Feliz navidad!


Sintió un dolor agudo al lado izquierdo del pecho pero sus ojos continuaban cerrados. Había tenido sueños tormentosos sobre muerte y visiones difíciles de interpretar, pero igualmente angustiantes. El dolor se hacía más fuerte en intervalos de tiempo cuando se acercaba más a la conciencia, buscando pedir ayuda, misericordia. Pero no fue hasta ese momento que luchando con todas sus fuerzas por no sucumbir de nuevo ante el oleaje de los sueños, Thorin logró mantenerse semiinconsciente; tratando al menos de esclarecer la vista. Mucho pensaba sobre su destino, si es que había perecido aquel turbulento día en las entrañas de la montaña y ahora no hacía más que navegar en el vacío, en la nada, hacia su destino en los calabozos infernales de alguna fuerza todopoderosa que su conciencia mortal no lograba vislumbrar, condenando su existencia al sufrimiento por tantos pecados que cometió en vida. A veces lograba ver las raíces de aquellos mundos terroríficos en sus sueños que le obligaban a quedarse, que lo apresaban con sus garras de fuego como tenazas y le arrastraban hacia la oscuridad, mientras el pecho le ardía como si estuviera siendo presionado contra acero al rojo vivo.

Sin embargo, esta vez, quizás por misericordia de Valar o porque todavía no era su hora de partir, halos de luz brillante y cálida se colaron por sus párpados cansinos, y las tinieblas de sus ojos comenzaron a disiparse, rindiéndose al resplandor dorado que ahuyentaba las congojas que le mantenían ciego como por arte de una maldición.

Lo primero que vio fueron los entramados techos de oro y plata. Bellos relieves que aludían formas silvestres resaltaban a su vista, brillando como si el sol y la luna estuvieran dentro de aquella estancia. Soltó un quejido. Su cuerpo aún no se recuperaba de lo que fuera que estuviera sufriendo; no era capaz de hacer más movimiento, mantenerse consciente agotaba la mayor parte de sus escasas energías.

Sintió una mano tibia que se deslizó sobre la suya. Pequeña, con toques como la seda. La conocía. Recordaba esas caricias. De repente una sensación de alivio le recorrió lentamente el cuerpo, como si estuviera bajo el remanente de una pequeña cascada cristalina. No fue suficiente para aliviar el dolor de su cuerpo, pero su mente se despejó tanto como para notar la presencia de alguien más en la estancia que comenzaba a reconocer.

Entonces esa presencia habló, y su voz fue como una sacudida para la mente y el corazón de Thorin.

- Por favor no te muevas. Todo está bien ahora, melethen. Descansa, duerme hasta que estar despierto no te resulte doloroso. – Con aquellas palabras tan dulces como encantamientos, Thorin volvió a sentir la necesidad de dormir, pero por alguna razón, algo le decía que esta vez el sueño estaría libre de los terrores que le habían estado acechando, que esta vez sí podría conciliar un descanso tranquilo y reparador.

- Estoy aquí, jamás me he ido. – Fue lo último que escuchó mientras los torrentes de la inconsciencia volvían a envolverle esta vez en mareas mucho más dóciles y bienaventuradas.


El sonido de agua fluyendo le despertó. Su cabeza estaba mucho más centrada que la última vez y fue capaz de reconocer todo lo que le rodeaba. Su cuerpo aún se quejaba pero el dolor había disminuido en comparación. Lo primero que supo con certeza fue que estaba vivo, que aquellas palabras que escuchó no habían sido producto de un sueño; y que había vuelto otra vez a los salones del castillo del bosque.

Se tomó su tiempo para ejecutar cualquier movimiento, mientras, su vista se mantenía pegada al techo y sus oídos escuchaban el fluido sonido del agua cayendo en un depósito de cristal a un costado de la cama. Un extraño aroma se expandió del líquido que estaba siendo mezclado, fresco, como la esencia del bosque silvestre a la aurora de la primavera, luego de haber sobrevivido optimista a las feroces noches de inviernos mortíferos.

Sus ojos se mantuvieron fijos en el techo, pero sintió como Thranduil se movió hacia el lado izquierdo de la cama, con una pequeña mesilla de madera con el depósito de cristal y unos paños blancos. Se sentó en silencio y Thorin supo que dudaba.

- Debo lavar la herida, Thorin. – susurró entonces inseguro. Y como si solo hubiera bastado esa chispa para encender lo que se estaba cosechando en su interior, de inmediato cobró vida en el Enano el rencor de los recuerdos que llevaba tan enterrados en el corazón y en sus pesadillas.

- ¿La culpa le carcome las entrañas, Alteza? – respondió apretando los dientes – ¿O es que busca el perdón de los Dioses tratando de curar las heridas físicas de quien apuñaló por la espalda?

Thranduil se tomó un momento para responder a aquello que había esperado con tanta zozobra. Ni siquiera su semblante era capaz de expresar la amargura que llevaba por dentro y lo mucho que se había advertido a sí mismo que lo que germinaría en el corazón de Thorin sería un profundo resentimiento, que el repudio hacia él y sus actos sería inminente.

- Sé que traicioné tu confianza, Thorin y mucho más que eso. Pero lo hice por el bien común. Por ti y por mí. – contestó sabiendo que en aquel momento cualquier cosa sonaría mal de todos modos. Aún así, a pesar de todos los problemas que su cometido le había acaecido, no se arrepentía de sus actos, ni de haber quitado del camino al viejo Rey Enano. Por Thorin, pensaba, tenía toda una vida para volver a ganar lo que había perdido.

- No, lo hiciste por ti. Todo fue siempre por ti. – contestó Thorin - ¿Es esta otra forma de tortura? No pedí venir aquí, ni mucho menos tener que soportar tu ponzoñosa presencia. ¿No entiendes que somos enemigos? Tú mataste a mi Rey, a mi propia sangre, y por eso no deseo enfrentarme contigo en otro lugar que no sea en el campo de batalla.

- Yo no maté a tu Rey, él mismo fue quien se arrojó al abismo por proteger su preciada piedra. Pero eso no me libera de culpa y no es lo que pretendo. Sí, iba a matarlo, tú mismo lo viste y fue por impedirlo por lo que estás aquí. Thrór estaba loco, el anillo que heredó de Durin y su ambición por el oro estaban nublando su razón. La advertencia que le anuncié sobre el dragón fue real y si no hubiera sido por mi ejército y el de los Hombres de Imrahil, Erebor no sería más que un valle de cenizas y tu rey igualmente estaría muerto como una rata cobarde en los confines de la montaña que Smaug habría convertido en su nueva morada, ¿sabes por qué? Porque ya no era capaz de ver más allá del brillo de la maldita Piedra del Arca y tampoco movió un solo dedo para proteger a su gente, en cambio lo hizo para proteger su oro, de mí. ¿Ese es el rey que querías conservar con tanto ahínco, Thorin?

- Ese no es el caso. –contestó molesto por la razón en las palabras del rey Elfo - Sé que mi abuelo no fue el mejor rey que Erebor hubiera tenido en los últimos años, pero era El Rey de mi pueblo, mi propia sangre, y tú conspiraste contra su vida aún cuando-

- ¡Basta! – interrumpió Thranduil desesperado, incorporándose de la silla – ¿Crees que importan ahora tus muestras de lealtad y honor? Thrór está muerto y tú estás a las puertas de una nueva era del pueblo de los Enanos, su futuro ¡justo en tus manos!, ¡de levantar de las cenizas a un pueblo mucho más poderoso y próspero de lo que nunca fue antes! ¡Y tú te retuerces de pena por la muerte del que te desterró sin pensarlo dos veces para proteger su maldita riqueza!. – Thorin no respondió, y Thranduil volvió a tomar asiento - Soy culpable, Thorin, - continuó desolado - culpable de mentirte y no confiarte la verdad, porque supe que serías un estorbo más que una ayuda. Soy culpable de conspirar no contra ti ni contra tu pueblo, sino contra tu rey, y si tú has de tomar represalias por la muerte de Thrór contra mí, entonces que así sea, pero quiero que sepas que no me arrepiento de mis actos, pues todo lo hice confiando en tu razón y en que el fin nos traería beneficios a ambos.

Thranduil vio como Thorin se debatía en su interior. Sabía que el Rey Elfo decía la absoluta verdad en cuanto a Thrór, pero era esa parte de traicionar a su sangre lo que realmente significaba un verdadero conflicto para el Enano, quien siempre se había mostrado ciegamente leal al rey.

- La decisión que yo tome no tiene importancia, puesto que no soy yo quien lleva la corona aún con mi abuelo muerto. El derecho le corresponde a mi padre, así que no dependerá de mí lo que Erebor decida contra ti por lo que intentaste hacer contra Thrór y lo que hiciste contra mí. – contestó sin molestarse en esconder su rencor y preguntándose como estarían las cosas allá afuera, si Thráin sabía la verdad sobre Thranduil, o si alguien a parte de ellos dos lo sabía…

De repente, una duda cayó como plomo sobre sus hombros... por primera vez, Thorin miró a los ojos al Rey Elfo y tuvo miedo de descubrir otra verdad…

- Mi padre… - murmuró, reparando de nuevo en el dolor agudo en su pecho y teniendo casi la absoluta certeza de conocer la respuesta.

- Tu padre está muerto. – contestó Thranduil sin rodeos, - muerto en batalla. Para los Enanos, el verdadero rey fue Thráin y a él le han reconocido la victoria de Erebor, más no a Thrór cuyo nombre deshonroso no ha de pronunciarse más.

Muerto, pensó Thorin acongojado, su padre, la mano derecha del rey, aquel reservado y honorable Enano del que había heredado todo lo que era. Pensó en su rostro, en la última vez que lo vio de pie en el estrado, mirándole a los ojos mientras Thrór pronunciaba su último veredicto; le hubiera gustado escuchar lo que él pensaba al respecto, si estaba de acuerdo con la decisión o no, si también pensaba que su hijo era un traidor. Ahora estaba muerto, y la imagen que Thorin llevaría grabada en su memoria para siempre sería la del rechazo y el abandono en aquel último encuentro.

- Thorin – dijo Thranduil sacándole de sus pensamientos – Ahora tú eres el Rey. Erebor es tuyo.

Thorin lo miró como si estuviera diciendo algún disparate, y por primera vez la calidez del afecto embriagó los ojos celestes como esquirlas de hielo del rey Elfo y este sonrió – El destino de Erebor depende de ti. – y con cautela, tocó con las yemas de sus dedos la mano de Thorin – Y el mío también. – pero como se lo esperaba, Thorin rechazó el contacto y con el movimiento el dolor en la herida se agudizó haciéndole soltar un resoplido. El semblante de Thranduil volvió a endurecerse ante la reacción y no insistió más, pues había decidido que habría tiempo para sanar esas heridas con mucha más calma, cuando las cosas finalmente encajaran en su sitio.

Hubo un silencio de reflexión. Ahora el rey y el heredero más próximo al trono estaban muertos; juntos habían perecido en aquella noche infernal como tantas otras almas nobles y valientes que batallaron entre los fuegos mortales de la bestia, más Thorin estaba seguro que su abuelo y su padre no compartirían la misma barca hacia las bellas y eternas estancias de Aulë. Ningún soberano cobarde y traicionero sería bienvenido en las tierras bendecidas de Valinor y muy en el fondo se alegró por eso.

"Rey Thorin" se dijo para sus adentros, más acongojado que orgulloso. Siempre había pensado que obtener semejante título estaba muy lejos de ser una realidad teniendo vivos a sus dos parientes más cercanos. De repente, se encontró con la horrible certeza de que no estaba listo para semejante responsabilidad… era demasiado joven, demasiado iluso… el rey que tenía delante se había asegurado de hacérselo saber. Cómo podría gobernar un reino si no podía ni controlar los desvaríos de su propio corazón… Fue así como con cautela Thorin deslizó sus ojos hacia Thranduil y lo vio con la mirada perdida en sus manos que sostenían un trozo de seda blanca. La expresión que tenía en su hermoso rostro le hizo sentir la necesidad casi insoportable de extender sus brazos y sostener a la criatura tan llena de pesares que continuaba amando con tanto ahínco y por quien había sido inmensamente feliz e inmensamente desdichado. Sin embargo, se contuvo. El miedo había regresado, ahora mucho más potente que nunca.

Thranduil levantó la vista para encontrarse con los lapislázulis y quizás divisar un poco de aquella mirada capaz de sanar las heridas de su corazón, más lo que encontró fue rechazo y los ojos siendo desviados de nuevo hacia el techo.

- Tu herida necesita atención. – Le recordó con cortesía.

- Que se ocupe alguien más. – exclamó con frialdad.

Thranduil lo comprendió y se levantó de la silla. – Creo que te agradará saber: Afuera de mi castillo hay una hueste de mil Enanos esperando tu pronta recuperación. Tu tío Balin es quien maneja el reino en estos momentos y a las puertas de esta misma habitación hay dos soldados prontos a la acción en caso de que los necesites, basta con que eleves un poco la voz. No eres ningún prisionero en mi castillo, nunca lo fuiste y lamento que en algún momento lo haya parecido, pero era menester mantenerte a salvo.

Y sin esperar respuesta, Thranduil se dirigió hacia la salida y antes de partir, añadió – Necesitamos hablar, y el momento llegará cuando repongas más tus fuerzas. No hay nada de lo que debas preocuparte ahora. Medita la situación y lo que he dicho antes de tomar una decisión, y te doy mi palabra de que cualquiera que sea yo la aceptaré.

- Ya no estoy seguro si puedo confiar en tu palabra. – sentenció con el mismo rencor inicial.

Aquellas fueron las últimas palabras que Thranduil alcanzó a escuchar antes de cerrar las puertas de las estancias reales siete días después de la guerra en el valle de Erebor.

Así, vagó por los pasillos del castillo presa de una inmensa inquietud en el corazón. Creyó haber estado listo para la reacción de Thorin mientras conjeturaba sus planes en sus pensamientos, pero las cosas al final se habían complicado demasiado. Después de lo sucedido dentro de la montaña, recuerdo que Thranduil trataba de encerrar en los confines de su vasta memoria, no estaba seguro de que una pronta reconciliación fuera posible aún cuando Thorin admitiera el bien sobrevenido a tanta desgracia. Erebor podría ofrecer perdón sin llegar al extremo de levantarse en armas mientras lo sucedido permaneciera a discreción de los dos, pero el perdón del corazón del Enano sería lo más difícil de reconquistar.

No obstante, se reprochó a sí mismo por continuar lamentándose de las represalias de sus decisiones, puesto que ya había aceptado tomar responsabilidad absoluta de sus hechos y evitar que cualquier sospecha de conspiración cayera sobre Thorin. Sin embargo, era su rechazo, su frialdad, lo más difícil de soportar después de horas tan desesperadas que habían parecido no tener fin; Thranduil no añoraba otra cosa más que volver a sus brazos, que sus besos y caricias borraran cualquier huella de tormento en su corazón; pero ahora todo parecía añadir más zozobra a su ya cargada consciencia.

Entonces mientras paseaba, una figura conocida de pie en uno de los balcones del castillo llamó su atención. Thranduil se acercó a la altura del Hombre y exclamó:

- Pensé que continuaban en Consejo con Lady Galadriel y Mithrandir. Estoy seguro que la hija de Fingolfin busca incansable razones para que yo tome parte de la responsabilidad de lo sucedido.

- Bien lo ha dicho, Alteza. – contestó Imrahil – más se ha decidido que quien tomará la decisión será el Rey Thorin en cuanto se haya recuperado.

- Galadriel busca más conflictos donde es menester encontrar vías de paz. – soltó con desdén. No olvidaría jamás que fue precisamente por su intromisión en asuntos que nada tenían que ver con su persona que la situación se complicó tanto. Thorin estaría sano y salvo como se suponía que debía luego de que todo el trabajo estuviera hecho, y consecuentemente, habría un poco más de paz en el corazón de Thranduil.

- Ella quiere justicia, y yo también. – contestó Imrahil - Pero concordamos con usted en esa parte. Lo menos que la región necesita es una guerra, los Enanos deben reconstruir su hogar, y usted debe mantener las relaciones amistosas con Erebor en el proceso.

Thranduil no contestó y hubo unos segundos de silencio mientras la mirada de los grandes soberanos se perdía en algún punto del Este; más ninguno de los dos observaba los bellos bosques, páramos y montañas que se extendían interminables por el valle, sino pensamientos que continuaban cruzándose por los ojos de cada uno sobre los hechos ocurridos. Entonces Imrahil miró deliberadamente al rey, y este, desafiante, le devolvió la mirada sin vacilar.

- Debo confesar que no comparto del todo las resoluciones de Lady Galadriel en cuando a un posible interés de su parte en la riqueza de Erebor, aunque admito que su participación en la guerra me resulta muy impropia de usted como se lo hice saber la última vez, y tengo la sensación de que Mithrandir opina lo mismo. Aún no olvido la ofensa de su parte el día que convocó la reunión urgente en la Casa de Elrond. Nos mintió, mintió dos veces en aquella oportunidad. Sin embargo, fue el mismo Lord Elrond quien se encargó de detener las huestes de Denethor antes de que acudieran a su llamado y el problema que tiene usted encima se hiciera todavía más grande. Si no hubiera sido porque Elrond me lo pidió como un favor personal, yo habría obrado justo como el Rey Theóden: me habría quedado en mi castillo dándole la espalda a un hecho que no me concernía; más sin embargo, acudí con todo mi ejército no por usted, sino en nombre de la paz.

- Y estoy seguro que el Rey Thorin estará inmensamente agradecido. – contestó Thranduil a secas.

- Eso es lo que espero.

- ¿Está usted interesado en una recompensa? – inquirió Thranduil esta vez con una sonrisilla de sorpresa.

- Lo estoy, más no se trata de oro. Si he de recibir una sola moneda de la riqueza que Erebor posee, será por el corazón bienaventurado de su Rey, no por petición mía. Lo que busco es establecer de una vez por todas un tratado de relaciones políticas y de comercio con el pueblo de Erebor. Dol Amroth es el único reino de los hombres que no tiene ninguna clase de contacto con ningún reino sea de Enanos o Elfos, al menos no de forma oficial.

- Eso es porque Dol Amroth siempre se ha mantenido al margen de cualquier contacto con el mundo exterior. Si no han forjado relaciones con nadie, es porque ustedes no han querido.

- Tiene toda razón, fue un error de mis ancestros y es lo que hoy intento remediar; pues me interesa establecer un tratado no solo con los Enanos de Erebor, sino que también con el Reino del Bosque. – Y enfrentando al Rey, Imrahil exclamó – Esa es la retribución que yo y mi pueblo requerimos por nuestros servicios. Firme el tratado y cúmplalo con prontitud y tendrá mi palabra de que yo partiré del bosque negro en cuanto mis asuntos con Erebor hayan concluido, sin inmiscuirme más en cualquier cosa que tenga que ver con lo que sea que usted haya tramado.

Thranduil sonrió. Nada de lo que los reinos poderosos de la Tierra Media hicieran en nombre de la paz venía sin un precio, y Thranduil prefería esta clase de negociaciones a los meros actos caritativos y de buena fe como los que continuaba profesando Galadriel.

- Obtendrá de mi reino lo que demanda, y yo le doy mi palabra de que será un tratado que nos beneficiará a ambos. En cuanto a sus asuntos con Erebor, estoy seguro que el Rey Thorin estará agradecido por sus servicios prestados a la causa.

- Tengo fe en sus palabras. – Concluyó y con esto, más una fría y rígida reverencia, el príncipe Imrahil de Dol Amroth se retiró de la terraza hacia el interior del castillo.

Entonces Thranduil devolvió su mirada hacia el valle y reflexionó acerca de los numerosos cambios que vendrían sobre las tierras del Este ahora que Erebor tenía un nuevo rey, uno que sería especialmente excepcional, de eso no tenía duda. Estaba seguro que conseguiría el perdón de Thorin por el destino de Thrór, por lo que la posibilidad de la guerra parecía menos que improbable, y con eso lograría quitarse de encima a Galadriel y su bien conocida sed de justicia.

En cuanto al afecto de Thorin, estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por recuperarlo, porque a pesar de tantas dificultades todas las piezas estaban encajando en su lugar y luego de haber llegado tan lejos dar la causa por perdida no era ni jamás sería una opción.