano le resultaba tan insoportable.

Decidió salir a caminar un poco para intentar acallar aunque fuere un poco esas revoltosas vocecillas que parecían tener como objetivo evitar que olvidara lo sucedido de ahora en adelante. Hacía mucho frio en los pasillos del castillo, por lo que decidió llevar una capa de piel de lobo sobre la camisa y el pantalón de algodón que utilizaba para dormir.

No encontró más que guardias medio dormidos en las dos horas que vagabundeó por el castillo. Comenzaba a sentir sueño, quizás producto de la relajante actividad de caminar sin rumbo acompañado solo por el sonido producido por sus propios pasos. Sin embargo, cuando se disponía a volver a sus aposentos, percibió de nuevo aquel aroma en el ambiente que parecía estar empeñado en perseguirlo. - Jazmín – pensó. Esta vez, provenía de algún lugar a sus espaldas. El Enano dudó un momento, podía tratarse de una treta del Elfo, quizás queriendo burlarse de él. No obstante, dio media vuelta y caminó hacia la fuente del aroma que ahora parecía estar claro.

Llegó hasta el final del pasillo, y se dirigió hacia el graderío a su derecha. Subía los fríos peldaños de piedra despacio y en silencio, prestando atención a cualquier ruido que no fuera producto de la noche. A medida que iba subiendo, la luz de la luna bañaba los peldaños tornándolos del color de la plata, venciendo cada vez más a la inescrutable oscuridad que reinaba en el interior de la montaña por las noches.

La gélida brisa nocturna acarició su rostro y revolvió su cabello azabache cuando estuvo cerca de la salida a una de las tantas terrazas que se esparcían por todo el castillo. El reino dormía a sus pies, sumido en una pacífica tranquilidad, con pequeñas hileras de humo que salían por las chimeneas de las incontables casitas esparcidas por todo el valle, elevándose hasta perderse por el cielo estrellado; incluso en las tabernas las luces ya habían sido apagadas, y no se escuchaba más sonido que el del resoplar del viento. Por la posición de la luna, Thorin pudo constatar que el amanecer estaba cerca. Buscó con sus ojos la fuente del jazmín y no tardó en encontrarla.

Como una esplendida escultura bañada por la luz plateada del astro en el cielo, Thranduil observaba la ciudad con expresión misteriosa. Cuando los ojos azules del Enano se posaron en el Elfo, este esbozó una pequeña sonrisa y llevó sus manos hacia atrás. Llevaba una túnica que parecía haber sido tejida con diminutos diamantes, que cambiaban de color ante la ondulación de la brisa. Sobre los hombros le posaba una enorme capa blanca de piel de oso. Su cabello que ahora parecía de plata, se movía al tranquilo compás del viento. A Thorin le pareció como si el frio de la noche que se colaba por debajo de su capa y erizaba su piel provenía de aquella criatura esbelta a unos metros delante de sí.

- Las noches en Mirkwood son mucho más hermosas. – comentó levantando la vista hacia la esplendorosa luna, que por su belleza y hegemonía parecía ser de la misma especie fuera de tiempo que la de la criatura que la observaba.

- Otra razón más para volver. – contestó el Enano luego de una pausa. Dio unos pasos hacia adelante para colocarse a la misma altura que el rey.

- Oh, lo haremos. Y descubrirás por ti mismo de lo que hablo.

- ¿Cómo es que está tan seguro de que aceptaré? Podría decirle al rey lo que ha estado insinuando y las cosas terminarían mucho peor de lo que usted espera. – Thorin odiaba esa actitud pretensiosa, esa que era característica intrínseca en todas las criaturas de su especie, pero el rey parecía llevarlo a niveles absolutamente desorbitantes. Ante la respuesta del Enano, Thranduil soltó una pequeña risa y añadió aparentemente divertido:

- ¿Eres tan estúpido como para creer que esto es diferente a la política sobre la mesa, Thorin? Algunos acuerdos se hacen entre audiencias y papeleos, otros en cambio, se hacen en la cama. Y son esos, los que se fijan en el lecho, los más importantes. Si algún día pretendes gobernar este chiquero, debes tener en mente lo que acabo de decir. Si crees que tu orgullo vale más que la prosperidad de tu reino, entonces tendrás mucho que perder.

- Seguro que compartir el lecho es su forma favorita de conseguir favores. Pero no lo será en mi caso… Alteza.

- Te cortaría la lengua por tu insolencia, si es que no la necesitara. – contestó esta vez burlándose abiertamente del Enano. Thorin apretó los puños y guardó la compostura. Thranduil siguió - ¿Conseguir favores? Realmente no estoy obteniendo nada de Erebor que favorezca a mi reino de esta oferta. Mis asuntos contigo son personales… más los tuyos conmigo no lo serán.

Verás – prosiguió sin esperar una respuesta y apartando la vista del cielo para posarla en los ojos del Enano. Thorin observó el níveo rostro del Elfo mediamente iluminado por la luna. Sus ojos parecían dos lagunas que cambiaban de tono cada que parpadeaban, de azul a celeste y de violeta a la plata. – la inmortalidad tiene su precio, mi joven Enano. ¿Dime qué criatura mortal que camina sobre este mundo no desearía beber del elixir de la eternidad y vivir joven y de permanente belleza para siempre? – dijo con una sonrisa misteriosa en los labios - Los días pasan como horas y el mundo exterior es como una cola de imágenes que se pasean frente a tus ojos y que perduran menos de lo suficiente como para acostumbrarte a ello. Tu piel sigue cálida y tersa, pero tu corazón padece el perdurar de los tiempos, endureciéndose y ensombreciéndose ante tu realidad para siempre permanente… - Se acercó al Enano y se inclinó lo suficiente para que sus respiraciones se entremezclaran – Tienes tanto tiempo, que comienzas a apreciar esas pequeñas cosas mortales que vagan a tu alrededor… - susurró - estando consciente que de un momento a otro, cuando menos te lo esperas, simplemente… se esfuman. – Thorin casi se avergonzó ante la mirada del rey. Y estuvo a punto de apartar la vista, pero se obligó a permanecer como estaba; sabía que el rey disfrutaba ver como se inmutaba ante su presencia, y definitivamente no iba a darle el gusto. Por un momento, estuvieron tan cerca que el Enano pensó que iba a besarlo, pero no dio un paso atrás y permaneció firme y desafiante. - ¿Quieres saber por qué te quiero conmigo? – El elfo se acercó tanto que ladeó la cabeza para encontrar directamente los labios del Enano, pero sin llegar a tocarlos, añadiendo dulcemente – porque estoy realmente cautivado. – Al hablar, Thorin pudo sentir un leve rose de los labios del rey, lo que le hizo dar dos pasos hacia atrás del sobresalto. Thranduil se irguió con todo su esplendor y agregó observando al Enano desde su altura – Tengo todo el tiempo del mundo para hacerte mío.

Thorin enmudeció. Sus ojos seguían clavados en los del elfo, hipnotizado. Su corazón latía acelerado, con esa sensación ferviente en su entrepierna amenazando con exponerlo ante la profunda mirada de Thranduil. Comenzó a sentirse vulnerable. Débil. Ansioso.

Supo que ahora sus ojos no se mostraban insolentes… sino hambrientos. Y el elfo lo sabía.

Rápidamente se cubrió con la capa de lobo y se dirigió hacia las escaleras. El sol estaba ya alcanzando el horizonte y teñía los peldaños de un frio tono dorado, mientras él buscaba el refugio de las paredes de sus aposentos, mientras sentía como la mirada del rey lo seguía por todo el recorrido de aquellos pasillos que ahora parecían interminables, acompañado por el aroma a jazmín en el ambiente.