(Omg no tengo perdón T_T pero la universidad consume todo mi día. Por suerte estoy por salir... ¡mil disculpas por la espera! Espero que lo disfruten :D)
Las colosales puertas de oro se abrieron, acompañadas por su usual sonido pesado. La colorida y pomposa corte del rey esperó, expectante, con la vista fija en la abertura. Se escucharon unos pasos. Todos los presentes murmuraban desde sus asientos a los costados del salón. Thorin, al pie del trono de su abuelo, apretó los puños.
Entonces lo vio.
Llevaba una túnica de color índigo, bordada con finos hilos de plata, que hacían que las ropas tomaran un tono metalizado. Su cabello caía en cascada sobre su espalda, y la corona reposaba sobre su cabeza. Las botas negras hacían un considerable eco en el salón, mientras el Elfo se dirigía al estrado con paso espléndido, seguido por otros dos más, parte de su séquito.
Si estaba ofendido, no lo demostró. La corte no disimuló el disgusto al verle mostrando tanta altanería mientras pisaba el castillo del rey Enano; los murmullos ahora inundaban todo el salón y Thranduil caminaba a través de ellos como dentro de una burbuja, donde nada de aquello era capaz de alcanzarle.
Thorin no supo hacia dónde dirigir la vista. La culpa le invadía por sentirse incómodo ante la descortesía de su abuelo para con el Elfo; sin embargo trataba de convencerse de que se lo tenía merecido… ¿o no? No estaba seguro de lo que debía pensar… sus pensamientos eran un caos dentro de su cabeza.
El camino del Elfo se sintió infinito. Se detuvo a unos pasos bajo el estrado real y miró a los ojos al rey. – No fui notificado que celebraríamos esta clase de tertulia, Alteza, pude haber traído a mi corte también. – inquirió con cortesía burlesca.
- Tampoco fui notificado del asunto de nuestra reunión privada, Alteza. Es una pena que las cosas no siempre se den del modo más cómodo para usted. – contestó Thrór con tono desafiante.
- Es una pena, de hecho. – dijo Thranduil sin ver ni una sola vez a Thorin. Este lo observaba por intervalos, primero al techo, luego a la multitud y por último, lentamente bajaba la vista para toparse con la figura del rey Elfo, con temor a encontrarse con sus ojos, pero este parecía como si ni siquiera hubiese reparado en su presencia. – Debo asumir, dado el trato que recibo, que la respuesta a mi petición es negativa.
- No lo es del todo. Espero que no tome a mal el hecho de que esta vez no tengamos una reunión privada, ya que si debemos fijar algo así de importante, me gustaría que luego lo que aquí se diga pueda ser atestiguado. – dijo Thrór.
- Hemos discutido su oferta con el consejo del rey – añadió Thráin - y se a decidido que sus ofrecimientos serían bienvenidos, más estamos dispuestos a renegociar el precio.
El corazón de Thorin saltó hasta la garganta. Nadie le había informado nada al respecto. Cuando se reunió con su abuelo, este parecía resuelto a no tolerar nada que proviniera de su homónimo, sin embargo ahora estaban ofreciendo una reconsideración.
- No podemos dispensar del príncipe Thorin. Como futuro heredero de Erebor después de su padre, su lugar está en su reino. – Continuó el rey – sin embargo, también estamos interesados en reparar y fortalecer las relaciones entre nuestra gente, por lo que estamos dispuestos a procurar un equivalente más próximo a sus ofrecimientos.
- Dos mil guerreros Enanos, más el libre paso para los elfos de Mirkwood por las tierras de Erebor. Además, estamos dispuestos a modificar nuestras leyes para que Elfos y Enanos de alta cuna contraigan matrimonio de manera legal, a excepción del linaje real directo al trono. – citó Thráin. Después de esto, se comenzaron a plantear los por menores de lo que sería en su totalidad el ofrecimiento del rey Enano, en especial este último punto, que era la causa de una gran polémica y división de opiniones entre los Enanos, sin embargo, como todas las cosas, la decisión pertenecía solo al rey.
¿Qué es lo que tú quieres hacer, Thorin hijo de Thráin?
El príncipe se sobresaltó. Sus ojos seguían posados en Thranduil quien mantenía su postura. Sin embargo, aquella suave y elegante voz inundó sus oídos. Los ojos de hielo veían al frente, pero Thorin sintió como si los tenía encima y le oprimían el pecho.
- Agradezco la reconsideración de la oferta, mis señores – dijo Thranduil luego que se terminaran de exponer los términos – pero mucho me temo que no estoy dispuesto a cambiar mis condiciones.
Hizo una leve inclinación con la cabeza y solo en ese momento, sus ojos llegaron a Thorin…
Lo único que me interesa eres tú. La decisión es solo tuya.
Con esto, sin esperar respuesta del estrado, dio media vuelta y se marchó, dejando a Thrór rebosando de furia por la insolencia del Elfo, a quien le seguían las miradas altivas y las expresiones ahora claramente despreciativas de toda la corte. Sin embargo, Thorin sabía que su abuelo lo dejaría pasar, al igual que lo hacía Thranduil en su momento, porque los dos eran consientes del poder que dominaban, suficiente como para convertir un par de palabras mal escogidas o mal intencionadas en todo un acontecimiento bélico, por lo que como de costumbre, aquellas faltas eran ignoradas. Al menos oficialmente, por supuesto.
Las puertas de oro se cerraron con un sonido sordo. Thorin clavó su mirada en la ranura, mientras escuchaba aquellos susurros dentro de su cabeza.
La decisión es tuya, Thorin. Tú sabrás donde encontrarme.
Más tarde, luego de la audiencia con Thranduil, Thrór y su familia celebraron una reunión privada, en los aposentos reales.
- ¿Ves que tenía razón? – decía Thrór mientras bebía de una corriente jarra con cerveza – No le interesa nada que tenga que ver con las relaciones entre nuestros reinos. Te quiere a ti, aún no estoy seguro por qué, pero lo voy a averiguar. – Thorin apartó la vista antes de encontrarse con los penetrantes ojos del rey, que lo conocían más de lo que él mismo se imaginaba. - ¿Se ha acercado a ti? – inquirió el viejo Enano, observando a su nieto detenidamente, y aunque Thorin sabía que su abuelo no desconfiaría de su palabra, aquello le puso los nervios a flor de piel.
- No. – contestó rapidamente. – por supuesto que no.
- Bueno, dímelo de inmediato si llega a suceder. Si cumple con su palabra, se irá mañana mismo, ahora que ya obtuvo una respuesta. Pero no estaré tranquilo hasta que lo vea perderse en la lejanía – contestó fastidiado, llevándose la jarra a los labios y bebiendo largamente, mojándose la barba y las ropas del líquido dorado que se le colaba por las comisuras de la boca.
Aquello hizo que una chispa de desesperación se encendiera en sus adentros. Se iba mañana, a Mirkwood… a semanas de distancia de Erebor…
Luego de realizar lo que estaba pensando se reprimió para sus adentros. Era lo mejor… que se marchara de una vez… así todo volvería a la normalidad.
Terminó la reunión con su familia luego de un largo y abundante almuerzo, y decidió marcharse a sus aposentos para descansar, y de paso evitar cualquier contacto con los elfos quienes parecían encantados con el castillo, yendo de un lado a otro todo el día y como consecuencia, haciéndole creer al rey que no hacían más que espiarle: "No tienen las orejas así por mera apariencia" había dicho mientras se alimentaban "Si Thranduil no se va mañana mismo, puedo ser tan descortés como sea necesario." Recordar esas y otras palabras dichas por su abuelo le hicieron soltar una carcajada divertida, mientras observaba a dos doncellas de Thranduil quienes se inclinaron educadamente y con mucha gracia cuando pasaron junto a él por el pasillo.
Llegó a sus habitaciones y al momento de cerrar la puerta a sus espaldas, divisó un paquete blanco sobre la cama.
No obstante, antes de que pudiera ir por él, escuchó un sonido en la otra sala y se sobresaltó. No estaba solo.
Lentamente se acercó a la pared que dividía el dormitorio con su sala privada y escuchó. Su corazón latía desenfrenado y las gotas de sudor se deslizaban suavemente por los bordes de su rostro hasta perderse en la espesura de las barbas.
Tragó saliva y escuchó como unos pasos se acercaban, sin embargo…
- ¿Mi señor?
La voz de una de sus criadas hizo que el plomo sobre sus hombros desapareciera repentinamente, haciéndole sentir como un completo idiota. Lo esperaba… Si, de algún modo ilógico y hasta imposible, esperaba que Thranduil hubiera estado ahí… se avergonzó tanto que ni siquiera fue capaz de mantenerle la vista a la vieja criada que se había acercado a él.
- ¿Sucede algo, mi señor? Le noto cierta palidez… - dijo la Enana acercándose más a Thorin, sin embargo este se dio media vuelta y con cierta rudeza preguntó - ¿Qué es eso de ahí? – refiriéndose al pequeño paquete sobre su cama.
- Oh. Pues el paje del rey Thranduil me pidió cortésmente que le entregara esto a mi señor – dijo la anciana – lo describió como un regalo del rey Elfo para usted, antes de la partida.
Thorin no se movió. Sus ojos azules observaban el paquete, abiertos como platos. Sus labios se separaron como si estuviera a punto de hablar, pero no dijo nada.
- Me pidió que fuera discreta con el paquete, mi señor, por eso no le conté a nadie, no antes de que usted me lo permitiera.
Thorin se alivió por el proceder de la Enana. Le dedicó la mejor sonrisa que pudo fabricar en aquel momento, y le permitió marcharse, no sin antes dejarle bien claro que no era en absoluto necesario que alguien más se enterara de lo sucedido, concediéndole además el no volver a sus labores hasta mañana, dado que la anciana solo se ocupaba de él.
Cuando se encontró solo, se acercó lentamente al paquete cuadrado y lo tomó suavemente entre sus manos. Notó que estaba grácilmente envuelto con una fina seda color marfil, decorada con diminutos diamantes que formaban pequeños rombos por toda la tela. Su amarre dispuesto de manera cuadrada era de una delgada lana del mismo color. Lo desató con cuidado y descubrió una caja de madera negra sin grabados, pero muy elegante. Se quedó observándola unos segundos. El tamaño excedía un poco el de la palma de su mano, pero seguramente lo que contenía era mucho más pequeño. Por un momento no estuvo seguro de lo que quería hacer, si dejarla ahí o incluso deshacerse de ella o… ver lo que contenía. No podía dejar de pensar en lo mal que le sabía caer en los juegos de Thranduil… estaba harto de sus mentiras y estaba furioso consigo mismo por consentirlas.
Sin embargo, sus dedos tomaron el borde de la caja y lentamente fue levantando la delgada cubierta.
Observó maravillado la piedra redonda de un azul nunca antes visto que yacía sobre una base acolchonada de negra. Era tan intenso que resplandecía contra la piel del príncipe cuando la dejó caer en la palma de su mano. Encajaba perfectamente cuando cerraba su puño y era totalmente ligera.
Notó que había algo dentro de un compartimiento de tela en la superficie de la caja, la extrajo y advirtió que era un pedazo de pergamino.
"Lapislázuli porque la recordé en tu mirada. Llévatela al corazón y estaré contigo."
Thorin observó la caligrafía del pergamino por unos momentos. La tinta era negra y la letra muy fina y ligeramente inclinada. Apretó la piedra en su puño y lentamente fue acercándola hasta que la topó en su pecho. De inmediato le invadió una calidez acogedora. Una sensación de felicidad y sosiego parecían emerger de la piedra e inundar sus sentidos. Se dejó caer en la cama y permitió que aquella conmoción le cubriera como un manto.
En ese momento, se llevó la piedra a la boca y la besó, sintiendo una tibieza propia del cuerpo humano y mantuvo sus labios pegados al artefacto de azul intenso hasta que la quietud le condujo a un profundo sueño.
