El sonido de la puerta al cerrarse le despertó de sobresalto. La luz del día ya inundaba por completo sus aposentos. Levantó la cabeza y observó hacia las puertas que daban a la terraza, dispuesta al extremo derecho de la habitación y se dio cuenta que ya era muy pasado el mediodía.
- Perdón mi señor, ¿le hemos despertado? – preguntó una criada que, junto con otras dos, acarreaban un balde de madera con agua caliente.
- No, no… - balbuceó sentándose torpemente a la orilla de la cama, masajeando sus ojos que trataban de acostumbrarse a la luz de la habitación.
- Pensábamos despertarle luego de prepararle el baño, mi señor. Su Alteza ha ordenado que debe asistir a una reunión luego de que usted tome sus alimentos. – dijo la más vieja de las tres.
- ¿Su Alteza…? – Preguntó, repentinamente nervioso.
- … El Rey Thrór. – Contestó la Enana con evidente desconcierto. Thorin casi le agradeció a los dioses, si no fuera porque luego se sintió como un idiota. - Por supuesto que mi abuelo. ¿A quién más esperabas?- Se reprimió para sus adentros.
Se levantó y dejó que las criadas hicieran su trabajo. Le desnudaron y lo metieron en la bañera de piedra con agua caliente aromatizada. Mientras las Enanas le lavaban la espalda y el cabello, Thorin pensó en la noche anterior y en cómo había caído en un largo y profundo sueño al instante en que puso su cabeza sobre la almohada, sin embargo, recordaba poco de lo sucedido luego de abandonar la terraza, por lo que no pudo explicar cómo, después de aquel momento con Thranduil, pudo luego caer profunda y reconfortantemente dormido, como si nada hubiese sucedido.
- ¿El Rey Elfo todavía sigue aquí? – preguntó tratando de que sonara como una pregunta casual. –A ti que te importa, Enano imbécil. – pensó arrepintiéndose de la pregunta.
- Si, mi señor. Aparentemente esos elfos tienen intenciones de quedarse una buena temporada. – contestó con tono despectivo.
Luego de aquello, se mantuvo en silencio durante todo el baño. Cuando las criadas se disponían a vestirlo, Thorin les ordenó que se retiraran, repentinamente asqueado. Al encontrarse finalmente solo, tomó la ropa interior de algodón que ellas habían ordenado sobre la cama y se la puso lentamente. Pensó en la conversación que tendría con su abuelo, seguramente era para informarle sobre la propuesta de Thranduil, algo que se suponía Thorin aún desconocía. Se preguntó si él mismo había tomado ya una decisión…
Vistió unos sencillos pantalones negros y una camisa azul y se ató el cabello con un listón negro. Tomó su desayuno-almuerzo sobre la mesilla de la terraza. El día estaba despejado, muy fresco y ruidoso, sin embargo, el Enano estaba demasiado ansioso como para apreciarlo demasiado. Apartó el plato luego de sorber no más de tres cucharadas de la sopa de cebolla. Decidió que lo mejor sería terminar con aquella reunión de una vez por todas.
El rey y su padre estaban en la sala privada de audiencias, Thorin los vio en medio de los papeles de cuentas del reino, escuchando la explicación del consejero de la moneda, pero cuando el joven príncipe entró, todos los que acompañaban a su abuelo y a su padre se levantaron y le saludaron con cortesía, excepto ellos dos, que permanecieron en su asiento y le dedicaron una cálida sonrisa.
- ¿Una noche difícil de copas? – comentó su abuelo entre risotadas.
- Algo así. – contestó obligándose a sonreír. Tomó su asiento junto a su padre y esperó a que el rey despachara a los demás Señores que le acompañaban. Cuando finalmente estuvieron los tres solos, el rey se dirigió directamente a su nieto.
- Tenemos algo que discutir. – dijo con seriedad. Thorin se obligó a permanecer impasible, su abuelo no era fácil de engañar y se daría cuenta si su nieto sabía de más. – Como seguramente te has dado cuenta, Thranduil acudió a mí ayer por la mañana a una audiencia privada. Estaba empeñado en que nadie estuviera presente, cosa que aún ahora me parece sumamente sospechosa. – Thorin actuó lo mejor que pudo mientras su abuelo explicaba el ofrecimiento y la condición del Elfo, tratando de mostrarse lo mayormente ofendido posible al escuchar esta última, aunque realmente ahora ya no sabía cómo sentirse al respecto.
- Asegura que sus palabras son sinceras y que no pretende hacernos ningún tipo de perjurio… lo cual no termino de creer. – dijo apoyándose en el respaldo de su enorme silla y acariciándose la barba blanca. – Thranduil rara vez haría algo que no le beneficiara a él o a su reino, y realmente no veo cómo tenerte a ti en su castillo favorecería nuestras relaciones. Los Enanos y los Elfos simplemente no funcionan, lo llevamos en la sangre. Y Thranduil lo sabe de sobra.
- En todo caso – dijo su padre, retomando la palabra – pienso que si accediéramos a su oferta, deberíamos solicitar a cambio a su hijo, Legolas. Es lo justo.
Un intercambio de prisioneros. Pensó Thorin con desgana. Su confusión se acrecentaba más a cada segundo. ¿Y si Thranduil no había sido sincero con él tampoco? ¿Y si sus verdaderas intenciones eran hacerle daño?
- No hay lugar para Legolas en nuestro reino – contestó Thrór – Tampoco hay lugar para ti en Mirkwood. – sentenció con voz grave dirigiéndose a Thorin. – Si Thranduil en verdad quisiera reparar nuestra relación, tendría que haberme solicitado dos mil guerreros Enanos a cambio, no al que algún día heredará la corona de Erebor.
- ¿Cuál es tu dictamen acerca de esto? – le preguntó su padre. – Te hemos llamado para escuchar tu opinión al respecto, será tomada en cuenta para la decisión final.
Thorin se sintió expuesto bajo la mirada de su familia. No sabía si decirles lo que había sucedido… su versión de la verdad. Quería decir que Thranduil lo había invitado a sus aposentos y le había confesado que lo quería como compañero de lecho, y que lo de "pupilo" realmente salía sobrando. Que había engañado a su abuelo deliberadamente y que no estaba seguro si de todas formas el elfo cumpliría con su palabra. Quería decir que se había encontrado con él en una terraza del castillo. Que las noches y la luz de la luna le asentaban bien. Que habían estado tan cerca, que pudo sentir el roce de sus blancos y cálidos labios sobre los suyos. Que sentía su aroma a donde sea que fuere. Pero mucho más que todo eso, que se sentía confundido. Sin embargo, no dijo nada. En cambio, meditó un momento, jugueteando con el bote de tinta que tenía cerca y escogiendo las palabras adecuadas.
- Siempre se necesitan manos agiles en Erebor, y no hay razón para negar que los Elfos no son capaces de desempeñarse satisfactoriamente… - comenzó con cautela – sin embargo también creo que la situación es sospechosa. Aunque… no veo razón por la cual quiera hacerme daño… a menos que quisiera comenzar una guerra. Lo cual dudo, puesto que sería igual de perjudicial para él como para nosotros…
- Teniéndote a ti como prisionero en Mirkwood con dos mil soldados infiltrados en Erebor puede ser capaz de hacer muchas cosas. No debemos confiarnos. Conozco a ese viejo brujo mejor de lo que se imaginan - dijo Thrór con brusquedad – ¿Por qué creen que ha seguido vivo teniendo tantos enemigos? Un elfo muere como cualquier otra criatura si le pones una espada al cuello y Thranduil nunca se ha ganado el aprecio de nadie, pero es listo y nunca da un paso sin estar seguro de que saldrá bien parado al final del camino, dudo mucho que ahora se le haya ocurrido cambiar de proceder. Sus intenciones expuestas son demasiado superfluas para alguien como él.
Thorin no dijo nada más. Pero las palabras de su abuelo le hicieron reflexionar. ¿Y si lo que le había dicho era otra mentira para llevar a cabo planes que pudiesen perjudicar al reino? Además ¿por qué de un día a otro parece tan interesado por un Enano si siempre se mostraba desdeñoso con su raza? Comenzó a sentirse furioso y avergonzado; casi había caído en su juego… incluso había pensado en la posibilidad de persuadir a su abuelo… pero quizá lo que más le dolía es que lo había deseado. Se había convertido en un deseo repentino como la misma petición del Elfo y era parte de las cosas que no lograba comprender.
- No irás a Mirkwood, Thorin. – sentenció su abuelo– No podemos arriesgarnos. Nuestras relaciones funcionan bien como están, tampoco necesitamos que los elfos vagabundeen en mi reino cuando les plazca y en cuanto al permiso libre de Mirkwood, puede metérselo por el culo.
Thorin se puso de pie junto a su padre para despedir al rey que se disponía a salir, airado, como solía suceder cuando trataban temas relacionados con los elfos, murmurando cosas que no logró escuchar bien pero que seguramente iban dirigidas a su homónimo. Su padre también se despidió y el joven Enano se quedó repentinamente solo en la sala. Tomó asiento de nuevo, preso de un extraño sentimiento de decepción. – Me ha hecho algo…quizás me ha hechizado o algo así.- se decía tratando de explicar lo que estaba sintiendo. Nunca antes había sentido nada especial acerca de Thranduil, quizás un poco de antipatía y por qué no, hasta admiración, pero nada que pudiese ser razón de tanta disposición de su parte en tan poco tiempo.
Se levantó con desgana y salió de la sala. Decidió ir a sus aposentos para descansar un poco. A pesar de que no había comido, no sentía necesidad de alimentarse, ni tampoco de hacer otro tipo de actividad, simplemente quería estar solo y no tener que encontrarse con Thranduil o con alguno de sus elfos, que seguramente andaban por el castillo.
Al llegar a su habitación, abrió las puertas de madera que daban a la terraza y enrolló las cortinas de seda; comenzaba a hacer bastante frio, pero no le importó. Se quitó las botas, se desató el cabello y se tumbó en la cama cubriéndose con las pieles de lobo y de nuevo, cayendo extraña e instantáneamente dormido.
Sin embargo, no supo en qué momento, sintió como el nivel de la cama se inclinaba a su derecha, despertándole de sobresalto, pero un cuerpo mucho más grande que el suyo le apresó de inmediato sentándose encima de su abdomen y cubriendo su boca para evitar que gritara. La fuerza del Elfo era impresionante, Thorin no podía liberar sus extremidades y sentía su cuerpo pesado y débil como si hubiese estado muchos días postrado en cama, presa de una terrible enfermedad. Observó airado los fríos ojos celestes de expresión misteriosa. Los cabellos de oro caían en cascada hasta posarse a los lados de su cabeza, en la almohada.
El Elfo quitó la mano de su boca, pero Thorin no pudo emitir ningún sonido, lo único que lograba era mover los labios en absoluto silencio. Se preguntó cómo habría podido entrar si los pasillos hacia sus habitaciones estaban custodiados, ¿por la terraza? Resultaba poco probable, mejor dicho imposible, puesto que bajo la plataforma no había más que un abismo de miles de metros. Intentó moverse de nuevo, pero su cuerpo no respondía, estaba atrapado bajo cadenas invisibles. El Elfo seguía sobre él, observándolo con aquellos ojos profundos, que de nuevo cambiaban de tono, a veces del color de la plata, otras veces azules, pasando por el violeta y el color del atardecer. Thorin los observaba, danzantes, cambiando con ellos su percepción del rostro del elfo. Volvió a intentar hablar, pero no tenía voz. Thranduil tampoco hablaba, solo lo observaba, como una estatua de marfil con diamantes por ojos; Thorin también empezó a sentirse como una.
El aroma al jazmín acariciaba su nariz, sentía como emanaba del cabello rubio de Thranduil, que caía como la seda mezclándose con su cabello azabache. Observó que la hermosa estatua comenzó a inclinarse sobre él, esta vez observando sus labios, entrecerrando sus ojos cuando iba acercándose. Sintió la húmeda lengua abriéndose paso. Los dos pequeños músculos chocaron y se sumieron en la danza, improvisando los pasos, explorándose, cada una tratando de dominar al otro. Los finos labios de Thorin lo recibieron sin protesta. Acarició a Thranduil con su boca, sintiendo como el Elfo respondía al estimulo. Entreabrió los ojos y observó el bello rostro del rey, respondiendo al suave movimiento del beso.
Los labios de Thranduil se separaron de Thorin y el Elfo se irguió de nuevo sobre el abdomen del Enano. Solo en ese momento, Thorin notó los detalles de la ropa. Llevaba un jubón esmeralda de cuello alto ribeteado con filigrana de oro en forma de pequeñas hojas, y botones también de oro con grabados orgánicos que a simple vista no pudo distinguir. El intenso color verde del atuendo hacía que su piel se viera mucho más blanca de lo que ya era. Thranduil se desabrochó un botón con dos de sus largos dedos. Una porción del níveo pecho era ahora visible. Thorin lo observaba sin pestañear. Parecía mágico. Thranduil era una criatura extraordinariamente bella, que emitía luz propia, a veces cálida y acogedora como una hoguera en medio del camino y a veces tan gélida como una noche de invierno. El segundo botón estuvo liberado. Thranduil comenzó a mover su abdomen, suave y profundamente, de arriba abajo, estimulando la entrepierna del Enano que ya estaba tan dura como la misma montaña de Erebor. Thorin estaba hipnotizado, observando el movimiento rítmico de su rey amante sobre su cuerpo protegido solo por las ropas de algodón y que sin duda dejaban en gran evidencia su nivel de excitación.
Thranduil siguió desabrochando su jubón. Cuando llegó a un nivel que Thorin pudiese alcanzar, liberó su brazo izquierdo y lo llevó sobre el siguiente botón. No habló, pero su expresión le decía "Adelante". Thorin obedeció.
Con dedos ágiles, fue desabrochando cada botón de oro que sucedía al otro, dejando cada vez más al descubierto el vasto pecho níveo del Elfo que parecía tan frio como la nieve, sin embargo cuando le acarició con la palma de su mano encontró un nicho mucho más cálido de lo que pudieron haber sido sus aposentos en toda su vida. Deseaba acercarse más, acurrucarse en él, besarlo, tener más contacto, pero no podía moverse, estaba atrapado en una prisión invisible que cada vez resultaba más tormentosa.
De repente, el Elfo comenzó a moverse salvajemente sobre la entrepierna del Enano, fuerte, rápido, con profundos movimientos, haciendo que Thorin gritara para sus adentros, sintiendo la necesidad de arquear la espalda, de mover los brazos, de enterar las uñas en la suave piel del rey, pero no podía. Miró hacia abajo y vio el bulto que sobresalía del pantalón de Thranduil, el cual frotaba contra el Enano. Podía sentir la erección del Elfo contra la suya, apretándola, rozándola con fuerza. Sintió que se corría.
Despertó con la horrible sensación de que caía al vacío. Su cabeza dio vueltas tratando de reponerse al impacto. Estaba en su habitación, envuelto en las pieles de lobo. La luz de la tarde a penas y entraba por la terraza. Un viento gélido golpeaba las cortinas y ondeaba las sabanas de su cama. Apartó las pieles de su regazo y observó que sus pantalones estaban húmedos. Metió su mano y sus dedos se cargaron del líquido espeso que envolvía todo su miembro. Al menos eso no había sido un sueño. Se volvió a recostar agotado y con esa extraña quietud en la mente después del acto.
