Tocó con sutileza los pétalos de las Elanor con la punta de sus dedos. Habían pasado cuatro horas desde que Thranduil se encerrara en la sala de audiencias y el ocaso ya teñía el cielo de purpura y añil. En los últimos días el rey Elfo celebraba largas audiencias, dejando a Thorin solo durante muchas horas y el Enano había comenzado a sentir la soledad de aquellas tierras, que a pesar de que lo habían recibido con tanta cortesía, definitivamente no eran su hogar.
La fecha de retorno a Erebor estaba cerca y Thorin era un caos repleto de indecisiones. Thranduil le había pedido quedarse durante más tiempo, pero sabía que continuar retrasando lo inevitable no era buena idea. No quería tentar a la suerte de nuevo por lo que prefería regresar a su reino para asegurarse de que todo hubiera resultado como lo planeado. En aquel momento no obstante, sentado entre las hermosas flores de oro y sintiendo la fría brisa nocturna sobre su rostro, no deseaba otra cosa más que ir a su encuentro. Extrañaba la esencia a jazmín, el suave toque de sus dedos, la hipnótica melodía que era su voz, sus ojos, su mera compañía… pero algo estaba sucediendo. Las audiencias con el rey Elfo habían intensificado su frecuencia hace un par de días atrás, cuando un grupo de exploradores retornó de alguna clase de misión. Lógicamente, nada de lo que ahí se discutía era sabido por Thorin, mucho menos lo sabría de la boca de Thranduil quien evadía el tema con grandiosa maestría. La situación era en demasía sospechosa y Thorin intentaba encontrar una explicación razonable por la que el Elfo no se dignara en comunicarle la razón de sus ausencias…
El resplandor del Sol abandonó las hermosas tierras en su totalidad y los sirvientes del rey se encargaron de encender las pequeñas antorchas dispuestas a lo largo del jardín; sin embargo la fuente de luz que llamó la atención de Thorin fue la que se coló por la puerta abierta del torreón. La alta y distinguida figura entonces caminó por entre las flores y la luz de la luna que se alzaba sobre su cabeza relumbró aún más su semblante. La expresión del Elfo era hermosa, cálida, radiante de amor cuando sus cristales celestes fueron perceptibles ante la visión del Enano.
- Meleth nín… - susurró con dulzura llegando a su encuentro. Thorin se puso de pie para acortar un poco las diferencias de estatura.
- Tardaste. – contestó con sequedad evadiendo su mirada, sin preocuparse por esconder su irritación.
- Lo sé. Ha sido una terrible descortesía de mi parte… - La mano de marfil se extendió a manera de solicitud y Thorin, no sin dudar unos momentos, la tomó a regañadientes. Thranduil se llevó la gruesa mano del Enano hasta sus labios y la besó con docilidad – Es una tortura para mí que el causante de tu disgusto no sea otro más que yo, que juré que tu estadía conmigo sería razón de grandes placeres… - Acercó al Enano a su propio cuerpo y lo rodeó en un acogedor abrazo; Thorin no se resistió, pero tampoco le correspondió - ¿Qué está sucediendo? – preguntó sin rodeos, elevando la cabeza para encontrarse con los ojos del rey que en ese momento le sostuvieron la mirada y lo observaron por largo rato. El príncipe que para estas alturas ya debería estar acostumbrado a aquellos ojos voraces luchó por no apartar la vista.
- Te he dicho que mantengo vigilancia constante sobre todas las eventualidades que acontecen en la Tierra Media y los exploradores que envié han traído noticias… - dijo separándose del cuerpo de su amante y caminando unos pasos hacia atrás aunque sin soltarle de las manos. – Lo sabrás eventualmente, te doy mi palabra. Ahora te suplico que dejemos el tema a un lado por un momento. – La reacción de Thranduil le tomó por sorpresa. Los ojos de hielo se ensombrecieron y el rostro se endureció. Definitivamente aquello era algo que no quería discutir y después de considerarlo Thorin decidió rendirse solo por unos instantes, aunque la preocupación y las sospechas no hicieron más que ir en aumento. El príncipe sonrió levemente a manera de acuerdo haciendo que la angustia en el rostro del rey se esfumara. Entonces caminaron de regreso a las estancias reales para resguardarse de las bajas temperaturas nocturnas.
Thranduil sirvió vino endulzado con miel en dos hermosas copas de oro y se unió al Enano que se había sentado sobre el colosal lecho, entre cedro, oro y sedas. Para entonces, ya se había despojado de las gruesas capas de piel de oso y solo vestía una cómoda túnica gris azulada y pantalones azabaches.
El rey dejó su copa a un lado y comenzó a quitarse también las ropas formales que había utilizado para la audiencia, quedándose con una delgada túnica verde y sus largas botas gris oscuro que terminaban por sobre las rodillas. Thorin lo observó durante todo el proceso y cuando se disponía a tomar de nuevo su copa y sentarse, el Enano habló. – Espera. – dijo, y Thranduil atendió lo que aquella áspera voz demandaba. – Desnúdate.
Thorin notó como la expresión del hermoso rostro cambió de inmediato. Una pequeña sonrisa juguetona estiró sus perfilados labios y sus ojos suavizaron la mirada. Se llevó las manos hacia la hilera de botones que la túnica tenía a su costado derecho y comenzó a desabrocharlos uno por uno. Las porciones de piel no se dejaron ver hasta que Thranduil llegó a la mitad del camino haciendo que la impaciencia del Enano creciera a niveles peligrosos. Entonces con un movimiento liberó sus brazos y descubrió su torso. La blancura de la piel tersa y erizada por el cambio de temperatura hizo que Thorin enterrara sus uñas por entre las sabanas escarlatas. Entonces en suaves movimientos de cadera, el rey fue descubriendo su entrepierna. Lo primero que los lapislázulis vieron fue el vello rubio platinado que coronaba el largo pene del Elfo, ahora tan duro como la misma montaña de Erebor. Así la túnica cayó al suelo dejándole con la corona y las botas como únicos atavíos.
Acercándose al Enano, se sentó sobre sus piernas y comenzó a despojarse de largo calzado oscuro. Thorin siguió el camino conteniendo la respiración hasta que el primer pie fue liberado. Adoraba aquellos pies. Tan finos, tan pequeños – en comparación con los suyos- tan pulcros...
Cuando Thranduil tuvo intenciones de quitarse la corona, Thorin detuvo sus manos con un rápido y no tan gentil agarre de las muñecas. – No, mi Rey – Susurró y el fuego azul resplandeció en sus ojos – Estoy a su servicio.
Así con un suave movimiento, tendió al rey Elfo sobre las sabanas rojas y lo observó desde arriba, deslumbrado por la belleza tan digna de las más hermosas leyendas que proclamaban las bienaventuradas voces de los bardos. Acarició los labios contra los suyos y sus manos recorrieron el abdomen de la criatura mágica perdiéndose en las pequeñas estribaciones hasta alcanzar los huesos sobresalientes de las caderas y continuar hacia abajo enterrando sus gruesos dedos entre el fino vello dorado. Separando sus bocas, el Enano comenzó su descenso hasta llegar frente a la larga erección que yacía entre las largas piernas. Su boca la recibió con gusto y la chupó con entusiasmo, liberándola solo para lamer sus testículos. Thranduil soltaba suaves gemidos mientras empujaba la cabeza de Thorin hacia abajo. – Mmmhh Sí… - susurraba observando como el hermoso Enano de rostro afilado engullía su pene con admirable destreza. Sus largos cabellos negros caían en cascada hasta reposar sobre la ingle, moviéndose al compás de la mamada.
Entonces el Enano intensificó su ritmo logrando que los espasmos comenzaran a atacar el cuerpo tendido sobre la cama, y no pasó mucho tiempo para que el líquido espeso llenara su boca y descendiera lentamente por la garganta. Thorin lo bebió todo, hasta la última gota, disfrutando del intenso gusto en su paladar.
- Ven aquí amor mío… - susurró el Elfo extendiendo los brazos e invitando al príncipe a refugiarse en su regazo, no obstante rechazó la invitación y se sentó sobre el abdomen del rey. Su pene aún continuaba duro, pero cuando Thranduil quiso poner manos a la obra, Thorin lo rechazó y le dedicó una intensa mirada. Entonces tomó el grueso miembro entre sus dedos y comenzó a masturbarse. Thranduil se perdió entre aquella mirada llena de concentración y lujuria, disfrutando del acto que su amante le dedicaba. Pero sin lograr mantener sus manos quietas, las llevó hasta los glúteos y los masajeó en movimientos profundos – Sí, sí, sí… - exclamaba viendo como la expresión en el rostro de su amante indicaba que ya estaba cerca, por lo que sin más, introdujo dos dedos en la entrada y comenzó a follarlo sincronizando los ritmos.
El Enano arqueó la espalda y soltó un profundo gemido mientras su pene eyaculaba sobre el pecho y el rostro del rey, cayendo después rendido sobre su regazo presa de intensos espasmos que sacudían su cuerpo sin compasión. Thranduil lo rodeó con sus brazos y disfrutó del sosiego bien merecido que llegó a continuación.
Las respiraciones fueron suavizándose, entrando en ritmo y Thranduil buscó los labios de su amante para sumirse en un suave beso lleno de amor y gratitud. Entonces permanecieron un largo rato sin hablar. Thorin levantó la vista para encontrarse con el rey, pero la expresión que tenía en el rostro logró destruir por completo el ambiente. - ¿Qué sucede? – susurró acariciando las mejillas del Elfo como si se trataran de los pétalos de Elanor. Sus ojos tristes lo observaron por largo momento, conmoviéndole de sobremanera. Entonces perfilando los labios de Thranduil con la punta de sus dedos, el Enano volvió a preguntar con ternura – Amor mío… ¿qué es lo que te atormenta? – El Elfo no habló, no obstante Thorin pudo ver como la tristeza yacía impregnada por todo su rostro y aquello lo lastimó mucho más que el silencio; pero antes de que pudiera insistir de nuevo, los níveos labios se separaron – Te amo, Thorin, con toda mi alma. Lo hago y lo haré para siempre, aún cuando tu infinita gracia haya abandonado el mundo y yo no tenga más remedio que aferrarme a la remembranza.
Thorin no dijo nada por unos instantes, confundido ante las repentinas palabras del rey. - ¿Por qué me estás diciendo esto, Thranduil? – preguntó sintiendo como el miedo le oprimía el corazón.
- Porque regresarás a Erebor mañana mismo… junto con una carta para tu rey.
El cerebro de Thorin se tomó unos momentos para procesar las palabras que había escuchado - ¿Qué?... ¿Por qué? – murmuró – Las dos semanas que acordamos ni siquiera han finalizado… ¿Es que estás tratando de deshacerte de mí?
- No. No. – contestó tomando al Enano de las manos – constituyes mi felicidad, Thorin, y dejarte partir tan pronto es una horrible tortura para mí. Pero es algo que se debe hacer, y pronto.
- ¿Pero por qué? ¿Qué habrá en esa carta?
- No puedo decírtelo, meleth nín… pero debes confiar en mí. Arribaré a Erebor dentro de unos cuantos meses, tienes mi palabra.
Thorin dudó. ¿Cómo podría entregarle a Thror una carta de Thranduil sin saber lo que contenía? Definitivamente no le gustaba todo aquel misterio… El Elfo leyó la expresión en el rostro del Enano y lo tomó de la barbilla para observarlo directamente a los ojos. – Por favor meleth nín, confía en mí. Haz lo que te digo y nos volveremos a ver pronto... – Entonces lo besó en los labios pero Thorin a penas correspondió – Recuerda mis palabras Thorin… El amor que siento por ti te acompañará toda tu vida, aún en el caso de que tú te canses de él.
- Detente. Detente de una vez. – interrumpió desesperado. Se levantó de la cama y recogió sus ropas desplegadas por todo el suelo – Sabes muy bien que no soportaría una traición… te lo dije desde un principio y solo por eso... porque quiero confiar en ti, es que haré lo que me pides. Pero termina con tus palabras confusas… prefiero que te calles a que estés recitando lo que parece una despedida.
