Saludos, mil gracias por leer y pasarse por aquí. Si les estoy sacando los nervios de quicio, mis disculpas, juro que mejorara! (espero). Espero los siga gustando.

Maye, eres maravillosa, gracias por darme de tu valioso tiempo.

Besos!


Capitulo Diecinueve

Ann acariciaba bien, tenía los labios sabor a fresa, suspiraba entre besos y enredaba los dedos en su cabello como si fuesen las crines de un caballo.

Albus no sabía con exactitud como terminaron allí, en ese rincón del balcón del apartamento. No sabía cómo la pierna de Ann terminó restregándose contra su entrepierna, y lo que era aún más preocupante, no sabía qué hacer para mostrarse más interesado.

La chica le apretó el trasero, hizo un movimiento con la pelvis y rozó sus caderas con las de Albus, quien se espantó por el poco interés que está mostrando su entrepierna. Se regañó mentalmente, se obligó a cerrar los ojos y disfrutar.

Creyó encontrar la razón de su falta de entusiasmo y se arrepintió de no haber bebido más. Ann se separó unos escasos centímetros de su cara, besaba bien la chica, con lengua y poca saliva, era un poco brusca y no le daba tregua. Albus había visto chicas como esas en las películas eróticas de su hermano, chicas desinhibidas que parecían muy seguras de lo que querían, pero Ann no parecía dispuesta a hacerle caso en nada de lo que Albus dijera.

La seguridad, siempre había pensado que no la tenía. Ann se separó un momento de sus labios, susurró algo a su oído, algo como— Ya vuelvo —y Albus se permitió suspirar.

Agarró la copa que tenía más cerca, se la bebió de un trago, descubrió que era vodka y se detestó por eso.

Nunca había podido tolerar muy bien el vodka, pero al demonio, había tomado una decisión.

—Esto se acaba hoy —se prometió a sí mismo, tomó otra copa y unos cuantos chicos le leyeron las intenciones, y comenzaron a hacerle barra para que se lo bebiera de un trago, y Albus como era habitual, hizo caso a la enajenada multitud.


Si le preguntaban, Scorpius diría que no, diría "¿Cómo se te ocurre?", le quitaría importancia e incluso, intentaría sonreír. Unos cuantos ojos observadores, como los de Rose, podrían fijarse en que miente. Pero pocas miradas son tan agudas como la de Rose Weasley.

Scorpius agradeció no habérsela topado esa tarde.

Después que Albus le dejara abandonado en la cancha de tenis, solo con sus pensamientos, pensó que el chico se habría ido a las duchas, a comer o lo que fuese. Era viernes, y hacía unas semanas que estaban pasando todos los viernes juntos, incluso si era para comer golosinas en la sala común de Slytherin.

Pero no ese viernes. Scorpius se sentía abandonado y traicionado, pero era demasiado orgulloso para siquiera reconocerlo. Había vagado por el castillo después de la cena, con la intención de no encontrarse con nadie que pudiera leer la desilusión de sus ojos.

Esa noche quería desahogarse, cultivar esa intensa relación que había estado experimentando con Albus, esa de conversar de mil cosas, de reírse uno del otro y pasarlo bien. Quería explicarle la extraña conversación con Evan, quería preguntarle qué opinaba al respecto y que pensaba él de lo que estaba pasando.

Pero no, Potter decidió que tenía cosas más entretenidas que hacer y se largó.

—Seguro que anda tonteando con una chica por ahí —dijo enfadado.

— ¡Claro que sí! ¡Si es viernes! —Respondió la pintura de un viejo de barba— Vamos chico, en Hufflepuff tienen fiesta y tu aquí.

Scorpius miró mal a la pintura, y se sintió el ser más perdedor del mundo al caer en cuenta que un retrato tenía más panoramas que él.

Se decantó por las cocinas. Por culpa de Rose, había pasado una cantidad absurda de tiempo allí.

Cuando llegó, los elfos le recibieron llenos de risa, estaban contentos de tenerle allí. Le ofrecieron comida, postres y bebidas de colores exóticos, le dijeron— Tenemos mangos —y Scorpius les dijo— Ooooh —para ser educado con la emoción de las pequeñas criaturas.

Una elfina más vieja le comentó entre susurros que también tenían amaretto, y un elfo domestico que recorrió América Latina le dice que tiene que probar el Amaretto Sour.

Terminó bebiendo de una copa alta con sombrillita y todo. El trago era dulce y suave, pero sus colegas de juerga no tardan mucho en ponerse algo ebrios. Scorpius no se había reído tanto en su vida.

Los elfos se sabían montones de cotilleos, se les empezó a soltar la lengua, contaron amoríos entre profesores e historias vergonzosas de los chicos más rudos. Uno especialmente viejo, dijo que conoció a los gemelos Weasley, contó anécdotas de ellos, y cómo en cada generación siempre hay un grupo de mal portados.

Scorpius no se dio cuenta que llegó el toque de queda, ni que al sexto amaretto con limón a él también comenzó a aflojársele la lengua. Comenzó a hacer preguntas, se reía con más desinhibición y jugaba con los elfos, quienes ya no tienen vestigios de haber sido seres esclavizados.

— ¡Y ese Albus Potter! Es tan grande, señor, ensucia tanta ropa —dijo una elfina con voz chillona—. Angie debe cambiarle las sabanas casi a diario —dijo muerta de la risa, y agregó en falsa voz confidente—, y no porque sude durante la noche —y el resto de los elfos estalló en carcajadas.

A Scorpius la imagen le quemó el cerebro, apuró su trago y se picó el ojo con la sombrillita de papel.

Se aguantó un rato, con suerte unos minutos, y preguntó casual— ¿Cuántos gais hay en la escuela?

Los elfos no parecían sorprendidos, se miraban, comentaban, daban números y estadísticas, y sentenciaron—Muchos —y el más viejo agregó—. Siempre ha habido muchos.

—Nosotros no entendemos mucho de eso, pero antes se escondían más.

—Sí, ahora casi les da igual —dijo Angie, risueña—. Son simpáticos y en general cuidan más su ropa.

—Son los pocos que agradecen nuestro suavizante —agregó otro. Y la conversación se alejó un poco de lo que Scorpius buscaba.

Pero para ese momento, ya estaba algo borracho y le dio igual.

— ¡Señor! ¡Ya son pasadas las dos! —gritó de un momento a otro Jerry, uno de los elfos mayores, uno de los últimos que dejo de decirles "amo" a los magos.

Scorpius se tambaleó con suavidad, agradeciendo lo pequeñas que eran las sillas y sintió las piernas agarrotadas cuando se puso de pie. Anunció que se retiraba y los elfos le llenaron de golosinas los bolsillos. Angie se tomó la molestia de aparecerlo directamente en la sala común de Slytherin. Cuando llegaron, Scorpius aún tenía la mano en alto a modo de despedida de sus nuevos mejores amigos. Sintió deseos de vomitar y se obligó a sonreírle a Angie, quien le lanzó un beso y se desapareció.

Cuando estuvo solo en la penumbra de su sala común, extrañó la luminosidad de la chimenea. Se lanzó en uno de los sofás, se sentía un poco borracho, pero despierto. Su mente iba de un lado a otro, el mundo se abrió como un abanico de posibilidades y de repente creyó que fue prematuro su abandono al intento de volar.

Se paró de un golpe, quería ir al estadio, robar una escoba voladora y llegar a Londres.

Todo el plan se fue al carajo, se levantó tan aprisa que lo embargó un mareo.

Agradeció no estar tan ebrio, logró llegar a los baños e intentó vomitar con toda la clase que pudo. Su abuela siempre le dijo que los Black tenían encanto para hacer que lo desagradable se viese elegante. Se preguntó si la matriarca Malfoy decía esas cosas, porque todos sabían que los Black eran un poco alcohólicos.

El cerebro le daba vueltas. Se sentó en el escusado, y trató de ordenar sus ideas. Se sentía solo y confundido, hacía unas semanas atrás todo era muy claro y ahora todo parecía difuso, y no precisamente por culpa del amaretto.

Decidió irse a dormir, se lavó la cara en forma exagerada, incluso se mojó el cabello y no le importó. Quería llegar a su cama, dormir veinte horas seguidas y despertar cuando todo estuviera claro. Ojala con Evan graduado, para que dejara de complicarle la existencia.

Algo le molestaba y confundía y no era capaz de ponerle nombre.

Cuando se encontró a Albus Potter durmiendo a pierna suelta en su cama, todo siguió igual de enredado, pero decidió no complicarse. Removió a Potter, le dijo un tosco— ¡Muévete! —y Potter se movió, le hizo espacio, y Scorpius se acostó a su lado. El moreno tardó medio segundo en abrazarle y susurrar— Si, así huele.

Scorpius se sentía extremadamente cansado, y decidió que así estaba bien, así si se podía dormir.


Continuara-