El viento sopló en dirección contraria, acariciando su cabello y haciéndole sentir las gotas de sudor un poco más frías sobre su rostro. El estrecho camino de piedra estaba delineado por un sinfín de bellas y finas flores silvestres de distintos colores y aromas, custodiadas además por un extenso bosque de antiquísimos cedros que parecían cepillar el cielo con sus hojas amarillentas y rojizas como fuego de dragón. Pero Thorin realmente no le prestó mucha atención al bello paisaje privado que se extendía a su alrededor, donde había llegado por casualidad al no conocer del todo los corredores del castillo y dejándose llevar sobre ellos ante la necesidad de alejarse todo lo posible de la condenada sala. Sorpresivamente, en aquel lugar encontró paz. No había nadie, y le agradeció a los Dioses porque los Elfos que se encontró en el camino no le hubieran detenido en su huida. El bosque de cedros de fuego estaba habitado tan solo por bestias inofensivas, y la quietud comenzó a invadir poco a poco la consciencia alterada del Enano. Notó que su pecho dolía. Thorin metió la mano bajo su camisa y palpó las vendas con cautela, aliviado en seguida porque no estuvieran húmedas; lo menos que necesitaba era otro desangrado.
Rompió con el cerco de flores multicolores para internarse entre los árboles de fuego, apoyándose de espaldas luego en uno que escogió al azar, sintiéndose sin más fuerzas para continuar a causa del dolor en la herida que se intensificaba a cada paso que daba. Miró el suelo plagado de parches amarillos y marrones, y se preguntó, aún a estas alturas, por qué las cosas se tornaron tan complicadas. Siendo justos, claro que no podía culpar de todo a Thranduil. Ahora entendía sus actos, sabía que más que hacer daño, había hecho mucho por Erebor cuando el pueblo estuvo inmerso en una de sus mayores crisis de la historia, pero no por eso compartía su forma de proceder.
Pensó en lo irracional que fue haberse envuelto en semejante relación que ya desde el principio parecía tener todo en contra. Se había comportado no como un príncipe que conoce de corazón sus responsabilidades, sino como un joven demasiado soñador e insensato. Y es que aún ahora su consciencia y corazón estaban divididos; por una parte estaba seguro que sus sentimientos serían un grave problema para su reinado, una debilidad que los posibles usurpadores podrían aprovechar para arrebatarle su derecho a la corona. Esos usurpadores que eran nada menos que sus propios parientes. Para todos ellos Thorin era solo un príncipe mimado, inexperto, hambriento de gloria; y estaba seguro que utilizarían lo que fuera en su contra para demostrar que no estaba listo para el trono. Pero tampoco podía arrancarse de la noche a la mañana eso que se había cosechado en su corazón y había echado poderosas raíces dispuestas a ser parte de él sin importar las consecuencias; y esa certeza lo asustaba, porque de nuevo, no tenía ni la menor idea de cómo manejar la situación.
De repente escuchó el leve sonido de las hojas quebrándose sobre unos pasos y el dolor en su pecho se intensificó.
- Sé que estás ahí. – dijo el Enano, obligando a Thranduil a avanzar para enfrentarlo. El Elfo caminó con cautela temeroso del rechazo, pero Thorin se volteó y lo miró a los ojos.
- Perdóname. – fue lo primero que dijo sin darle tiempo a Thorin de decir algo. – Solo quiero que me escuches por última vez… - exclamó con el dolor en sus ojos que eran como lagunas cristalinas en medio de un bosque oscuro y solitario.
- ¿No crees que ya he escuchado suficiente? – inquirió Thorin – Estoy cansado de escuchar más razones. Ya está hecho y nada de lo que digas podrá cambiar la situación, ¿no crees? – la voz hosca salió de su garganta sin que él realmente lo pretendiera. Le dolió ver como las palabras cayeron pesadas sobre Thranduil, quien no tuvo anda que decir durante unos segundos.
- Tienes razón. – reparó entonces - ¿pero qué he de hacer ahora? Jamás en mis largos años en esta tierra sentí tanto terror como el que siento en este momento, cuando me enfrento a tus ojos y no encuentro rastros de lo que una vez me dejó cautivado. ¿Es que me pides que nos separemos, luego de tantas penas?
Thorin bajó los ojos. – No lo sé. – murmuró. – Hay tantas cosas que necesito meditar… primero debo regresar a Erebor.
- Si regresas a Erebor en esta incertidumbre tengo la certeza de que no nos volveremos a ver. Al menos no fuera de formalidades. Thorin… - le llamó para que el Enano levantara la vista. – No me hagas esto… Aún cuando cometí tantos errores, todo lo hice por ti. Porque te amo… - rogó, desesperado porque sentía como el amor de su vida se alejaba cada vez más de él aún cuando estaban a unos pasos de distancia.
¿Cómo te atreves? – respondió Thorin apretando los dientes - ¡¿Cómo te atreves a decirme eso cuando fuiste tú el que hiciste lo que te dio la gana conmigo?! ¡DEJA DE MANIPULARME! – explotó, comenzando a caminar sin rumbo, solo con el propósito de alejarse de él, pero Thranduil le alcanzó del brazo y aunque Thorin se soltó con brusquedad, no avanzó más. - ¿Crees que esto te duele más a ti que a mí? – inquirió sintiendo como su garganta se oprimía – Las cosas no son tan fáciles ahora, Thranduil. No soy como tú. ¿Es que no lo entiendes? ¿Es que tu arrogancia nubló tu sabiduría y sentido común? Me has hecho rey, y como soberano absoluto del principal asentamiento de mi Raza en la Tierra Media que ahora soy debo cuidar con recelo mi trono, pues a diferencia de las soberanías élficas, mi gente no acepta gobernantes que no estén a la altura del reino. ¿Qué crees que pasaría si se corriera la voz sobre lo nuestro? ¡Me quitarían el trono de las manos en un abrir y cerrar de ojos! Ningún rey posee el favor de Dioses en las tierras de los Enanos. Así que bajo estas circunstancias, no he ganado más libertad que antes, sino todo por el contrario. Me he encarcelado yo mismo en la pesada corona dorada de mi dinastía pues he de atender los deberes que me fueron concebidos en el nacimiento.
Thranduil lo miraba directamente, sobrecogido. Y las siguientes palabras del Rey Enano fueron como cuchillos atravesando su carne, fríos y definitivos.
- - Seré honesto de una vez por todas. – continuó con la voz cargada de angustia - No puedo estar contigo, ya no más. No porque ya no te ame, sino porque no debo. Y si tú me amas, no pretenderás hacerme escoger entre tú y mi reino.
Thranduil tragó saliva y susurró – No haría tal cosa, amor mío… pues tú ya hiciste tu elección.
- Lo lamento. Perdóname. – exclamó Thorin luego de una larga y tormentosa pausa, a media voz. Entonces se acercó más al elfo y ante la sorpresa de este, Thorin le tomó de las manos. – No he dejado de amarte... –confesó, y Thranduil se hundió en su profunda mirada azul como la piedra con estrellas brillantes que alguna vez hubiera sellado sus corazones en uno solo. - La perspectiva me hace tanto daño como a ti, pero sé que comprendes que no puede ser de otra manera.
Thranduil guardó silencio unos momentos y apretó sus delgados dedos alrededor de la mano que los sostenía. – Pero eres rey… - insistió en desesperación – y yo lo soy también. Quien ose interponerse en nuestro camino será aplastado sin clemencia. Las leyes de tu pueblo pueden cambiar si así lo deseas. Tú tienes el poder… y tendrás el mío a tu disposición como si fuera tuyo.
- ¿Crees que yo tengo poder? – dijo Thorin soltando un bufido que pareció una carcajada angustiada. – Ahora solo sostengo la corona sobre mi cabeza, pero el respeto de mi familia y la corte he de ganarlo por mi cuenta. Es lo único que no se me concede solo por la sangre que corre por mis venas. Tengo una familia extensa, y te aseguro que hay muchos en fila que están en pleno derecho de reclamar el trono de Erebor después de mí. ¿Y a quién quiero engañar? También hay muchos totalmente capaces de manejarlo mejor que yo ahora mismo, y ellos lo saben. No hay salida. – reconoció llevando entonces las manos pálidas hasta su pecho. – No puedo deshonrar a mi Casa, no puedo quedar en la historia como el que traicionó a su gente por cuestiones del corazón. No puedo.
Thranduil lo miró y se sintió como inmerso en una horrible pesadilla. Jamás pensó que las cosas resultaran de esa manera. Quizás Thorin tenía razón, quizás fue cegado por la grandeza de sus propósitos que no consideró más nada que tuviera que ver con las posibilidades. Thranduil sabía que si él decidía unir su vida a un individuo de otra raza su gente aceptaría con obediencia ese camino, siempre y cuando hubiera dejado un heredero de sangre real, nadie tendría voz ni rebelión que levantar contra tal unión. Pero no se detuvo a pensar que la situación de Thorin tal vez no fuera la mejor cuando el deber del trono cayera sobre sus hombros.
- A pesar de todo lo que he dicho antes, - continuó Thorin, esta vez acercándose más al elfo y obligándole a arquear la espalda para apoyar su rostro en su hombro – te libero de toda culpa por la muerte de mi abuelo y mi padre. No sé si algo hubiera cambiado con el destino de Thráin si yo hubiera estado ahí, pero ya es demasiado tarde para continuar lamentándome. Tú hiciste el trabajo sucio con Thrór, y aunque no murió directamente por tus manos, fuiste tú quien lo condujo hasta ahí. Ambos hemos de reconocerlo, pues es así como seguiremos adelante. Aún así, te perdono por todo lo que obraste a mis espaldas, por las mentiras y las palabras no dichas. Te perdono.
Las rodillas de Thranduil se doblaron para caer pesadas sobre el mar de fuego que las hojas de los cedros habían creado en el suelo del jardín. Entonces las cicatrices surcaron su rostro cuando el elfo abrazó al enano por la cintura sin contener más las lágrimas. Profundos lamentos salían de su garganta como quien estuviera llorando el cuerpo sin vida de un amado. Thorin enterró su rostro en el cabello dorado, aspirando profundamente su aroma y permitiendo que las lágrimas corrieran también por sus mejillas mientras sus dedos tocaban con delicadeza las hendiduras que el fuego había dejado impregnadas en la piel del rey y que sentirlas lo cegaban de dolor y culpa.
- Podría abandonar la corona por ti… - murmuró Thranduil con la cara pegada al abdomen del Enano. – Dejaré Mirkwood y cederé a Legolas mi derecho al trono, si con eso pudiera tenerte a mi lado hasta el fin de tus días.
Pero Thorin no contestó y esa fue suficiente respuesta para el elfo. Aunque aquella decisión fuera la razón de la pena más grande que había sentido en su vida, Thranduil comprendió el valor del sacrificio para Thorin y no estaba en él obligar a que la situación cambiara a su favor si con eso conseguiría causarle aún más daño.
Entonces, permanecieron así por un largo rato. El sol siguió con su viaje al ocaso y el ambiente se tiñó de violeta cuando el hermoso rey del Bosque Negro volvió a dejar escuchar su melancólica voz.
- Aunque no pueda tenerte conmigo… - dijo invitando a Thorin a sentarse sobre las hojas – juro ante la mirada de Valar y por la vida que me queda que jamás nunca volveré a fallarte como lo hice antes. En mí encontrarás el aliado que necesites en tiempos de dificultad y también en tiempos de paz. Mirkwood no se aislará más en el bosque como lo hemos estado haciendo hasta ahora, sino que será cercano a Erebor y enlazará verdaderos vínculos con los Enanos hasta el fin de nuestros días. Estaré aquí siempre, meleth nín, para servirte a ti y tu corazón, si es que algún día mi más grande sueño se hace realidad, pues aún en la devastación no he de perder la esperanza, que es lo único que me mantendrá vivo de ahora en adelante.
Thorin se encontró sin palabras suficientes para corresponder, por lo que infinitamente conmovido llevó sus labios hasta los del rey Sindar para sumirlos en una danza distinta, una llena de sentimientos entremezclados. Lo más difícil era soportar la tortura de la perspectiva de saber que aquella iba ser la última vez en mucho tiempo que mantuvieran un contacto tan cercano, al menos mientras las cosas en Erebor retomaban su camino, que Thorin supuso le llevaría años conseguirlo.
Thranduil se inclinó sobre Thorin para hacer que se acostara sobre su espalda. – Te lo dije antes y lo repetiré de nuevo tantas veces como tú lo necesites, aún en la distancia… - murmuró mientras lentamente despojaba al Enano de la túnica negra de luto. – Te amaré por siempre, Thorin. Aún cuando tu adorada presencia abandone este mundo, yo continuaré siendo fiel a mis sentimientos por ti. Recuerda, meleth nín… Estoy dispuesto a hacer lo que sea en tu nombre, enfrentarme a quien sea, renunciar a la corona de mi reino e ir a donde el destino nos depare, donde podamos vivir en paz… estoy dispuesto a eso y mucho más, por ti. Pero no tengas miedo, amor mío, - dijo dando besos tan suaves como caricias en el cuello del Enano – que no voy a interponerme más en tus responsabilidades con Erebor. No habrá más juegos sucios de mi parte. Esperaré, aún cuando esa espera sea en vano, y no permitiré que la desesperación de mi corazón signifique un obstáculo en tu vida, que es tan corta en comparación con la que he de soportar yo. – continuó, bajando sus labios por el pecho de su amante. Y levantando sus ojos que danzaban entre el violeta, la plata y el dorado como por arte de magia, Thranduil cambió su expresión a una sonrisa de complicidad. – Nadie más que tú merece el trono de los Enanos, Thorin, nadie más. Y si algún usurpador osa levantar la espada en tu contra, mi furia caerá sobre él y sus seguidores con tanta fuerza que nadie más volverá siquiera a considerar la posibilidad de traicionarte.
Thorin no respondió pero le dedicó una sonrisa de agradecimiento. Sintió que las palabras ya no eran necesarias, pues el destino estaba sellado. Entonces el enano le ayudó a desnudarse de la túnica que imitaba el atardecer, color que se había quedado impregnado en sus hipnóticos ojos antiguos. Se tocaron los cuerpos entre caricias y besos, rodeados de los cedros que ya se habían teñido de negro agitando sus hojas al compás del viento y erizando las pieles de los reyes a sus pies. El elfo irguió la espalda y permitió que las sensaciones se apoderaran de su cuerpo cuando Thorin lo penetró; sus dedos se prensaron en los hombros del enano, entre sudor movimientos rítmicos y respiraciones agitadas. Thorin miró sin aliento al hermoso elfo que se movía sobre su entrepierna y se llevó las manos que se apoyaban en su pecho hasta su rostro, aspirando su olor, besando las palmas, permitiendo que los dígitos delinearan su perfil, tocaran sus párpados, se entremezclaran con su barba azabache.
- Te amo. – murmuró Thorin llevando el torso de la mano de Thranduil sobre su mejilla – Y no tengo miedo de jurar ante tu bien amada presencia y bajo la mirada de Valar que lo haré toda mi vida.
Thranduil le dedicó una mirada conmovida antes de besarlo de nuevo, y sin romper el contacto de los labios el elfo se concentró en satisfacer las demandas del cuerpo acelerando más el movimiento de sus caderas hasta que el orgasmo bajó por su espina dorsal y explotó en su vientre, llegando a cada centímetro de su cuerpo como un fuerte torrente de agua que se mezcló con el placer que Thorin experimentaba bajo él.
Sin más fuerzas siquiera para mantenerse erguido, el elfo se dejó caer sobre el enano y este lo sostuvo cerca, entre sus brazos. - Estelion allen meleth e-guilen… - susurró Thranduil al oído de Thorin mientras la oscuridad de la noche los envolvía; y fue lo último que el jardín de fuego escuchó esa noche… la última en la que ambos reyes yacieron juntos como amantes sobre el suelo de la Tierra Media.
EPÍLOGO (I)
Mucho se habla en los anales de la historia sobre los años posteriores a la guerra contra Smaug, los tiempos en los que el rey Thorin llevó la corona de Erebor, que no sin esfuerzo y dedicación se convirtió en el reino más próspero jamás asentado en Arda, recordado con respeto tanto por Enanos, Hombres y Elfos a razón del esplendor que alcanzó su pueblo y la abundante riqueza que yació en sus palacios. El reinado de Thorin fue el más largo jamás registrado en la historia de los Enanos, pues duró 197 años llenos de duras adversidades y gloriosos triunfos conducidos con sabiduría sobre los hombros de quien llegó a ser reconocido como el rey Escudo de Roble, amado por su pueblo y temido por sus enemigos, y del que los bardos aún hoy cantan infinidades de historias sobre admirables hazañas que encienden el valor de los que las escuchan.
Los registros hablan poco de los aspectos personales del rey Escudo de Roble, más se sabe que nunca tuvo descendencia ni contrajo matrimonio, sin importar las alianzas y amistades que se perdieran en el proceso. Para los historiadores, la razón se desconoce.
La historia también menciona que fue bajo el gobierno de Thorin Escudo de Roble que la relación entre Elfos y Enanos se estrechó y fortaleció como jamás lo hubiera hecho antes, especialmente con el reino del Bosque Negro, que también tuvo como asentamiento el Este de la Tierra Media antes de alzarse a la mar al término de la Guerra del Anillo. La alianza de la que ambos reinos consiguieron grandes beneficios logró borrar cualquier huella bélica remanente del pasado.
El rey Thorin renunció por decisión propia a su derecho al trono en el año 36 de la Cuarta Era, cediéndolo a su sobrino Fili hijo de Dís, quien continuó gobernando Erebor bajo las ideologías de Escudo de Roble y que luego transmitió a su descendencia.
Mucho se habla en bocas comunes sobre su destino luego de renunciar al trono, pero esas no son sino fábulas fantásticas que los caballeros cuentan a sus hijos para sembrar valentía y orgullo en sus corazones. Lo que realmente pasó con Escudo de Roble en sus últimos años no fue registrado en el cómputo histórico de Erebor ni en ningún otro sobre la Tierra Media.
EPÍLOGO (II)
Sintió la briza nocturna yendo en dirección contraria a su caminata. Había un cielo completamente despejado, con luna llena. El resplandor plateado bañaba el bosque con suficiente luz que era capaz de distinguir las formas oscuras de los árboles y vegetación a simple vista, aunque no necesitaba la luz para poder guiarse por ese bosque que ya conocía como la palma de su mano.
A esa distancia aún podía escuchar el suave relinchar del caballo que se alimentaba a unos metros detrás de él, acompañándole en su espera.
Las horas pasaron, pero él continuó en su sosegado vagabundeo, envuelto en una túnica de plata que brillaba como una joya al resplandor lunar. Caminaba fuera de su tiempo, como si fuera un espejismo que el bosque creaba para los desventurados viajeros perdidos.
Avanzada la noche, tuvo la corazonada de que el momento había llegado. Se acercó hasta donde su caballo se mantenía y aguardó, mirando hacia la oscuridad del bosque.
Entonces lo vio.
Caminaba a paso lento, encorvado, con una cojera en la pierna izquierda y sosteniéndose sobre un burdo bastón de madera. Sus ropas eran simples y oscuras; su cabello caía en una lluvia de mechones de plata que en su pecho se confundían con una barba larga que llegaba hasta la cintura.
Thranduil aguardó hasta que Thorin llegó a su altura, y por un momento, ambos permanecieron en silencio, observándose a los ojos que la noche había teñido de negro.
- Lamento la espera. – dijo Thorin con la voz temblorosa de un anciano, y aquellas simples palabras significaban muchísimo más de lo que aparentaban, pero Thranduil no necesitó explicaciones para comprender el mensaje detrás de ellas.
El elfo era el único remanente del reino de los bosques que una vez se asentó y creció próspero en aquella región del Este, pues su gente, ya menguada, había atravesado el mar más de medio siglo atrás en el 3021 de la Tercera Edad, rumbo a Aman, al finalizar La Guerra del Anillo. Aunque otros elfos se quedaron también en Arda para aquellos años, la mayoría había emigrado a las tierras del Oeste, donde la última estirpe se estableció en Ithilien bajo el reinado esplendoroso del rey Elessar y la reina Arwen Undómiel, donde Legolas vivió durante largo tiempo. El Este en cambio se había convertido en una región predominante de Enanos y Hombres; y aunque Thranduil sabía que era bienvenido en Erebor o en Gondor, había decidido vagar por sus propias tierras, los bosques que tan bien conocía y eran parte de su ser, mientras su espera continuaba.
Las estaciones pasaron y los tiempos cambiaron, largos, lentos y turbulentos, pero sobre el semblante del antiguo rey del Bosque Negro los años se quedaron congelados en el mismo aspecto de belleza vigorosa de siempre; más sin embargo, Thorin sabía que había muchas cosas que habían cambiado en Thranduil en cuestiones de espíritu. Sus ojos eran todavía más extraños, lejanos, llenos de infinita paz y sabiduría como jamás lo fueron antes. Eran los ojos de un anciano, aún envueltos en la belleza de la juventud. El rey arrogante y rebozante de soberbia había desaparecido tiempo atrás.
- Así ha tenido que ser. – Contestó entonces Thranduil, con una sonrisa cálida y misteriosa, ofreciendo su marmórea mano a Thorin quien la tomó sin dudas.
Tantos años habían soportado amándose a la distancia, batallando contra aquellas frías noches pesadillezcas donde los corazones rogaban por acercamiento, cuando los cuerpos deseaban sentir pasión de la carne, cuando las palabras de amor reclamaban por dejarse escuchar en medio de los discursos y visitas oficiales, ahí mismo a la vista y oídos de quien pudiera escuchar… pero mantuvieron encarcelados esos y otros tantos anhelos en lo más profundo de sus seres por una promesa que no se volvió a mencionar nunca más, pero que en el fondo ambos sabían que no había sido olvidada, y que cuando el momento llegara los dos estarían en el lugar preciso.
Fueron innumerables las veces en las que Thorin se preguntaba si tanto dolor había valido la pena, cuando se encontraba sentado en el frío trono de Erebor con una corona que no se había vuelto más liviana con el pasar de los años sino al contrario; sin embargo, cuando veía todas las cosas bellas y buenas que había a su alrededor, esos logros alcanzados por y para el bienestar de tantas almas que dependían de su protección, se obligaba a creer que sí, que su sufrimiento personal había sido necesario.
Esa noche, casi 200 años después del último encuentro en el bosque de fuego, ninguno de los dos dijo más palabras, pues la conexión y el entendimiento mutuo era de tales magnitudes que ya no hacía falta explicarse más de lo que ya lo habían hecho durante tantos años. Fue entonces cuando Thranduil lo condujo con gracia hacia el caballo blanco como la seda que aguardaba a su lado para comenzar la larga marcha.
Y de esta manera terminó la historia de Thorin y Thranduil en la Tierra Media aquella noche de otoño cuando cabalgaron en dirección al mar, donde los esperaba la embarcación en que alcanzarían las tierras de Valinor en Aman, y donde finalmente podrían pasar el resto de la existencia como otrora lo hubieran soñado tanto y con tanto anhelo desde lo más profundo de sus corazones. Sería en las tierras imperecederas en que dejarían atrás la sangre real y las responsabilidades de nacimiento, junto al envejecimiento del cuerpo y los pesares del espíritu, para vivir como dos almas que el amor había fundido como una sola hacía tanto tiempo atrás, ahora bajo la mirada y protección de Eru, quien le cedió a Thorin un lugar digno entre los Primeros Hijos, en nombre del honor y la gloria que había derramado en Arda en sus años de servicio, así como por el inconmensurable valor de lo que su corazón cargaba y profesaba con tanto fervor por quien había desembarcado a su lado a orillas de la tierra bendita.
FIN.
Sí, fin. jajaja, ufff fue un largo camino, desde el 2013 si no me equivoco. Este espacio es para agradecer a todos los que se tomaron el tiempo y siguieron esta historia, espero de corazón que la hayan disfrutado, porque la verdad yo sí disfruté mucho escribiéndola :) Mis agradecimientos especiales para las personas que empezaron a leer desde que subí el primer capítulo y llegaron hasta aquí, a pesar de tanto hiatus jajaja (no por nada algo de 25 capítulos duró dos años XD), ¡MUCHAS GRACIAS! Y por supuesto, para las que dejaron comentarios, que Eru Ilúvatar ilumine sus caminos y derrame incontables fortunas en sus vidas ;)
¡Nos volveremos a leer pronto!
¡Novaer!
NOTA.
* Estelion allen meleth e-guilen: Confiaré en ti, amor de mi vida.
