El príncipe se acercó a la luz de las llamas danzantes que despedía la antorcha dispuesta en uno de los arcos de hierro para conseguir leer el contenido del pergamino. "…no atenderemos el llamado…" "…me temo que las preocupaciones del rey Thrór deberían ser otras más que la amenaza de los elfos del bosque…" "El Rey ha fallado y tú también…" "…no volveré a arriesgar la vida de mi gente en su nombre…" "…tu hija Dís está a salvo en mi castillo. Ante cualquier acontecimiento, ella será la Reina Regente de Erebor mientras el heredero permanezca prisionero…" "Vigila el Norte…"
- Daín no vendrá. Las Colinas de Hierro nos han abandonado. – Anunció Thráin a Balin con la furia marcando sus palabras. Arrugó el papel y lo lanzó a la hoguera improvisada que habían montado dentro de la tienda – Estamos solos en esto.
- Aún nos queda una posibilidad… - le recordó el Enano, llevando su vista hacia la mesa de madera con el mapa del Este tallado en la superficie. Sus ojos se enfocaron en las figurillas de hierro que representaban a los elfos del bosque.
- No lo sabemos con certeza. – contestó el príncipe en tono áspero – y no sería prudente contar con ello ahora.
- El rey Thranduil ofreció sus servicios a nuestra causa cuando nadie más lo hizo. – Insistió Balin acercándose al príncipe para impedir que apartara la vista de sus ojos – El rey Thrór cometió un error, Thráin… y tú lo sabes. Nadie, ni siquiera nuestros aliados acudieron a Erebor con la noticia del dragón, nadie, excepto Thranduil. No obstante, el viento ha sido el único augurio que hemos tenido el valor de escuchar… y ya es demasiado tarde. El rey a huido buscando refugio en las profundidades de la montaña creyéndose el último guardián de la mina de oro que su mismo pueblo ha excavado por él, y que ahora abandonará en las vísperas de una batalla decisiva.
Se hizo un silencio pesado acompañado por el furioso rugido del viento que sacudía la lona de la tienda amenazando con derribarla en cualquier momento. Thráin le sostuvo la mirada a Balin quien luchó por no apartarse de aquellos crudos ojos azules que en ese momento la oscuridad de la noche había teñido de negro. – Mi padre es el Rey. – Lanzó a manera de desafío.
- Sí. El rey que ya ha visto sus mejores tiempos. – Se atrevió a confesar – Necesitamos un nuevo Rey. Uno que cabalgue con su pueblo a la guerra, uno que proclame las palabras que los soldados necesitan escuchar, uno que continúe siendo capaz de blandir una espada. – Balin se acercó al príncipe y le puso una mano en su hombro – La gente ha perdido la esperanza en Thrór… Si hay alguien a quien seguirían incluso hacia las mismas llamas del dragón, ese eres tú. Ha llegado tu hora, Thráin, de salir de las sombras de tu padre y determinar el futuro del reino de Erebor.
- Eso es traición. – contestó apretando los dientes, aunque en realidad sintiéndose más furioso consigo mismo por compartir las palabras de Balin. A razón de que su padre aún continuaba vivo, este no debería ser el momento… pero también era verdad de que las cosas se le habían salido de las manos hacía mucho tiempo. A pesar de todo, por lo único que sentía un sincero rencor hacia Thrór era por haberse atrevido a exiliar de Erebor a Thorin aún cuando sus palabras habían sido sinceras; aunque sabía que parte de la culpa era suya, porque no tuvo las agallas para desafiar el veredicto del rey.
- Si estás dispuesto a hacer valer más tu fidelidad por el rey y no por tu pueblo, entonces Erebor puede darse por perdido.
Con esto, Balin hizo una rápida reverencia y salió de la tienda a grandes pasos. Thráin se sentó en la silla en medio de la cálida oscuridad rojiza y clavó la mirada en el relieve que representaba la montaña solitaria. Sabía lo que tenía que hacer. Ciertamente no necesitaba de las palabras de Balin para darse cuenta que Thrór había perdido la guerra desde el momento en que rechazó la ayuda de los elfos… o quizás todo aquello empezó mucho antes. Desde esa gema que encontraran en el corazón de la montaña. La cordura del rey había empezado a decaer y Thráin se vio obligado a tomar las riendas del reino desde las sombras, aunque la mayoría de las veces sometiéndose a los deseos del rey que cada vez se reducían más a sus riquezas personales que al bienestar de Erebor. Ahora las cosas tenían que cambiar, pero Thráin se sorprendió a si mismo temeroso de dar el paso culminante. No porque significara traicionar a su padre o porque eso le convertiría en el responsable de una guerra perdida. No, Thráin se sentía temeroso de ganar la batalla y verse obligado a sentarse en aquel imperioso trono para gobernar desde las alturas, prisionero de la pesada corona de oro apretando sus sienes con sus filos dorados, arrastrándole lentamente a la demencia en una obsesiva búsqueda por la acumulación de riquezas. Conocía demasiado bien esa historia que continuaba repitiéndose desde los anales de la Dinastía de Durin, como para atreverse a creer que esta vez no sucedería lo mismo. Temía que con el tiempo aquel frío y rígido asiento se volviera demasiado cómodo para él.
- No quiero ser rey. – Le confesó a las sombras, poniéndose de pie y tomando su yelmo – Pero como cada acontecimiento que haya marcado mi vida desde que fui concebido, mis deseos no valen nada, todo lo que tengo y debo atender son los deberes de mi sangre.
Con el yelmo entre el brazo izquierdo, Thráin salió de la tienda para enfrentarse al ejército que ya se había organizado en el valle de la montaña. Los habitantes que no pudieran prestar batalla fueron evacuados hacia las cavernas subterráneas a unos tres kilómetros detrás de la montaña; en caso de que el reino cayera podrían huir en dirección a las Colinas de Hierro sin mayores peligros.
Las tabernas se mantenían oscuras, mortalmente silenciosas con las puertas y los postigos cerrados y sellados con tablones de madera, como si aquello fuera suficiente para impedir el saqueo enemigo o el fuego del dragón. No se escuchaban risas, ni habían niños correteando y enredándose en los pies de los transeúntes. Las calles se mantenían desoladas, como las de un pueblo maldito. Sobre la villa no quedaba nadie que no vistiera una armadura. Thráin se subió a la plataforma de piedra la cual servía para que el rey se mostrara a la vista de su pueblo, cosa que no había sucedido desde hacía años.
Todo el ajetreo de los soldados fue apaciguándose a medida que la noticia de que el príncipe Thráin había subido a la plataforma se extendía por todo el valle. Minutos después, los caballeros Enanos miraban la figura solitaria de pie en las alturas, como si estuviera flotando, puesto que la oscuridad a penas hacía visible la plataforma de piedra negra en la que estaba parado. Se hizo el silencio y la voz grave de Thráin se escuchó por encima del viento, que se encargó de llevarla a todos los rincones del reino.
- Tal vez no sea yo a quien esperáis escuchar. – comenzó – Pero los tiempos están por cambiar, y este será el primer cambio entre muchos. No tengo derecho de imponerme sobre las leyes, pero mi deber con el pueblo de Erebor me obliga a levantarme y tomar mis responsabilidades… así como también aquellas que han sido abandonadas.
Ante las últimas palabras, un fuerte rumor se extendió por todo el valle y Thráin alzó la mano demandando silencio. – Desearía ser capaz de expresar palabras heroicas que llenaran de valor sus corazones, pero mucho me temo que no las poseo. Pero si algo he de deciros es que no busquéis pelear en mi nombre, tampoco bajo el estandarte del Linaje de Durin, sino por vuestras mujeres, vuestros hijos, vuestras familias, vuestras tierras. ¡El único propósito que deberá daros valentía será el de defender lo que os pertenece! – En ese momento, el aire se impregnó de vítores y ovaciones que Thráin no intentó apaciguar, porque sabía que eran necesarios para los corazones de aquellos hombres que ya tenían sentencia de muerte. - Desde este momento hasta el final de mis días, tomo cuidado del reino de Erebor, como el Rey Bajo la Montaña Solitaria. Guiaré a nuestro pueblo a la victoria, o moriré en el intento.
Balin vio con orgullo desde el costado de la plataforma al Enano que bajaba de las escaleras convertido en rey, en medio de las aclamaciones del ejército que gritaba "¡Rey Thráin!" una y otra vez con enorme fervor. Balin sabía que Thráin subió a la plataforma para excitarlos antes de la batalla, y lo había conseguido. Entre los cinco hijos de Thrór, solo Thráin había sobrevivido a la larga lista de guerras que habían surgido luego de que el descendiente de Durin se asentara en Erebor. Balin los había conocido a todos, bastante bien a su opinión, puesto que la mayoría logró alcanzar la edad adulta antes de unirse a sus ancestros en las tumbas subterráneas de la montaña solitaria. Pero de todos ellos, Thráin era el que menos se parecía a su padre, y Balin les agradeció a los dioses porque fuera él quien proclamara su derecho al trono de Erebor.
Súbitamente un poderoso estruendo interrumpió los pensamientos del Enano y los gritos de todo el ejército. Se escuchó como un furioso trueno que hubiera golpeado el cielo ataviado de nubes negras, en un retumbo largo, profundo… y bestial. La tierra tembló bajo los pies de los guerreros y en seguida una escaza lluvia negra comenzó a caer sobre el valle.
- ¡DRAGÓN! – gritaron los centinelas montados en las torres de vigilancia - ¡DRAGÓN A LA VISTA!
A lo lejos, sobrevolando entre las nubes vieron un resplandor rojo que se movía a gran velocidad. El monstruoso rugido volvió a sacudir el Este, llenando del más puro e instintivo terror a toda criatura que fuera capaz de escucharlo.
Las órdenes fueron gritadas, los caballeros se posicionaron, y las flechas fueron lanzadas. Las gigantescas alas del dragón que se desplegaban a los lados de su cuerpo tan duro como el acero se encargaron de desviar algunas, mientras que las demás se deshicieron como briznas de paja siendo arrojadas sobre una colosal piedra volcánica, cayendo al vacío en pequeños hilillos brillantes de fuego.
- ¡MANTENEOS EN VUESTROS PUESTOS! – gritaba Thráin desgarrándose la garganta - ¡NO DEIS UN PASO ATRÁS!
Los soldados se afianzaron con fuerza a las armas y al valor, manteniéndose en posición, esperando a que la bestia pisara tierra mientras los arqueros continuaban atacando con un diluvio de flechas que se esfumaban incluso antes de tocar las escamas ardientes del monstruo alado. Otro feroz rugido gutural cayó sobre los caballeros haciéndoles retroceder por instinto para huir en busca de refugio, pero lo que los detenía era la horrenda certeza de que no existía refugio alguno que valiera ante el poder de la bestia maldita.
Fue en ese momento que se escuchó el deslizar melódico de un cuerno. El sonido pareció detener el tiempo durante un segundo, mientras los ojos aterrorizados de todos los caballeros se dirigían hacia el horizonte…
Una segunda tonada se izó y aquello lleno de esperanza los corazones de los Enanos, porque era una llamada que anunciaba el auxilio. Porque era una llamada que ellos conocían muy bien.
Entonces, al filo del risco apareció la vanguardia de los jinetes de Mirkwood y la tercera tonada se hizo escuchar. El polvo del peñasco se elevó entre el ejército que descendía hacia el valle para unirse a la batalla contra el dragón que ya amenazaba con caerles encima.
El Rey Thráin espoleó al poni y llegó hasta la altura del Rey Thranduil, donde se bajó de su montura e hizo una reverencia ante el soberano élfico. – Erebor no olvidará nunca semejante muestra de lealtad. Estaremos en deuda para siempre.
- No hay tiempo para hablar de deudas, príncipe Thráin – contestó Thranduil – el reino de los bosques está cumpliendo con su deber. – Entonces apeándose también del caballo, preguntó - ¿Dónde está el Rey?
- Delante de vuestros ojos. – contestó Thráin sosteniendo la mirada de los ojos glaciales.
¿Thrór ha muerto? Se preguntó Thranduil ante semejante noticia. Pero no era tan imprudente como para preguntar, lo averiguaría de cualquier otra manera. De todas formas, aquello no cambiaba nada, haría lo que tendría que hacer, aún cuando Thráin ni siquiera hubiera terminado de acostumbrarse al apelativo Real.
Se volvió y miró con los ojos cargados de miedo auténtico a la criatura de fuego sobrevolando los cielos que lloraban lágrimas negras y espesas. Escuchó el rugido monstruoso y su corazón se encogió horrorizado, sintiendo como entre más se acercaba el dragón, más caliente se volvía la tierra que pisaban, buscando hervirlos vivos dentro sus armaduras de metal que no servían para nada más que aumentar la temperatura en sus cuerpos.
El pecho del dragón se hinchó encendiéndose como el mismo resplandor del sol y un sonido parecido al de un poderoso torrente de agua arremolinándose contra las rocas retumbó en los oídos de los guerreros; sin embargo lo que salió del hocico del dragón no fue aquel líquido revitalizante y dador de vida, sino una fulminante llamarada de fuego que arrasó con todo lo que encontró a su paso, convirtiendo el oscuro valle de Erebor en un infierno escarlata.
