Capítulo 3

Dicen que toda racha de buena suerte termina alguna vez. Yo, hace dos días, no lo creía así. Estuve dos clases de Educación Física sin ningún problema, creía que tenía suerte. No tuve ningún altercado con el entrenador Clapp, ninguna visita al hospital, en fin. El día había ido bien y no estaba preocupada por ir a Educación Física; llevar dos días sin tener nada preocupante era mucho para mí. Durante toda la mañana, no se me habían acercado ninguna arpía llamada Tanya, ni alguno de los Cullen-Hale, e incluso el profesor de Biología comentó que todavía no tenía la lista de compañeros para el trabajo ―Para mí, tener esa incertidumbre me parecía realmente buena― y lo mejor de todo; fui al gimnasio durante la hora del recreo y no había nadie. Pero ahora me encontraba en la cancha del gimnasio, con una pelota de baloncesto entre mis manos para pasársela a Ángela. Toda esa buena suerte que creía tener se fue tan rápido como llegó.

Se la pasé a Ángela y ahí fue cuando empeoró la cosa. La pelote se desvió ―No sé cómo―, y fue a pararle a la cabeza de uno de los alumnos que se encontraban cerca. Me llevé las manos a la boca y me acerqué a él para ver si se encontraba bien. El golpe de una pelota de baloncesto podía doler. Mucho. Lo dice la voz de la experiencia.

―Lo siento mucho. ¿Te encuentras bien? ―Le pregunté al chico que estaba frente a mí. Tenía una espalda bien tonificada, anchos hombros, era muy alto y tenía el cabello un poco rizado y negro. ¿De qué me sonaba?

―Ouch. Eso ha dolido. Pero no te preocupes; estoy perfectamente ―El chico frente a mí se dio la vuelta y me dejó ver quién era. Mierda. Era uno de los Cullen. Y yo que quería hablar lo menos posible con ellos, voy yo y le tiro una pelota a la cabeza sin querer. ¡Bravo, Bella, bravo!

―¿De verdad? ―Me cercioré.

―No te preocupes, Bella. No se puede quedar más tonto de lo que está ya ―Una tercera voz se unió a la conversación y la identifiqué como la de Rosalie Hale.

―Vale ―Dijo él alargando la «a»―, Rosie. Eso me ha dolido más.

―¿O tal vez sí que podía dejarlo peor? ―Me preguntó retóricamente.

―¡Hey, que estoy aquí! Y ni si quieras me has presentado. No pensaba que eras tan maleducada, bonita. Fría sí, maleducada no ―Rió, como de algún chiste privado.

―Cállate, ¿vale? ―La voz de Rosalie fue fría con un toque tenso―. Él es Emmett Cullen; ella es Bella Swan.

―Encantado, Bella ―Al sonreír dos hoyuelos, que le daban un toque dulce, le aparecieron en sus mejillas.

―Lo siento mucho, Emmett, de verdad. Me tengo que ir. ¡Encantada! ―Me despedí. No llegué a escuchar lo que dijeron, pues sorprendiéndome a mí misma, ya estaba frente a Ángela con la pelota de nuevo en mis peligrosas manos. «Bien, Bella, intenta tirársela a Ángela, no a la cabeza de algún otro chico que esté cerca de ti», me dije.

Ángela me miraba con una expresión de incredulidad. ¿Tan raro era hablar con un compañero de clases?

Articulé con mis labios la palabra «después», para hacerle saber que más tarde se lo contaría. Ella asintió conforme.

Mi mirada se posó, durante unos segundos, en las parejas que formaban los Cullen-Hale. Rosalie con Emmett; Alice con Jasper; y el último chico que estaba cerca de ellos, el del cabello cobrizo, con un chico rubio, alto y brillantes ojos azules.

De repente, una pelota impactó sobre mis dedos.

―¡Bella, por Dios! ¡Céntrate! ―Me ordenó Ángela―. Lo siento mucho. Pensaba que estabas en lo que estabas ―Me regañó.

―Perdona ―Gemí. Me dolía el dedo índice de la mano izquierda. Mierda.

―¿Y tus dedos?

―Se me pasará en nada; de todas formas, ya va a terminar la clase ―Suspiré de felicidad, al pensar eso.

Ángela rió y me uní a ella.

Nos dirigimos a los vestuarios una vez que el profesor nos dijo que había terminado la clase por hoy. Ángela y yo volvimos a suspirar. Cuando nos cambiamos y recogimos nuestras cosas, nos dirigimos hacia el aparcamiento. Ángela me miraba fijamente. Quería que se lo contara. ¡Como si tirarle la pelota a alguien sin querer fuera todo un hecho histórico.

―¡Áng!

Nos dimos la vuelta para quien interrumpía el momento crucial para Ángela; pero toda expresión de rabia o de ira se desvaneció al ver de quién se trataba. Un chico alto, con pelo marrón y con unos ojos marrones oscuros ocultados tras unas gafas de pasta negra se acercaba a nosotras.

―Hey, Bella.

―Hola, Ben. Te espero fuera, Ángela. Nos vemos, Ben.

―Claro ―Contestaron los dos automáticamente, sin dirigirme una mirada.

¡A ver si Ben daba ya el paso de una vez! ¿No veía que a Ángela se le cambiaba la expresión de su cara en cuanto posaba sus ojos en los de él? Me resultan incomprensibles estos hombres.

Salí del edificio y me dirigí hacia el coche de Ángela. Pero claro, yo no soy Bella Swan si no me tropiezo o caigo de bruces al suelo. Y ese día no iba a ser la excepción. Mientras pensaba en lo feliz que serían esos dos tortolitos si él se lanzaba, me tropecé con alguien, haciendo que las cosas que no me cabían en mi mochila ―Que era una carpeta con varios folios dentro y unos libros―, salieran volando por los aires. ¡Mierda! Levanté la mirada para ver de quién se trataba. ¡Joder! Esto se estaba volviendo muy común últimamente. «¡Bella, despierta de una vez!», me regañé interiormente. Dos veces en una misma semana; vale que me cayese, tropezara y tal, pero dos veces en una misma semana era demasiado, incluso para mí. Y encima las dos veces con la misma persona.

―¡Joder, Bella! ¿Cada vez que hablemos tengo que empezar por preguntarte «¿Te encuentras bien?» o qué? ―Una divertida Rosalie se hallaba frente a mí. Toda la rabia se quedó en mi interior. ¡Quería gritar por ser tan descuidada y tropezarme cada dos por tres!―. Y no digas nada de «lo siento» o algo por el estilo.

―En fin, soy muy descuidada y no veo por dónde voy ―Me excusé recogiendo mis cosas. Ella me ayudó.

―Ay, niñas, ¿qué hacéis tiradas por el suelo? ¿No os ha dicho nadie que las buenas vistas están en la zona Emmett? ―Emmett se materializó frente a nosotras con una gran sonrisa en su rostro.

―No hagas bromas y agáchate para ayudarnos, niño listo ―Rosalie, cuando quería, podía ser dura; eso que no quepa duda.

―¿Yo? Anda, anda, pero qué cosas dices ―Se carcajeó.

―¿Y a ti que te pasa, tonto? ¿Mamá no te ha dicho que debes ayudar a unas chicas bonitas cuando a ellas le haga falta? ―Alice se agachó a nuestro lado, no sin antes darle una colleja a su hermano, y nos ayudó. ¿Cuántas cosas llevaba en aquella maldita carpeta?―. Por cierto, hola, Bella.

―Hola, Alice.

―Veo que tienes muchas mierdas por aquí, Bella ―Comentó Emmett viendo las hojas tiradas por el suelo.

―¡Emmett Cullen, como no te pongas a recoger hojas como un loco te juro que le digo a mamá que no has ayudado a dos señoritas cuando a ellas le hacía falta! Y ya sabes cómo se pone con el tema de la educación ―La voz de Alice se tiñó de amenaza e instintivamente, Emmett se agachó y recogió todas las hojas que pudo.

―¿Lo ves, Alice? Aquí no ha pasado nada ―Emmett rió nerviosamente.

―Eso nunca falla ―Las carcajadas maliciosas de Alice no se hicieron esperar―. Toma, Bella. Lamento no poder dártelas ordenadas, pero nuestro hermano nos está mirando con cara de querer asesinarnos ―Lo dijo sin mirar hacia donde estaba su hermano. Yo, para comprobarlo, dirigí la mirada hacia donde saludaba Rosalie con una sonrisa angelical, y comprobé que el chico de cabellos cobrizos tenía una expresión de un asesino. Se me desencajó la cara.

―Conocemos lo suficiente a nuestro hermano para saber lo que hará y lo que no ―Argumentó Emmett a su favor y al de su hermana.

―¡Adiós! ―Se despidieron las dos.

―Encantado de haberte conocido, Bella.

―Igual, Emmett. Adiós.

Se alejaron de mí y yo metí apresuradamente todos los folios que habían salido desperdigados por el suelo del aparcamiento, en el interior de la carpeta. Ángela venía hacia mí con una sonrisa pintada en su cara. Algo había pasado, y eso sí que me importaba; no cotilleos sin importancia.

―¡Cuéntamelo! ―Le urgí.

―¡Me ha pedido que salga con él mañana! ―Dijo alegremente.

―Me alegro mucho por ti, Áng ―Le dije honestamente y la atraje hacia mí, para abrazarla. Ella me respondió, aunque no paraba de dar pequeños brincos.

―Gracias, gracias ―Rió. Nos metimos en el coche, lo cual hizo que el chip que llevaba en su cabeza de que algo se le escapaba, hizo «clic»―. Y bueno, tú me tienes que contar algo.

Durante todo el camino hacia mi casa ―que no es mucho― me hizo relatarle lo que había ocurrido en el gimnasio cuando le di sin querer a Emmett. También le expliqué lo que había sucedido en el aparcamiento mientras que ella estaba con Ben. Se quejó de que yo no le ponía emoción a la historia aportando detalles, ni nada por el estilo. Simplemente, no me apetecía hablar de esas cosas pudiendo hablar de otras mejores, como por ejemplo, su próxima cita con Ben mañana por la tarde.

―Bien, Bella, necesito que me ayudes a escoger lo que me pongo mañana, así que te vienes mañana a mi casa, y no acepto un no por respuesta.

―Como si mi sentido de la moda te ayudara en algo ―Bufé y abrí la puerta del coche―. Nos vemos mañana, Áng.

―Chao.

Me metí en el interior de mi casa, como siempre desierta. No había rastro de mi padre, ni ninguna señal de hubiese estado allí desde esta mañana. Después de almorzar algo ligero, me puse a repasar, aunque no tuviera exámenes hasta la próxima semana; estábamos a jueves, así que tenía de sobra para repasar en el fin de semana para el examen del martes. Pero yo no tenía otra cosa que hacer. No tenía libros que no me supiera de memoria, al haberlos leído tantas veces, ni un ordenador en condiciones. Así que, ¿qué otra mejor opción que estudiar? Muchos pensaréis que debo estar loca al repasar, pudiendo estar en una red social; pero cuando no tienes nada más que hacer lo único que te queda es estudiar.

Cuando hubo pasado un buen tiempo, opté por hacer de cenar. Cené sola, como siempre. Esto era amargante. Podía irme con mi madre cuando quisiera, pero no quería entrometerme en la relación que mi madre tenía, entorpeciendo así sus tareas y cosas así.

Sin nada que hacer, me introduje en mi cama y dejé que el sueño me embargara.

¡Esto no podía seguir así! ¡Que el profesor me estuviera metiendo los dedos se pasaba de la raya!

Me había vuelto a dar un ataque de asma ―leve, debo decir, pero aún así un ataque― y me había tenido que parar mientras que Ángela y yo teníamos que correr lo más fuerte que podíamos hacia las canastas. En mitad del trayecto tuve que parar porque sentí que mis pulmones no daban más de sí. Ángela se me acercó preocupada junto con algunos de mis compañeros y el profesor. Me miraba con socarronería. ¡Lo odiaba! Un profesor supuestamente está vigilando ―mientras enseñan― que a sus alumnos no les ocurra nada malo y ayudarlo en cuanto sea posible. ¡Él no! ¡Él me recrimina!

―¿Te encuentras bien, Bella? ―Ángela me miraba con preocupación.

―¡Vamos, Isabella! ¿Ya te has parado? Esperaba más de ti ―Dijo el profesor con voz jocosa.

Yo me levanté de mi posición; estaba apoyada sobre mis dos rodillas para ver si recobraba el aliento. Le miré fulminantemente, aunque me ignorase.

―Me da igual lo que usted me diga; voy a ir a los vestuarios porque lo necesito. Y si no ve que me encuentro mal, le recomiendo que vaya a un oculista ―Y sin esperar la contestación me fui hacia los vestuarios con Ángela junto a mí.

―Esto ya es el colmo de los colmos, Bella. Debes hacer algo para que ese hombre te crea o que entre en razón.

―Mi padre vino a hablar con él, pero no sirvió de nada. Lo dejó plantado en conserjería ―Le conté.

―Pero, Bella, esto no puede seguir así ―Insistió.

―¿Y qué puedo hacer yo, Ángela? ¿Sacarme unos pulmones y ponerme unos nuevos?

―¡Dios, Bella! Me refiero a lo que le pasa a ese señor en la cabeza. Lo normal sería que te creyese.

―Tú lo has dicho; lo normal sería eso. Pero él es anormal, ¿no lo ves? Se ha cachondeado de mí frente a toda la clase ―Lágrimas de impotencia llegaron a mis ojos.

Un golpe en la puerta captó nuestra atención y yo me sequé rápidamente las lágrimas de mis mejillas y Ángela metía los aerosoles en mi mochila.

―¿Bella? ―Era la voz de Alice―. ¿Podemos entrar?

―Sí.

La puerta se abrió dejando ver que no venía sola, tras ella se encontraban Rosalie, Emmett, Jasper y el chico de cabellos cobrizos. Todos venían con expresión de preocupación, incluso los dos últimos a pesar de no conocerlos.

―Primero, ¿te encuentras bien? ―Preguntó Emmett con preocupación.

―Estoy perfectamente ―Aseguré.

―Entonces, ¿por qué tienes la nariz roja y los ojos irritados? ―Mierda.

―Bella, lo siento, pero deben saberlo. ¡Esto no puede seguir así! Es demasiado para ti sola aunque yo también lo sepa ―Me avisó Ángela.

―Por favor, Ángela ―Le pedí. Ella suspiró.

―Está bien, tú sabrás.

―No me ha pasado nada, de verdad ―Reafirmé.

―En serio, Bella, a nosotros no nos puedes engañar ―Afirmó Alice―. ¿No nos lo quieres contar? Lo entendemos, no nos conocemos lo suficiente como para ser las mejores amigas de toda la vida, pero somos personas de confianza.

―Lo entendemos, de verdad ―Apoyó Rosalie.

―N-no quiero hablar. ¿Me podéis dejar sola un momento?

―Está bien, pero sabes que puedes confiar en nosotros, ¿vale? ―Corroboró Emmett. Asentí.

Emmett me guiñó un ojo, mientras que empujaba a Rosalie de los hombros; parecía como si no me quisiera dejar ir. Alice estaba siendo empujada por Jasper, de la misma forma que Emmett hacía con Rosalie; Jasper me dedicó una sonrisa alentadora y el chico Cullen sin nombre cerró la puerta con una fina línea entre sus labios.

―Mierda ―Murmuré.

―Bella, tengo una idea ―Comenzó Ángela―. ¿Y si le haces ver al entrenador Clapp que eres capaz de mucho más? Es decir, probarle que te importa esta asignatura y que te importa. Que harías muchas cosas por esta asignatura, aunque no fuera el caso. ¡No sé! Hacerle ver que quieres aprobar esta asignatura cueste lo que cueste.

―Tienes razón, Ángela. No puedo dejar que una simple enfermedad me prive de sacar una asignatura adelante.

―Respecto a eso, Bella, creo que es mejor que se lo cuentes a alguien más, como a los Cullen o a los Hale. Parecían amables y verdaderamente preocupados. Incluso los dos que no te conocían personalmente han mostrado preocupación por ti. Eso lo haría poca gente, créeme. La mayoría de ellos se habrán carcajeado de ti en vez de venir aquí y tomarse la molestia de preguntar lo que te ocurría, Bella. Fácilmente se podrían haber quedado allí fuera partiéndose el culo de ti, pero no lo han hecho. Y eso dice mucho de una persona, Bella. Pienso que ahora que tienes la oportunidad de tener buenos amigos, la deberías aprovechar. Y ahora, debes decirle a tu padre que el propio profesor se ha carcajeado de ti. Tu padre tiene poder en este pueblo y ahora que lo puede utilizar, que no lo desaproveche. E incluso se lo diría a mi madre. Porque puedo apostar que tu madre no sabe nada de esto, ¿verdad?

―Ya estoy harta, Ángela. Harta de que se ría de mí por no creerme cuando le digo que tengo una enfermedad ―De mis ojos se desbordaron más lágrimas de impotencia―. Tienes razón, se lo voy a decir a mi padre y que haga algo de una puñetera vez. Y también se lo diré a mi madre, ¿por qué no? Mi madre puede parecer una adolescente encerrada en el cuerpo de una adulta, pero es de armas tomar y cuando algo importante me pasa, es capaz de venir aquí en patineta si hace falta.

―¿Lo ves, Bella? ¡Podemos darle una patada en los huevos a ese hombre! Mira, vas a salir ahí fuera y vas a decirle que quieres que un alumno te ayude a practicar. Pídele que sea el mejor de la clase, no importa quién. ¿Entendido? ―Yo asentí, conforme con el plan.

Empujé la puerta de los vestuarios con fuerzas y salí hacia las canchas. Todos pararon lo que estaban haciendo y posaron sus miradas en mí. Sin perder el tiempo ―Y milagrosamente sin ruborizarme―, fue en busca del profesor.

―Disculpe, profesor, ¿podemos hablar? ―Le pregunté educadamente. No me contestó, si no que me llevó a una de las esquinas del gimnasio―. Le quería preguntar si le parece bien que me pusiera un tutor para esta asignatura.

―¿Por qué no? ―Se encogió de hombros; no me estaba escuchando. Sólo le miraba el culo y los pechos a las chicas que pasaban cerca. Le podría decir «¿Quiere tirarse por un barranco?» y él asentiría complacido mientras hubiera escotes y traseros respingones cerca de su mirada.

―Le agradecería que me pusiese el mejor alumno que tuviera en esta clase, si no es mucha molestia.

―¿Por qué no? ―Volvió a preguntar. Parecía que esa era su respuesta automática en cuanto la vista se le iba a lugares donde se suponía que no deberían irse. Para mi gran sorpresa, llamó a unos alumnos―. ¡Emmett Cullen, Tyler Crowley y Michael Newton, venid aquí un momento! ―En menos de lo que me esperaba, tres chicos estaban frente a mí, incluyendo a Emmett. Me guiñó un ojo―. ¿Qué pensáis sobre ser el tutor de Bella en esta asignatura?

―A mí me viene fatal con los estudios. A penas tengo tiempo para estudiar lo que tengo que estudiar diariamente ―Negó el tal Tyler Crowley. Clapp asintió y le ordenó que siguiera con lo suyo.

―Yo no quisiera ser grosero, pero no me gusta mezclarme con gente como ella ―Dijo con firmeza Michael Newton; el cual era el chico que estaba de pareja con el chico Cullen sin nombre.

―Vuelve a decir algo malo de ella y no lo cuentas, Newton ―Siseó Emmett. ¿La verdad? Me asustó hasta a mí, por no decir al pobre Newton―. ¿Y tú dices ser amigo de mi hermano? Já ―Se volvió hacia el profesor―. Por mí no habría problema, entrenador. Incluso también la podrían ayudar mis hermanos y los Hale… ―Pero el profesor ya estaba en otra onda. Asintió, sin dejar de mirar a los lugares antes dichos. Hizo un gesto con la mano, diciendo «¿A qué esperáis? ¡Largaos!» con una mueca de asco en la cara.

―Gracias, Emmett ―Le agradecí.

―No hay por qué darlas, Bella. ¿Cuándo podríamos empezar?

―No tengo nada que hacer este fin de semana ―Me encogí de hombros.

―Me parece que le estás dando muchos problemas a Alice; eres incluso peor que yo ―Rió.

―¿Eh? ¿Por qué dices eso?

―Primero le chafas la «cita» que tenía con Jasper en el gimnasio, lo cual te lo tengo que agradecer. Y ahora me dices que podemos quedar este fin de semana, cuando justamente Jasper la había invitado a una cita en compensación con lo otro.

―¡Mierda!

―Tendríamos que hablar con ella ―Opinó.

―De todas maneras, sólo vamos a entrenar tú y yo, ¿no? ―Pregunté con cierto miedo. «Que no sean como una piñata, que no sean como una piñata».

―Bella, Bella. Si algo tienes que saber para unirte a este maravilloso club, es que a dónde va uno, van todos ―Soltó una carcajada―. Aunque bueno, eso no se aplica a todo. Como a citas, momentos a solas y cosas así.

―¡Puf! No quiero causar más problemas de los que ya he causado, Emmett. ¿Sabes que me he tropezado dos veces con Rosalie, y como consecuencia caído al suelo, interrumpido un mini picnic privado y una «cita» y, lo mejor de todo, te he golpeado la cabeza? ¡Eso es mucho incluso para mí!

―Nuestra vida es así; llena de cosas sin explicación. Así que, bienvenida al club ―Por alguna razón, me gustaba eso de saber que era bienvenida en algún tipo de grupo de amistad. Otra vez mierda.

Llegamos a donde estaban Alice, Jasper, Rosalie y el chico sin nombre. Le hice un gesto a Ángela para que se acercara.

―¿Para qué te ha llamado el entrenador Clapp? ―Se interesó Alice.

―Para que sea el tutor de Bella por ser el mejor en esta asignatura ―Los dos chicos restantes rieron.

―Eso te ha crecido el ego un poco, ¿eh, Emmett? ―Se mofó Jasper―. Encantado, Bella. Soy Jasper ―Su mirada tenía un brillo especial, casi mágico. Con razón Alice estaba tan mosqueada cuando los interrumpí.

―El gusto es mío, Jasper.

―Eh, lo siento, me tengo que ir ―Interrumpió el chico sin nombre.

―Vamos, pero si todavía no te has presentado a Bella ―Alice le puso un puchero a un lugar vacío, donde antes se encontraba el chico.

―¡Ay, Alice! ¿Qué vamos a hacer con este niño? ―Preguntó retóricamente Emmett.

―No lo sé; pero algo hay que hacer para alejarlo de esa arpía ―A Alice le entró un tic en el ojo―. Bien, Emmett, ¿por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Que ahora eres el tutor de Bella. ¡Eso es genial! ―y yo decía que mi madre podía cambiar radicalmente de tema.

―Sí, y el entrenador me ha dado permiso para que Jasper y Edward ayudaran también ―Supuse que el nombre de Edward correspondía al chico sin nombre.

―Será un gran placer poder ayudarte, Bella ―La sonrisa de Jasper no se hizo esperar.

―Hola ―Saludó tímidamente Ángela, en cuanto llegó a nuestro lado.

―Ella es Ángela, mi mejor amiga ―Odiaba las presentaciones, de verdad. Menos mal que Alice me ahorró eso de «éste es tal, y este otro tal». ¡Puf!

―Yo soy Alice, ella Rose, Jasper y Emmett.

―Encantada.

―Y bueno, el caso, Alice es que Bella quiere empezar este fin de semana a practicar. Pero le he dicho que a vosotras también os gustaría ayudar, pero tú no puedes porque tienes la cita con Jasper. Así que, ¿Qué hacemos?

―No hay problema, Emmett. Mi cita es hoy, por lo que tenemos sábado y domingo para practicar ―Contenta Alice, contentos todos.

―Yo tampoco puedo hoy ―Dije recordando que le había prometido a Ángela ayudarla con la ropa. Como si yo supiera algo de eso; rodé los ojos interiormente.

―Bueno, pues ¿qué tal mañana por la mañana en el parque ese que hay en el centro? Allí hay canchas de baloncesto, pistas de fútbol y todo eso ―Propuso Rosalie.

―Me parece bien ―Comentamos todos.

Cuando finalizó la clase, acordamos la hora a la que deberíamos estar allí y cada uno se fue hacia su coche.

―No parecen mala gente ―Comentó Ángela una vez subidas en su coche.

―No, pero todavía tengo mis dudas sobre ese último, el de cabello cobrizo. Creo que no se quiere acercar a mí o como mínimo, no quiere que sus hermanos y los Hale hablen conmigo. De todas formas, ¡qué más da!

―Exacto. ¿Crees que te irá bien mañana?

―Espero que bien.

Cuando Ángela aparcó, su madre salió a toda prisa por la puerta principal, nos saludó y se metió a toda prisa en su coche. Ángela suspiró y salimos del coche. Vi a sus pequeños dos hermanos, que corrieron hacia mí y me abrazaron.

―¡Hola, Bella! ―Saludaron los dos pequeños. Daniel y Mark tenían un año ―Casi dos; el mes que viene era su cumpleaños― de edad y eran la cosa más bonita del mundo. Eran clavados a Ángela. Cabello marrón y alborotado, ojos marrones y una expresión cariñosa en el rostro.

―Hola, ¿qué tal estáis? ―Les pregunté.

―Ben, ben ―Ángela, al escuchar el nombre de Ben se sonrojó. Pero luego cayó en que habían dicho «Bien» y no «Ben».

―Ahora vamos a ir al cuarto de vuestra hermana para que pueda vestirse adecuadamente, ¿vale? Pero no hagáis mucho ruido, que se estresa ―Rieron y me cogieron de las manos. Eran como pequeños primos para mí; y para ellos era lo mismo, pues casi siempre estaba en la casa de Ángela. Como aquél que dice, los estoy viendo crecer.

―Vale ―Contestaron. Ángela me miró con agradecimiento y fuimos a su cuarto.

―A ver, Bella, ¿qué me pongo?

―¿Sabes que le estás preguntando a la menos indicada para estas cosas?

―¡Pues a ver qué hacemos! ―Genial. Ya estaba perdiendo los estribos. Sus hermanos rieron y ella los fulminó con la mirada, lo que hizo que incrementaran las risas.

―Mmm. ¿Tienes Facebook o algo parecido? ―Le pregunté.

―Sí.

―Pues ponlo. Tengo una idea.

Una vez puso su Facebook, le llegaron tres invitaciones nuevas de amigos. Eran Emmett, Rosalie y Alice. Genial. Ahí las tenía.

―Déjame un momento el ordenador.

-Ángela Webber dice: ¡Hola, Alice! Soy Bella.

―¿Se puede saber qué es lo que estás haciendo? ¡Hey, Dan, no toques eso! ―Le regañó. ¡Aww! Pero si eran más monos.

-Alice Cullen dice: Contigo quería hablar yo, Señorita. ¿Cómo que no tienes Facebook?

-Ángela Webber dice: No teniendo jaja.

-Alice Cullen dice: Que una adolescente no tenga Facebook es un delito, ¿lo sabes, no?

-Ángela Webber dice: No, pero no es eso lo que quería decirte.

-Alice Cullen dice: ¿El qué? Dispara.

-Ángela Webber dice: Ángela ha quedado con el chico que le gusta y no sabe qué ponerse.

-Alice Cullen dice: ¡Oh! Habéis contactado con la mejor para eso.

-Ángela Webber dice: El caso es que dice que no tiene nada que ponerse.

-Alice Cullen dice: ¡Que no cunda el pánico! Describirme las cosas así más a la moda que tenga en su armario.

Encontramos un par de prendas, que ninguna le gustaron a Alice. Sin embargo, yo hurgué más a fondo entre las cosas de Ángela y encontré una cosa que le podía ir bastante bien.

-Ángela Webber dice: ¿Qué te parece una mini falda turquesa, con un moño al lado izquierdo?

-Alice Cullen dice: ¡Es genial! Ahora sólo tienes que buscar alguna camiseta básica blanca o que tenga algunos detalles como flores o algo así. ¿Tiene algo de eso por ahí?

-Ángela Webber dice: Ha encontrado una camiseta blanca de mangas cortas con un estampado que parecen fresas.

-Alice Cullen dice: ¡Mejor todavía! ¿Quién ha encontrado la falda?

-Ángela Webber dice: Yo; ella sólo miraba pantalones. Para mí que no sabía ni que existía esa falda.

-Alice Cullen dice: Bien, ahora busca unos zapatos marrones y ponte algún colgante.

Rebusqué en su joyero hasta encontrar un collar con un pequeño lazo en el medio. Se lo tendí mientras buscaba entre sus zapatos. Encontré unos perfectos.

―Mira, Ángela. Parecía que lo tenías ya todo, ¿eh? ―Comenté. Los zapatos eran marrones, pero en la parte en la que se hallaban los cordones era azul.

―Esos zapatos fue… ¡Ah, sí! Para la graduación de mis primos y la falda me la compró mi madre, pero la metí en el baúl de los recuerdos. Ni si quiera me acordaba de ella.

―En fin, ya estás lista, Áng. Pero espera… ¿Quién se va a quedar con tus hermanos?

―¡Bella, Bella! ―Corearon los dos.

-Alice Cullen dice: Hazle una foto para que pueda verla el lunes, Bella. Me tengo que ir a prepararme para mi cita jiji.

-Ángela Webber dice: ¡Suerte y gracias!

-Alice Cullen dice: ¡No hay de qué!

Y se desconectó. Yo hice lo mismo con el de Ángela y apagué el ordenador por orden de la propietaria. Mientras que se terminaba de arreglar, yo bajé a Daniel y a Mark al salón para ver un poco la televisión. Ambos se sentaron a cada lado de mí y apoyaron la cabeza en mi barriga. ¡Eran tan dulces! Yo nunca había tenido hermanos, aunque se lo pedí a mi madre, ella se negó completamente. Pero una escasa parte de mí, todavía siente esa pequeña esperanza de tener un pequeño hermano o pequeña hermana de la cual cuidar.

―¿Y bien, Ángela? ¿Con quién se van a quedar estas dos hermosuras? ―Pregunté, aunque sabía de sobra quién.

―Anda, Bells. Sólo esta vez, ¿vale? ¡Te lo recompensaré, te lo prometo! ―El sonido de un claxon nos alertó.

―Está bien, no es ningún problema. Sólo te voy a pedir que vuelvas antes de que llegue tu madre ―Ella asintió conforme―. Espera, la foto para Alice. Tengo el presentimiento que si no te la hago, algo malo nos podría pasar.

Me pasó una cámara. Presioné el botón para hacerle la foto de cuerpo entero y se la devolví.

―¡Prometo estar aquí para las diez! ¡Y después te llevo a tu casa, en serio! ¡Te quiero y gracias! ―Les dio un beso en la frente a sus hermanos y uno a mí en la mejilla. Después, salió volando por la puerta.

―En fin. ¿Qué queréis hacer? ―Al ver que no contestaban, miré hacia abajo. Tenían sus ojitos cerrados y la respiración era lenta y suave. ¡Qué adorables! Me los comía.

Me pasé toda la tarde jugando con ellos dos, risas para arriba, risas para abajo. Eran muy juguetones y ahora entendía por qué Ángela no podía estudiar con estos monstruitos dando tumbos por ahí. Su padre estaba de viaje y hasta la semana que viene no vendría, por lo que Ángela tenía que quedarse a cargo de los gemelos mientras su madre trabajaba por la tarde.

Sobre las diez menos diez, llegó Ángela a la casa. Entró por la puerta con una gran sonrisa, gesto que identifiqué con que Ben debía haberle pedido que fuera su novia. Cogió a Daniel del suelo y empezó a bailar con él por toda la casa. Él reía sin parar. Su hermano Mark me tendía sus bracitos para que acompañara a sus hermanos. ¿Cómo negarme? Lo cogí en brazos y bailé con Ángela. Paré porque ya no soportaba más la incertidumbre de saber lo que había pasado.

―¡Cuenta de una vez y deja de bailar! ―Presioné. La obligué a sentarse en el sofá, con Daniel en su regazo. Estos dos seguían soltando carcajadas.

―¡Bella, Bella, Bella! ¡Por fin me ha pedido que sea su novia! Soy la mujer más feliz del mundo.

―¿Y cómo ha sido? ¡Desembucha!

―Ha sido perfecto. Estábamos paseando por Port Ángeles cuando me ha cogido de la mano y me ha parado. Yo lo he mirado con cara de sin saber de qué iba todo, pues la gente nos miraba raro por pararnos en medio de una acera. Ha puesto su mano sobre mi mejilla y me ha besado. Parecía como si fuera nuestro primer beso, todo muy mágico. Después, me ha mirado intensamente, y me ha preguntado si quería que fuese su novia ―Empezó a gritar y a saltar por toda la casa. Sus hermanos se reían de ella y yo con ellos―. Después me ha llevado a un restaurante y hemos cenado románticamente.

―¡Me alegro mucho por ti!

―Estoy que no me lo creo.

―Bueno, Daniel y Mark, ya tenéis cuñado, eh. Es maravilloso ―Les comenté. Pusieron una mueca de confusión en su carita. Yo negué con la cabeza y me giré hacia Ángela―. Si estás así porque te ha pedido que seas su novia, no me quiero imaginar lo loca que te pondrás cuando te pida matrimonio ―Ella se puso colorada y me golpeó el brazo.

―No digas esas cosas, Bella. ¡Ah! ¿Sabes a quién me he encontrado? Con Alice.

―¿Qué te ha dicho?

―Que el conjunto era totalmente acertado para la ocasión. Iba cogida de la mano de Jasper; ahora no sé si es que estaban como yo con Ben o si Jasper ya se lo ha pedido oficialmente. Hemos estado hablando un rato, me han dicho que te salude y que te hagas un Facebook y se han ido.

―Oish con el Facebook.

―Hazte uno; ya no es por las amistades, si no por los juegos. Te vicias a ellos, en serio ―Comentó como si nada.

―¿Me llevas a casa? ―Debía llamar a mi madre para contarle lo del entrenador Clapp y esperar a Charlie.

―Claro. Montamos a estos dos monstruitos en sus sillitas y listo ―Por si las moscas, como en este caso, la señora Webber había comprado dos sillitas más por si Ángela las necesitaba.

Una vez llegué a mi casa, me despedí de los tres y me adentré en mi casa. Lo primero que hice fue llamar a mi madre.

¡Hola, Bella!

―Hola, mamá.

¿Cómo te ha ido el día de hoy? ¿Algún ataque?

―Lamentablemente sí. ¿Y sabes qué es lo peor? ¡Que el profesor no se cree que tenga asma de verdad!

¡¿Qué? No puede ser, Bella. El profesor debe de creerte y más con una cosa grave como esta. ¿Y desde cuando llevas así?

―Desde septiembre.

¡Por Dios, Bella! ¿Por qué no me lo habías dicho antes? ¿Lo sabe tu padre?

―Claro que lo sabe. Desde el primer momento.

¿Habrá hecho algo, no?

―Lo ha intentado. El bonito lo dejó plantado en medio de la conserjería.

O sea que tampoco quiere hablar con tu padre. ¿Lo sabe tu tutor?

―Sí. Él también ha intentado hacer algo al respecto, pero este hombre se hace el remolón y pasa de lo que le dice mi tutor.

Esto es grave, Bella. ¿Te ha hecho algo?

―Aparte de burlarse de mí frente toda la clase, nada.

Esto no puede estar pasando ―Murmuró―. ¿Por qué no me lo había contado antes?

―Temía que si te decía algo hicieras algo fuera de lo común y rompieras tu burbuja con Phil.

Ay, Bella. Siempre anteponiendo a los demás antes que a ti. Todo el mundo sabe, hasta el mismo Phil, que tú eres lo primero. Y cuando nos empezamos a conocer, la única regla que puse fue que aceptara que tuviese una hija y que tú eras lo primero, ¿sabes? Así que deja de pensar estupideces. Mañana mismo cojo un vuelo hacia Seattle y de allí voy a Forks. Y no hay más que hablar.

―Pero, mamá…

Adiós, cariño. ¡Te quiero! ―Colgó.

«¿Sabes qué, Bella? Mejor que hoy te hubieses quedado en la cama», me dije.

El sonido de la puerta al abrirse, me hizo saber que mi padre acababa de llegar. Miré la hora y vi que todavía era temprano. Raro.

―Hola, Bella.

―Hola, papá. ¿Quieres que te haga algo para cenar?

―No, gracias, ya he cenado. ¿Has sufrido algún ataque o algo que merezca la pena contarme?

—La verdad es que el entrenador Clapp se ha reído de mí frente toda la clase cuando he sufrido un ataque leve. ¿Podrías hacer algo para que esto se acabe de una vez? Estoy harta.

―¡Arg! ¡Cómo lo odio! Si pudiera, lo metería en el calabozo un tiempo. Sabes que la última vez que lo intenté ni si quiera me recibió, pero si quieres volveré a ir al instituto a hablar con tu tutor y a ser posible con él. Te prometo que no se va a volver a reír de ti, Bella ―Asentí.

―Se lo he contado a mamá y dice que mañana mismo coge un avión para Seattle y viene a Forks. No me ha dejado disuadirla.

―Bella, entiende que esto ya se ha pasado de castaño oscuro y tú necesitas a tu padre y a tu madre para que ese profesor no vuelva a burlarse de ti, ¿vale? Sólo te pido que entiendas eso, nada más.

―Está bien ―Murmuré―. Buenas noches, papá.

―Dulces sueños, pequeña ―Me dio un beso en la frente y yo subí a mi habitación, deseando tumbarme en mi cama.

Me quedé dormida pensando en el dinero en gasolina que se tendría que gastar Emmett, Rosalie o Alice cuando me fuera necesario ir al hospital cuando me hubiese torcido algo. Porque algo me decía en mi interior, que si algo me pasaba, no se iban a quedar de brazos cruzados.


¡Buenos días, noches o tardes!

Espero que os haya gustado :) Muchas gracias a esas personas que me han escrito un review; de verdad que lo agradezo. Aunque sean poquitos, esta historia me gusta mucho y espero que el número de lectoras se incremente.

Últimamente estoy en una etapa depresiva; porque mi vida parece patética xD No tengo seguidores en Twitter, a penas alguien lee mis historias... ya no sé qué hacer xD

En fin, pasando esta etapa depresiva, aviso que voy a tardar más en subir pues como dije ya he empezado con los estudios y de golpe tengo 4 exámenes ._.

¡Dejad review, please! Os lo agradecería con todo mi corazón :)

Nos seguimos leyendo.

Pasaos por Hold my hand e intentaré actualizar cuanto antes y cuando la inspiración vuelva a mí, claro.

Robert Ashley Cullen Swan :)