CAPITULO 1: MÁGICOS RECUERDOS

Hogwarts ▪ Terrenos ► Carruajes ▪ 17:05 hrs. ▪ Domingo 30 de Junio ▪ Nublado

Otro curso que llegaba a su fin. Resultaba increíble lo rápido que pasaba el tiempo, especialmente desde que dieron comienzo los exámenes finales.

Después de creer que no iba a aprobar Transformaciones y, mucho menos, Historia de la Magia, me sorprendí bastante de haber aparecido en los últimos puestos del ranking de las notas sobresalientes.

Me alegré tanto por ello que, en la fiesta de fin de curso, bailé, grité y canté como nunca lo había hecho o al menos eso es lo que mis amigos dicen.

—¿Pero como no ibas a hacer semejante espectáculo si tenias más de diez vasos de hidromiel añejado encima? —me decía Xio mientras hacía levitar su baúl con todas sus cosas y cargaba la jaula de su lechuza azulada, Misty, hacia los carruajes que nos llevarían a la estación del tren en Hogsmeade.

Xiophea Ling, cuyo nombre completo odiaba a morir, era mi mejor amiga desde que tenía memoria. Nuestras madres habían asistido juntas a Hogwarts y desde entonces jamás se separaron. Lo curioso de nuestro caso es que nuestros padres también asistieron juntos al colegio, eran muy buenos amigos, pero jamás repararon en nuestras madres. El padre de Xio vino a conocer a su madre cuando se quedo a cargo de la panadería de sus abuelos en el Callejón Diagon. Por otra parte, mi padre conoció a mi madre hasta que ambos trabajaron juntos en el Ministerio de Magia. De hecho, nuestras madres fueron las causantes del reencuentro de nuestros padres, ya que el señor Ling era un buscador de tesoros empedernido que viajaba por todo el mundo y tenia escaso tiempo de sobra.

—¡Menudo cabrón! Yo creo que solo querías llamar la atención. No sería la primera vez. ¿Recuerdas cuando el calamar gigante te raptó y casi te ahoga? ¿O cuando en la clase de vuelo te fuiste a estrellar contra los invernaderos? ¿O cuando trataste de hechizar a Fred Templesmith y el hechizo te reboto en los pantalones y comenzaste a sacar espuma por el…?

—¡Bueno, bueno! Ya me quedó bastante claro tu punto, Ethan. Gracias por recordarme mis mejores momentos en Hogwarts —dije fulminando con la mirada al chico que venía caminando junto a nosotros.

—De nada, Jackie. Ya sabes que siempre es un placer. Aunque para ser honestos, todo eso solo ocurrió en nuestro primer curso —se burló, lanzándome una de sus sonrisas que lo hacían parecer inocente y tierno, algo que ni en mis más retorcidos sueños podía llegar a creer.

Ethan Pevensie era lo que me gustaba describir como «un amigo por accidente». Tuve la fortuna de que él estuviera cerca para impedir que me ahogara cuando el calamar gigante decidió «jugar» conmigo. Desde entonces, el chico había pasado a ser una especie de guardaespaldas para mí. Me cuidaba de los brabucones que se metían conmigo a cambio de hacerle los deberes que él pasaba de hacer, que hasta eso, no eran muchos. Claro que me veía en apuros cuando era temporada de quidditch, pero de ahí en fuera nunca me cargaba la mano.

—Ya déjalo en paz. Y deberías decirle a Lust que hiciera lo mismo con Goliat —exclamó Xio, señalando hacia la jaula de mi mini crup, que tenía toda la pinta de un Jack Russell Terrier al que le había tenido que cortar su cola bífida desde muy pequeño por estatutos legales.

El endemoniado kelpie de Ethan se había transformado en una serpiente y se había enroscado en toda la jaula de Goliat, impidiendo que pudiera ver hacia el exterior. Antes de que pudiera reclamar, Ethan sonó el silbato con el que controlaba al animalejo y este se transformó en un cuervo que se fue a posar a su hombro.

—No entiendo que fijación tiene tu maldito kelpie con Goliat —bufé y fui a sacar a mi pequeño crup de la jaula, dejando que flotara vacía junto con mis demás cosas.

El pobre se encontraba todo asustado e inquieto, por lo que había comenzado a comerse los barrotes, así que lo abracé para tratar de tranquilizarlo.

Desde que se había abierto la brecha de opciones de mascotas en Hogwarts, todo el mundo había querido lucirse con los animales que traían consigo. Había desde conejos cornudos, hamsters voladores y delfines multicolor, hasta criaturas mágicas como los jarvey, hadas y el propio kelpie de Ethan. Por supuesto, todas las mascotas debían contar con certificado de entrenamiento, de lo contrario no podían entrar al colegio. Desde luego que había gente que añoraba las viejos tiempos, como Xio, por lo que aún traían los típicos gatos, sapos y lechuzas.

—¡Hey, Xio! ¡Xio! ¡Espera! —gritó una voz detrás de nosotros.

Se trataba de Dennis Sanders, el guapísimo buscador del equipo de quidditch de Gryffindor y eterno rival de Ethan. Corrió hasta Xio y le extendió una tímida sonrisa que, olímpicamente, ella pasó por alto.

—Hola Jack —me saludó amablemente y luego volvió a dirigirse a Xio, ignorando por completo a Ethan— Creo que se te cayó esto. Accidentalmente lo pisé y se rompió. Primero pensé que era una baratija, pero luego al unir las piezas me di cuenta de que era tú…

En ese momento, Xio le arrebató de la mano lo que llevaba y lo miró con rabia. Apretó fuertemente la mano donde tenía el objeto, para luego cerrar los ojos por un breve instante. Respiro profundamente y luego le redirigió la mirada.

—Muchas gracias, Dennis. Espero que tengas un buen verano. Nos vemos el curso que viene —dijo mi amiga con una seriedad muy propia en ella—. Vámonos, chicos.

—Pero... yo… —balbuceó Dennis.

—Ya la escuchaste, Sanders. Nos vemos el curso que viene. —lo cortó Ethan, haciéndole un gesto con la mano bastante grosero y fuera de lugar.

Tal vez Ethan no entendía del todo la situación, pero con tal de ver sufrir a Dennis, no le importaba mucho el motivo. Yo por otro lado sí que la entendía.

Xio no quitaba la vista de su dije roto hecho de luminata, un metal mágico bastante raro y escaso en el mundo con propiedades y características muy parecidas al aluminio, pero este tenía la capacidad de almacenar recuerdos muy vividos, tan vividos que guardaba sensaciones para todos los sentidos, de tal forma que no solo podías revivir los recuerdos viéndolos y escuchándolos, sino también oliéndolos y tocándolos.

El dije de Xio solo podía almacenar un recuerdo debido a su tamaño, pero era todo lo que necesitaba para recordar a su padre. Fue el último obsequio que le dio, por su noveno cumpleaños, antes de partir a una de sus entrañables búsquedas de la cual nunca más regresó. Mi padre y un equipo de aurores lo buscaron por cielo, mar y tierra pero jamás dieron con el paradero del señor Ling.

—¿Aún sirve, Xio? —pregunté temeroso, mientras le ponía suavemente una mano en su hombro.

—Sí, distorsionado, pero aún lo veo. Lo que es un hecho es que no creo que pueda repararse. Debí de ser más cuidadosa… —dijo triste y amargamente mi amiga.

—Xio, la luminata se desgasta con el paso del tiempo. Ni cuenta te diste cuando se te cayó. Probablemente fue su propio peso el que hizo que se rompiera —le decía mientras le pasaba un brazo por detrás de sus hombros.

Aquel era un gesto que no me costaba mucho hacer, pues Xio a pesar de no ser bajita, yo era más alto que ella. El que si parecía un monstruo andante era Ethan. Alto, fornido y gruñón. Al parecer sus constantes prácticas de quidditch le habían proporcionado esa complexión, bastante distante de la mía cabe señalar. Esto se debía a que mientras Xio disfrutaba de la danza, la música y el arte, Ethan de los deportes, el riesgo y las insolencias, yo lo hacía con los libros, la naturaleza y, muy a mi pesar, los chicos.

En ese preciso momento, justo cuando llegamos a los carruajes, me di cuenta de que en el de al lado se encontraba Jérémie D'apest, el encantador y sexy sobrino del Profesor Salvatori, que más de una noche me había quitado el sueño con tan solo pensar en él. A pesar de que era dos años mayor que yo, nos conocíamos debido a que su tío y mi madre eran buenos amigos. De hecho, el chico resultaba sumamente guapo y encantador a primera vista, pero lo que realmente lo hacía cautivador, al menos para mí, era la humildad y sencillez que transmitía.

Jérémie se dio cuenta de que lo observaba y rápidamente se apresuró a brindarme una de sus destellantes sonrisas acompañada de su usual saludo con la mano. El sequito de Hufflepuff que lo acompañaban, en su mayoría chicas, voltearon a ver a quien saludaba su líder para luego lanzar miradas de incordio y desapruebo. En años anteriores eso hubiera bastado para que se me subieran los colores a la cara, pero ahora, el solo mirar a Jérémie me inspiraba paz y… una sensación que no sabía cómo describir. Lo saludé de la misma forma y le sonreí. Entonces me guiñó un ojo.

Aquel simple y sencillo gesto me hizo recordar la primera vez que lo conocí. Fue en una de las tantas comidas de fin de semana que mantenían mi familia, la madre de Xio y mi profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras desde que yo tenía memoria. Yo tendría escasos nueve años de edad, pero recuerdo bien la fecha porque fue en vísperas a que Jérémie entrara al colegio.

—Entonces, ¿Jérémie va a vivir aquí contigo para que pueda estudiar en Hogwarts, Sebastian? —había preguntado mi madre mientras bebía su té.

Jérémie, cuyos rizos le cubrían parte de sus ojos, se encontraba bastante quieto y sonriente a un lado del profesor, mientras que yo me encontraba entre mi padre y mi madre con la vista agachada, jugando nerviosamente con los dedos de mis manos. En esa ocasión Xio y sus padres no habían podido asistir porque su abuelo se encontraba enfermo, o al menos eso es lo que habían dicho. Ahora que lo pensaba, tal vez fue de esos días es que trataban de localizar a su padre sin obtener ningún éxito.

—Es correcto. Renata y mi cuñado insisten en que Beauxbatons es un tanto… blando. Y lo que Jérémie necesita justo ahora es un poco de mano firme.

—Pues precisamente es por eso que queremos enviar a Jack a estudiar a Francia. No sé si Hogwarts sea el ambiente más adecuado para alguien como él. Además el nuevo programa de estudios de Beauxbatons es bastante prometedor.

Recuerdo que esa fue la primera vez que me atreví a cuestionar la palabra de mi madre y también fue la primera vez que sentí lo que era ser infravalorado, aun cuando no lo comprendiera del todo.

—M-mamá… ¿Q-qué quieres decir con… a-alguien como yo? —solté de pronto, de una forma totalmente inapropiada en mi persona.

Tuve que haberles parecido triste o tal vez algo enojado, porque nadie me respondió de inmediato.

Desde que había comenzado a hablar, había sufrido de tartamudeo. Eso me llevo a la timidez y por consecuencia a la sobreprotección de mi madre, algo que notaba que tenían en común mi madre y la madre de Xio. Para mi sorpresa, en esa ocasión mi padre fue el que rompió el silencio.

—Hijo, lo que tu madre quiso decir es que tu eres un niño muy especial. Eres bastante sensible y sumamente noble y, bueno, tal vez no puedas encajar muy bien en Hogwarts debido a que tienen un sistema tradicional de aprendizaje que se basa en las habilidades individuales de cada alumno. En pocas palabras, en Hogwarts cada quien se hace responsable de lo que aprende y cómo lo aprende.

—En cambio, en Beauxbatons, la integración de los alumnos es esencial. Se basan en el respeto hacia sus semejantes, la naturaleza y la vida. Por ejemplo, mientras que en Hogwarts se imparten clases como Defensa Contra las Artes Oscuras —el profesor Salvatori le lanzó una mirada recelosa que rápidamente se apresuro a disimular— o Cuidado de Criaturas Mágicas, en Beauxbatons enseñan Magia Natural Defensiva y Apreciación de la Fauna Mágica. ¿Notas la diferencia? —soltó extasiada mi madre.

Lo que había notado de todo eso era que... me consideraban diferente. Pero no diferente, bueno y hábil, sino diferente, malo y débil. Por lo tanto requería de una educación como tal. Me sentía denigrado, casi como rechazado y, en ese momento, con ganas de llorar. De inmediato me puse de pie, tiré mis cubiertos pero no me importó, y salí corriendo hacia el jardín del profesor.

—Déjalo, Alice —escuche decir a mi padre cuando salía por la puerta, probablemente porque mi madre ya se había levantado de su asiento para ir detrás de mí.

Sí Xio hubiera estado ahí me hubiera seguido, pero no sin antes cuestionar a mis padres el por qué me habían hecho semejante cosa. Pero Xio no estaba y recuerdo que, de igual forma que las sensaciones anteriores, por primera vez sentí el dolor de la soledad. Me había ido a llorar a una banquita que había debajo de un árbol y quien sabe por cuánto tiempo estuve así, razón por la que no escuché cuando llegó y se sentó a mi lado.

—Mis padges también queguían mandagme a "Bobatons"… —dijo Jérémie con su muy marcado acento francés, haciendo que empezará a reprimir mi llanto.

Actualmente ya no quedaba rastro del acento patoso

Pego cuando llego mi cagta para Hogwagts diciendo que había una plaza paga mí, les dije que queguía estudiag ahí. Tal vez tú tengas que haceg lo mismo cuando tu cagta llegue, ¿No cgues?

Cuando me dijo eso, me sonrió de una manera que me hizo parar de llorar al instante. Aún así no podía evitar sentirme triste por el hecho de que mis padres me consideraran un bueno para nada.

—Me llamó Jeguemie, pog ciegto. Tú egues Jack, ¿No? —me preguntó, pero al ver que no le contestaba me paso un brazo por atrás. Desde entonces se me quedo la costumbre—. Vamos, réjouis—toi un peu. ¡Oh! Ya sé lo que necesitas…

Acto seguido, me sorprendió dándome un dulce, tierno y delicado beso en la mejilla que me dejo estupefacto.

—Mi grand—mère dice que son los mejogues del 'mundo mundial'. ¿A qué ya te sientes mejog? —dijo sin dejar de sonreírme un solo segundo.

Pensé brevemente en sus palabras, pero ese fugaz e inocente acto, despertó en mí algo que había estado dormido durante mucho tiempo y que no se dormiría nunca más.

—Jack, tu madre está muy afligida por lo que paso. Además está a punto de comenzar a llover. Tú y Jérémie deberían volver a la casa, ¿No creen? —nos sorprendió la voz del profesor Salvatori detrás de nosotros mirándonos inexpresivamente.

Jérémie se puso de píe al instante, dejándome a mí todo pasmado con la mirada clavada en el profesor Salvatori que me seguía mirando de una manera indescifrable. De nuevo fue Jérémie quien me saco de mi ensimismamiento.

—¡A la ogden, mi genegal! —Gritó divertido el muchachito, que en ese entonces apenas y le llegaba al pecho de su tío— ¡Te veo adentgo, Jack!

Se despidió guiñándome un ojo y sonriendo mientras salía corriendo disparado hacia la casa.

Siempre tuve la duda de que si el Profesor Salvatori fue testigo de lo ocurrido, pero con el paso del tiempo y al no haber comentarios al respecto lo descarte de mi mente. Lo que no pude descartar a partir de ese entonces y hasta que llegara mi carta de Hogwarts, es que por ningún motivo iba a estudiar en Beauxbatons y no porque fuera una escuela para debiluchos, sino porque en Hogwarts iba a estar con Jérémie. Poco después, y muy a mi pesar, me di cuenta de que el hecho de que fuéramos de edades diferentes y eventualmente, de casas diferentes, hizo que nos distanciáramos más de lo que hubiera querido. Aún así siempre que había oportunidades, nos saludábamos e intercambiábamos un par de palabras con mucho gusto.

—¿Jack? ¡Jack! ¡Se supone que estas tratando de animarme! —reclamó Xio al ver que mi mente ya no se encontraba con ella, o al menos no en esa época.— ¡Eres…! ¡Eres…!

—Una zorra poligonera —la interrumpió Ethan azorado a la vez que se subía todo enfurruñado al carruaje que teníamos delante.

Lo miré con cara de pocos amigos, pero al ver que la expresión había tranquilizado a Xio o tal vez simplemente había satisfecho sus ansias de insultarme, no le dije nada. Ethan tenía la costumbre de ponerse serio y mal humorado cuando se tocaba algo referente a mis "gustos singulares", como le gustaba llamarlo a Xio, que a decir verdad solo se tocaba cuando se me iban los ojos o literalmente me quedaba boquiabierto por ver a un chico guapo o en su defecto, a alguna parte en especifico de su cuerpo.

Nuestras cosas se fueron a apilar junto con las del resto y yo me subí después que Xio al carruaje, llevando a Goliat aún en mis brazos. Cuando me subí, me senté enfrente de donde se habían sentado mis amigos, así que los observe detenidamente.

Realmente teníamos muy poco en común, empezando por lo físico. Mientras que Xio al ser de descendencia oriental tenia ciertos rasgos característicos de su raza, cómo su cabello largo y completamente lacio, ojos levemente rasgados, tez clara y complexión delgada, Ethan lucia sus profundos y serios ojos verdiazules, su cuerpo atlético, su tez pálida y su cabello semi-largo sin control, con aquel porte de elegancia muy característico de él. Bastantes atractivos ambos. Yo por mi parte totalmente desgarbado, tez apiñonada y cabello usualmente corto.

Luego venían nuestras personalidades, Ethan era un Slytherin en toda la extensión de la palabra. Frio, calculador, vanidoso, chantajista, manipulador, egocéntrico, pero sobre todo, un valeroso luchador y defensor de sus ideales. Xio por su parte cumplía con todas las características propias de una Gryffindor. Era audaz, desafiante, valiente, emprendedora pero también sumamente perspicaz, lógica y muy a su pesar, de vez en cuando, insolente, necia y malhumorada. Yo por mi parte estaba bastante a gusto en Ravenclaw, pues aunque me consideraba Inteligente, culto, aplicado y porque no decirlo, un cerebrito andante, también cabía mencionar que era bastante llorica, torpe y algo inseguro.

Tal vez lo único que teníamos en común era que, en nuestra ceremonia de selección de casa, los tres habíamos sido «hatstall». Bueno, en realidad solo lo había sido Ethan, ya que se supone que para ser considerado un hatstall, el sombrero seleccionador debe tardar más de cinco minutos en decidirse a que casa mandarte. Xio y yo estuvimos a punto de serlo por cinco y tres segundos respectivamente, según lo comentado por el profesor Salvatori a nuestros padres.

En cambio con Ethan tuvo problemas porque no sabía si ponerlo en Slytherin o en Gryffindor y además tardó casi cinco minutos y medio en decidirse. Lo sé porque no se habló de otra cosa en semanas en el colegio. Dicho acontecimiento no sucede más que en aproximadamente cada 50 años.

Por otra parte con Xio no sabía realmente si ponerla en Gryffindor o en Ravenclaw, mientras que en mi caso, más insólito aún, no sabía si ponerme en Gryffindor, Ravenclaw o Hufflepuff, afortunadamente eso nadie más lo sabía.

A veces me surgía la pregunta de cómo tres chicos tan diferentes entre sí, podían ser tan buenos amigos, aunque justo ahora no lo pareciera. Xio estaba ensimismada mirando su dije estropeado. Ethan acariciaba con desgana a Lust, que se había transformado en su forma favorita, un gato persa blanco, mientras tenía la mirada perdida y distante. Yo por mi parte me limitaba a verlos.

De repente, sus miradas enojadas y la mía se encontraron, para luego verse entre ellos. Éramos ridículos, simple y sencillamente ridículos. Los otros dos parecieron llegar a la misma conclusión que yo porque, cuando volvieron a mirarme, estallamos en risas los tres.

Muy a menudo nos sucedía eso, nos enojábamos, nos dejábamos de hablar, pero en menos de lo que dura un "hatstall" ya nos estábamos riendo de nosotros mismos.

Mientras ellos seguían riéndose, aproveche para meter a Goliat en el morral que llevaba colgando para dejarme libres las manos y en eso estaba cuando me percaté que de nuevo había logrado captar la atención de Jérémie. Para ser sinceros, también la de muchos más a causa de nuestras risas alocadas, pero obviamente los demás no me importaban.

Repentinamente los carruajes se pusieron en movimiento, lo que me obligo a desviar la mirada del chico, del cual, aunque fuera hace ya casi una eternidad y sin tener algo de luminata a la mano, aún podía sentir de vez en cuando sus labios posar sobre mi mejilla, pues ese sin duda alguna era el más mágico de mis recuerdos.