Mil gracias por leer, por comentar, por pasarse por aquí. Infinitas disculpas por perderme, hay razones, pero no son buenas, así que solo les pido disculpas.

Gracias a Maye y toda su paciencia y buena disposición.

Saludos!


Capitulo Dieciocho

Albus nunca había sido muy bueno con los rechazos. Cuando tenía siete y sus primos lo echaron del partido familiar de Quidditch, aun cuando odiaba volar, se sintió mal y terminó llorando entre los gnomos. Cuando su abuela lo encontró, agarro a escobazos a los más grandes. Recién ahora Albus se da cuenta de que seguro su abuela lo hizo para hacerlo sonreír.

Podría venir ahora y agarrar a escobazos a Evan. A Scorpius no, pobre, con lo pálido que era seguro quedaba lleno de moretones.

Le dio un nuevo trago a su cerveza y se lamentó de no haberse conseguido un trago más apropiado para el frío inclemente del Bosque Prohibido en pleno Noviembre, después de una nevada especialmente potente.

—Meh —se dijo así mismo, y hundió el rostro en su bufanda. Ni siquiera era de él, porque era verde y plata. Por razones muy infantiles se enfadó. Se quitó la bufanda a tirones, como si le quemara, la lanzó a la nieve y no conforme, le lanzo unos cuantos improperios. Después se sentó en una piedra a mirarla a la distancia. Cuando corrió una briza fresca, la extrañó y volvió por ella.

Todo terminó con Albus sentado en la misma piedra, envuelto con más ganas en la bufanda infame.

Era tan extraño, no entendía su mente ni sus sentimientos. Rose siempre decía que no había nada más satisfactorio que los frutos del trabajo bien hecho. Pero ahora, cuando Scorpius le había dicho que Evan casi se le tira encima - no con esas palabras - y le ofrece el cuerpo - claramente no en ese contexto - Albus solo podía sentir vacío y dolor, como si una bola gigante estuviese atorada en su garganta, justo en el lugar que se usa para tragar. Se sentía confundido.

Desenterró la botella de cerveza del cúmulo de nieve donde la dejó, y estaba tan fría que sintió que se le congelaba el cerebro, pero aun así, se la bebió. A largos sorbos.

—Podría venir algo y comerme, a ver qué le pasa —dijo en voz alta, sus palabras fueron causando vaho, y se dio cuenta de lo idiotas que eran.

Se imaginó en la enfermería, con algunos huesos rotos, una venda en la cabeza y a Scorpius a su lado, tomándole la mano, diciéndole que se queda con él, aunque Evan estuviese afuera disfrazado de Tarzán.

Sería lindo.

Se sonrió a sí mismo, y cayó en cuenta de lo patético de sus pensamientos.

— ¡Vaya, esto aún funciona! —dijo una alegre voz desde las penumbras de bosque durante la media tarde. Albus escondió la botella de cerveza por reflejo, y se quedó quieto. De entre los árboles salió su padre, usando esas túnicas mágicas ya muy pasadas de moda.

Y como todo chico de quince años, se sintió infinitamente feliz de ver al adulto que considera más cercano.

Se levantó de un salto y corrió hasta su padre, quien le esperaba con los brazos extendidos. Se dieron un abrazo torpe y Albus se sintió en confianza. No había nadie más negado en relaciones humanas que su padre.

— ¿Cómo me encontraste? —Le preguntó sonriendo, Harry hizo un ademan y sacó el mapa del Merodeador de su capa.

—Me encontré con James y me lo prestó.

—Que milagro —refunfuñó Albus. Aun cuando habían acordado tener el mapa por turnos, James nunca había respetado el acuerdo.

— ¿Cómo estás, hijo? Te escribí hace unos días y no contestaste.

Albus se sintió algo culpable, miró la nieve y buscó una buena excusa. Nunca le había gustado escribir, le costaba muchísimo plasmar sus pensamientos, y en las últimas semanas, su cabeza había sido un hervidero. No sabía cómo decirle eso a su padre, así que solo se alzó de hombros.

—Estoy bien —dijo después de un rato. Harry le miró, miró hacia la parte de atrás de Albus y caminó hacia la piedra—. Y juro que no sé cómo llego esa cerveza allí.

— ¿Cerveza de malta con este frío? —Preguntó Harry, mirando la botella con sorpresa.

Albus sonrió con calma. Harry Potter es el único que conocía todos los secretos de James y Teddy y así había sido siempre, el único. Es un tipo de palabra.

Se quedaron charlando, Harry se sentó en la piedra y Albus lanzó un hechizo impermeable cerca. Conversaron un rato, Albus se bebió su litro de cerveza extra frío y se sintió un poco más relajado, más evadido.

—Tienes cara de cansado —comentó Harry, mirándole con gesto serio. Albus le quería decir que está más cansado de lo que nunca había estado hasta ahora, se preguntaba cómo reaccionaría si le contara su fallida historia de amor—. Deberías salir a divertirte —agregó Harry ante el extenso silencio de Albus.

— ¿Qué?

—Bueno, cuando Teddy tiene esa cara, sale de farra y luego llega feliz —dijo Harry con sencillez.

—No debería salir, es un internado.

Harry sonrió, se ajustó las gafas y dijo lleno de risa— ¿Para qué están las normas si no es para romperlas?

Ya estaba anocheciendo cuando su padre se marchó, prometió volver antes de navidad, agregó lo feliz que le hizo verlo y como despedida dijo—Te amo hijo, y amo todo lo tuyo, igual que tus hermanos ¿Sí? Cuéntanos si tienes algún problema.

Albus no alcanzó a hacer preguntas, llegaron a la entrada del castillo y el hombre de gafas se desapareció.

Se quedó pensativo. Su padre le dijo muchas cosas, nunca había sido bueno leyendo entre líneas y su padre no era bueno diciendo cosas solapadas, así que tomó como concejo lo que dejo más claro: Esa noche, se larga de juerga.

Agradeció ser bueno en encantamientos y haber salido al bosque sin uniforme. Se acercó a los límites del colegio con una desfachatez que haría sentir orgulloso a su difunto tío honorifico, y se desapareció, sin licencia y sin permiso.

Conocía a un grupo de muggles en Londres, mayores y lo suficientemente fiesteros como para estar de juerga un viernes por la noche. Antes de acercarse al edificio de uno de ellos, se pasó las manos por el cabello y se lamentó por no haberse cambiado de ropa.

La juerga no estaba muy divertida, solo eran un montón de chicos bebiendo en el departamento, Albus conocía a los dueños de casa y tardó media hora en tener a una chica sonriéndole en el cuello. Se sintió un poco fuera de lugar, la chica era rápida de manos y tenía la mirada más intensa que Albus hubiera conocido. Él no era un experto, pero estuvo seguro que se lo estaban repasando con malicia.

Se preguntó qué le diría la chica, Ann, si Albus le dijera la verdad, que no tiene diecisiete y que no ha tenido sexo con una chica en su vida. Si le dijera que ha llegado muy lejos y ha hecho unas cuantas cosillas que no pueden ser calificadas como inocentes, pero que nunca ha llegado al punto.

La chica se estaba sobajeando contra su costado de forma muy sutil, Albus ni siquiera se había dado cuenta que las luces habían desaparecido. Ahora unas cuantas lámparas eran apenas la iluminación del lugar, que parecía mucho más grande y lleno de gente que antes.

Ann le susurraba cosas al oído, le decía que era demasiado guapo y que tenía un cuerpo increíble. Lo invitó a afuera, le preguntó si quería ir a su casa, porque— Mis padres no están.

Albus le sonrió de lado, hizo charla de cosas triviales, aceptó los besos cortos, pero sin corresponderlos del todo, no rehuyó del sobajeo, pero no lo respondió. Sabía que Ann era experimentada, mayor, de las que saben lo que quieren, que no tardaría ni medio segundo en decir "vamos", si Albus aceptara ir a su casa. Le estaba pasando la mano por el vientre y Albus nunca había visto las intenciones de alguien tan claras.

Quizás sí, las de Scorpius cuando miraba a Evan, cuando se derretía por Evan. El pensamiento le pudrió por dentro, miró a Ann, rubia y risueña, quien le miraba como si fuese el chico más popular de la preparatoria. Le sonrió, le gustaría decirle— Es porque no los conoces guapa, no conoces a Malfoy ni al jodido de mi hermano, ellos sí, ellos son los populares.

Se sintió patético y decidió aceptar, decidió formar parte activa de los besos y ser más receptivo con las caricias. Decidió que al carajo, que con quince años la vida es un locura, y como dice su médico— Aun hay mucho camino por recorrer, Al —, se preguntó ¿Y qué si lo hago? Y se dijo a sí mismo— Ya está bueno de preguntarse tantas sandeces.


Continuara (pronto)-