NOTA: Wow, han pasado creo que alrededor de seis meses desde la última actualización. Tuve que tomarme un inesperado hiatus por la universidad y algunas cosas personales. Desde ahora podré dedicarle tiempo a finalizar esta historia (tan solo faltan 2 más), que ha sido una de las más entretenidas de escribir :)
De todos los capítulos, este a sido el más difícil, pero bueno, a veces tengo esa sensación de que hay cosas que tienen que suceder... espero que lo disfruten.
Los interminables escalones de la garganta de piedra llegaron a su final, más la oscuridad que reinaba en las afueras fue casi tan parecida a la que había en las profundidades de la torre, levemente teñida por el resplandor rojo escarlata que consumía las tierras muertas del valle. Más lo que atrapó la atención del príncipe elfo fue lo que se elevaba al borde de la torre como una amenazante bestia de piedra a punto de echarse a volar…
- Si el príncipe de los Elfos es tan diestro con el arco, entonces será lo suficientemente diestro para manejarla como es debido. – exclamó Gimli, a espaldas del príncipe.
Legolas se acercó a la enorme ballesta negra que reposaba al borde del abismo. La tocó y se estremeció al sentirla fría al tacto a pesar de que la piedra que pisaban estaba ardiente bajo sus pies.
- Aquí hubieron diez Flechas Negras – continuó Gimli, refiriéndose al arma asemejada a una lanza que reposaba sobre la ballesta – pero nueve se hicieron añicos cuando la puntería erró y golpearon las escamas de acero del dragón. Esta es la última.
Legolas también la tocó y repentinamente sintió como los encantamientos que danzaban sobre la flecha negra se deslizaron como un fluido torrente por todo su cuerpo, y entonces tuvo la certeza que con aquella arma era posible derribar a la bestia alada. Era posible, pero en demasía complicado. Se volteó a observar al Enano, esperando encontrar cinismo e incredulidad en sus ojos, pero lo que el príncipe encontró fueron destellos de esperanza… y miedo, miedo de que aquella empresa fuera demasiado para él.
- Estaría mintiendo, Gimli, si dijera que lo lograré, porque ni aún con mi habilidad estaría seguro de cumplir con mi promesa. – admitió con sinceridad. Gimli se sostuvo de la pared de piedra, presa del desaliento, sintiendo como las palabras de Legolas aniquilaban cualquier esperanza remanente. – Entonces eso es todo. – contestó – No hay Enano ni Elfo capaz de asestar el golpe definitivo. Este es nuestro final. – sentenció, vencido. Pero justo cuando daba media vuelta para comenzar con el descenso, Legolas habló:
- Es cierto, este será el final, señor Enano, el final de un periodo, para ustedes y para todos los reinos asentados en el Este de la Tierra Media. Pero aunque mínima, aún tenemos el atisbo de esperanza delante de nuestros ojos. Esta batalla debe culminar de cualquier manera. Si erro, todos por igual, Elfos, Enanos y Hombres moriremos en este valle consumidos por las llamas de la bestia y Smaug se alzará y dominará nuestras tierras hasta que encuentre rival que sea lo suficientemente hábil para derrotarlo. Pero sucederá lo mismo si no lo intento. – Legolas se acercó al borde y echó un vistazo al valle y a todos aquellos que batallaban con valentía, aún cuando todo parecía una lucha sin sentido. Por primera vez en sus largos años, Legolas vio a las tres razas luchando unidas por un solo propósito, y aquello enardeció mucho más su convicción. - Incluso aunque mi corazón esté lleno de temor y dudas, no puedo dejar esta torre sin haber ejecutado el último disparo. – exclamó, entonces se volteó al Enano y lo miró a los ojos – Si fallo, volveré abajo con la frente en alto y lucharé junto a mi pueblo. Moriré con dignidad.
- Y yo estaré a su lado. – respondió Gimli, y Legolas supo que hubo sinceridad en sus palabras.
Para el mismo tiempo en que Gimli y Legolas se debatían en la cima de la torre, el príncipe Thorin había logrado atravesar el campo de batalla y llegar hasta la desolada montaña, desesperado por encontrarlo. Conocía todos los pasadizos del castillo que se desplegaban como raíces en las entrañas de la montaña, por lo que amparado por la oscuridad y la invisibilidad de los túneles, avanzó con destreza, atento a cualquier sonido que le proveyera de alguna pista.
Continuaba siendo perseguido por aquellas mismas palabras que no se atrevió a escuchar cuando tuvo la oportunidad, deslizándose hirientes en sus pensamientos una y otra vez, como un condenatorio recuerdo:
"De su boca no salen más que artimañas y encantamientos que llevan a sus presas a hacer lo inimaginable solo por complacerlo."
- Todo lo que Thranduil siempre quiso fue la riqueza de Erebor, - se reprendía - ¿cómo pudiste ser tan imbécil y atreverte a creer que los sentimientos que expresó eran sinceros? La guerra contra Smaug terminará tarde o temprano, mi familia perecerá y todo el oro será robado por los Elfos y los Hombres dejando nuestro legado en ruinas. Es tan claro ahora… - Thorin sintió que sus piernas fallaban y se sostuvo de la pared de rocas salientes, tratando de retomar el aliento que el dolor le robaba – Me mintió… todo fue una mentira. Todas esas horas en la sala de audiencias… conspirando en mi contra luego de que yo le cedía tantas intimidades… entonces volvía a mí y me besaba con esos mismos labios que hablaban sobre asesinarme… - sentía como el dolor y la furia cegaban su sentido común e incluso su capacidad para avanzar. Cayó de rodillas tratando inútilmente de controlarse - ¿Cómo pudiste? Thorin de Erebor, ¿cómo pudiste ser tan ingenuo? Todo pasó delante de mis narices pero yo estuve demasiado cegado por las falsas ilusiones como para verlo… - Todos los recuerdos de aquellas tardes de ensueño desfilaban delante de sus ojos imposibles de controlar, como si su memoria estuviera decidida a dejar caer sobre el Enano el castigo que merecía.
Pero entonces, sus dedos se deslizaron entre los compartimientos de sus pantalones de prisionero, como si alguna fuerza externa estuviera decidida a llevarle hasta ahí. Para su sorpresa, sus dígitos acariciaron una superficie dura y lisa; Thorin supo de qué se trataba, puesto que solía llevarla siempre con él… entonces la sacó, y el lapislázuli se mostró ante sus ojos tal y como le recordaba, con aquellos brillos como estrellas que danzaban suspendidas en su profunda superficie azul… pero algo había cambiado. La piedra yacía entre sus dedos fría, despojada de todo calor que otrora hubiera emergido de sus entrañas… estaba muerta.
Thorin no sintió sino furia y desdén en cuanto la vio. Incluso aunque en el fondo algo que le decía que aquella joya que había significado tanto para él había sido puesta ahí por alguna razón, la testarudez y el sentimiento del orgullo herido hicieron que Thorin fuese incapaz de comprender lo que Thranduil deseó expresarle en ese momento mediante la piedra mágica que les unía.
El lazo había sido roto, y el lapislázuli no volvería a emitir su calor nunca más.
Thorin la dejó caer de sus dedos, escuchando el frío estruendo de la piedra contra la piedra; entonces se levantó y continuó con su búsqueda.
Las estrellas, antes vívidas y brillantes, comenzaron a apagarse una por una, hasta que el lapislázuli no fue más que una simple piedra lisa y oscura para siempre perdida en los confines de la montaña de Erebor.
Fueron muchos los instantes en los que Legolas sintió que debía disparar, pero dejaba escapar el momento que quizás fuese el oportuno por temor a errar con la puntería. Sabía que Smaug tenía un punto débil justo a un extremo de su coraza de oro, pero era demasiado pequeño y la bestia no paraba de agitarse. Gimli permanecía en silencio a sus espaldas con los ojos clavados en las finas manos del Elfo que hacían presión sobre el arma que se movía imitando los pasos de la bestia, pero sin atreverse a asestar el golpe definitivo. Sabía que si no se apresuraba, más vidas del ejército ya menguado perecerían bajo el fuego y las garras de Smaug, pero comprendía que se trataba de una oportunidad única nada fácil de llevar a cabo ni para el más diestro de los arqueros.
Legolas continuaba rastreando al dragón, con sus ojos azules clavados en el agujero entre sus escamas que dejaba al descubierto una porción de la carne blanda de su vientre. Si tan solo pudiese permanecer un segundo sin moverse entonces podría adivinar su trayectoria y disparar, pero Smaug estaba encabritado y se precipitaba con una furiosa rapidez contra sus adversarios.
Luego de varios minutos, Legolas soltó la ballesta y se arrodilló, sintiéndose vencido. – Nunca tuve razones para dudar de mis habilidades. – confesó – Pero esto es demasiado. El punto es pequeño y errático. Será un milagro de los Dioses y el azar que la flecha alcance su objetivo. Nada tendrá que ver en ello mi destreza.
Gimli se acercó y puso una mano sobre el hombro del príncipe. – Entonces se hará a la voluntad de los Dioses y el azar. – exclamó – Es como usted dijo antes, esta batalla debe terminar de cualquier manera. Si vamos a morir, es mejor que apresuremos ese fatal destino. No hay vergüenza en el fracaso, cuando el intento se hace con el corazón.
Legolas lo miró a los ojos y sintió que ahí encontró las fuerzas que necesitaba. Se incorporó de nuevo y sujetó la ballesta.
-Si mi destino es perecer en este valle, estoy agradecido con los Dioses porque he de compartir mi viaje contigo, Gimli hijo de Glóin.
Ajustó la puntería mientras el dragón se precipitaba a tierra y dejándose llevar por una corazonada y por la certeza de un final inminente, la Flecha Negra fue disparada y por un segundo todo lo que Legolas y Gimli escucharon fue el romper del viento mientras esta se precipitaba hacia su objetivo.
- Ya no hay adonde correr. – exclamó con regocijo, observando al desquiciado rey acercarse al borde del abismo con la Piedra del Arca entre sus dedos temblorosos.
- ¡YO TUVE RAZÓN! – gritaba Thrór fuera de sí - ¡TODA TU AVARICIA HACIA MI ORO, SIEMPRE LO DESEASTE!
¡ERA LO ÚNICO QUE QUERÍAS!
¡DEBÍ HABERTE ASESINADO CUANDO TUVE LA OPORTUNIDAD!
- No quiero tu asquerosa riqueza – contestó Thranduil – lo menos que me interesa es tu sucio oro.
¡NO TENDRÁS NADA DE MÍ! ¡TODO EL ORO ES MÍO, ES MÍO!
Gritaba el rey, incapaz de escuchar a su propia razón ni mucho menos las palabras de Thranduil. Todo lo que necesitaba era mantener la Piedra del Arca a salvo… mantenerla a salvo entre sus manos mientras su ejército llegaba a salvarle…
- Este es el final de tu era. Solo habrá un Rey de los Enanos que se sentará en el trono de Erebor y ese no serás tú ni tu hijo. Dame la Piedra. – demandó extendiendo su mano – dame la Piedra o no tendré piedad.
¡NO TENDRÁS MI ORO! ¡ES MÍO! ¡TODO EL ORO DE EREBOR ES SOLO MÍO! ¡YO SOY EL REY!
Continuaba vociferando con la garganta desgarrada y la cara roja de furia. Thranduil caminó unos pasos y el rey retrocedió hasta la punta del risco.
- ¿No te das cuenta, viejo estúpido, que he aspirado a quitarte mucho más que tu oro? Te he quitado tu legado, que es lo único que te hubiera mantenido vivo aún cuando tu cuerpo se estuviese pudriendo en las catacumbas de la montaña. El Rey que se sentará en el trono de Erebor es el rey que tu gente merece, es el Rey que yo necesito. Tu hijo está muerto, y tú también debes morir. Thorin de Erebor, el legado que te atreviste a despreciar, será quien gobierne las tierras de los Enanos. Y será así como nuestros pueblos se alzarán como uno solo, al fin como dos reinos hermanos.
Fue en ese momento en que un enorme temblor sacudió la montaña, con un poderoso estruendo que parecía como si la tierra si hubiese partido en dos. Thranduil sonrió. Smaug había caído.
Entonces tensó el arco.
- Todo ha salido tal y como lo planeé. Tú eres mi último obstáculo. Fuera de mi camino.
- ¡YO SOY EL REY! ¡YO SOY EL ÚNICO REY! ¡EREBOR ES MÍO! – continuaba gritando, fuera de sí.
- Ya no. – sentenció Thranduil.
Sus delgados dedos acariciaron las remeras de la flecha y el Rey de los Elfos apuntó.
- Estas son las cosas que hago por amor.
Sus dedos aflojaron y la flecha comenzó a ceder.
Lo que Thranduil desconocía, en su ceguedad por dar el último paso de lo que aseguraba ser el comienzo de todas aquellas ilusiones que tanto anhelaba, es que Thorin había permanecido entre las sombras de uno de los tantos túneles que penetraban la rocas, atraído por los gritos del Rey. Sus lágrimas caían perfilando su rostro, llenas de amargura y confusión al escuchar las palabras de Thranduil y conocer los verdaderos motivos de sus actos.
¿Cómo podría ser capaz de pasar sobre los cadáveres de su propia familia y sentarse en el trono de Erebor cuando no era su derecho?
¿Cómo podría ser capaz de compartir el resto de su desdichada vida con quien había conspirado y asesinado a la sangre de su sangre?
Conocer aquella verdad le había lastimado mucho más que el creer que Thranduil obraba motivado por la avaricia.
Cuando la flecha se tensó, el príncipe salió de su escondite y fue demasiado tarde para Thranduil cuando Thorin usó su propio cuerpo como escudo, y el Rey Elfo no pudo hacer más que mirar cómo la razón de todas sus acciones se desplomaba en el suelo, con la flecha atravesada en su pecho.
Ante la confusión del momento y el repentino golpe del dolor de ver a su nieto recibir la sentencia que él merecía, Thrór erró en sus pasos y desapareció en el abismo oscuro con la Piedra del Arca en sus manos. Ninguno fue visto de nuevo jamás.
Thranduil cayó de rodillas, sintiendo como todo se desplomaba a su alrededor, como las quemaduras del dragón volvían a surcar su cuerpo y una flecha fantasma se clavaba directo en su corazón.
Sus ojos de hielo miraron el cuerpo de su amante tendido sobre la fría superficie de piedra.
Entonces un desgarrador grito inundó todos los espacios recónditos de la montaña convertida en castillo, y fue tan profundo y lleno de dolor, que siglos más tarde a aquel triste acontecimiento, los habitantes de la Montaña Solitaria continuarían escuchando sobre sus infinitos pasillos los debilitados ecos del lamento élfico que las piedras guardarían para sí como único recordatorio de los acontecimientos ocurridos en esa época tan oscura.
Fue así como aquellos actos errados perpetrados en nombre del amor llevarían esta historia que ambos habían compartido a su inminente final.
