Las puertas de la sala privada de audiencias se abrieron de par en par ante un Enano congestionado que se apresuró a hincar la rodilla frente a la vista del Rey entre respiros breves y alterados – E-Elfos – exclamó atropelladamente – ¡Elfos en el Camino Real!

Thrór soltó el pergamino de sus dedos regordetes y lo miró con ojos desdeñosos – Que los centinelas se encarguen. Estoy hasta la coronilla de continuar repitiendo lo mismo cada condenado segundo; los Elfos ya no son bienvenidos aquí, aún cuando se trate solo de uno deberá ser arrestado y encerrado en las mazmorras, si se resiste –

- ¡Son un millar! – interrumpió el Enano que parecía como si las palabras del rey lo hubieran aturdido todavía más si eso fuera posible - ¡El ejército entero del bosque negro se ha desplegado!

Thrór se levantó de su asiento súbitamente, sintiendo como el corazón se le empequeñecía dentro de su pecho y su cabeza se calentaba al punto de estallar en cualquier momento. Los ojos desorbitados e inyectados de rojo se lanzaron sobre su hijo, gritando con la garganta desgarrada – ¡Muévete! ¡Reúne a los soldados! ¡Toma a cualquiera que sea capaz de blandir un arma!

Thráin se levantó de su asiento y desapareció tras la puerta junto con el resto del Consejo, que aunque nada tenían que ver con los preparativos del ejército, ninguno estaba dispuesto a quedarse para enfrentar al Rey. Thrór corrió hasta el Enano de rodillas en el umbral de la puerta y lo cogió de las barbas - ¡¿Cómo es que han logrado penetrar hasta el Camino Real?! ¡El primer puesto de avanzada está a 10 kilómetros de Mirkwood! – La noticia tendría que haber llegado hace días, un millar de soldados no pasan desapercibidos ni siquiera ante los ojos del más inepto.

- No sabemos lo que ha sucedido con ellos, Alteza – inquirió el caballero evitando hacer contacto con los ojos – Ninguno ha sido visto… tenemos razones para creer que fueron capturados… o asesinados.

La ira convirtió todo a su alrededor en el color carmesí de la sangre. Pero junto a la furia y al terror, lo dominó también un desbordante sentimiento de éxtasis, ante la perspectiva de que la batalla que él mismo había predicho estaba sucediendo. Thranduil después de todo había resultado ser tan codicioso y despiadado como su instinto le advirtió desde el primer momento en que el Elfo pisó sus tierras a rendir homenaje, cuando el Enano tomó responsabilidad de la corona.

- Quiere mi oro. Quiere mi montaña, pero no obtendrá ni lo uno ni lo otro. – se dijo para sus adentros tocando el Anillo de Poder que brillaba con una tenue luz misteriosa apresándole el dedo medio. Se sentó de nuevo en el sillón mientras los capitanes que conformaban el Consejo de Guerra entraban a la sala y se instalaban en sus respectivos lugares. El panorama cambió en tan solo un par de segundos, antes con la presencia pomposa y colorida de los Señores que le asistían con el gobierno de Erebor y luego con los caballeros curtidos por tantas batallas vistiendo armaduras sombrías y rostros hoscos.

- Nadie va a quitarme lo que es mío – se continuaba diciendo, observando el enorme mapa de piel de caballo que se desplegó sobre la mesa – Erebor me pertenece, y si el Rey brujo lograra poner sus garras en mi tesoro, será porque no queda ni un solo Enano vivo. – Sus ojos azules envueltos con el mismo resplandor que emanaba del anillo observaban las pequeñas figurillas de hierro que los caballeros disponían alrededor de la montaña solitaria, trazando las posibles estrategias de batalla que debían estar listas cuanto antes. Aunque Thranduil creía que los había tomado con la guardia baja, la raza de los Enanos era suficientemente diestra en el arte de la guerra como para que aún en estas circunstancias lograran encontrar una salida y conseguir la victoria.


Cabalgaron casi media jornada hasta el puesto militar de avanzada a 15 kilómetros al este de Erebor. El Rey iba acompañado por una comitiva de cincuenta guerreros, con las armas de guerra colgando de los cintos.

Thrór divisó la línea de enemigos que se mantenía al margen del puesto. No eran más de diez, y su vista rápidamente ubicó al Rey al frente de la compañía, ataviado con una armadura esmaltada en oro blanco con incrustaciones de esmeraldas sobre la coraza, que resplandecían al enfrentarse a los rayos dorados del sol de la tarde. Los caballeros élficos se mantuvieron en posición, como majestuosas estatuas en medio del camino. Cuando Thrór llegó a unos diez metros de distancia, el Elfo tomó las riendas de su corcel de plata y trotó hasta su encuentro.

La arrogancia del Rey brujo al presentarse a su vista con tan escasas fuerzas le enfureció, era una muestra de que estaba seguro que aquella situación no representaba para él ninguna clase de peligro.

Thranduil se detuvo a un metro delante del Rey Enano, despojándose de su yelmo antes de comenzar a hablar.

- Estoy complacido de que haya atendido a mi llamado, Alteza. – Saludó con una pequeña reverencia, pero con esa mueca entre seriedad y burla en el rostro buscando provocación.

- ¿Qué has hecho con mis exploradores? – demandó saber Thrór fulminándolo con los ojos.

El Elfo le sostuvo la mirada con sus ojos helados, como el color de una posada congelada durante el invierno. Y con esa misma frialdad, confesó – Los maté a todos. – En cuanto los Enanos pusieron sus manos en las armas, Thranduil continuó – Y haré lo mismo con tu nieto si no mantienes tu posición.

Thrór hizo un lento ademán, y los Enanos soltaron sus armas. Thranduil observó la quijada temblorosa rebosante de furia, con la enorme nariz enrojecida y los ojos azules desorbitados.

- ¿Ahora te das cuenta de tu error? – dijo el Elfo, - Enviando a mi castillo al príncipe Thorin no hiciste más que facilitarme las cosas. Aunque debo admitir que tu demencia llegó a sorprenderme; tus sospechas sobre el príncipe son absurdas y sin sentido, pero eso no importa más, porque ahora me pertenece. Él era parte de mi estrategia cuando me presenté ante ti a solicitarlo como pupilo, puesto que necesitaba a alguien poderoso que ocupara el lugar de prisionero y que mejor opción que tu adorado nieto; pero tú sabiamente te negaste, no obstante, aún así terminaste entregándolo en bandeja de plata… fue tu peor movimiento, y ahora sabes que el precio por ello será muy alto, así como también sabes que pretendo matarte a ti y a todos tus descendientes, y reclamar lo que Valar creó originalmente para nuestro placer y deleite, antes de que ustedes vinieran e infestaran las tierras. – Exclamó dirigiendo su mirada hasta Thráin, que se mantenía al lado de su padre. Contrariamente al rey Enano, el príncipe mantenía la compostura y se limitaba a observar a Thranduil estudiando sus palabras.

- Me diste el mejor prisionero de guerra que pude haber deseado – continuó – y en honor a eso, le perdonaré la vida y lo liberaré cuando todo esto termine, solo si rindes el castillo y me abres las puertas de Erebor en paz. Entonces no habrá derramamiento de sangre.

- ¡EL ORO ES MÍO! – comenzó a gritar el rey ante la mirada confusa de sus mismos hombres - ¡EL ORO ME PERTENECE POR DERECHO, NO ME LO QUITARÁS!

Thráin rompió filas para acercarse a Thranduil y hacerse escuchar sobre los gritos histéricos de su padre. – No rendiremos el castillo, Alteza. – anunció con tono lúgubre, con el porte de rey que Thorin había heredado. – Si usted desea sangre, sangre será lo que obtendrá, pero las puertas de Erebor continuarán cerradas para los Elfos del bosque negro, que se han alzado en armas contra nosotros, que fuimos un pueblo solidario, por razones injustas y llenas de perversidad.

- Siempre supe que era usted quien realmente gobernaba el reino de Erebor – contestó Thranduil con una sonrisilla en el rostro – no olvidaré su honorable valía y cordura cuando le llegue su hora. – Entonces tomó las riendas de su caballo, y dio media vuelta – La propuesta continúa en pie hasta el amanecer. El Rey no escuchará opciones, pero estoy seguro que usted sí. La vida de su pueblo por un puñado de oro me parece suficientemente razonable.

- Un pueblo que quedará sin hogar y sin nadie que lo gobierne. – dijo Thráin.

- Pero sobrevivirán. – puntualizó el Elfo.

Justo antes de que Thranduil espoleara su caballo, el príncipe Thráin volvió a pronunciarse.

- No pierda su tiempo, Alteza, puesto que no hay nada que considerar. Es usted quien nos ha dejado sin otra opción.

Y esta vez, fue él quien dio media vuelta, y antes de marcharse finalizó - Iremos a la guerra.

La comitiva de Enanos se alejó y Thranduil regresó hasta la posición de su compañía. Volteó la cabeza para observar a la línea de Enanos que se perdía en la lejanía – "Guerra es lo que deseo." – Pensó, y los elfos también dieron media vuelta, para volver al campamento.

Aquel había sido el último cabo suelto del que necesitaba ocuparse. Si las cosas salían mal, debía asegurarse de que Thorin no pareciera más que otra víctima de los viles planes del Rey Thranduil.


Thranduil atravesó las tiendas que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, dirigiéndose al pabellón más grande situado al centro del campamento. Notó que a los pies del pabellón ya había sido instalada la jaula… aunque continuaba vacía.

Desmontó y en seguida uno de los soldados tomó las riendas del corcel. El Rey entró a su pabellón, que en su interior no distaba mucho de parecer una de las habitaciones del castillo en Mirkwood. Se sorprendió de ver que no estaban más que los criados ocupándose de sus deberes.

- ¿Dónde está el príncipe Thorin? – preguntó permitiendo que dos doncellas le despojaran de la armadura de batalla.

- Ha ido con el príncipe Legolas al páramo que está a pocos metros del campamento, Alteza. – contestó una de las doncellas – El príncipe Thorin se estuvo quejando de la poca actividad, así que aceptó de buena gana la invitación a desafío.

La molestia de Thranduil se evaporó tan rápido como llegó. No le gustaba que Legolas actuara por su cuenta cuando se trataba de Thorin, pero comprendía que no podía mantener al Enano dentro de la tienda todo el tiempo sin nada que hacer.

Se quedó con una túnica gris de corte sencillo, que lo compensaba con los hermosos bordados en oro sobre el cuello y la cintura. Salió de la tienda y se dirigió hasta el campo libre de árboles donde Thorin y Legolas estarían debatiéndose.

No tardó en ubicar a las dos figuras desiguales envueltas en un combate singular, cada uno con un mandoble en la mano derecha. Sumidos en la danza, ninguno notó la presencia del rey, y este solo se limitó a observarlos. El acero chocaba contra el acero y producía aquel cortante sonido cuando se bloqueaban las estocadas. Thorin llevaba una camisa ligera de algodón, cargada de sudor y pegada al cuerpo. Los dos se movían con la misma agilidad y maestría, defendiendo y atacando, manteniendo un ritmo constante. El ambiente se había teñido de un celestre frío, con unos pocos rayos débiles del sol que todavía alcanzaban a bañar las tierras antes de ocultarse por completo. Los dos príncipes continuaron con el combate por alrededor de veinte minutos más luego de que el rey llegara, hasta que Thorin aprovechó la leve pérdida de equilibrio del Elfo y con un rápido movimiento hacia la izquierda terminó haciéndole resbalar, deteniendo la afilada hoja de la espada a unos centímetros del cuello blanco y mortal de su adversario.

Thorin se separó y le ofreció la mano a Legolas para ayudarle a incorporarse – Tres a tres. – comentó el Elfo con una sonrisa en el rostro – Empate de nuevo. No trataré de excusarme diciendo que se me da mejor el arco, mi señor, porque con mis años, no hay razón alguna que me libre. Es usted quien tiene una habilidad asombrosa e innata. Estas horas de entrenamiento que hemos compartido han significado un verdadero placer para mí.

- Agradezco el cumplido – contestó Thorin con cortesía, permitiéndose esbozar una leve sonrisa – Ha sido mi primera vez en combate singular contra un Elfo, y debo admitir que he quedado maravillado con su habilidad. Sería un honor para mí si esta oportunidad volviera a repetirse, en tiempos mejores.

- Tiene mi palabra. – respondió Legolas complacido.

En ese momento, Thranduil salió de las sombras y se aproximó hacia las dos criaturas – Ha sido un espectáculo asombroso. – Comentó con una sonrisa al tiempo que Legolas hacía una respetuosa reverencia – Por supuesto que habrán muchas más oportunidades para compartir nuestras destrezas de combate en el futuro, príncipe Thorin.

Thranduil se acercó para depositarle un beso de agradecimiento a su hijo y entonces se dirigió de nuevo a Thorin – La noche está cayendo ya. Considero oportuno regresar al campamento para tomar los alimentos y descansar.

Los dos atendieron aquellas palabras amables como las órdenes que eran y se encaminaron hacia el claro donde estaban instaladas las tiendas.


En el pabellón no había ni un alma más. Thranduil los había despachado a todos, para que Thorin se sintiera más cómodo. Esa noche cenaban alfeizan en salsa agridulce, jabalí asado con clavos y nuez moscada, cordero en salazón, vino dorado de Dor-Winion y un sinfín de pastelillos de limón y manzana, que Thranduil había reconocido como los favoritos de Thorin. La mesa montada sobre caballetes estaba a rebosar de comida y bebida como se había vuelto la costumbre, desde que el rey compartiera los alimentos con el príncipe Enano.

Thorin estaba devorando un buen pedazo de muslo del jabalí, mientras Thranduil se decidió por un cuenco de frutas frescas y una copa bien cargada de vino. Le divirtió la mirada acusadora que le había lanzado el Enano mientras metía las frutas en su plato, aunque eso no había detenido al príncipe de disfrutar del suculento banquete.

- ¿Ellos están siendo bien alimentados? – preguntó Thorin y Thranduil supo que se refería a los Enanos que habían capturado en los puestos de avanzada.

- Por supuesto. Contrariamente a lo que parece, no son prisioneros de guerra – contestó el Elfo – les hemos tomado como refugiados, aunque ellos no lo sepan. Y te aseguro que están recibiendo todas las atenciones que necesitan.

Entonces Thorin se limpió la boca y los dedos con la manta y lo miró directamente a los ojos. - ¿Cómo ha ido? – preguntó con zozobra.

- Erebor se ha tomado la provocación bastante en serio, de eso podemos estar seguros. – replicó –Smaug podría arribar esta misma noche… pero cuando el momento llegue, los Enanos estarán más preparados para recibirlo.

Thorin le sostuvo la mirada y Thranduil disfrutó de la belleza de aquel rostro que tanto amaba, levemente matizado por la luz rojiza del fuego – Nunca olvidaré lo que has hecho por mi reino – soltó conmovido, casi en susurros – Me hace sentir vergüenza cuando recuerdo lo mucho que dudé de ti en nuestro primer momento… Ahora sé que mis temores no tenían fundamentos… - La gruesa y cálida mano abrazó la del rey - Mi deuda contigo será de por vida.

- Nada de deudas, amor mío… - contestó Thranduil con devoción – todo lo que hago lo hago por ti… - En aquel instante, Thorin sintió como si el rey tratara de comunicarse con miradas, miradas llenas de preocupación y culpa… casi como si rogaran por el perdón. Pero el momento se desvaneció súbitamente y Thranduil llevó la mano de Thorin hasta sus labios, y la besó – Lo único que deseo es tu felicidad.

- Seré feliz mientras estés a mi lado – exclamó Thorin perfilando el rostro del rey con las yemas de sus dedos – Te amo como jamás me hubiera creído capaz de sentirlo.

- Y yo te amo a ti con la misma intensidad, meleth nín. - El fuego de la determinación se había propagado por completo, quemándole por dentro. Mataría a Smaug. Mataría a todo el linaje de Durin. Le entregaría Erebor a Thorin y no quedaría nadie que osara interponerse entre los dos reyes del Este nunca más.

Thranduil se levantó de su asiento y tomó dos copas limpias de la mesa. Sintió el peso del oro entre sus dedos mientras las copas centellaban al compás de las llamas ardiendo en la hoguera. Vertió un poco del líquido contenido en una vasija que estaba sobre una hermosa mesita a un costado de la estancia. Thorin guardó silencio, limitándose a observar los inesperados movimientos del rey.

Thranduil regresó y le tendió la copa.

- ¿Qué es? – preguntó, observando el líquido escarlata que se arremolinaba dentro de la copa.

- Té. – contestó el rey, tomando asiento de nuevo. – Si pudieras concederme el placer... – dijo con una sonrisa e invitando a un brindis.

Las copas chocaron en un sonido frío y agudo.

Repentinamente, a Thorin le invadió una extraña corazonada… pero aún así, se llevó la copa a la boca y bebió. El sabor era levemente dulzón, de hecho muy delicioso, pero no fue capaz de advertir su composición. Se dio cuenta que era un sabor completamente nuevo.

Sintió como el líquido bajó hasta su estómago y se extendió por todo su cuerpo.

- ¿Qué es? – volvió a preguntar, pero escuchó como su voz salía en susurros graves, con las palabras a medio articular. De súbito llegaron los mareos, la vista se le desenfocó y sus extremidades comenzaron a temblar descontroladamente. "Me ha envenenado." – fue lo último que pensó.

Se aferró a la mesa, sintiendo como el suelo desaparecía, y que bajo sus pies no quedaba más que un profundo abismo, como la boca de un lobo gigante que esperaba devorarlo.

Sintió unas manos que lo tomaban por los hombros con firmeza. El Elfo se inclinó y exclamó – Té de Seregon*.

Lo siguiente que Thorin escuchó fueron como murmullos lejanos traídos por la brisa, aunque claros al oído - Cuando despiertes, todo habrá terminado. Y yo rogaré por tu perdón.

Entonces todo se volvió negro.


* Seregon es una planta con flores de un rojo profundo que crece en Amon Rûdh. No se menciona que tengan un uso potencial para drogas o somníferos jaja pero ¿por qué no? ;D