Thranduil cortó una de las rosas de oro y la depositó en la gruesa mano del Enano junto con un casto y amoroso beso – Un recuerdo. – susurró - Elanor no morirá nunca, sin importar las adversidades que la acongojen allá donde vaya… - Thorin, entendiendo lo que aquello quería decir, y obligándose a creerlo, llevó la flor élfica hasta su pecho y la sostuvo ahí, sin encontrar las palabras adecuadas. No dijo nada, solo le sostuvo la mirada perdiéndose en los ojos de hielo, ahora tan tristes, tan nostálgicos… verlos lo lastimaba, pero también le hacían recordar que nada de eso era su culpa, que quien había terminado con aquel encuentro no había sido otro más que el mismo Elfo. Y él aún continuaba sin saber por qué.
- El lapislázuli es nuestro enlace. – continuó refiriéndose a la piedra que le había obsequiado -Llévala contigo siempre, Thorin.
- Lo haré. – susurró, y el Elfo lo envolvió entre sus largos brazos, ahora con el silencio acariciando sus oídos, a pesar de que habían tantas cosas por decir, los dos sabían que ya era demasiado tarde.
En ese momento, uno de los pocos sirvientes del Rey que se mantenían en las Estancias Reales se acercó hacia las dos hermosas criaturas bajo Celebion y exclamó – Es hora, Alteza. – Ante las palabras, los dos se separaron y sin decir más, comenzaron el trayecto de regreso. Thorin observó a su alrededor por última vez, preguntándose si tendría la oportunidad de volver a ver aquellos sublimes jardines de nuevo.
En la sala de audiencias, Legolas les esperaba junto a una compañía de cien elfos, todos ataviados con brillantes y hermosas armaduras que resplandecían al compás de las antorchas dispuestas a lo largo del salón. El príncipe y los caballeros doblaron la rodilla ante el rey y su invitado.
- Ellos le escoltarán en el viaje de regreso. – anunció Thranduil ahora con fría cortesía, tomando el rol de Rey ante sus subordinados. – Me he asegurado de que no carezca de las comodidades necesarias dignas de su persona.
Thorin no dijo nada, solo caminó unos pasos hacia adelante para situarse frente a quienes le llevarían de regreso a su reino.
- Es un honor para mí ser quien le acompañe, Mi Señor. – exclamó Legolas con galantería – Tengo muchos deseos de visitar por primera vez el Reino de Erebor, del que no he escuchado más que exquisitas anécdotas. – El Enano por el contrario, simplemente asintió con la cabeza, sin el suficiente humor para contestar con palabras pintorescas y sin importarle lo poco cortés que pudiera parecer ante el resto de los soldados.
Thranduil hizo un ademán y la compañía se apresuró a salir del salón, para brindarles la privacidad que demandaba; entonces se acercó al Enano y lo tomó de los hombros. El impávido perfil de Rey desapareció y volvió a ser la hermosa criatura mágica que lo observaba con ojos devotos – Entenderás por qué hago esto Thorin, pero todo a su debido tiempo. La tristeza que me embarga por verte marchar no me permite demostrar con propiedad la inmensa gratitud que siento porque has escogido confiar en mí, a pesar de las circunstancias. – El Rey le echó detrás de la oreja unos mechones oscuros que habían desencajado y acarició el sombrío rostro de su amante – Todas mis acciones, desde el momento en el que mi corazón supo que te pertenecía, son puros actos de amor por ti… no importa lo que parezcan en un inicio. Recuérdalo.
Thorin sin poder evitarlo, contestó en débiles susurros - ¿Volveré a verte?... por favor, por el amor que dices que me profesas, no me mientas en esto. ¿Nos volveremos a ver?
- Nos volveremos a ver, meleth nín. – asintió - Más pronto de lo que esperas. – La pequeña sonrisa que se esculpió en el bello rostro tranquilizó un poco el inquieto corazón de Thorin, aunque no lo suficiente, puesto que la sombra de la incertidumbre continuaba cayendo sobre él como una espesa y asfixiante bruma.
Entonces, el Elfo se separó del Enano, lo observó directo a los ojos y la sonrisa desapareció.
- Tú y yo nos encontramos cerca del Paso de Imladris, cuando tu compañía se dirigía hacia Rivendell y yo regresaba de Lórien. Solicité audiencia contigo, aunque no deliberamos mucho, puesto que yo debía llegar a las tierras de Lord Elrond sin demoras. A cambio de las palabras, te solicité que entregaras una carta urgente al Rey Thror, de la que solo sus ojos debían tomar parte de lo que ahí fuera escrito.
- ¿Pero qué pasará si mi abuelo decide entrevistar a quienes conformaban mi compañía cuando regresen a Erebor? Ellos no le mentirán al Rey, no importa que sea yo quien se los suplique.
- Nos encargaremos de eso luego. Lo que necesito es que hagas lo que te he pedido. Cuando las cosas estén en su sitio, ruego porque Thror sepa lo que tiene que hacer.
Ante aquellas palabras, Thorin sintió el arrebato de lanzarse sobre el Elfo y darle un puñetazo, o simplemente romper la carta y lanzarla al aire en mil pedazos. Cada palabra que Thranduil pronunciaba significaba una agonía para el Enano, y una pieza más que se sumaba al absurdo rompecabezas.
Asqueado de tanta conversación sin sentido, el Enano comenzó a caminar hacia la salida y el Elfo lo siguió. Caminaron en silencio por entre la hilera de robles, hasta que llegaron al final del camino, donde los caballeros les esperaban ya montados en sus inmaculados corceles. Para Thorin habían llevado un hermoso pony negro como la noche, que contrastaba con los caballos blancos y grises que llevaban el resto de caballeros.
- Supuse que así estarías más complacido – susurró el Rey antes de que Thorin se adelantara. El Enano sonrió y tocó el lomo de la bestia lanuda. Thranduil le había propuesto ir dentro de un carruaje para mayor comodidad, a lo que Thorin respondió que prefería llegar corriendo a Erebor antes de que sus gentes le vieran montado en semejante maquinaria élfica.
Entonces, entre las miradas de todos los caballeros, los amantes se enfrentaron. No hubo ahí abrazos, ni risas, ni llantos, ni palabras o promesas de amor; ambos se despidieron con una leve reverencia, con los rostros congelados. Así, Thorin dio media vuelta y subió al pony, al frente de la curiosa compañía.
- Que su viaje termine sin contrariedad alguna, Príncipe Thorin. – exclamó Thranduil quien parecía estar leyendo un libreto que desfilaba solo por sus inmortales ojos celestes – y que la empresa que le ha sido encomendada logre ser consumada.
De nuevo, Thorin no contestó más que con una inclinación de cabeza. Ninguno de los dos sostuvo miradas, el Enano llevó sus lapislázulis hacia el frente y Thranduil desvió los suyos hasta su hijo, posado justo detrás de Thorin. – Para ti, Legolas, hijo mío, que Valar guíe tus caminos, y te de fuerza y sabiduría para manejar cualquier acontecer que el destino te encomiende. – Legolas a diferencia de Thorin por supuesto, compartió un par de palabras cariñosas con su padre en élfico. Al término, Thranduil dio unos pasos hacia atrás y se quedó ahí, de pie entre los colosales robles como una hermosa escultura de mármol construida por las mismas manos inmaculadas de quienes habitan las Tierras Imperecederas.
El cuerno élfico se hizo sonar, y la compañía comenzó su camino. Thorin no miró atrás, incluso cuando escuchó aquella hipnótica voz inundando dulcemente en sus oídos:
Le melithon anuir meleth e-guilen*
El enano cerró sus ojos y rogó por encontrarse al fin lejos del reino de los bosques y de todo ese pesar que lo torturaba. Las hermosas gentes les abrían paso cuando cabalgaban por la ciudad; Legolas saludaba con elegancia y lógicamente se esperaba lo mismo de su ilustre invitado, no obstante, Thorin mantuvo su vista fija hacia el frente, limitándose a mantener fijo el curso del pony.
Cuando la última línea de caballeros se alejó, Thranduil dio media vuelta y comenzó a caminar entre los centinelas que movían sus largos brazos al compás del gélido viento que sopló en ese instante, y sintió como se colaba por sus vestiduras y lograba alcanzar hasta envolver su viejo corazón.
En el salón, la Corte del Rey le esperaba. Thranduil llevó sus ojos hasta el Elfo que encabezaba la majestuosa tropa. Luego de inclinarse ante el soberano, el hermoso Elfo con hebras de fuego se acercó y exclamó:
- ¿Órdenes, Alteza?
- Preparen los menesteres para un viaje largo y arduo. Partimos a Imladris en cuanto todo esté listo.
Transcurrieron los días mucho más lentos de lo que Thorin hubiera deseado mientras la compañía continuaba avanzando hacia Erebor, con pocos intervalos de descanso. Entre las tantas desmontadas, Thorin no podía evitar llevar su mano hasta el bolsillo interno de su abrigo, para palpar la carta que Thranduil le había entregado. La curiosidad le carcomía las entrañas, pero sabía que no tenía permitido leer las cartas que le correspondían al Rey, aparte de que Legolas se mantenía siempre cerca. Sin embargo, gran parte de las veces sus dígitos también se deslizaban por la cálida superficie de la lapislázuli, que parecía tener efectos mágicos, puesto que cada vez que la tocaba un sentimiento afable embargaba su corazón, como la sombra de lo que fue haber sido acogido entre los brazos del Rey de Mirkwood por aquellos días de ensueño, que Thorin dudó volver a vivir de nuevo. Ahora, en medio de aquellos páramos desolados e indómitos, no pensaba en esos momentos más que como sueños efímeros, hermosos e inolvidables.
Cuando cayó la noche, que resultó ser especialmente fría, la compañía encendió una sola gran fogata, para resguardarse juntos de las bajas temperaturas. Como le correspondía, aún en aquellas circunstancias, Thorin tomó su asiento junto a Legolas, con quien no había intercambiado más que un par de palabras, las necesarias, desde que comenzaron el viaje y esa noche no fue la excepción. Se sentaron sobre unas mantas y comieron en silencio, sumidos en el danzar y repiquetear de las llamas al centro del círculo.
Thorin mantenía la hermosa gema azul entre sus dedos, sintiendo el calor que emergía de ella como si tuviera intensiones de cobijarlo del frío. Y quizás así fuera. No podía entender el poder de aquellas piedras, o el poder del Elfo que se la había obsequiado, pero definitivamente lo que la gema contenía no era tan solo un mero significado simbólico.
- Esa es una hermosa joya, mi Señor. – comentó Legolas después de un rato. Thorin se sorprendió porque lograra verla, a pesar de la oscuridad que les rodeaba, pero entonces recordó esa molesta capacidad visual élfica y el comentario le sentó con disgusto.
- Lo es. – contestó ignorando aquella mirada que el Elfo le dedicaba. No obstante y sea lo que sea que Legolas dedujera sobre la curiosa piedra, no dijo nada más y su vista se clavó de nuevo en el fuego que se alzaba hacia el cielo nocturno plagado de estrellas.
* Te amaré por siempre, amor de mi vida.
