El sol estaba ya en su cenit cuando entraron en los dominios del rey Thranduil. La salida de Erebor se había retrasado, por lo que arribaron a Mirkwood tres días después de la fecha acordada.

A pesar de que era mediodía, el reino estaba sumido en una serena y reconfortante penumbra, donde los rayos dorados del sol apenas alcanzaban a atravesar la espesura del bosque.

Thorin dejó en claro que no debía haber ningún tipo de recibimiento especial, nada que hiciera sospechar a su compañía de mercaderes. Y así fue. No fueron recibidos más que por los caballeros que montaban guardia, con el típico porte altanero y despectivo. Thorin se aseguró de pasar lo mayormente desapercibido que fuera posible, y naturalmente nadie se imaginaría que el príncipe de Erebor cabalgaría a Mirkwood con un grupo reducido de comerciantes de armas, por lo que nadie le prestaba demasiada atención al joven Enano que iba al centro de la comitiva.

Al ingresar al reino, fueron recibidos por el capitán de la guardia de la ciudad, junto con dos caballeros más. Thorin reconoció al de la derecha, aún cuando quiso mantener un perfil bajo.

- En el nombre del rey Thranduil, les damos la bienvenida al pacifico reino de Mirkwood. – citó el bello capitán dirigiéndose a la compañía – dejen atrás esas desesperanzas que afligen sus corazones, esta noche el bosque los acogerá y aliviará sus penurias. – concluyó con una pequeña y calurosa sonrisa.

El capitán les hizo un ademán para que le siguieran. Thorin ya conocía el protocolo, irían a descansar y comer algo, para luego, si era necesario, presentarse ante el rey, y si no, a comenzar con el mercado.

El Elfo que estuvo a la derecha del capitán en el recibimiento, cabalgó hasta ponerse a su altura.

- El rey Thranduil le da la bienvenida, mi señor. - dijo asomando un poco el rostro por entre la capa – Esperando que el viaje no haya sido fatigoso en demasía.

- En absoluto, mi señor. – contestó Thorin con fría cortesía. El Elfo lo acompañó por el camino hasta las estancias en silencio, pero no fue un silencio incomodo o pesado, sino más bien de tranquilidad y sosiego, ese que parecía embargar a cualquier criatura que pisara los dominios de los Elfos.

Las estancias eran sencillas, pero cómodas y acogedoras. Habían ocho camas exactas para la compañía de mercaderes, dispuestas cuatro a cada lado, más una chimenea al fondo.

- Mi señor. – dijo el líder de la compañía, acercándose a Thorin – le sugiero que descanse todo lo que pueda mientras hacemos nuestras diligencias; dentro de tres días partiremos a un viaje mucho más largo y duro por los asentamientos a lo largo del Anduin, y me temo que no dispondremos de tanta comodidad como la que aquí se nos proporciona.

- Mi señor. – interrumpió el capitán de la guardia – Rogamos por el perdón. Le hemos reconocido demasiado tarde como para darle el recibimiento que merece. Sin embargo y aún sabiendo que usted desea mantener un bajo perfil, le pedimos, en nombre del rey Thranduil, que acepte hospedarse en el castillo, donde cualquier necesidad será inmediatamente solventada.

Thorin no supo si aquello había sido ideado por Thranduil o las palabras del Elfo eran sinceras. Y a pesar de la inevitable desconfianza que se asomaba en los ojos de Thorin, el líder de la compañía pareció satisfecho con el ofrecimiento y le rogó que aceptara; acordando que solicitaría de su presencia unas horas antes de partir a su próximo destino.

Thorin recogió su equipaje y salió de las estancias. Afuera le esperaba el Elfo que cubría su rostro con la capa. Este se inclinó levemente al verlo y le pidió que lo siguiera.

Cuando hubieron llegado hasta el camino que conducía a las enormes puertas del castillo, el Elfo se detuvo y se volteó directamente a Thorin, quitándose la capa al mismo tiempo. – Mi nombre es Legolas hijo de Thranduil, mi señor. Pido perdón por la rudeza, pero fui notificado de la boca de mi señor Padre que nuestra interacción debía ser lo más discreta posible. Espero no haber cometido ofensa alguna en su contra.

Thorin lo observó directamente. Era la viva imagen de su padre, alto, orgulloso, hermoso. Sin embargo, Thorin pudo percibir en aquellos ojos algo que Thranduil no poseía: gentileza. Thranduil siempre se refería a Legolas como "mi pequeño y amado hijo", sin embargo, el Elfo que tenía enfrente poseía todo el aspecto de un adulto, aunque quizás la percepción cambiase cuando se le apreciaba desde aquellos antiguos ojos celestes, que han visto y sobrevivido a tantos inviernos.

Caminaron a lo largo del hermoso camino, custodiado por dos enormes robles blancos, a los lados de la colosal entrada al castillo.

Thorin tomó un largo respiro antes de traspasar las puertas.

De ahora en adelante, sea lo que sea que aconteciera, las cosas no volverían a ser las mismas.


Al salón parecía iluminarle una misteriosa media luz dorada, que resaltaba las gigantescas esculturas de antiguos reyes dispuestas al frente, detrás del trono del rey.

Una suave melodía se unía al endulzante ambiente, y Thorin se sintió tranquilo. Ninguna de las dudas y pesares que le habían acompañado parecía permanecer ahí con él.

Las puertas de oro al costado derecho del trono se abrieron. Thorin observó como de ellas salía aquella majestuosa y mágica criatura, vestida de oro, y el salón se iluminó con poco más ante su presencia.

- Bienvenido a Mirkwood, Thorin hijo de Thráin. – dijo con esa extraña sonrisa en su rostro. De inmediato, Legolas hincó la rodilla ante su padre. Thranduil se acercó a él y le indicó que se levantara. – Buen trabajo, hijo mío. – con esto, clavó un amoroso y familiar beso en los labios de su primogénito – Estoy seguro que el príncipe Thorin no tiene ninguna clase de queja por el trato que ha recibido hasta ahora. Todo se hizo de la forma que usted solicitó. – dijo dirigiéndose al Enano, quien simplemente asintió con la cabeza.

- Sígame, por favor. – finalizó. Legolas dio media vuelta y salió de la sala, mientras Thorin y Thranduil se dirigían hacia la entrada a la derecha del trono.

- Tú hijo… ¿lo sabe? – preguntó luego de un breve silencio.

- Él solo sigue órdenes, – contestó – al igual que el capitán de la guardia. No es extraño que los gobernantes o, en tu caso, los representantes de estos, celebren una reunión privada. Aunque no lo creas, no genera demasiadas sospechas.

Caminaron por un pasillo hasta llegar a una pesada puerta de oro. El caballero la abrió para cederles el paso y la cerró tras de ellos. Thranduil entonces se volteó y la expresión en sus ojos cambió. Ahora lo veían con ansias, hambrientos. – No sabes cuánto me deleita tenerte aquí, Thorin… - dijo sosteniéndole de los hombros – Te extrañe como nunca lo hubiera imaginado… - con esto, clavó un largo beso en los labios del Enano, y este lo recibió sin protestas.

Sin quitar la blanca mano del hombro del príncipe, caminaron hasta que llegaron a unas elegantes y acogedoras estancias con numerosas puertas. En medio estaban dispuestos unos sofás de color blanco, y pequeñas mesillas de la misma madera de los robles blancos que custodiaban la entrada al castillo. Al fondo, estaba una enorme mesa con pergaminos y libros desparramados por toda la superficie – Estas son las estancias del rey, y ahora son tuyas también, mientras permanezcas aquí. Por favor, siéntete libre y cómodo, no hay lugar más seguro en Mirkwood que en donde el rey descansa.

Thranduil se acercó a una de las mesillas y tomó dos copas de cristal para verter un poco de vino rojo – debes estar hambriento. - dijo al tiempo que le entregaba la copa.

- El viaje a sido largo – afirmó – no negaré que no me vendría bien alimentarme y tomar un baño.

- Ya estaba preparado para ello. – dijo el rey con una sonrisa. Y le pidió que le siguiera a una de las puertas laterales. Se encontraron en una sala con una enorme mesa repleta de comida. No había sirvientes cerca y eso hizo que Thorin se sintiera más tranquilo.

No se contuvo con la comida, y devoró todo lo que se encontraba en su camino. Thranduil simplemente observaba, con una pequeña sonrisa en el rostro. A pesar de que era tanta comida como para alimentar decentemente a una decena de Elfos, Thorin acabó con ella más rápido de lo que Thranduil esperaba.

- ¿Tienes más hambre? – preguntó cuando Thorin acababa con la última copa de la novena botella de vino.

- Oh. No, no. – dijo sintiéndose un poco avergonzado – me siento mejor ahora.

- Bien. – contestó el Elfo levantándose de la silla y situándose tras el Enano – Esta ha sido una experiencia adorable. – susurró a los oídos del príncipe quien se estremeció al sentir la respiración del rey acariciando su oreja.

Luego de un rato, Thranduil le sugirió tomar el baño que tanto deseaba. El Enano accedió complacido, puesto que no soportaba más llevar encima aquellas sucias y andrajosas ropas pegadas al cuerpo.

Thranduil lo condujo hacia un pulcro cuarto con una bañera de mármol e invitó a Thorin a pasar, y para sorpresa de este, el Elfo entró también al cuarto y cerró la puerta.

- ¿Qué haces…? – preguntó estupefacto.

- Vamos a tomar un baño. – contestó el rey dirigiéndose al grifo y abriéndolo para que el agua caliente comenzara a caer en la bañera. Thorin vio como los largos y blancos dedos acariciaban la superficie del agua que comenzaba a cumularse. – Mientras permanezcas en mi reino, estás a mi merced. He dicho que quiero tomar un baño contigo, Thorin, y eso es lo que haremos. – dijo desabotonando la túnica dorada. Thorin observó como el pecho y los hombros comenzaban a descubrirse. Era la primera vez que lo veía desnudo, y ni siquiera en sus fantasías había lucido así de hermoso. La túnica cayó al suelo, y Thorin recorrió el sublime cuerpo del rey de los elfos con la mirada. Parecía esculpido en mármol, blanco, brillante, perfecto. Observó su hermoso vientre blanco y su hombría ya dispuesta.

Thorin se quitó la camisa y los pantalones. Observó complacido como la hambrienta mirada del rey lo recorría y se detenía en aquella enorme y dura hombría. A diferencia del rey, el cuerpo de Thorin era muchísimo más musculoso y atlético.

Ambos entraron a la bañera. Thranduil ordenó a Thorin que se volteara, y así comenzó a lavar su espalda. Thorin sentía las cálidas manos que acariciaban sus hombros con agilidad – Tú no deberías ser quien me sirva. – susurró el joven Enano dándose la vuelta y tomando por primera vez la iniciativa. Se embarcaron en un profundo beso. Thorin sintió aquellos labios en contacto con los suyos, esos que había deseado tanto y que espiaba siempre que tenía la oportunidad. El beso comenzó a hacerse más salvaje, sus manos tocaban el pecho del otro, y todo ese deseo reprimido fue liberado. Thranduil tocaba el pene del Enano de arriba hacia abajo, con movimientos profundos, y Thorin gemía entre besos. El príncipe obligó al rey a inclinarse hacia atrás hasta que su cabeza se apoyara en el borde de la bañera y lo observó, aquella blanca y hermosa criatura estaba a su merced. Posó su mano sobre su cuello y pensó en lo fácil que sería acabar con la vida de ese ser mágico en aquel momento en el que se encontraba tan vulnerable, en lo sencillo que sería cortar aquellas alas y poner fin a su larga existencia; pero lo único que el cuello del rey recibió fueron dulces caricias y eróticos besos.

Thorin se ahogó en el sabor de la piel del rey, en su aroma, aquella fragancia a jazmín que parecía ser parte él. Sus erecciones se encontraron y se acariciaron por si solas, cuando el príncipe besaba sin piedad el esculpido pecho del Elfo.

De un momento a otro, Thranduil empujó hacia atrás y haciendo uso de la fuerza le obligó a darse la vuelta. Sus manos masajearon con ímpetu y deseo las nalgas firmes del Enano – Oh Thorin… - susurraba el elfo, acercando su dedo hacia la abertura, sin embargo, antes de que pudiera penetrarlo, el Enano hizo un movimiento brusco y empujó al elfo hacia atrás.

- Dije que lo haríamos a mi manera – susurró con voz jadeante, deseosa. Thorin separó las nalgas del Elfo y observó la abertura.

- Espera…

La lengua se deslizó por la entrada y Thranduil gimió. Aquel grito no hizo más que enardecer el deseo del Enano, haciendo las penetraciones más profundas y más exploratorias. Con la mano libre tocaba la hombría del Elfo y con la otra tocaba la suya propia. Thranduil gemía y sus piernas temblaban, su piel se erizaba y Thorin no quería más que hacerlo completamente suyo.

Tomó su grueso miembro y lo llevó hasta la entrada.

- No… - gimió el rey – por favor Thorin, aún no estoy listo…- rogó. Más esto solo sirvió para llevar al límite del deseo al Enano, quien empujó su pene sin piedad hasta la raíz. Sus gemidos de placer se confundían con los gritos del rey – ¡Duele! Detente Thorin… por favor… ah! – Thorin sujetaba con fuerza la cintura de Thranduil, y observaba como esta se enrojecía levemente con la presión de sus gruesas y fuertes manos – Eres hermoso… - susurraba embistiendo con todas sus fuerzas a la nívea figura.

- Detente… por favor…-rogaba el rey, más sus gritos de dolor fueron transformándose en gemidos, gemidos de un claro y potente placer y Thorin notó como su pene ahora entraba con más facilidad por el estrecho ano de rey. – Si… eso es… oh Thorin! - susurraba, abriendo más las piernas e inclinándose hacia el miembro del Enano y Thorin lo embestía con frenesí, presa de las más extraordinarias sensaciones, compartidas también con Thranduil.

Ambos llegaron al clímax, y Thorin se aseguró que su semilla terminara por completo dentro del cuerpo de su amante y Thranduil sintió como el líquido le recorría con una calidez que nunca había sentido antes. Al terminar, Thorin sacó su miembro del ano de Thranduil y observó maravillado como el semen salía de la abertura y como los celestes ojos lo observaban con la más viva pasión que jamás le había sido dedicada.