La hermosa luz dorada que iluminaba los salones del Señor de los Elfos arrastró al Enano a la consciencia. Sus ojos se encontraron en una amplia estancia decorada con gusto exquisito. Cortinas ocres de lino cubrían el lecho y Thorin no lograba recordar con precisión en qué momento se vistió con ropas cómodas y se metió a aquella cómoda cama. Se sentó al borde y sus ojos rodaron por toda la estancia. Las paredes blancas estaban decoradas con enormes relieves de oro que evocaban la forma de las raíces de los arboles, y se enredaban por las columnas hasta entrelazarse en la bóveda de crucería del techo. Ventanales inmensos brindaban una hermosa vista hacia las montañas o hacia la ciudad, dependiendo del lado en el que estaban ubicadas. Sus pies rozaron la suave alfombra que cubría toda la estancia y en seguida, sus ojos se posaron sobre una mesa de roble repleta de frutas frescas y vino especiado. Se levantó y se sirvió un poco de bebida en la copa de cristal. Sin lugar a dudas, el ambiente en el castillo era tan plácido y sereno que temió que le gustara demasiado.
Se dirigió a unos balcones laterales que daban hacia las montañas y ahí encontró al espléndido rey, con su vista fija en la lejanía, y una expresión de preocupación e incertidumbre dibujada en el rostro. Thorin lo observó unos momentos, preguntándose qué era lo que había llamado tan arduamente la atención de aquellos ojos de otro mundo, tanto que el Elfo tardó en notar su presencia.
- Oh, buenos días. – saludó y la expresión que hubiera antes sobre el rostro de marfil desapareció por completo, dando paso a una hermosa y cálida sonrisa. Thorin se permitió corresponderla, se acercó un poco más y decidió saciar su curiosidad - ¿Sucede algo? – preguntó. El Enano estudió el rostro de Thranduil, notando que el Elfo también hacía lo mismo – Nada. – contestó – Suelo vigilar con mucho esmero cualquier movimiento en la Tierra Media. Desde que Mordor cayera, no hay un solo día que no me asegure de que la paz que conseguimos en aquellos tiempos oscuros y de tanto sacrificio todavía perdura.
Thorin llevó sus ojos azules a la lejanía, no percibiendo más que la quietud de la mañana. El silencio que siguió luego dio la pauta para sacar a flote un hecho que esperaba que el rey no hubiera olvidado.
-He cumplido con mi parte.- dijo sin atreverse a verle a los ojos. Aún cuando había tratado de no olvidar que todo aquello se trataba de un mero acuerdo, el corazón de Thorin había comenzado a cosechar y tuvo miedo, puesto que no supo predecir hasta donde los llevaría toda aquella relación que cada vez se acercaba más al punto sin retorno. -He compartido el lecho contigo por una noche, como fue tu solicitud. Ahora debo partir, y tú debes cumplir con tu parte.
Thorin sintió la fuerte mirada del rey encima y no fue capaz de continuar evadiéndola. Entonces se enfrentaron. El Enano trató de leer la expresión del Elfo, pero no encontró como interpretarla. -Tú no te irás de aquí, Thorin.- dijo con resolución. -Al menos no por ahora. Le dirás a tu compañía de mercaderes que no podrás continuar el viaje, puesto que debes enviar noticias urgentes al rey Thrór, y que volverás a Erebor con una escolta de Elfos. Eso permitirá tu estadía en mi reino por alrededor de tres meses sin levantar sospechas.
-Eso no fue lo que prometiste. ¿Es que tus palabras no valen nada?- los ojos azules lo observaron resentidos. Debió haberlo imaginado. Fue advertido de ello, pero se había dejado manipular por los deseos del rey, quien en definitiva estaba acostumbrado a conseguir lo que quería, pero no iba a darle el placer esta vez.
-Pagaré el precio. Mirkwood estará a la disposición de Erebor desde hoy hasta el fin de mis días. Pero no puedo dejarte ir.- Contestó y sus solitarios ojos volvieron a posarse en la lejanía. Thorin logró percibir un tono lúgubre en su voz.
- No soy un esclavo, Thranduil.- aquella fue la primera vez que Thorin pronunciaba su nombre, y los ojos del rey se volvieron a observarlo.
- No, tú no lo eres, más no puedo decir lo mismo de mí. – la confesión le tomó con la guardia baja y Thorin no supo qué contestar. Miró fijamente los ojos que la mañana había teñido del color del zafiro y advirtió que ahora lucían necesitados – Me has cambiado, Thorin. Desde el primer momento en que te vi, vestido de mercader. Y ahora que te tengo no podría verte marchar, puesto que sé que en cuanto llegues a Erebor volverás a estar fuera de mi alcance… y habrá alguien más que gozará de ti... – Thorin supo que se refería a Elim - ¿Cómo sabes eso? – susurró, pero Thranduil evadió la cuestión y se acercó más al Enano. Su mano aterrizó sobre el amplio hombro y se prensó suavemente en el cuello – Puedo ofrecer cualquier cosa en compensación por tu estadía, - su voz ahora sonaba desesperada y la respiración de Thorin se detuvo, los lapislázulis se perdieron en los zafiros y ya no fue capaz de pensar en nada más. Las palabras del Elfo lo hipnotizaban y aún cuando hace unos momentos había dicho lo contrario, Thorin creyó en lo que aquellos perfectos labios expresaban con tanto ímpetu - lo que sea que desees se te será concedido, porque has devuelto a la vida algo en mí que yo consideraba marchito. Sé que esto no fue lo que acordamos, pero tu belleza me ha cautivado de una forma que no soy capaz de explicar con palabras.- Entonces el rey ofreció su mano y exclamó – Permíteme mostrarte mi lugar favorito. Es ahí donde quiero escuchar tu respuesta.
Thorin cogió la mano perfecta y los largos dedos se prensaron con firmeza. No fue capaz de gesticular palabra, simplemente se dejó arrastrar por la criatura mágica hacia una de las puertas laterales de los aposentos reales. Se encontraron bajando escalones en forma de caracol y la luz que se colaba por las pequeñas ventanas del torreón apenas alcanzaba a iluminar el descenso. Thranduil empujó la puerta de madera al final del camino y la luz que se filtró lastimó los ojos del Enano.
Entonces observó a su alrededor con maravilla, y se preguntó si existiría en la Tierra Media otro lugar más bello que aquel que pisaba. El Elfo lo condujo por un mar de hermosas flores de infinitos colores y formas; los aromas únicos que despedían inundaban la atmosfera y la acogedora paz volvió a enardecer el corazón del Enano. Su vista divisó un enorme árbol que resaltaba del colorido tapiz que lo rodeaba; su tronco y sus hojas eran de la plata, no blancos como los que había en la entrada al castillo que ahora le parecían burdos en comparación, sino como una colosal joya del mismo color y brillo que la diadema que había decorado la frente de Thranduil la noche anterior. Thorin no pudo evitar sonreír cuando vio que hermosas rosas doradas rodeaban el perímetro del árbol y entonces supo que sin dudas, aquel era el lugar más bello de la Tierra Media.
Thranduil lo invitó a sentarse bajo el centinela de plata al centro del jardín.
-Aquí yacen plantadas todas las flores hermosas que he encontrado en mis viajes por la Tierra Media; no obstante, ninguna puede ser comparada con Elanor - dijo acariciando con sus dedos los pétalos de las rosas doradas – no encontrarás nada parecido allá afuera, porque solo crecen en estas tierras. – y volviendo la vista hacia el árbol añadió – él es único en su especie, un manifiesto de las Tierras Imperecederas más allá del mar, traído por las primeras estirpes de mi raza que poblaron la Tierra Media y plantado aquí por el rey Oropher en los largos días de esplendor de su reinado.
Thorin se tomó su tiempo para apreciar la belleza a su alrededor y todo le pareció como producto del más hermoso de los sueños -Gracias por mostrarme esto. – susurró conmovido, y Thranduil observó al Enano con la más pura expresión de amor cuando los lapislázulis despidieron un par de lágrimas que recorrieron el rostro severo y se perdieron en la barba oscura.
- Tú eres el primer ajeno a nuestra raza en ser acogido aquí, meleth nín. Ahora eres testigo de la existencia de Celebion, el hijo de la plata, a quien afuera consideran solo un producto de fábulas antiguas. – exclamó tomándole de las manos. – Thorin… - susurró entonces y el Enano vio en los ojos del Elfo la belleza de Celebion – Ahora no tengo temor en aventurarme a expresar una verdad que en un inicio no supe comprender. - la plata brilló impetuosamente en aquellos ojos tan antiguos cuando su boca pronunció aquella confesión – Estoy enamorado de ti. Tan sincera y profundamente que no existirían las palabras adecuadas, ni siquiera en mi lengua, capaces de expresar todo lo que has despertado en mí, melethen. Te ruego que no cierres tu corazón y dejes que te gobierne la desconfianza… Dame la oportunidad de demostrarte mi amor, de honrar tu belleza y de tener el placer de disfrutar de todo cuanto creí perdido.
Thorin yacía ahí, sentado en medio de tanta hermosura digna de considerarse divina, escuchando la confesión de amor de la boca de aquella criatura, que aún estando en ese sitio irradiaba una belleza sin comparación. Thranduil era tan bello, tan puro, que Thorin consideró que Celebion no parecía ser el único manifiesto de las Tierras Imperecederas presente en el jardín élfico aquella mañana, esa que Thorin de Erebor no olvidaría jamás.
- Tú cambiaste mi vida de un momento a otro. – respondió el príncipe entonces – Resultaste tan inesperado para mí que no fui capaz de creer lo que profesabas. E incluso ahora, escucharte hablar de amor cuando solo hemos compartido la pasión de las carnes por una noche, no hace más que alimentar la duda en mi corazón. No obstante… confiaré en ti, porque también he sido cautivado por tu belleza, a pesar de que luché contra el sentimiento que germinó tan repentinamente como tu llegada a mi vida. Ante todo esto, Thranduil… te ruego desde lo más profundo de mi corazón… no me traiciones, puesto que no podría soportarlo. - El Elfo acarició el rostro del Enano y cada toque estuvo cargado de devoción; entonces antes de sumirse en un beso que sellaría todas aquellas confesiones, Thranduil exclamó – No lo haré. Nunca. Estelio enni, meleth nín.*
Y así, las dos criaturas disímiles acariciaron sus bocas y el rey susurró entre besos – Quiero que seas mío, Thorin. Solo mío. Aún cuando las leyes y prejuicios de nuestros reinos nos prohíban proclamar nuestro amor, estoy dispuesto a luchar por ti, contra todos aquellos que osen interponerse.
Entonces observando a su amante a los ojos, el rey imploró –Por favor no me tortures uniéndote a otro… aún cuando se trate de asuntos políticos, mi corazón no soportaría saber que no es a mí a quien le perteneces, y que hay alguien más que tiene el pleno derecho de compartir el lecho contigo y gozar de todo lo que yo amo. Júrame, meleth nín, júrame que romperás el compromiso que hiciste en cuanto debas volver a tu reino.
Thorin respondió de inmediato – Lo haré.
Volvieron a sumirse en el beso y esta vez sus labios fueron cargados con mucha más pasión. Acariciaron sus lenguas y las manos exploraban el cuerpo del otro con la lujuria impregnada en cada toque.
- Permíteme hacerte el amor… - susurró Thorin – olvidemos nuestra primera vez, la que yo me esmeré en convertir en una mala experiencia. Déjame que te demuestre con actos lo que tampoco soy capaz de expresar con palabras.
- Estoy a tu merced… - contestó el rey y aquello fue todo lo que Thorin necesitó escuchar. Tendió a su amante sobre las Elanor que encajaban tan perfectamente con su belleza y lo besó con ímpetu, en sus labios, en su cuello; hasta que aterrizó sobre una de las finas orejas tan características en la hermosa gente y la punta recibió las caricias con una fogosa humedad del pequeño músculo, mientras Thranduil jadeaba absorto de placer ante aquel toque tan íntimo. – Oh amado mío, ¡no te detengas! – rogaba, y la boca de Thorin continuó estimulándole mientras desabotonaba la túnica gris del Elfo. Cuando el níveo pecho estuvo descubierto, Thorin descendió y besó los pezones rosas, lamiéndolos de forma circular, logrando que Thranduil arqueara la espalda en consecuencia. El sabor de aquella piel era embriagante, y el Enano podía percibir el aroma a jazmín, que ahora vencía los demás perfumes a su alrededor, acariciando su nariz y llevándole al borde de la locura.
La sensación que le producía el roce de la barba del príncipe sobre su piel desnuda lo llevaba a sumergirse en los placeres más intensos que jamás hubiera experimentado. – ¡Hmm Thorin! – jadeaba, permitiendo que la boca de su amante recorriera cada palmo de su cuerpo.
Entonces el príncipe terminó de desnudar al rey y observó el cuerpo tendido entre las flores de oro, absorto por tal panorama. El hermoso cuerpo blanco yacía a su merced, necesitado de placer, y la larga erección se erigía delante de sus ojos, desvergonzada, rogando por atención.
Mientras se desnudaba, Thorin se acercó a una de las orejas de su amante y su voz lujuriosa susurró - ¿Quieres que la chupe? – y Thranduil contestó con voz entrecortada – Si, si, hazlo… - entonces sumido en el juego, Thorin dijo - ¿Qué es lo que quieres que haga, Alteza? – ante esto, Thranduil rodeó el cuello del Enano con sus largos brazos y sus ojos de plata se mostraron lascivos sin reservas – Quiero que la chupes, fuerte y profundo. Hazme sentir dentro de ti. – y cegado por la lujuria, Thorin descendió y tomó la hombría con una de sus gruesas manos. El rey levantó la cabeza y se sostuvo de los codos, para tener una mejor vista. Entonces, antes de introducirla en su boca, Thorin la acarició con su barba, porque sabía que Thranduil disfrutaba de la sensación, logrando que el rey tirara la cabeza hacia atrás en respuesta. – Está tan dura… - susurraba, y Thranduil observaba como los ojos azules dilatados por la pasión estaban posados en su erección, devorándola con la mirada. – Hazlo… - susurró el rey, necesitado, y aquello resultó tan erótico para Thorin que no dejó escapar la oportunidad – Quiero escucharte suplicar… - susurró y Thranduil no vaciló – Por favor, Thorin… - decía – deseo sentirte alrededor de mí… tómame, te lo ruego… - su majestuosa voz pronunciando aquellas palabras tan impúdicas llevó al Enano a su límite, y aunque quiso seguir escuchando, aprisionó la hombría de su amante entre sus labios, moviéndose de arriba abajo, tragándola hasta la raíz, sintiendo como la fina piel se movía al ritmo, y los profundos jadeos del Elfo inundaban sus oídos, obligándole a perder el control. La saliva se colaba por las comisuras de su boca y caían sobre la piel de su amante, algunas perdiéndose entre los finos vellos dorados que rodeaban su hombría, con los que Thorin entrelazaba sus dedos y tiraba de ellos con suavidad.
Luego de atender la erección del rey, Thorin le brindó atención a la suya y sentándose entre las largas piernas del Elfo, hizo que las dos hombrías se encontraran y se acariciaran. La de Thranduil era larga y delgada, mientras que la del Enano tenía dos dedos menos de altura pero poseía un grosor admirable. Entonces las dos manos de Thranduil rodearon las erecciones y las acarició con movimientos profundos, lubricadas por la pre eyaculación que se deslizaba a lo largo de las ardientes carnes. Y se mantuvieron un buen rato así, con las piernas entrelazadas jugando con sus miembros, envueltos en conversaciones eróticas.
Entonces cuando Thorin sintió que ya había alcanzado su límite, hizo que el rey se tendiera de nuevo entre las flores para elevar sus caderas a una posición cómoda y le abrió las piernas, y Thranduil no opuso resistencia puesto que también se sentía pendiendo al borde del abismo.
Thorin escupió en su propia mano para lubricar su hombría, llevándola cerca de la entrada donde los glúteos de Thranduil la prensaron – si te lastimo, dímelo y me detendré. – susurró, a lo que el rey respondió – no habrá forma de que me causes dolor, meleth nín, porque ahora lo haces arrastrado por el placer, no por el deber. – Así, el grueso pene de Thorin fue empujando contra la abertura, entrando poco a poco, sintiendo la estrechez del interior de Thranduil recibiéndole con gusto. Entonces comenzó a embestir suavemente mientras besaba las largas piernas blancas que reposaban en sus hombros. – Se siente tan bien… - jadeaba, mientras Thranduil empujaba hacia abajo para invitarlo a llegar más profundo y Thorin atendiendo el llamado, fue incrementando la velocidad de las embestidas hasta que estuvieron sumidos en el desenfreno pasional, jadeando entre gritos y rogando por más. Cuando las embestidas de Thorin alcanzaron el punto del Elfo, este se entregó al furor de las sensaciones, gritando – ¡Follame fuerte, Thorin! ¡Siénteme alrededor de ti! – la lujuriosa voz del rey inundaba su cabeza y lo embriagaba, entonces las embestidas se enardecieron y ya no hubieron fuerzas para hablar, y el cuerpo de Thranduil se sacudió y gritó sin reservas, preso de la gloriosa sensación del clímax y su semilla salió despedida de la hombría que se movía al ritmo de las penetraciones, aterrizando en su pecho húmedo de sudor. Al presenciar tal escena, Thorin también sucumbió ante el orgasmo y ahogó un grito mientras su hombría se estremecía y se corría dentro del rey.
Entonces se derrumbó encima de él, sintiendo sobre su mejilla la cálida humedad del sudor y de la eyaculación y supo que los dos se pertenecían por completo, que no habría forma de escapar de lo que habían cosechado, pero se alegró de ello, porque no habría otro lugar en el mundo en el que deseara estar en aquel momento.
- *Le melithon anuir… - susurró ahora la suave y exhausta voz del Elfo y aunque Thorin no supo lo que aquellas palabras significaban, entendió la nota de amor con la que fueron expresadas y eso fue suficiente.
*Estelio enni, meleth nín: Confía en mí, mi amor.
* Le melithon anuir: Te amaré por siempre.
