La túnica era del color del atardecer. Hermosas sedas teñidas con maestría mezclaban tonos dorados, violetas y rojos en total armonía, acompañados con hermosos tejidos con hilos de plata de formas silvestres, que insinuaban las largas y entramadas raíces de los árboles. La corona también de plata ceñía sus sienes y el cabello de oro caía gentilmente sobre sus hombros. El Rey se vio reflejado en el altísimo espejo de sus aposentos, y a pesar de que en otros tiempos se hubiera sentido orgulloso de su propio aspecto, en aquella ocasión no sintió más que pena y repulsión.

Su piel seguía tan tersa y radiante como lo hubiera sido antes, pero los ojos de hielo del Rey del Bosque Negro solo veían las marcas que la bestia de fuego había dejado plasmadas en su cuerpo. Sabía que su aspecto era solo un mero espejismo. El verdadero Rey era un elfo ya deformado por tantas batallas, con la piel del rostro besada por el fuego, corroída hasta los huesos. ¿Cómo podría Thorin, después de todo, amar algo como eso? Aún cuando podía esconderse detrás de ese velo de belleza, la soledad y la culpa continuaban cargándose a los demás pesares que afligían su corazón, y esos no había manera de sacárselos de encima.

Uno de sus sirvientes se acercó con la caja de aceites aromáticos, y conociendo los gustos del rey, optó por el frasco con fragancia a jazmín, deslizando las puntas de dos de sus dedos por el cuello y las muñecas de Thranduil, retirándose en cuanto hubo terminado.

Las lámparas que emitían luz plateada ya habían sido encendidas y Thranduil supo que había llegado la hora. La hora de terminar con todo el asunto de una vez por todas.

Fue así como comenzó su camino hacia la vista de los jueces que ya se habían proclamado en su contra, aún sin haber escuchado razones.


Quince minutos habían pasado desde que todos estuvieran presentes en la Sala de Audiencias del castillo y el rey continuaba demorándose. Nadie decía nada y Thorin pudo sentir la rigidez en el ambiente. Estaba seguro que todos sabían que la descortesía era intencional, una manera de Thranduil para manifestar su autoridad sobre las tierras que pisaban, cosa que nadie ahí ponía en tela de juicio, por lo que no hubo otra alternativa más que continuar esperando.

La última visita de Thranduil al lecho donde Thorin se recuperaba había sido hace tres días y no se volvieron a ver desde entonces, especialmente por la renuencia del Rey Enano. Ahora estar sentado en aquella sala de audiencias que ya había visitado antes le hacía sentir incómodo, preocupado por lo que Thranduil fuera a decir, por la manera en la que escogiera defenderse; pero más importante, por cuál sería su propia postura ante lo acontecido. Había pensado mucho al respecto y muchas preguntas surgieron en el proceso acerca de momentos pasados que pudieron haber estado conectados a lo que Thranduil planeaba hacer, pero que lógicamente, por su ignorancia, Thorin no supo reconocer.

La herida continuaba curándose, y aunque ya podía levantarse sin ayuda, aún tendrían que pasar un par de semanas más antes de que pudiera embargarse en el viaje de regreso a Erebor, que era lo que más deseaba en aquellas circunstancias; salir de una vez por todas de ahí, donde siempre se sentía acorralado, rodeado de quienes parecían estar más enterados que él de todo lo que sucedía a su alrededor. Miró los rostros de sus acompañantes, todos ellos sabios, orgullosos, con ojos llenos de grandes experiencias que habían visto pasar muchos inviernos. Inevitablemente, eso le hacía sentir la certeza de que no estaba preparado para dirigir un reino, se sentía demasiado joven, inexperto… un blanco fácil.

Había llegado al punto de sentir rencor por Thranduil, entre otras cosas, por haber acelerado el curso de las cosas cuando Thorin aún no estaba listo para semejantes responsabilidades… odiaba no haber estado ahí para proteger a su abuelo, para asistir a su padre en peligro de muerte… no sabía si su presencia más oportuna hubiera cambiado algo, pero al menos, aliviaría un poco más las penas de su corazón si al menos hubiera estado ahí, luchando junto a su pueblo.

En aquel momento, reunido con los ilustres soberanos, recordó las palabras que su abuelo solía decirle sobre el Consejo Real de Erebor, cuando se refería a ellos como un montón de oportunistas sedientos de poder.

"Cuando vistas la Corona, Thorin, - le aconsejaba – no ganarás más que enemigos, aún cuando todo lo que veas sean sonrisas y caras dóciles, incluso entre las paredes de tu propio castillo. Tienes que ser muy cuidadoso hasta de tu propia familia, pues nunca sabes de donde vendrán las traiciones, y cuando sucedan más te vale que no te cojan con la guardia baja. Si quieres aliados, no hay otra manera más segura de ganarlos que con generosos favores a cambio de esa "amistad" que deberás mantener y vigilar durante todo tu reinado. Asegúrate que cuando tu momento llegue, el trono no te resulte demasiado cómodo."

En esa oportunidad, poco había entendido lo que significaba, pero ahora lo sabía. Se sentía rodeado de enemigos, ahí en Mirkwood, en Erebor, donde no sabía de qué forma sería recibido, especialmente por el Consejo Real del Rey; si le aconsejarían con propiedad o serían un obstáculo para su reinado… Si su familia buscaría arrebatarle su derecho a la corona por ser demasiado joven, considerando que los hermanos de su abuelo y los de su padre estaban en la línea de sucesión después de él en caso de que no fuera capaz de tomar responsabilidad por razones de ineptitud… o muerte.

Pero La Montaña era suya, aún cuando sintiera tantas inseguridades, no permitiría que nadie más que él se sentara en el trono de Erebor, de eso sí tenía certeza absoluta.

Entonces, luego de veinte minutos después de la hora acordada y sacando a Thorin de sus pensamientos, las puertas principales se abrieron y Thranduil entró de inmediato, con paso decidido, orgulloso y por supuesto desafiante.

El corazón del Enano se inmutó al verle envuelto en una aura de belleza y majestuosidad muy propia de Rey de Mirkwood. Todos se levantaron para ofrecer una reverencia, más Thranduil no la correspondió, sino que se apresuró a su lugar en la mesa y exclamó con la voz congelada – Acabemos con esto de una vez. Escucharé de lo que se me acusa y lo resolveremos, estoy seguro, de la manera más conveniente para todos.

Lady Galadriel y Lord Celeborn de Lothlórien, el Príncipe Imrahil de Dol Amroth y el magro gris Mithrandir guardaron silencio unos momentos ante la rudeza y falta de cortesía del Rey; sin embargo, luego la Dama Blanca fue la primera en tomar palabra, como Thranduil así esperaba.

- Estoy segura que todos los aquí reunidos estamos al tanto de vuestros actos, Alteza, más por razones de formalidad, me tomaré el tiempo de volver a mencionarlos, con la esperanza de que estéis en la disposición de aclarar estos hechos que son razón de sospecha ante una posible traición y pretensiones bélicas contra el reino de Erebor. – dijo con la voz sosegada y cortés, como si la actitud de Thranduil no significara una ofensa para ella.

- Rey Thorin, - continuó entonces ante la falta de respuesta por parte de Thranduil. - ¿estáis al tanto del Concilio que organizó el Rey Thranduil en las tierras de Imladris poco antes del arribo de Smaug a Erebor?

Aquello resultó ser una sorpresa.

- No. – exclamó, llevando sus ojos hasta Thranduil, que lo observaba fijamente, sin reparos. – No lo sabía.

- Si puedo tomar la palabra en este instante… - interrumpió Lord Celeborn – porque yo estuve presente en ese Concilio, estoy dispuesto a ofrecer con detallada precisión lo que ahí fue dicho. – Galadriel entonces asintió y Celeborn volvió a hablar. – Cinco altos Señores fueron convocados en aquella oportunidad: Théoden hijo de Thengel y Rey de Rohan, Denethor hijo de Ecthelion II y Senescal de Gondor, Imrahil hijo de Adrahil y Príncipe de Dol Amroth, Elrond hijo de Eärendil y Señor de Imladris, y mi persona. Nos reunimos a razón de una preocupación que compartíamos en común: el despertar de Smaug. Lord Elrond y el Rey Thranduil transmitieron la noticia de que el dragón se había levantado de su nicho y que por su trayectoria, las probabilidades de que se dirigiera al Este eran altas. Su destino final fue fácilmente deducido. Para todos nosotros resultó ser un alivio, como entenderéis, pues nuestras tierras estarían fuera del alcance de la furia de Smaug… sin embargo, el Rey Thranduil sacó en cuestión la posibilidad de que todos los ahí reunidos asistiéramos a Erebor en la lucha contra el dragón. Nadie tenía razones suficientes para exponer a su gente en una guerra perdida y el Rey Thranduil explicaba motivos superfluos que no resultaron suficientes para convencer a los gobernantes del Oeste, si el príncipe Imrahil perdona mis palabras. – exclamó, y el soberano de Dol Amroth respondió con una leve reverencia. – Dado que la negociación parecía no tener un final favorable a sus propósitos, el Rey Thranduil, y cito, exclamó finalmente: "No pretendo convenceros con mentiras, mis Señores, la razón por la que he convocado este concilio es simple… Si el Rey Thrór no puede defender su fortuna, entonces lo haremos nosotros. Es esa la recompensa por poner en riesgo su vida… adueñarse de todo el oro que haya en Erebor".

Thorin volvió a posar sus ojos sobre Thranduil más que furiosos incrédulos por lo que había escuchado, pero este permanecía inexpresivo, como si eso no significara nada para él.

- Y sus últimas palabras fueron: "Y mis Señores dirán, ¿Por qué no esperar a que Smaug caiga dormido?... porque en medio del caos, podemos asegurar de que el rey Thrór y todos los descendientes del linaje de Durin que representen una amenaza posterior a nuestros propósitos, caigan bajo las garras de la bestia. O eso sea lo que parezca."

Fue en ese momento que Thorin tuvo la certeza de que si Smaug no hubiera matado a su padre, Thranduil se hubiera encargado personalmente de ello. Entonces el Enano enterró su rostro entre sus manos mientras su cabeza insistía en mostrarle recuerdos bellos del pasado que habían compartido corrompidos ahora por esas palabras traicioneras y desalmadas.

- ¿Negáis lo que Lord Celeborn ha referido? – preguntó Mithrandir.

- No. – respondió Thranduil en actitud serena – No lo niego. Sucedió tal y como Lord Celeborn ha dicho.

- ¿Negáis haber conspirado contra la vida de la dinastía de Durin con el fin de obtener beneficios de la desgracia que aconteció sobre el reino de Erebor? – exclamó el mago.

"Por favor no continúes…" rogó Thorin para sus adentros, furioso, dolido. "No hables más si no es para defenderte. No hables más si lo que pretendes es que te odie."

Entonces, palabras que habían sido dichas y que ahora se habían convertido en recuerdos salieron a la superficie de su mente para torturarlo:

Thranduil… te ruego desde lo más profundo de mi corazón… no me traiciones, puesto que no podría soportarlo. Había dicho Thorin en aquel encuentro de ensueño en los Jardines Reales bajo la sombra de Celebion, el bello vestigio de las tierras más allá del mar.

No lo haré. Nunca. Estelio enni, meleth nín. - había sido su respuesta.

Y sus palabras se sintieron tan honestas, tan llenas de amor auténtico, que la idea de haber sido manipulado de esa forma tan cruel por el que amó incondicionalmente le atormentó el corazón y le retorció la garganta. No pudo volver a verle de nuevo, y aunque quiso mantener la compostura, sintió como su cuerpo se hundía en su asiento, incapaz de soportar tanto dolor y pesar.

- No, tampoco lo niego. – le escuchó decir, y su voz cayó sobre él enterrándose en su conciencia como el acero en la carne. – El plan era asesinar a Thrór y Thráin, y hacer pasar el incidente como una desventura causada por la furia de Smaug.

- Cómo te atreviste… - murmuró Thorin – Cómo te atreviste a burlarte de mí tan… - su voz se apagó, incapaz de terminar la frase. Quería estar furioso, quería gritarle, hacerle pagar por su traición, pero lo que realmente sentía era una inconmensurable tristeza. En el fondo, había esperado que Thranduil ofreciera otra explicación a sus actos… ciertamente, con una mentira hubiera bastado. Pero ahí estaba, confesándolo todo, confesando que sí había cometido traición contra quien no hacía tanto había jurado amor y lealtad absoluta.

- Pero escuchadme. – continuó Thranduil, incorporándose de su asiento y enfrentándolos a todos. – Es cierto también que lo hice por beneficio propio, más nada de eso tiene que ver con oro. ¿O me habéis visto obtener riqueza alguna que no me pertenece? La guerra contra Smaug ha terminado y de ello no he sufrido más que pérdidas. Tampoco he pedido recompensas y es algo que no pretendo.

- No habéis obtenido nada de lo que pretendías porque vuestros planes fueron frustrados. – inquirió Galadriel sin rodeos.

- Estoy seguro de que eso es lo que más deseáis escuchar, mi Señora – contestó Thranduil con desdén – pero estáis equivocada.

Entonces Thranduil miró a Legolas, quien permanecía de pie junto a la puerta haciendo guardia con otros soldados. Su rostro tan expresivo estaba lleno de incredulidad, sorpresa, negación. Él, que conocía tan bien a su padre, no podía creer semejantes acusaciones, y tampoco podía creer que estuvieran siendo confirmadas. Lo que Legolas vio en el rostro del Rey fue una mueca de disculpa y sus ojos opacados por la nostalgia.

- He venido a confesar mi crimen. – exclamó entonces volviendo su mirada hacia sus oyentes - Pero no permitiré que ninguno de ustedes dictamine veredicto en mi contra, pues el único que tiene derecho a hacerlo así es Thorin de Erebor, y nadie más.

Todos callaron y el rey se tomó los momentos de silencio para llevar sus ojos hacia Thorin, y lo que su mirada celeste descubrió le laceró el corazón. Aquel Enano tan lleno de dolor se negaba a levantar sus ojos, y para Thranduil fue como continuar hurgando en la herida, porque sabía que él era el único causante de tanto sufrimiento. Entonces, sin nada más que perder, el Rey declaró.

- Hice lo que hice arrastrado por la única razón que obligaría a un hombre a cometer los actos más viles y deshonrosos aún en la plenitud de sus sentidos y consciencia. – dijo, y su voz fue melancólica, como si proviniera de una criatura desconocida de tierras lejanas que en medio de la soledad absoluta le contaba sus lamentos al viento, los que la compasión de Manwë se encargaba de arrastrar a los oídos de cualquiera que deseara escuchar. - Fui egoísta, - continuó - mentí, obré sabiendo que mis actos podrían acarrear duras consecuencias, que vidas se perderían en el proceso… y no lo hice por los Enanos de Erebor, ni por mantener la paz y la prosperidad de los reinos del Este, sino por satisfacer mis propias ambiciones. Pero no sobre oro, ni poder, ni conquista.

Fue entonces cuando Thorin levantó la vista y Thranduil clavó sus ojos en ella.

- Quise matar al rey y su heredero más próximo para que Thorin pudiera obtener la corona y gobernar Erebor... Así nadie se interpondría más.

La respiración del Enano se detuvo y su cuerpo se estremeció. "No digas una palabra más" pensó asustado, pero no logró que sonido alguno saliera de sus labios. Sus oyentes estaban como congelados, sentados sobre sus respectivos asientos con la vista sobre el alto soberano que pronunciaba palabras que sin lugar a dudas revelaban demasiado y estaban dando un giro total al asunto; pero nadie se atrevía a sacar conclusiones apresuradas sin antes escuchar todo lo que tenía que decir aún cuando resultara fácil de dilucidar, pues la inverosimilitud del asunto les obligaba a permanecer expectantes. Entonces el semblante del Rey cambió. Los enfrentó a todos, pero eventualmente sus ojos se posaron en Galadriel con actitud desafiante, no como la que hubiera mostrado anteriormente, sino una que haría que hombres de corazones más frágiles temblaran y huyeran atemorizados ante el poder de sus ojos antiguos que parecían capaces de transmitir encantamientos horribles y mortales a quien tuviera la desventura de mirarlos.

- Mi corazón le pertenece a Thorin. – confesó entonces, con la voz decidida, retando a cualquiera a que cuestionara sus palabras. – Y si busqué obtener un beneficio de todo lo que hice, eso sería solo su persona, y nada más. Le encarcelé antes de marchar a la guerra para mantenerle a salvo, y para que en caso de que todo saliera mal y Erebor me acusara de traición, Thorin fuera una víctima más, aún cuando estaba de nuestro lado luego del destierro.

- Detente. Detente ahora. – gruñó Thorin apretando los dientes mientras se incorporaba. Sintió la mirada de todos sobre él y un silencio pesado inundó la estancia. Su vista entonces se cruzó con la de Imrahil, y en los ojos del Príncipe, Thorin vio desaprobación, una mirada que condenaba las palabras de Thranduil y lo condenaba a él por sus actos.

Aquello fue más de lo que pudo soportar.

Sin decir más, Thorin caminó a paso acelerado hacia la salida, y nadie de los que ahí aguardaban se atrevió en detenerlo.

- ¡Thorin! – Gritó Thranduil desesperado a espaldas del Enano que se alejaba; no obstante, antes de ir tras de él, el Rey se volvió a los soberanos y exclamó con rabia:

- Ustedes no tienen más nada que ver en esto. Ya no. ¡Fuera de mi castillo! ¡AHORA!.

Entonces salió de la Sala de Audiencias siguiendo los pasos del Enano hacia las profundidades del castillo.

- Me temo que el Rey tiene razón, mi Señora, mis Señores. – exclamó Mithrandir – el asunto se ha salido de nuestras manos y ahora solo le concierne a los dos.

- Esto está condenado a terminar en desgracia. – contestó Imrahil con repulsión – En nuestra posición y por responsabilidades de nacimiento, no estamos destinados a unir nuestras vidas a otros por amor, sino por deber.

- Dudo que el Rey Thranduil sea tan iluso como para creer que ahora que Thorin de Erebor es Rey sus problemas se acabaron. Al contrario, no han hecho más que empezar. – sentenció Galadriel levantándose de su asiento. – Pero Mithrandir tiene razón, ya no hay más que hacer aquí. Y cuando Erebor se levante en contra de este lazo, Thranduil no tendrá aliados en quienes apoyarse; al menos no de parte de Lothlórien, pues no estoy dispuesta a sacrificar sangre élfica a razón de un acontecimiento que pudo haberse evitado.

- Y esta será la última vez que los reinos del Este tengan más noticias de Dol Amroth, pues en nombre de mis antepasados no deseo tener nada que ver con deshonras de esta calaña. – respondió desdeñoso.

Ante la esperada reacción de Imrahil, Mithrandir no dijo nada más, pero pensó en lo difícil que sería para ambos soberanos enfrentarse a la resistencia de los Señores Enanos cuando estos se enteraran de que el Rey del asentamiento más poderoso de su raza en la Tierra Media estaba envuelto en una relación tan profunda y significativa con un Elfo, especialmente con uno como Thranduil, quien como era sabido, no tenía amigos por ningún lado. El momento en que el Rey de Mirkwood realmente necesitaría de manos aliadas había llegado, pensó el mago gris, pero de nuevo no había hecho más que perderlas y nadie tenía culpa de eso más que él. Sin embargo, no pudo evitar sentir pena por el destino del joven Enano que, como bien había dicho Imrahil, llevaba las de terminar en desgracia.

Así fue como aquella misma tarde, las comitivas de los tres soberanos emprendieron el viaje de regreso a los campamentos en medio del bosque donde sus ejércitos aguardaban y se recuperaban, para así poder retornar al fin a sus respectivas tierras luego de tan larga y quejumbrosa estadía en el Este.