La luz dorada y armoniosa que bañaba las hermosas tierras confundiéndose con la bruma plateada del suelo cargado con bella y única vegetación, le hubieran parecido, en otros tiempos, dignas de una admiración sublime; pero en ese momento el Rey de los Elfos caminaba por aquellos parajes excelsos con la angustia pesándole los hombros, aún cuando su semblante se mantuviera eminente y esplendoroso; porque a pesar de las tierras de ensueño que pisaba, que no eran sino el reflejo de lo que había más allá del mar, la presencia de Thranduil continuaba opacando toda percepción de misticismo y belleza que ahí hubiera; y era un verdadero espectáculo lo que su figura concebía ante aquellas gentes asentadas en el valle de Imladris.

Lord Elrond lo esperaba a las afueras de su Casa, con una comitiva de Elfos de alta alcurnia que aguardaban la llegada del Rey, ataviados con hermosas túnicas de seda, terciopelo y lino de infinitos colores, todos y cada uno poseedores de la belleza característica de su raza. Se inclinaron ante Su Majestad y así se mantuvieron hasta que a Elrond le pareció suficiente muestra de honorable respeto hacia el Rey.

- Bienvenido a Imladris, Alteza. – exclamó vehemente – Han pasado largos años.

Ambos se observaron a los ojos unos momentos. Quienes se encontraban presentes ante las dos ilustres criaturas, no lograron descifrar lo que aquellas antiguas miradas expresaron, enfrentándose por esos segundos que parecieron interminables. Entonces Thranduil ofreció su mano y Elrond la tomó, estrechándola con dicha. – Es bueno volver a verte. – dijo el rey, - gracias por recibirme con los brazos abiertos.

- Mis tierras estarán a su servicio mientras el mundo nos de acogida, majestad – contestó; y Elrond se hizo a un lado para desvelar ante los ojos de hielo del soberano a cuatro bellos jóvenes; a tres de ellos los conocía, pero igualmente, el Señor tuvo la cortesía de presentarlos.

- Mis hijos, Elladan y Elrahir - dijo refiriéndose a los dos Elfos gemelos al principio de la fila – mi hija, Arwen Undómiel– Thranduil observó a la joven de la que se escuchaban relatos respecto a su belleza incluso en las tierras lejanas de Mirkwood, aunque a decir verdad, ni los más hermosos cantos le eran suficientemente justos. El rey le dedicó una pequeña sonrisa, y la doncella tuvo la decencia de sonrojarse e inclinarse ante el cumplido. – Y mi pupilo, Elessar. – exclamó Elrond mientras los ojos de Thranduil caían sobre el joven desconocido con cabellos oscuros e intrépidos ojos azules de pie al lado de la doncella. "Un Hombre." reparó, aunque sin dudas uno de gran belleza, definitivamente élfica; y Thranduil distinguió en la mirada del muchacho un brillo noble, que le hizo recordar a los reyes de antaño. Se preguntó de qué modo aquel inusual muchacho había llegado hasta la protección de Elrond, pero supo que de algún modo, era especial.

- Nuestros Señores nos esperan – anunció Elrond – si Su Alteza así lo desea, iremos al encuentro ahora. - Thranduil asintió con la cabeza y la gran comitiva les abrió paso hacia el interior de la Casa.

Cuando las puertas de roble cedieron, los Señores que aguardaban en la sala de audiencias se levantaron de sus asientos y se inclinaron ante el Rey, y este hizo lo mismo. Elrond procedió a las respectivas presentaciones.

- Théoden hijo de Thengel y Rey de Rohan – exclamó, y el atractivo Hombre de hebras doradas y ojos justos hizo una leve reverencia – Denethor II hijo de Ecthelion II, y Senescal de Gondor – el Hombre sombrío con cabello azabache que le caía sobre la espalda, lo observó con su mirada gris y cruel, sin molestarse en hacer ningún movimiento - Imrahil hijo de Adrahil y Príncipe de Dol Amroth, - el Númenoreano hizo su reverencia, y Thranduil la correspondió con cortesía; el hecho de que Imrahil El Hermoso hubiera cruzado todo el largo del Anduin para responder a tiempo a su llamada significó mucho para el Rey – Celeborn hijo de Galadhon y Señor de Lothlorien. – finalizó ante el Elfo de cabellos de plata.

El rey se dio cuenta que ningún Enano había acudido a su llamada, a pesar de que se enviaron comunicados a los Señoríos de las montañas Nubladas y de Hierro. "Malditos insensatos."

- Mi gratitud hacia ustedes no puede ser expresada con palabras, mi Rey, mis Señores – dijo entonces tomando la palabra y dirigiéndose a los presentes – nunca olvidaré el gesto que han manifestado ante mí este día, en este concilio, y aunque las cosas no puedan darse como han sido planeadas, mi deuda permanecerá pendiente, hasta que ustedes precisen menester anunciarla por cumplida. - Thranduil tomó una pausa y los observó a los ojos.

Valía la pena intentarlo, aunque las posibilidades fueran remotas.

– Los rumores son ciertos, mis Señores, - comenzó - Smaug el Dorado ha despertado. – Todos intercambiaron un par de miradas, y notó como el Senescal de Gondor se movía incómodo en su silla, mientras el Rey Théoden exclamaba - ¿Cómo podemos dar fe ante semejante afirmación? ¿Alguien lo ha visto? ¿Alguien se ha acercado a la cueva donde dormía y ha visto el nicho vacío?

- El Rey Thranduil y yo nos hemos encargado de vigilar su sueño, Alteza – respondió Elrond, - después de las destrucciones que perpetró durante siglos, no nos pareció conveniente apartar nuestra atención de él, aún cuando pasó tantas centurias en una pasividad ininterrumpida. Por lo que puedo hacer constar las palabras del Rey Thranduil cuando anuncia que Smaug ha despertado. Su nicho está, en efecto, vacío.

- Enviamos exploradores a principios del año hacia las montañas del Norte, como era la costumbre, sin embargo no fue hasta finales del otoño que regresaron con las noticias.- continuó Thranduil - El valle de la montaña había sido reducido a cenizas. Nuestros soldados tuvieron problemas para llegar a la cima, puesto que el suelo de la montaña se mantenía al rojo vivo, las piedras se derretían al paso, convirtiéndose en lava escarlata que descendía hasta donde el calor le permitiera llegar antes de petrificarse. Cuando arribaron a la cima, la cueva en que el dragón había permanecido confinado no era más que un montón de escombros ardientes, bajo un manto de oro fundido.

El salón se sumió en un silencio pesado, con el temor dibujado en cada uno de los rostros de los presentes. No obstante, fue Denethor el siguiente en hablar, haciendo la pregunta decisiva.

- ¿Cual es el próximo destino del dragón? ¿Tenemos alguna idea de la ruta?

- El Este – contestó el rey Elfo luego de una pequeña pausa – Smaug se dirige hacia el Este.

Thranduil pudo ver como el alivio bañó los rostros de los Señores, cuando se enteraron que la bestia no se dirigía a ninguno de sus dominios.

- El Este… - dijo Lord Celeborn – Mirkwood y Erebor.

- Querrás decir Erebor – soltó Denethor con un bufido – No hay nadie en la Tierra Media que no esté al tanto de la mina de oro que hay bajo esa montaña. Los rumores debieron llegar a oídos del dragón – dijo con una deliberada burla en la voz.

- No veo a ningún Señor de los Enanos aquí presente – añadió Imrahil – considerando que este es un problema que les concierne a ellos en demasía.

- Se les hizo el llamado – contestó Elrond – pero como podéis ver, ninguno acudió.

- ¿Y entonces por qué debemos poner en peligro a nuestros pueblos por un puñado de estúpidos que se han buscado este destino? – inquirió el Senescal. Thranduil supo que las palabras ponzoñosas de aquel Hombre despreciable significarían un riesgo para su cometido – No hay otro culpable más que el Rey Enano y su avariciosa búsqueda de riquezas en las entrañas de la montaña; desentierran y desentierran mares de oro, de piedras preciosas, con una ansia de más que parece no tener fin. Si Smaug quiere reclamar eso que por alguna razón se había mantenido oculto bajo miles de kilómetros de granito, entonces el problema le concierne solo a Thrór. Y por lo que aquí veo, él debe pensar lo mismo.

- Tengo anunciarme de acuerdo con la opinión de Lord Denethor – dijo Théoden – el Rey Enano es el único responsable por sus acciones y por la seguridad de su reino.

- Mis Señores… - exclamó Thranduil – Sé que el hecho de que Smaug no se destine a sus dominios significa para ustedes un desagravio ante la verdadera significancia que la situación amerita – se atrevió a decir – pero les pido que reconsideren mis palabras. En lugar de ignorar una realidad que se mantiene acechante, propongo que nos ocupemos de ella de una vez por todas. Smaug continuará levantándose contra nuestros pueblos mientras le sea permitido; ahora es Erebor, mañana podría ser Mirkwood, o Gondor. – dijo dirigiendo su mirada al Senescal – En este momento tenemos los suficientes recursos para unir fuerzas y lanzarnos al ataque con posibilidades reales de salir victoriosos. No se trata de un trabajo solo para los reinos del Este, mis Señores… - Se tomó una pausa y de nuevo observó a los ojos a todos los presentes – por favor… - continuó – en nombre de las gentes que están bajo mi protección, les solicito asistencia en estas horas desesperadas.

De nuevo hubo otro silencio en la sala y Thranduil pudo ver como la duda se cruzaba por los ojos de todos, pero de nuevo, Denethor volvió a hablar – Ahora que llegamos a la parte de matar al dragón, - dijo con cierta ironía - no puedo evitar hacerme esta pregunta, ¿Por qué en lugar de gastar fuerzas vigilando al dragón, no se ocuparon de idear una estrategia para matarlo mientras dormía? Entiendo su preocupación, Alteza, no obstante con sus siglos de vida convertidos en valiosa experiencia debe saber mucho mejor que yo que cuando Smaug se levanta, no hay forma de hacerlo descender antes de que haya arribado a su destino. El dragón podría estar pasando justo encima de nosotros en este momento y ni siquiera sentiríamos un cambio en la brisa. La bestia vuela a la altura de las estrellas, y estoy seguro que usted sabe que es así; por ende, no representa un peligro para Mirkwood, puesto que se encuentra a leguas de distancia de Erebor, y por suerte, nuestro dragón no es ningún ilustrado en las disciplinas de la geografía. – El astuto Hombre ataviado con elegantes túnicas de terciopelo negro se inclinó sobre su silla y le dirigió al Rey una mirada casi vil – Lo que me lleva a otra pregunta. ¿Estará el Rey Thranduil ocultándonos alguna clase de información de la que precisemos tener conocimiento? Puesto que el hecho de que usted haya convocado a un concilio de urgencia aún cuando su pueblo no es directamente afectado por este mal no me parece en absoluto propio de su persona, si perdona la rudeza de mis palabras. Si el Rey Thranduil pretende conseguir algo de esta misión, entonces exijo saber de qué se trata, y solo así podríamos entrar a las negociaciones, dado que yo no estoy dispuesto a arriesgar mi vida ni la de mi gente por un problema que no me concierne.

Los ojos de Thranduil se mantuvieron firmes, despojados de cualquier clase de emoción, y a la espera de que alguien más retomara la palabra, siendo Théoden el siguiente en pronunciarse - Mi señor padre en los tiempos de su reinado, pidió asistencia a los Señoríos de los Elfos y en especial al rey Thranduil cuando los salvajes del Oeste lograron entrar a las tierras de Rohan montados en sus monstruosos barcos, cometiendo un desalmado asedio contra mi castillo durante medio año. Mi gente moría de hambruna y de las enfermedades que la guerra trajo consigo; Gondor acudió a nuestro llamado e incluso el rey Adrahil de Dol Amroth, a pesar de no haber recibido solicitación alguna, y a quien por tal acción se le juró lealtad y hermandad absolutas a su pueblo mientras los muros de Rohan siguieran en pie; por el contrario, el Rey de Mirkwood no tuvo ni siquiera la cortesía de corresponder a ninguna de nuestras cartas. – exclamó Théoden con el orgullo en los ojos – la lealtad se paga con lealtad, Alteza. Si he de darle la espalda a estos acontecimientos que nos preceden, exijo saber la razón que lo lleva a luchar por un pueblo con el que históricamente ha mantenido una relación de mutuo desprecio.

Imrahil asintió ante las palabras de Théoden y añadió – Puesto que ningún reino de los Hombres se encuentra en peligro, no veo por qué debamos alzar nuestras espadas por vuestra causa. Los Elfos no han acudido a nuestros llamados de auxilio en momentos de necesidad desde la Última Alianza, y tampoco lo han hecho los Señores Enanos.

El rostro de Thranduil pareció congelado mientras escuchaba esas palabras que esperaba fueran pronunciadas. Sus relaciones con todos los que estaban en aquella sala habían sido prácticamente inexistentes, y Thranduil estaba consciente de que no había razones para pensar en una cooperación inmediata; pero en ese momento se había convertido en un simple hombre desesperado ejecutando acciones desesperadas.

- El dragón Smaug reducirá a cenizas un pueblo entero, con absolutamente todos sus vestigios – comenzó con aquella voz solemne, ignorando las acusaciones - su gente morirá calcinada al momento en que las furiosas llamas carmesíes de la bestia invadan el cielo y lo tiñan de negro, mientras derriten hasta el mismo suelo de roca. El fuego perdurará durante meses en el valle de la montaña, y Smaug se instalará en su lecho de oro para sumirse en otra larga siesta… - entonces tomó una pausa. Sus ojos se deslizaron primero por los de plata de Celeborn, pasando por los índigos de Imrahil y los azules brillantes de Théoden, hasta que cayeron en los grises del Senescal de Gondor, quien se había convertido en su presa primordial – Pero no pretendo convenceros con mentiras, mis Señores, la razón por la que he convocado este concilio es simple… – inquirió casi en murmullos, con una voz extraña, casi lejana; y Denethor observó como los dos cristales fijados a su persona mutaban de color como un par de diamantes danzando ante una luz que sus ojos de Hombre no lograban percibir – Si el Rey Thrór no puede defender su fortuna, entonces lo haremos nosotros. Es esa la recompensa por poner en riesgo su vida, Lord Denethor… adueñarse de todo el oro que haya en Erebor. - Thranduil disfrutó de ver como los rostros de los altos y honorables Señores se endurecían cuando pronunció aquellas palabras sin el menor temor de parecer infame.

– Y mis Señores dirán, ¿Por qué no esperar a que Smaug caiga dormido? – continuó la lengua peligrosa y persuasiva – porque en medio del caos, podemos asegurar de que el rey Thrór y todos los descendientes del linaje de Durin que representen una amenaza posterior a nuestros propósitos, caigan bajo las garras de la bestia. O eso sea lo que parezca.

Thranduil supo que había captado por completo la atención de Denethor, Théoden e Imrahil que lo miraban sin pestañear, quizás tratando de adivinar si trataba de engañarlos, aunque con ese pequeño pero poderoso brillo en sus ojos mortales que el rey estaba buscando. Celeborn era más difícil de persuadir, pero el Elfo consideraba que con el poderío de los tres Hombres era suficiente.

No obstante Elrond que había permanecido al lado de Thranduil, volvió a pronunciarse – el concilio se levanta por este día – dijo con voz tensa – estoy seguro que hay mucho que considerar ahora, por lo que pospondremos la audiencia para mañana. – Con esto, el Señor de Imladris se levantó de su asiento y caminó directamente hacia la salida, con la furia marcando cada uno de sus pasos.

Observaba las cascadas que caían al infinito con ojos vacíos, mientras sus pensamientos vagaban por otros tiempos no tan lejanos, con la piedra de azul intenso entre sus largos dedos de porcelana. Era nada más acompañado por el rocío de las cascadas que refrescaban su rostro y el sonido del agua que enmudecía cualquier otro sonido a su alrededor, y que le imposibilitaron escuchar las pisadas de Elrond cuando se acercó hasta el peñasco en el que descansaba.

- Te brindé mi confianza, – comenzó con el rencor acompañando sus palabras – ofrecí mi hogar para que pudieras llevar a cabo tu empresa… y te atreves a entrar en mis salones a planear un genocidio.

Thranduil no contestó, solo se limitó a observar al lapislázuli con profunda nostalgia; aunque mantenía su azul penetrante, ya no presentaba aquel brillo de cielo estrellado, puesto que se encontraba demasiado lejos de su otra mitad. Elrond al notar esa mirada extraña en los ancestrales ojos del rey, se sentó a su lado y exclamó con zozobra – A pesar de la impresión que acabas de dejar grabada en la memoria de quienes escucharon tus palabras, y de la que debo advertirte no olvidarán nunca, me niego a creer que esas que has pronunciado sean tus verdaderas intenciones.

- De qué más podría tratarse sino de aprovechar la oportunidad de reclamar lo que he codiciado por tanto tiempo – contestó con la voz glacial, levantando la vista para clavar sus ojos en los del otro Elfo.

- ¿Todo esto se trata de oro? – inquirió Elrond

- Lo que quiero es apropiarme del mayor botín de las tierras de los Enanos – respondió – Esta es mi oportunidad y no se trata de una empresa que pueda ejecutarla solo.

- Lo que allá has dicho ¿han sido mentiras?, ¿estás tratando de utilizarlos para tus propios fines?

- Ellos podrán quedarse con todas las riquezas que posea Erebor, y por ellas pueden desmembrarse los cuerpos en la cima de la montaña por lo que a mí me importa. Yo solo deseo de una. La más brillante, la más grande… la más bella.

Tal y como Thranduil esperaba, Elrond sacó sus propias conclusiones, creyendo que se refería a la Piedra del Arca. Entonces el Señor se levantó y exclamó – Podrían acusarte de muchas cosas, y me temo que eres merecedor de ellas en gran medida, pero a pesar de eso, nunca has sido un hombre perverso, no contribuirías a la ruina de toda una raza solo por satisfacer tus ambiciones. – Thranduil se mantuvo en silencio, pero Elrond no necesitó palabras para reconocer que una tristeza insondable afligía el viejo corazón del rey – Por la historia que hemos compartido… - susurró el Señor con desasosiego – dime lo que está sucediendo contigo, entonces tal vez así yo sea capaz de ayudarte.

Thranduil levantó la vista y exclamó con la voz impregnada de apatía – Lo que necesito es un ejército. Lo que necesito son espadas contra la maldita bestia alada. – su tono comenzó a elevarse, airado - ¡Eso es lo que necesito! ¡Espadas, guerra, oro! ¿Seréis capaz de ayudarme, mi Señor?

Elrond meditó unos segundos, entonces respondió con la decepción cargada en voz – No. – y retomando su semblante grave, dijo - En contradicción a las palabras que expresé en nuestro primer encuentro, me veo en la necesidad de solicitar al Rey de Mirkwood que salga de mis tierras, a consecuencia de la ofensa perpetrada en mi contra al usar mi hogar para planear empresas que no me fueron notificadas, de las me muestro en absoluto desacuerdo y no deseo tomar parte de ninguna manera.

Thranduil se incorporó y respondió – Sus palabras no son necesarias, mi Señor, puesto que ya he terminado con mis asuntos. La semilla ha sido plantada y de ella crecerán ambiciones que se alimentarán por si solas… y algo me dice que me proveerán de los frutos que necesito.

- Que los Dioses te perdonen. – murmuró Elrond observando al Rey Elfo alejarse por el camino impregnado de flores hermosas; "El único perdón que preciso es el suyo" pensó Thranduil con el recuerdo de aquel que amaba acompañándole en su memoria como recordatorio de que su vida compensaba cualquier mal que estuviera cometiendo.