Luego de tres semanas de marcha, el Rey y su comitiva de caballeros desmontaron a la sombra de los robles que custodiaban imponentes la entrada al castillo, donde esperaba tener noticias de Legolas sobre el desenlace del asunto.

Le entregó las riendas de su inmaculado corcel al sirviente más próximo, y sin esperar por nadie más, comenzó su viaje hacia la fortaleza.

En cuanto las puertas de oro fueron abiertas frente al rey y se desplegó ante su vista el enorme salón del trono, lo primero que los ojos de Thranduil divisaron fue la línea de Elfos liderada por su primogénito que se mantenían a la espera de su presencia. Thranduil se aproximó y todos hincaron la rodilla.

- De pie. – ordenó de inmediato – Espero buenas noticias. – Su vista cayó directamente sobre Legolas – No lo retrasemos más.

Thranduil notó la expresión tensa en el rostro de su hijo mientras se incorporaba y se encaminaban hacia la sala privada de audiencias, a un costado del salón del trono. El rey no hizo preguntas en el camino, puesto que había demasiados oídos alrededor y si Legolas tenía malas noticias, no deseaba que alguien más las escuchara.

Los guardias cerraron las puertas tras el último miembro del consejo del rey y todos tomaron haciendo alrededor de la enorme mesa de madera oscura, al centro de la ostentosa sala.

– Tenemos una situación… - comenzó Legolas dedicándole una mirada nerviosa a su padre, casi temerosa de represalias – las cosas no resultaron como esperábamos, Alteza.
Thranduil guardó la calma y esperó a que continuara, con los ojos glaciales sobre su primogénito.

- El rey Thrór no está dispuesto a escuchar lo que tengamos que decir. A pesar de haber leído la carta del Rey que el príncipe Thorin se encargó de entregar personalmente, ha creído que nuestras intenciones son adueñarnos de lo que le pertenece. Me recibió en el salón del trono, pero no quiso escuchar mis palabras… Alteza, fuimos expulsados de Erebor en calidad de enemigos. – exclamó con gravedad.

- ¿Qué ha sucedido con el príncipe Thorin? – demandó saber de inmediato. La noticia no resultó ser en lo absoluto una sorpresa, pero la situación de Thorin decidiría el proceder de sus acciones en aquel momento.

Legolas y los demás Elfos se intercambiaron un par de miradas que no le gustaron nada al rey – He hecho una pregunta. – inquirió molesto, con la voz helada.

- El rey Thrór ha expulsado de Erebor al príncipe Thorin, considerándolo nuestro aliado, y como consecuencia, traidor de la corona. Ha vuelto con nosotros. – anunció Legolas.
Aquellas palabras fueron como vino endulzado para sus oídos. Thranduil se apoyó sobre su asiento permitiéndose disfrutar secretamente de su primera victoria, aunque asegurándose de no dejar entrever demasiado su regocijo ante el Consejo, quienes lo observaban con expresiones lúgubres ante el aparente fracaso de sus planes. Aunque en realidad era todo por el contrario. Las cosas resultaron exactamente como las había planeado. Conocía demasiado bien a Thrór como para estar seguro que no se tragaría la historia del dragón, como tantas otras veces había sucedido. Tampoco se creería el cuento del encuentro en el Paso de Imladris con Thorin regresando con una compañía de Elfos de Mirkwood. El desquiciado rey se consideraba demasiado astuto, pero para Thranduil no había significado más que un estorbo en el camino, que estaba a unos cuantos pasos más de quitárselo para siempre de encima.

- A pesar de que ahora los Enanos de Erebor son enemigos, y que bajo esas circunstancias, el príncipe Thorin se convierte en nuestro prisionero, no he sido capaz de encerrarlo en una mazmorra, Alteza. – continuó Legolas – Aún cuando mis señores me aconsejaron lo contrario, el honor me ha impedido tratar como enemigo a quien le ofrecimos generosa hospitalidad no hace un par de semanas atrás. No ha cometido ninguna clase de perjurio en nuestra contra, por lo que tomé esta decisión por mi cuenta. Y si Su Alteza se muestra en desacuerdo con mi proceder, el único que merece castigo soy yo, puesto que he actuado solo y desobedecido los consejos que recibí por la causa.

Thranduil se permitió sonreír, ahí frente a la mirada del Consejo, con el orgullo y el afecto anegando sus ojos. – Obraste bien. – exclamó – El príncipe Thorin no es nuestro enemigo, y bajo ningún concepto debe ser tratado como tal. – aclaró levantándose del asiento – Por mi parte, también he traído noticias. – el rey recuperó su tono gélido y sombrío ante la vista de todos – Y me temo que mucho más alarmantes. Pero ahora me siento fatigado por el largo viaje. Nos volveremos a reunir en cuanto caiga la noche. El Consejo de Guerra ha de estar presente. – Ante aquellas palabras, Legolas y el resto de los Elfos miraron al soberano con los ojos cargados de estupor. El Consejo de Guerra no se había reunido con el Rey desde los tiempos de Sauron. Todos compartieron el mal presagio.

Thranduil salió de la sala y se dirigió a los aposentos reales.

La parte fácil había pasado. Las piezas estaban encajando tan perfectamente sobre el tablero que Thranduil no podía evitar darle vueltas continuamente al asunto, temiendo pasar por alto algún error que significara la ruina de su cometido.

Thrór no imaginaba la tempestad que estaba por venírsele encima, y nadie de los Enanos sería capaz de señalar al rey de Mirkwood como responsable de su caída, puesto que había cumplido con su trabajo de advertir y prestar ayuda antes de la tormenta, la cual ante el oído y la vista de todos, había sido rechazada. El Enano estaba tan obsesionado con el oro que había descuidado al único y verdadero tesoro que poseía.

Thranduil abrió las pesadas puertas en un sonido largo y seco.

Y lo vio.

El príncipe Enano se puso lentamente de pie, con el hermoso rostro cargado de penurias y miseria. El corazón del Elfo se sacudió, lleno de compasión y del amor más sincero y auténtico. Vestía una hermosa túnica de seda de color índigo intenso, decorada con pequeñas y finas hojas bordadas a mano con hilos de plata sobre el cuello y las mangas del traje austero pero elegante. El cabello negro como la obsidiana le caía revuelto sobre los hombros. Estaba tan hermoso como lo recordaba.

Thranduil bajo una especie de hechizo, se acercó a la razón de todos sus actos y le cogió las manos, abrazándolas con las suyas, perdiéndose en los lapislázulis que le devolvían la mirada con el mismo poderoso sentimiento aunque también profundamente abatidos.

- Meleth nín… - susurró el rey con ternura – Cuanto lamento lo que ha sucedido… Debo confesar que imaginé muchos escenarios, pero el orgulloso rey de Erebor expulsando de su reino a su propia sangre fue algo que ni yo hubiera sido capaz de advertir… - exclamó envolviendo al Enano entre sus brazos, quien lo recibió sin protestas – Te prometo que reconsideraremos nuestras alternativas.

Ver así a Thorin le laceraba el corazón. Por supuesto que se sentía culpable, como único responsable de su sufrimiento. Pero todo lo hacía por él, por los dos, por el amor que le profesaba. Desde ese momento, las cosas no harían más que empeorar, pero cuando todo terminara, los días por venir que compartirían juntos serían la cura de todas sus heridas.

- ¿Dónde has estado? – fue lo primero que Thorin dijo, levantando la vista para mirarlo a los ojos – Retornamos hace semana y media.

- Lo sé. Las cosas en Imladris no fueron bien tampoco. – contestó con zozobra. – Fui en busca de apoyo a nuestra causa. En el Concilio también estuvieron presentes reyes y señores de los Hombres, quienes acudieron alarmados ante la perspectiva del despertar de Smaug… Sin embargo, no se mostraron interesados en ayudarnos cuando se enteraron de que el dragón no se dirigía a sus tierras. Me temo que si las cosas no cambian, estaremos solos en esto.

- Necesito volver a Erebor. – soltó Thorin presa de la desesperación – No puedo abandonar a mi pueblo. Thrór tendrá que escucharme.

- No, meleth nín… No podemos continuar errando con nuestras acciones y perdiendo el tiempo que ya se nos echa encima. Thrór no se creerá una palabra de lo que digas. Tú mismo lo has visto. El hecho de que haya cometido la estupidez de expulsarte es una prueba de ello. No. Encontraremos otra solución.

Al notar que sus palabras no causaban efecto alguno en el príncipe, Thranduil continuó – Te prometí que cuando tu reino se encontrara en peligro, yo alzaría mis armas en tu nombre. – el rey tomó el rostro de su amante entre sus manos de porcelana - Y lo haré. Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa por ti, Thorin, cualquier cosa. – dijeron los labios de seda – Confía en mí.

El Enano enterró la cabeza en el regazo del rey y así se mantuvieron durante unos instantes. Entonces Thorin se separó y Thranduil pudo ver el cambio que se produjo en su semblante. Sus ojos volvían a tener aquella mirada de reyes, fuerte y determinada. Entonces habló – No me excluirás más de tus planes. Quiero estar presente en las audiencias que celebres de hoy en adelante. Es mi pueblo el que está en peligro, es mi responsabilidad. – exclamó con el orgullo vistiendo cada sílaba – También soy un soldado.

- Así será. – respondió el Elfo – Tendremos la primera reunión en unas cuantas horas para fijar nuestro próximo movimiento. Partiremos lo más pronto posible. A Erebor. – Puntualizó atrayendo de nuevo al Enano hacia su regazo. – No obstante, hay algo más que deseo en este preciso momento…– susurró, con voz melosa – entiendo que tus pensamientos vagan en otra dirección más importante que mi debilidad por ti, pero no soy capaz de negar lo mucho que he extrañado tu amor, lo mucho que he pensado en tus ojos, en el aroma de tu piel… - apretó más al Enano contra su cuerpo y se inclinó para susurrar a su oreja – las caricias de tus manos, tus labios besándome… he extrañado todo eso, meleth nín, y mucho más.

- Te he extrañado también… - contestó con su voz grave, tan masculina que hacía estremecer al rey – más de lo que tú podrías imaginar. La sola idea de que te tengo conmigo ha sido el alivio que necesitaba en estas horas tan desesperadas. – Entonces llevó su mano hacia el marmoleo rostro de Thranduil, y lo tocó con ternura, como había acariciado los pétalos de la rosa dorada, que tanto se asemejaban. – Creo que los dioses mismos se encargaron de unir nuestros destinos… - susurró acercándose más a su amante – creo que tú serás mi salvación.

- Lo soy, meleth nín – contestó Thranduil embriagado por aquellas palabras – así como tú has sido la mía.

Fue entonces cuando los labios se tocaron, acariciándose despacio, profundamente, saboreándose las carnes que ya ardían en deseo, presas de la necesidad que la lejanía había alimentado. Thranduil llevó su mano hasta la espalda baja del Enano y la otra reposaba sobre su nuca, buscando llevarlo más cerca. Sentía las barbas negras rozando su piel junto con la dura hombría ya dispuesta.

Thorin le obligó a caminar hacia atrás sin interrumpir el beso, hasta que Thranduil chocó contra el hermoso escritorio central, tan grande que hubiera podido servir de cama para un Enano. Rápidamente Thorin arrasó con las cosas que se encontraban sobre su superficie, arrojando al suelo pergaminos, libros que cayeron desparramados y botes de tinta que se quebraron manchando de negro todo a su paso. Thranduil se sentó sobre el escritorio, jadeando ante las caricias ahora desesperadas que las gruesas manos ejecutaban sobre su cuerpo. – Quiero estar dentro de ti – gruñó Thorin con los ojos dilatados de placer, despojando al rey de la túnica escarlata. Thranduil se apresuró a ayudarlo, sin importarle que la fina seda se rasgara. En unos instantes, ya estaba desnudo, nada más que con las botas de cuero negro y la corona sobre su cabeza. Su miembro saltaba a la vista, húmedo y duro en espera de las atenciones. Thorin abrió la boca hasta que el pene del rey le llegó a la garganta. Thranduil soltó un grito ahogado, sosteniendo los cabellos del príncipe entre sus dedos, con sus piernas en medio de fuertes espasmos. Sintió la boca caliente y húmeda alrededor de su carne, succionando, apretando, lamiendo. – ¡Hmm Thorin! – dejaba escapar entre gemidos – desnúdate… desnúdate… - susurraba y el Enano sin suspender la felación procedió a despojarse de sus vestiduras con dedos torpes, pero no pasó mucho para que la túnica y los pantalones se deslizaran al piso. Entonces Thorin se separó dejando escapar hilillos de saliva que fluyeron por la comisura de su boca y mojaron aún más el pene de Thranduil. – Quiero poseerte – susurraba lamiendo los pezones rosas. Thranduil se abrió más de piernas, acercándose al borde del escritorio - por favor… - suplicó con los ojos oscurecidos – hazlo…te necesito dentro de mí – dijo con la hermosa voz impregnada de lujuria. Thorin izó las largas piernas del Elfo hasta sus hombros y buscó la entrada rosa tan dispuesta a recibirlo. Se llevó uno de sus dedos hasta la boca y Thranduil observó conteniendo la respiración como Thorin se lamía, paseando su lengua contra su propia carne, entonces el dedo húmedo se acercó a la entrada y empujó. Mientras lo preparaba, intercambiaron otro largo beso desesperado – Fóllame Thorin – decía el rey entre respiros – lo necesito, lo necesito ahora -, Thorin sacó su dedo y se apresuró a reemplazarlo con su miembro, tratando de contener la tortuosa necesidad para no causarle daño, pero Thranduil lo cogió de los cabellos mojados de sudor y tiró con fuerza, logrando como respuesta que el Enano lo tomara de la cintura y lo penetrara profundamente, moviéndose dentro de él con ferocidad, arrastrado por la sensación embriagante que recorría su cuerpo y convertía sus pensamientos en humo. Thranduil gemía palabras que Thorin no entendía pero que resultaban deliciosas al oído, mientras sentía la estrechez del rey aprisionando su miembro causándole esos placeres indescriptibles.

- Por los dioses… - logró articular sintiendo que llegaba a su límite. – Lo quiero… quiero saborearte –gemía Thranduil una y otra vez. Thorin sacó su pene al último instante y lo llevó hasta la boca del Elfo que se abrió obediente para recibir la cálida semilla que logró deslizarse y salpicar hasta sus mejillas. Disfrutó del intenso sabor del líquido mientras Thorin descendía y volvía a aprisionar el miembro que aún continuaba duro, chupándolo con desenfreno, buscando hacer emerger aquel fluido adictivo al tiempo que lo follaba con tres dedos. El orgasmo alcanzó al rey y Thorin recibió todo el líquido espeso que despidió el pene palpitante dentro de su boca. Thranduil se desplomó sobre el escritorio, presa de pequeños espasmos con la respiración descontrolada. Thorin se dejó caer de rodillas, abrazando las piernas del rey, con el cuerpo todavía disfrutando de las huellas del intenso placer.

Cuando se hubo calmado, Thranduil se sentó al lado del Enano, recibiendo su cabeza sobre el regazo. Ninguno de los dos se atrevió a romper la intimidad que se formó luego del sexo y se mantuvieron en silencio, escuchando sus rítmicas respiraciones y compartiendo el calor de los cuerpos.

Mientras lo sostenía entre sus brazos, la determinación de Thranduil se avivaba mucho más dentro de su corazón, ganando fuerzas como una poderosa llamarada. Haría lo que hiciera falta para protegerle la vida y mantenerlo a su lado.

Aplastaría a cualquiera que supusiera un obstáculo para la felicidad que finalmente había encontrado.


Las puertas de la Sala de Audiencias se abrieron de par en par, para cederles el paso al Rey Thranduil y al príncipe Thorin de Erebor.
Había ahí ochenta y cinco Elfos reunidos. Ninguno se atrevió a dirigirle miradas hoscas al Enano, pero este pudo sentir el ambiente tenso y cortante que dominaba la sala. Todos se levantaron y les reverenciaron mientras se dirigían a sus asientos.

Entonces el majestuoso rey Élfico se pronunció con aquellas palabras que todos los grandes señores esperaban, y al mismo tiempo, temían escuchar.

- Como en otros tiempos oscuros que han acontecido, nuevamente el pueblo de los Elfos es forzado a levantarse en armas; esta vez contra dos peligros que amenazan la soberanía y supervivencia del reino de los bosques. – exclamó con la voz lejana que congelaba los corazones de sus oyentes.

Tomó una pausa y luego anunció – Mirkwood marchará a la guerra. A la guerra contra Erebor. A la guerra contra Smaug.

Los ojos de todos cayeron directamente en el Enano sentado junto al Rey, y los suyos se desviaron hacia Thranduil, abiertos como platos, desorbitados de pánico e impresión.