Legolas vio la luna llena como una enorme perla suspendida en la bóveda infinita plagada de estrellas, atravesando la oscuridad que se ceñía a su alrededor con tenues tajos de plata. No escuchaba más que el murmullo frío del viento que se intensificaba a medida que transcurría la noche. El príncipe percibía que el bosque estaba sumido en un extraño silencio expectante, como a la espera del arribo de una tormenta tempestuosa. A pesar de moverse entre semejante penumbra, Legolas sabía que no habían presencias de ningún otro ser vivo más que la compañía de centinelas élficos que el Rey mandó desplegar alrededor del campamento. Los animales que ahí hubieran habitado atendieron a sus instintos ante la sensación aplastante de peligro inminente que amenazaba con caerles encima.

Sintió las piernas entumecidas luego de tantas horas de patrullaje y decidió descansar al pie de un árbol con las raíces desplegadas como enormes y retorcidos brazos ásperos dispuestos a su alrededor. Se sentó sobre una y de nuevo miró hacia arriba, hacia la luna que se mantenía tan ajena a todo lo que pudiera suceder sobre las tierras mortales.

Cuando corrieron los primeros rumores del despertar de Smaug, se concertaron numerosas reuniones entre el Concilio Blanco sobre los posibles propósitos que hubieran llevado a la monstruosa bestia a levantarse una vez más luego de largos años de pasividad ininterrumpida. Los resultados de las exploraciones conjuntas arrojaron conclusiones claras: Smaug se dirigía al Este. Aquella noticia fue la que puso en movimiento al rey Thranduil, arrastrado por el temor de la seguridad en sus dominios. A pesar de haberse mantenido en silencio y alejado del mundo exterior por centurias, el rey del bosque negro sabía que no podría enfrentarse a la bestia solo con las fuerzas de su reino, sabía que debía buscar antiguos aliados, si es que le quedaban algunos.

No obstante, a pesar de que Mirkwood continuaba siendo un reino rico y poderoso, no podría ser siquiera mínimamente asemejado al Reino de los Enanos, que su enorme poderío yacía en la montaña de oro en la que se habían asentado. Los Señores Élficos no tardaron en dar rápidamente con la respuesta que el rey de los bosques más precisaba escuchar: el destino de Smaug era, sin lugar a dudas, Erebor. Desde ese preciso instante, Thranduil perdió interés por el asunto, el dragón no afectaría sus dominios y eso era lo único que necesitaba saber. A pesar de los constantes intentos de Lord Elrond por hacer que tomara cartas en el asunto, que advirtiera a los Enanos y las fuerzas del Este atendieran los juramentos de alianza, Smaug ya se había convertido en tema zanjado para Thranduil. Los Enanos podían arder en la montaña convertida en una colosal pira por lo que a él le importaba, mientras el dragón se mantuviera alejado de Mirkwood.

Pero el tiempo pasó y algo sucedió. Legolas ahora sabía de qué se trataba, eventualmente lo había comprendido. De repente, Smaug volvió a ser tema de discusión en las audiencias, los exploradores eran despachados a largas expediciones para descubrir el paso y el trayecto del dragón, se enviaban cartas a Imladris solicitando noticias claves sobre el asunto y el rey ahora hablaba de alzarse en armas por la supervivencia de Erebor. Por supuesto nadie se atrevía a cuestionar aquellas decisiones tan ajenas al proceder usual del Rey, ni siquiera Legolas, que en un principio se había negado a ver lo que tan claramente se manifestaba delante de sus ojos.

El Rey Thranduil se había levantado por primera vez ante una causa que no le concernía, por batallar una guerra que no era suya, dispuesto a morir por un pueblo que lo despreciaba.

Legolas había comprendido que era la manifestación de un acto de amor.

Constantemente se preguntaba si aquel Enano valía el sacrificio del reino de los bosques. Se preguntaba también hasta donde su padre estaba dispuesto a llegar por defender lo imposible… Legolas se sorprendió temeroso de encontrar la respuesta.


Thranduil volvió a llenar la copa de vino. Observó como el líquido dorado se arremolinó al fondo de la copa, gradualmente asentándose hasta quedarse inmóvil. El viento comenzaba a azotar la tienda casi como si se tratara de un huracán… las horas ya se estaban agotando.

Tocó el rostro plácidamente estático, mezclando sus dedos entre la barba color obsidiana. Sentía el calor que se producía dentro de su pecho en respuesta al toque, en respuesta a aquel que yacía tendido entre las pieles oscuras sumido en un sueño tranquilo. A partir de este momento, Thranduil ya no podría ser capaz de controlar el curso de los acontecimientos… a partir de aquí debía luchar por mantenerse con vida… por mantenerse lejos de las espadas que quisieran aprovechar la oportunidad para traicionarlo mientras él trataba de sobrevivir al fuego mortífero del dragón… Rió ante la idea de que uno no se entera de cuantos enemigos se ha ganado hasta que llega el momento de buscar manos aliadas, entonces todos contestan con miradas desdeñosas y se vuelven de espaldas, justo como él lo había hecho en otros tiempos.

No estaba del todo seguro si los Hombres atenderían el llamado, lo que sí sabía era que sin ellos estaría perdido. Así como también sabía que con ellos lo estaría de todas formas. Solo se necesitaba la mano de un caballero desconocido que blandiera la espada contra la carne del viejo rey buscando saldar viejas deudas… no obstante, llegados a aquel punto, si esta batalla significaba el fin de su tiempo, entonces lo aceptaría, siempre y cuando en su último suspiro viera al dragón caer desde las alturas… entonces Thorin podría encargarse del resto. De recuperar su reino, de sobrevivir.

Thorin. El solo pensar en su nombre le hacía recuperar el coraje que se debilitaba ante la perspectiva de volver a enfrentarse cara a cara con un dragón. Las heridas físicas podían esconderse, pero no las del corazón, que se negaban a cerrarse y olvidar. Las huellas continuaban ardiendo, las huellas de aquella sanguinaria batalla en Beleriand contra la bestia desatada por Morgoth, que acabó con todas las tierras de la región contando a Doriath donde vivía asentada la madre de Thranduil y donde murió el rey Oropher en un intento inútil por salvar a su amada del fuego de Glaurung, el uroloki que convirtió en cenizas la tierra de Valar en Arda.

Las llamas de Glaurung aún ardían en Thranduil, convertidas en una maldición constante. Desde el momento en que Thranduil había vuelto a pisar Eryn Vorn –en aquellos remotos años aún llamado Eryn Galen, el Bosque Verde- convertido repentinamente en Rey a causa de la muerte de su padre en Doriath, se juró que su única razón de supervivencia sería la de florecer aquel reino que Oropher había abandonado para arder entre las llamas de la bestia.

Y había cumplido su juramento, hasta el momento. Un juramento que le había costado alianzas y amistades; que le había hecho ganar nada más que desprecio y enemigos. Pero Eryn Vorn prevalecía, no como un reino menguante que había llegado agonizante a la Tercera Edad, si no como uno prospero, de gran poderío y longevidad.

Un reino floreciente, que había costado su precio.

Escuchó el rugido del viento. De aquel viendo antinatural que amenazaba con arrancar el pabellón de sus cimientos. Escuchaba el alboroto allá afuera, los soldados corriendo de un lado a otro recogiendo las tiendas, apagando las fogatas, preparándose para la partida.

Volvió su vista hacia el Enano. Así como su padre había corrido hacia la muerte en nombre del amor que había dejado atrás, así lo hacía Thranduil ahora. Volvió a sonreír con pesar, aunque más que una sonrisa, fue una mueca dolorosa ante la ironía de la situación. Recordaba lo mucho que había tratado de detener a su Rey para que abandonara la idea de partir hacia Beleriand, puesto que ambos sabían que las tierras ya estaban condenadas; no obstante, la lucha no abonó nada y el ejército del Rey Oropher partió hacia su final. Thranduil que para aquel tiempo era el capitán de las espadas, fue parte de los supervivientes –siendo no más que un puñado- que regresaron a casa. La remembranza le hizo preguntarse si todos los actos de amor estaban condenados a terminar de la misma manera.

Sacó la mano de su amado por debajo de las mantas y la estrechó contra su pecho. Disfrutó de la calidez que emanaba de su piel y deseó quedarse ahí para siempre. Deseó abandonar la idea, abandonar los títulos y marcharse, con aquella mano aferrada a la suya, hacia cualquier lugar que el camino y el destino les llevara… pero sabía que no era posible. La única forma de mantener a aquel Enano a su lado era entregándole Erebor y hacerlo rey. Estaba dispuesto a conseguirlo, y si no, entonces también estaba dispuesto a morir, porque no deseaba más vivir una vida que ya parecía sin sentido. Los ojos del Rey Thranduil por primera vez en tres mil años esbozaron una mirada cargada de cansancio, como la de un viejo en su lecho de muerte, aunque con la piel tan tersa como la de un muchacho. No había luz en sus ojos celestes, solo agotamiento y miedo.

- Me hiciste sentir vivo de nuevo, Thorin de Erebor – susurró la criatura de extraordinaria belleza, envuelta en un aura de antigüedad y magia que habrían hipnotizado hasta al más sabio de los hombres que caminara por los senderos interminables de la Tierra Media. – Repentinamente me encuentro cansado, amor mío… De alguna manera, me he dado cuenta que si muriera en esta batalla, mi pueblo sería ahora lo suficientemente poderoso como para seguir adelante sin mí. Legolas está listo para ser rey, y estoy seguro que será uno extraordinario… Ya he saldado la deuda con mi padre y mi gente; sin embargo, mentiría si dijera que no tengo miedo de morir… me siento ahogar por la angustia ante esa fatal perspectiva, porque ahora tengo una nueva razón para desear mantenerme con vida… Ya no se trata de deber, ni de juramentos… - Thranduil se tomó una pausa y acarició con ternura el cabello rizado de su amante, llevando sus dedos hasta sus ojos cerrados, bordeándolos con suavidad, perfilando la nariz, los labios… sintiendo la cálida respiración sobre sus dedos de marfil – Cuando despiertes, deberás perdonarme, meleth nín. – continuó – sea como sea que todo termine, si regreso o no regreso, lo único que mi corazón ansía es tu perdón, y si no lo hicieras, entonces espero estar muerto, para no encontrar mi final en tus ojos.

La melodía del cuerno élfico se hizo sonar, larga, deslizándose entre el rugido enfurecido del viento. El momento había llegado.

Thranduil tomó de nuevo la mano de Thorin llevándola hasta su pecho y se inclinó para depositarle un beso en los labios. El Elfo cerró los ojos, construyendo el recuerdo más vivo del toque de su amado; entonces se separó y se irguió, volviendo a su semblante el porte majestuoso del Rey de los Elfos. No dijo nada más, simplemente permitió que sus ojos expresaran sus últimas palabras, mientras las doncellas entraban al pabellón y comenzaban a vestirlo para la batalla.


Legolas volvió a entonar el cuerno élfico que anunciaba las vísperas de la marcha. Las estrellas y la luna se habían ocultado tras una densa nube negra que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, mientras las ventiscas amenazaban con arrancar de los suelos al más distraído. El príncipe se alejó de las filas de guerreros que estaban comenzando a formarse y se dirigió hasta el pabellón Real.

Lo que vio le hizo detenerse en seco, pero apartó los pensamientos emergentes y se acercó.

La jaula que el rey había mandado instalar a las afueras de su pabellón ya estaba ocupada. Tenía atravesado un grueso tronco en su centro, de donde había sido clavada una gargantilla de acero que rodeaba el cuello del prisionero que vestía una simple túnica gris andrajosa. Los brazos estaban encadenados hacia atrás y las piernas inmovilizadas con unas argollas de hierro que tenían como fin hacer que el prisionero no diera más que pequeños saltitos si se le ocurría escapar. La cabeza estaba echada hacia adelante y el cabello negro cubría su rostro casi por completo. Legolas reparó que estaba durmiendo.

En ese momento el Rey de los Elfos salió de su tienda, ataviado con la armadura, el escudo a la espalda y la espada en el cinto.
- Mil soldados han de quedarse aquí para custodiar al prisionero – exclamó al comandante que caminaba a su lado – vuestro único propósito es protegerlo a cualquier costo. Huir en caso de peligro deberá ser la primera opción.

- Así será, Alteza. – contestó el soldado, y haciendo una reverencia se separó para comenzar a gritar órdenes.

Por último, con el cabello y la capa de oro azotados por el viento endemoniado, Thranduil se acercó a su hijo – Ha llegado la hora. – dijo con voz insondable.

Entonces el rey y el príncipe se colocaron los yelmos, se devolvieron la última mirada y sin mediar más palabras, también se separaron.


NOTA: Solo para aclarar: la región de Beleriand y su destrucción a manos del dragón Glaurung es parte del canon de Tolkien, pero la participación de Oropher y Thranduil es invento mío XD Solo me pareció buena idea utilizarlo porque en Doriath habitaban elfos Sindar, así que podría tener un poco de sentido ;D Además, no pude con las ganas de usar esa sugerencia que Peter Jackson hace con Thranduil y el fuego de dragón en DoS.