Thorin buscó una de las toallas que estaban pulcramente dobladas sobre la banca al costado del cuarto. Thranduil lo observó desde donde estaba, aún dentro de la bañera. No pudo evitar el ser embargado por un sentimiento de desolación, por la actitud fría del Enano que había vuelto a resurgir cuando todo había terminado. "No es más que un contrato…" pensó, observando cómo se envolvía la cintura con la toalla y salía del cuarto de baño, sin mediar palabra.

Thranduil trató de hacer lo mismo, pero al momento de levantarse, sus piernas fallaron y cayó sobre sus rodillas, sintiendo un considerable dolor que le laceró el cuerpo. "A pasado demasiado tiempo…", se dijo, levantándose esta vez con más cuidado.

Se puso ropa limpia y cómoda, aunque por supuesto, sin descuidar el más mínimo detalle. Su cabeza ahora estaba decorada con una fina diadema de plata que hacía juego con su vestimenta a tonos grises. Se reunió con Thorin en el comedor para tomar la cena de la primera noche.

El castillo estaba ahora iluminado por una endulzante luz plateada artificial, y Thorin pudo deducir que no hacía más de tres o cuatro horas que el Sol se había ocultado por completo.

Engulleron sus alimentos en silencio. Thorin no apartó ni una sola vez la vista del plato y aquello no hacía más que enardecer la irritación del Elfo. - ¿No vas a decir nada? – comentó con desdén rompiendo la incómoda quietud – No eres una buena compañía.

- Me disculpo por no ser entretenimiento suficiente. – contestó con frialdad sin levantar la vista – pero los limites de nuestra relación han sido claramente trazados. Sé cuál es mi deber, y tú no debes olvidar el tuyo, cuando el momento llegue.

Thranduil sintió como aquella respuesta le lastimaba el corazón. ¿Por qué? ¿Por qué continuaba con la misma actitud, luego de haber compartido algo tan íntimo y con tanta disposición? Pero más importante, ¿por qué se sentía tan dolido? Su corazón había sido herido por la criatura que tenía frente a sí y no podía entender la razón de su zozobra. Temió que algo más profundo estuviera emergiendo de su viejo espíritu… Algo que desde hace mucho tiempo atrás consideró muerto y olvidado. Sin embargo, no fue más que ira lo que su hermoso rostro y sus labios expresaron. Arrojando el tenedor de plata sobre la mesa, exclamó airoso– Haz tu trabajo entonces, Enano, compláceme y yo decidiré si tú y tu pueblo vulgar merecen de mis asistencias.

Los lapislázulis enfrentaron los ojos de hielo. Los pozos azules estaban vacíos, y Thranduil supo que Thorin había decidido irse muy lejos de ahí, aunque su cuerpo estuviera sentado a unos centímetros de distancia.

El Enano se levantó con brusquedad de la silla y con un solo brazo, arrasó con todo lo que estuviera sobre la mesa. Se acercó al Elfo y le hizo retroceder hasta que su espalda baja tocó el filo de la mesa. – Súbete. – susurró el Enano sujetándole de la cintura para obligarlo a hacer lo que demandaba. Sin embargo Thranduil opuso resistencia igualando las fuerzas. – No tienes voz aquí, Enano. – y empujando hacia adelante, logró sacárselo de encima. – Quítate la ropa. – ordenó.

Por unos segundos creyó que el Enano se resistiría, pero luego de dirigirle una mirada de odio, que no hizo más que profundizar en aquella herida que se estaba formando en su corazón, hizo lo que se le demandaba.

De su boca no salen más que artimañas y encantamientos que llevan a sus presas a hacer lo inimaginable solo por complacerlo. Aquellas palabras de su abuelo lideraban sus pensamientos. En el corazón de Thorin no había más que confusión y miedo. Había disfrutado en demasía de su primer encuentro, aún cuando se aseguró de que resultara ser una experiencia dolorosa para su amante. El estar dentro de su cuerpo había sido lo más especial que jamás había sentido, jamás igualado a sus compañías anteriores, nada se le parecía. Sus labios eran intoxicantes, pero no hubo dulzura en el toque, Thorin se había asegurado de ello. No permitiría que su intimidad con el rey tocara demasiado su corazón, no más de lo que ya lo había hecho. Mientras se desnudaba, se obligó a pensar en Elim, el Enano al que se había prometido, pero no obtuvo más que una vaga sombra sin rostro, ante aquellos maravillosos ojos celestes que lo observaban hambrientos.

Sus ropas cayeron por completo al suelo. Thranduil entonces comenzó a caminar a su alrededor, observándole meticulosamente. - ¿Qué estás haciendo? – preguntó Thorin sintiéndose ofendido.

- Examino el precio de mi juramento. – contestó con frialdad. – No me gustó lo que hiciste la primera vez. Yo soy quien toma las decisiones. No olvides que mientras permanezcas en mi reino, estás a mi merced, Thorin de Erebor. – Thranduil se detuvo justo detrás del príncipe y posó su cálida mano sobre la piel de su espalda baja, sintiendo como el Enano se estremecía en respuesta. El Elfo se inclinó y con la otra mano levantó el rostro del Enano para lograr alcanzar sus labios. Thorin sintió como la lengua del rey entraba a su boca explorando con movimientos profundos. Su hombría comenzó a reaccionar, y no pasó mucho tiempo cuando sintió la de Thranduil rosando su espalda.

- ¿Sigues resistiéndote? – dijo entre besos. Su mano había llegado hasta sus muslos y los masajeaba con suavidad – voy a hacerte mío Thorin… no serás capaz de tener a nadie dentro de ti sin que el recuerdo te arrastre hacia mí. - susurró a los oídos del Enano con voz hipnótica, llevando la mano hacia su abdomen, reconociendo cada volumen del cuerpo esculpido y subiendo lentamente hasta detenerse en el pezón, pellizcándole suavemente con caricias circulares, logrando que los inevitables gemidos comenzaran a hacerse escuchar. – Incluso cuando te atrevas a tocarte tu mismo en esas frías noches de soledad, no recordarás más que mis manos dándote placer, y desearás tenerme contigo. – No pretendía ser tan cruel como lo había sido el Enano en su primer encuentro, estaba decidido a ganarse el corazón de Thorin, aunque aquello significara tragarse todo su orgullo.

Thorin sentía como la boca del rey acariciaba su cuerpo con sutileza, cada uno de sus toques resultaba tan delicado y cortés que no hacían más que debilitar, o mejor dicho, derribar su obstinación. Sin lugar a dudas, el Elfo estaba jugando con sus propias reglas, y Thorin debía estar más alerta a lo que pudiera suceder; aún no sabía cuáles eran las verdaderas intenciones de Thranduil, por lo que no podía dejarse llevar por su astucia… sin embargo todo aquello se sentía demasiado bien… Sus manos blancas le tocaban con experiencia, y su boca besaba y susurraba palabras hermosas.

De repente, el aroma a jazmín que parecía impregnado en el ambiente se intensificó mucho más y Thorin sintió los dedos húmedos de aceite rozando su entrada. – No quiero lastimarte, Thorin… - murmuró – Déjame darte placer… debes permítete acogerlo… - sus dedos se movieron circularmente sobre la superficie y las piernas del Enano temblaron en respuesta. El primer dedo comenzó a hacer presión – si resulta doloroso para ti, solo pronuncia una palabra y juro por mi honor que me detendré.

Las palabras no llegaron. La obstinación se había marchado lejos y Thorin se dejó llevar por las sensaciones. El primer dedo entraba y salía con facilidad y un segundo digito fue añadido. El cuerpo del Enano comenzó a responder con más intensidad a los toques, y pequeñas descargas le recorrían la espina obligándole a soltar gemidos más intensos y llenos de placer. Los largos dedos se movían profundamente, y cuando estuvo lo suficientemente estimulado, Thranduil le tomó de las caderas haciendo que diera media vuelta. Thorin observó la mirada congelada dilatada por la lujuria, y sintió como la presencia del Elfo lo envolvía y lo aprensaba, y fue en aquel momento que el tiempo se detuvo.

Thorin olvidó donde estaba, olvidó quienes eran, por qué estaban ahí… nada de eso importaba para las dos criaturas tan disímiles que compartían la pasión de sus carnes. El Elfo ahora sin nombre, se desnudó con rapidez y se sentó sobre la silla, llevando sobre sí al hermoso Enano originario de tierras que ahora resultaban desconocidas. Lentamente, la dura hombría empujó contra el otro cuerpo y se fue abriendo paso por el estrecho canal. "Ae… pen velui…"* gimió el Elfo a oídos del Enano mientras sentía como el calor de la carne le recibía y le abrazaba en total sumisión. Sus níveos labios tocaron el ardiente pecho del Enano quien disfrutaba de la sensación que le producía tener a su amante completamente dentro de su cuerpo. "Guren min gaim lín…"* las palabras de amor pronunciadas en la bella lengua élfica regocijaban el corazón de aquel Enano, que movía rítmicamente sus caderas sobre la criatura mágica que le acogía.

Los profundos gemidos que emitía la áspera voz provocaban estremecimientos en el Elfo, y sus ojos se embriagaban con la expresión de autentico placer que se dibujaba sobre el maravilloso rostro del Enano, con sus cabellos negros pegados al sudoroso cuerpo fuerte y masculino. Las grandes manos se entrelazaron con las hebras de oro de la criatura mágica y la diadema que era la única cosa que había permanecido con él hasta ese momento, cayó al suelo con un suave sonido agudo, entonces las cadenas que retenían las dudas fueron liberadas por completo, y todos los pesares les abandonaron.

Ambos se tomaron, siendo participes del placer del otro y disfrutaron de lo que cada uno entregaba sin ataduras.

"Ae! ¡Meleth nín!*" gimió el Elfo cuando alcanzó el clímax y las embestidas fueron feroces. La semilla llenó el interior de Thorin sintiendo como la calidez le recorría y deseó que aquello nunca se terminara; en medio del éxtasis y la conexión, el Enano también alcanzó el orgasmo y su líquido aterrizó sobre el abdomen del Elfo, y este lo esparció por sobre su pecho, como si se tratara de aquellos exquisitos aceites con los que disfrutaba engalanarse.

El cuerpo exhausto del Enano se le fue encima y el Elfo lo envolvió con sus largos brazos, y así permanecieron, recuperando la quietud, refugiándose en la cada vez más rítmica respiración del otro, disfrutando del calor y la humedad que desprendían los cuerpos.

Solo por aquella noche, el Enano decidió no pensar en su nombre ni en el de su amante; sus razas y las diferencias quedaron parcialmente olvidadas.

Fue así como finalizó el primer día de la llegada del Príncipe Thorin de Erebor al reino de los Elfos.


* [Ae… pen velui…: Oh... amado..]

* [Guren min gaim lín… : Mi corazón está en tus manos...]

* [Ae! ¡Meleth nín! : Oh! mi amor!]