Observó como el líquido rojo se arremolinaba mientras lo vertía dentro de la copa de cristal. Lo acercó a su nariz para percibir la esencia del vino antes de tomar un trago. Faltaban un par de horas para comenzar el camino de regreso, sus criados iban de un lado a otro terminando con los últimos preparativos para el viaje.
No podía evitar sentir que había sido derrotado. Las cosas se habían tornado un poco más complicadas de lo que imaginaba, principalmente por la falta de cooperación del Enano, quien parecía resuelto a decir "NO" a cualquier ofrecimiento por muy fútil que fuere que proviniera de Thranduil. Había intentado acercarse a él durante el resto del día, pero fue imposible. Aparentemente se había confinado él mismo en sus habitaciones, dispuesto a permanecer dentro hasta que el rey se marchara. Aquello no hacía más que confirmarle que su cortejo de hecho había funcionado, pero Thorin sin embargo, no permitiría que algo más sucediera.
- Mi señor, dentro de una hora más nos entregarán los abastecimientos de alimento que hemos solicitado; han prometido comida digna de su persona, Alteza, por lo que ruegan que se les conceda ese lapso de tiempo más para terminar con los preparativos. – le comunicó su paje, un joven elfo de cabellos oscuros y ojos devotos. Thranduil no respondió, de hecho, ni siquiera había reparado en su presencia antes de que comenzara a hablar, simplemente se limitó a bajar la vista y mover circularmente la copa entre sus dedos.
- ¿Estás seguro de que entregaste el paquete a la persona correcta? – preguntó luego de un rato, con la vista en algún punto del espacio.
- Si, Alteza.
- ¿Qué hay de la información que te pedí?
- Cuatro son los pretendientes oficiales del príncipe Thorin. Todos ellos tienen relación con el linaje de Durin… parientes lejanos.
- Género.
- Dos machos y dos féminas, mi señor.
Sumido en sus pensamientos, el rey inclinó la copa lentamente hasta que el líquido rojo empezó a caer sobre la mesa. - ¿Desea que averigüe algo más, mi señor? – preguntó el paje tomando la copa vacía que el rey le entregaba. Thranduil solo movió la cabeza, indicándole que no había nada más por hacer. Había permanecido en Erebor alrededor de dos semanas, y la confianza con la que había arribado ya no era la misma ahora. Pensó que entregándole aquel obsequio a Thorin haría alguna diferencia, más sin embargo el joven Enano parecía decidido a rechazarle. Se preguntó si sabría lo que aquella piedra significaba…
- Mi señor. – Uno de sus guardias se acercó con un pergamino en la mano. De inmediato, Thranduil notó que tenía el sello de cera del rey.
"En vísperas de su retorno al magnífico reino de Mirkwood, Erebor celebrará, en nombre del ilustre rey Thranduil, un banquete de despedida y de buena suerte, esperando que su importantísima persona pueda estar presente en los salones principales del castillo a la primera hora de la noche.
Con toda mi gratitud y respeto:
Thrór, rey y protector del reino de Erebor."
Thranduil soltó un bufido divertido – nuestro cortés anfitrión celebrará una fiesta de despedida. Naturalmente es una forma elegante de hacer que nos marchemos mañana mismo. - comentó entregándole la carta a uno de sus criados. – Aunque me pregunto si habrán otras intenciones detrás de todo esto… A veces no sé si es demasiado listo o demasiado estúpido – dijo entre risas mientras volvía a sentarse de nuevo en la enorme silla de roble - Preparen mis mejores galas – anunció a todos los presentes – puede que esta sea mi última oportunidad.
Después de tomar un largo baño con flores aromáticas, su criado le puso una pulcra manta sobre la cintura y le tendió la mano para ayudarle a salir de la tina. Thranduil se sentó sobre una silla de madera acolchonada y permitió que le cubriera el cuerpo con aceite de azahar, esparciéndolo con profundos masajes sobre su piel.
El atuendo era de las más finas sedas, tejido a mano con hilos de oro, que hacían que tomara un elegante tono dorado, aún cuando la tela fuese de color marfil. Llevaba hombreras cuadradas y las mangas terminaban en una larga V a tres cuartos de su brazo. Era ajustado en la cintura hasta la mitad de sus muslos, donde terminaba en la parte de adelante pero continuaba en la trasera, culminando en una cola que sobresalía pocos centímetros del suelo. Los pantalones eran de color beige, considerablemente ajustados y las botas de un café oscuro, casi ocre. Los criados le cepillaron el cabello hasta que estuvo seco y le hicieron un peinado semi recogido, asegurándose de dejarle el rostro libre de cualquier invasión de mechones.
Otro elfo se acercó con una caja de madera repleta de pequeños frascos de aceites aromáticos de toda índole, desde las flores silvestres más comunes del bosque, hasta esencias totalmente desconocidas para aquellas tierras; sin embargo, Thranduil optó por el jazmín, sabía que era el aroma con el que Thorin le identificaba.
Y para resaltar el atuendo, escogió un gargantilla de oro con decoración orgánica y un brillante rubí al centro en forma de ovalo inclinado.
Se observó unos instantes en el enorme espejo al centro de la estancia y estuvo complacido.
Dos doncellas se acercaron con la caja de roble y sacaron la corona del rey de los elfos, y la colocaron lentamente sobre la cabeza del soberano.
Habían dispuesto cien mesas de diez metros de largo por todo el salón, los gigantescos candelabros con cientos de candelas colgaban ya del techo, iluminando cada rincón del recinto. Los criados iban y venían haciendo equilibrio con las enormes bandejas repletas de comida y los barriles de cerveza estaban ya disponibles como para abastecer a todo el reino, aunque por supuesto, al banquete solo asistían las cortes de los reyes.
El estrado real disponía de dos niveles, en el más alto había cuatro asientos, los dos del centro para los reyes y los dos en los costados para la familia cercana del anfitrión, dado que Thranduil no había llevado a ningún pariente.
Ya estaban todos los invitados dispuestos en sus asientos de honor cuando entró la comitiva de los reyes. Thrór y Thranduil iban juntos en primera fila. Seguidos por Thráin y Thorin, a los que les precedían las familias de más alto rango de Erebor, quienes eran en su mayoría descendientes del linaje de Durin, además de la corte del rey Elfo.
Al llegar al estrado, Thranduil notó que Thrór le cedía el asiento a su derecha a su hijo, Thráin, lo que le dejaba a Thorin el asiento junto a Thranduil, acción lógica, dado que su descendiente próximo era Thráin, no el joven príncipe.
Thranduil observó a Thorin cuando se sentó a su lado. Llevaba una túnica verde musgo, bordada con hilos de plata, y adornada con una hilera de grandes botones dorados con grabados de runas antiguas al centro. Un gran cinturón de hierro le rodeaba la cintura y sus pantalones y botas eran de piel negra, con revestiduras de metal. Llevaba sujeto el cabello con una pinza cilíndrica de plata y los mechones de adelante caían sobre sus hombros como trenzas perfectas. Su barba también había sido trenzada, y la joya plateada que la adornaba tenía pequeñas incrustaciones de esmeraldas.
Luego de que los reyes y herederos estuvieron sentados, ocho Enanos que constituían parte de la comitiva de Thrór se instalaron en el segundo nivel del estrado. Thranduil los observó con detenimiento; eran cuatro machos y cuatro féminas, la mitad de ellos tan jóvenes como Thorin, lo que significaba que eran los pretendientes oficiales para contraer nupcias con el príncipe.
Sus atenciones fueron atraídas por la sonora voz del rey dando las palabras de bienvenida e iniciación del banquete. Luego se hizo un brindis en nombre del rey Thranduil y comenzaron con el primero de 25 platos que comerían aquella noche.
- Espero que hayas disfrutado del obsequio que te envié. – comentó luego de un largo silencio incomodo entre los dos, fingiendo observar todo el movimiento del ambiente.
- Oh. Si, lo hice. Me disculpo por no haber tenido la oportunidad de agradecer por el detalle. – contestó manteniendo la vista fija sobre el plato. La voz resultaba fría, pero sin embargo y a pesar de la forzada cortesía, Thranduil podía leer el lenguaje corporal del Enano, y era claro que sentía muchísimo más de lo que expresaba.
- Así que de hecho lo recibiste. – dijo entre risas – pensé que tus guardias se desharían de él, por considerarlo un intento de asesinato.
Thorin no contestó, solo se limitó a comer a grandes bocados los trocitos de pollo al horno con limón, el plato que era parte de las 5 entradas del menú de la noche. Thranduil no dijo nada más, al menos no de la forma convencional…
"¿Sabes lo que significa?"
Disfrutó ver como Thorin se sobresaltaba y le enviaba una mirada confusa. Sus ojos azules se desviaron rápidamente al plato de comida y se inclinó muchísimo más sobre la mesa, como si aquello fuese suficiente como para alejar la voz que se colaba por sus oídos.
No obstante, antes de que Thranduil pudiera decir algo más, un Enano fornido y de barbas rojizas se acercó a Thorin. El Elfo supo que era uno de los pretendientes que estaban sentados en el estrado. Al notar que Thranduil lo observaba, se inclinó levemente y exclamó – Espero no estar interrumpiendo alguna conversación, Alteza, pero estaría satisfecho con que el príncipe Thorin me brindara solo unos pocos segundos de su atención.
Thranduil no respondió, sus ojos de hielo pasaron de estar sobre el joven Enano de cabellos rojos a observar la reacción de Thorin, quien parecía que la tensión lo había convertido en piedra. Al notar que el Enano no decía nada, Thranduil hizo un suave ademán con su mano, para indicarle que tenía permiso de hablar.
- He traído un regalo para usted… - dijo al tiempo que extraía una pequeña bolsa dorada de una de sus mangas. Thorin lo tomó haciendo una leve inclinación con la cabeza a manera de agradecimiento y desató el cordón de la bolsa, descubriendo un pesado anillo de plata, con una gema amarilla al centro y grabados en Khuzdul alrededor. Thranduil no pudo leer lo que tenía escrito, puesto que Thorin recordó las habilidades ópticas del elfo, y lo apartó lo más que fuere necesario de sus ojos. – Pertenece a mi Casa, mi señor – continuó el Enano – es uno de los dos anillos que me obsequió mi señor Padre al nacer, y ahora le pertenece a usted, en el nombre del profundo amor que profeso.
- Lo aprecio. – contestó Thorin con esa cortesía fría que tanto le caracterizaba y el otro Enano aguardó unos segundos en espera de más palabras, y al notar que aquello era lo único que iba a obtener, hizo una reverencia y se marchó.
- Hermoso detalle. – comentó el rey luego de que el Enano de cabellos rojos se sentó en su lugar – pero no pareces muy complacido.
- Ellos están obligados a darme obsequios. Es parte de la formalidad. – contestó concentrándose de nuevo en el plato de comida.
- ¿Ellos? – preguntó, y aunque sabía la respuesta, estaba interesado en lo que Thorin pudiera decir al respecto. El joven Enano soltó con brusquedad el tenedor y lo observó, sin intentar disimular su molestia. – Asuntos personales, Alteza. Nada que pueda merecer su interés.
Y con eso, se levantó y caminó hacia una de las puertas laterales. Thranduil observó a su alrededor, nadie parecía haber notado que el príncipe se marchaba; el rey estaba ocupado bebiendo de un enorme cuerno de mamut, que dos doncellas Enanas trataban de mantener equilibrado sobre su boca mientras la mayoría de gente alrededor reía y gritaba palabras de ánimo. Más adelante, los bufones deformes entretenían a los presentes haciendo tonterías y contando chistes sin ningún sentido o incluso burlándose cruelmente de los mismos invitados, sin embargo la gente reía hasta atragantarse, Thranduil lo atribuyó a los efectos de la cerveza.
Dado el panorama, aprovechó la oportunidad para escabullirse detrás del joven Enano y aunque, por supuesto, le fue imposible pasar desapercibido, se disculpó con palabras amables y galantería, consiguiendo llegar a la puerta por la que Thorin había salido.
El aire frio le golpeó el rostro cuando la puerta se cerró tras de sí. El eco de la animada música conseguía colarse por la enorme pared de piedra, sin embargo el Elfo agradeció por la relativa quietud que reinaba en los pasillos del castillo.
Siguiendo sus instintos, caminó por el pasillo a su derecha, prestando atención a lo que sus oídos le decían. Por suerte, había poca vigilancia en esa parte del castillo, la mayoría de caballeros se encontraban haciendo guardia alrededor del salón principal y a las afueras del castillo, o en cualquier caso, emborrachándose en el banquete. Por lo que sin demasiados incidentes, después de vagabundear alrededor de diez minutos, encontró lo que buscaba.
- De las miles de terrazas existentes en esta inmensa montaña convertida en castillo, me complace encontrarte aquí. – dijo atrayendo la sorpresiva atención del Enano, quien estaba sostenido sobre sus codos en el barandal de piedra de la terraza, aquella misma en la que se habían encontrado a solas la primera vez. Thorin no dijo nada, solo lo observó con expresión inquieta. – Mis obsequios no son una formalidad. – comentó luego de acercarse lo suficiente para que sus susurros fueran escuchados, aunque sin invadir demasiado el espacio personal del Enano. – Son una muestra de necesidad.
Lo observó fijamente a los ojos. Podía leer cualquier cambio en su expresión, aunque sus palabras siempre fueran en la dirección contraria. Thranduil podía ver como se desataba una batalla interior, entre lo que deseaba y lo que debía hacer.
- Como te pregunté antes… ¿Sabes lo que esa piedra significa? – dijo observando el pequeño bolsillo que la túnica tenía a un costado. Thorin la cubrió con su mano con evidente incomodidad.
Thranduil sacó de las mangas una piedra idéntica, el mismo tamaño, el mismo azul intenso… sin embargo, esta tenía pequeños brillos blancos, como si se trataran de estrellas. – Muéstramela… - ordenó el rey. Thorin fue sacándola lentamente del bolsillo, y para su sorpresa, la suya también presentaba aquellas pequeñas manchas brillantes.
- Son dos partes de la misma piedra. – dijo acercándose más – Estos artefactos no son simples gemas preciosas… Es una creencia entre nuestra gente, que estas piedras, traídas de las tierras más allá del mar y trabajadas con magia élfica antigua, son un indicador para quienes están destinados a encontrarse y permanecer unidos. Las piedras no brillan de la misma forma si quienes las portan no están a su vez de alguna manera conectados. – dijo con una leve sonrisa en el rostro, observando cómo las estrellas cambiaban y se movían en el cielo oscuro de las lapislázulis. – Estas habían permanecido olvidadas… tú las trajiste de vuelta.
Los ojos azules lo observaron esta vez fija y directamente. Thranduil pudo notar la pasión que ardía ahora en aquellos pozos solitarios. – Tienes que detenerte… - susurró – no podemos continuar con esto. - Thorin se volteó hacia la ciudad que yacía a sus pies. Thranduil se acercó más, posó lentamente una mano sobre el hombro del Enano, y se inclinó para alcanzar su oreja – Ven conmigo. Aún no tienes las responsabilidades de manejar un reino. Ven conmigo antes de que sea demasiado tarde… para los dos.
Sabía lo difícil que era para el orgulloso príncipe de Erebor ir en contra de las palabras de su rey, de sus principios, de sus obligaciones… y sin duda aquello encendía mucho más la determinación de Thranduil. Bajó lentamente su mano hasta encontrar la de Thorin, y la tomó con fuerza. El príncipe se volteó y observó desde su altura a la blanca criatura frente a sí. - ¿Qué es lo que realmente buscas? – susurró con tono grave, aunque sin soltar la pálida mano que le sostenía. – Lo que tú estés dispuesto a darme. – contestó el Elfo colocando la mano libre sobre su mejilla; sin embargo esta vez el Enano se soltó con brusquedad y añadió – No es una respuesta suficiente para mí. Solo intentas engañarme.
Con esto, comenzó a caminar a grandes zancadas hacia las escaleras. Thranduil lo alcanzó a medio camino, exclamando con voz estridente y por primera vez, enfadada – ¡Deja de repetir las palabras de Thrór! - y con un movimiento brusco lo tomó de los hombros y lo contraminó a la fría pared de piedra. - El trato está roto. – continuó - Esto ahora nos pertenece solo a nosotros dos. No busco nada más de lo que tú estés dispuesto a dar. Te pedí una noche… tan solo una noche. Empecemos desde ahí. – Thorin no dijo nada, pero sus ojos expresaban la duda que le consumía en aquel momento. El Elfo posó una mano sobre el cinturón de hierro que abrazaba la cintura del Enano. Thorin intentó moverse, pero sin demasiada seguridad. Thranduil lo sujetó con más fuerza. – Ven conmigo, Thorin.
Los ojos azules se enfrentaron a los fríos. Thorin tomó la mano que estaba sobre su cintura con ímpetu y la mantuvo a la altura de sus ojos – Esto está destinado a terminar en desgracia. – dijo con gravedad. Thranduil tomó el brazo que le sostenía con su mano libre, e igualando la fuerza que lo prensaba, contestó – Piensa en lo que será de ti si te rehúsas. – Thorin se sorprendió de la respuesta, lo observó con irritación y se soltó bruscamente; sin embargo Thranduil volvió a sujetarlo de la muñeca. - ¿Crees que no sé de todas esas veces que has pensado en mí? – dijo con una extraña sonrisa en el rostro. Sus ojos brillaban en la oscuridad, como si fueran la fuente de desconocidos hechizos élficos, como aquellos que se mencionaban en antiguas canciones o cuentos de pequeños. – Sé que me necesitas también… - susurró acercando sus blancos labios a los del Enano, como lo había hecho la primera vez que se encontraron. De inmediato, su lengua entró a la boca del príncipe, ahogándose en un beso desenfrenado, frenético, sus lenguas chocaban, y sus labios se movían sin paso, solo buscando devorar la carne del otro. Thranduil sintió la como la barba del enano le rozaba la piel y la fría saliva se unía al calor de las respiraciones.
"Si no vienes conmigo, Thorin, asediaré tu mente todas las veces que sean necesarias, hasta que corras a Mirkwood por tu cuenta, y lo pidas de rodillas."
Haló sus hebras negras hacia atrás, logrando que la pinza de plata que las sujetaba cayera al piso con un agudo sonido que perturbó la quietud del pasillo. Thorin puso su mano pesada sobre el brazo del elfo y apretó con fuerza mientras sentía como el rey hundía su mano por su túnica en busca de su miembro.
"¿Lo ves? Me deseas tanto como yo te deseo a ti." – susurró la suave y erótica voz dentro de la mente del Enano mientras la criatura mágica sujetaba su duro miembro sobre la ropa interior.
No obstante, repentinamente entre jadeos, Thranduil se despegó del Enano y volvió sus ojos atentos al final de las escaleras, donde comenzaba el pasillo. Thorin lo observó sumido ahora en el desconcierto y el temor, susurrando - ¿Hay alguien…? – Thranduil no respondió, pero quitó sus manos de encima del Enano y mantuvo su vista en el mismo punto – Contéstame, maldita sea… - suplicó el príncipe observando la expresión grave en el hermoso rostro de Thranduil.
- No es seguro aquí. – dijo escudriñando las sombras. – Escucho movimiento… - Thorin lo sujetó por el cuello de la túnica con violencia, obligándole a inclinarse hasta que sus narices se encontraron – He preguntado si alguien nos vio. – Dijo airado. Thranduil se soltó bruscamente y lo observó con aquella mirada despreciativa desde su altura – No olvides tu lugar, Thorin. No vuelvas a tocarme de esa manera. – sentenció acomodándose la túnica de nuevo. – Y no, no hay nadie ahí. – continuó - Lo que escuché seguramente fueron los pasos de los imbéciles borrachos que comienzan a salir del Salón para vagar por el castillo. Sin embargo, no podemos arriesgarnos más de lo que ya lo hemos hecho. No tengo más opción que marcharme mañana mismo, gracias a la cortesía de tu rey; de hecho... - se acercó de nuevo a Thorin, haciéndole retroceder hasta que se encontró de espaldas con la pared. - no me quedan más que un par de horas… - Observó directamente a Thorin, en espera de la respuesta.
El príncipe le devolvió la mirada desafiante, sin embargo, luego la desvió en dirección a la terraza, donde la luz de la luna hacía retroceder a la penumbra hacia las profundidades de la montaña.
- Lo haremos a mi manera. – resolvió.
- A tu manera será. - Thranduil no pudo evitar sonreír.
Lo había conseguido.
