¡Hola!
Gracias a aries weasley, Silvers Astoria Malfoy, Roxy Everdeen (y su review "a cachos") y damcastillo por los reviews del capítulo anterior.
Capítulo 3: Pensar demasiado
You could write a book on how
to ruin someone's perfect day.
Well, I get so confused and frustrated…
Forget what I'm trying to say, oh
Taylor Swift-Tell me why
Cuando despierta a la mañana siguiente, a Elijah le cuesta un poco comprender por qué se siente tan mal.
Los sonidos de James moviéndose en el salón se lo recuerdan. El joven suelta un gemido desesperado y entierra la cara en la almohada, deseando ahogarse. Sigue sin querer creer lo que hizo; o, mejor dicho, lo que estuvo a punto de hacer anoche.
Cuando su novio se defendió de sus acusaciones y trató de hacerlo parecer a él culpable, Elijah estuvo a un tris de arrearle un guantazo para que se callase. Porque James no tenía ninguna razón, y además fue él quien lo dejó plantado. No tenía ningún derecho a decirle aquello.
Y eso hace que se sienta fatal. Saber que durante unos instantes estuvo plenamente convencido de que podía tener la razón a golpes es una idea tan horrible que hace que Elijah se sienta miserable. Porque él nunca ha creído eso; siempre ha optado por el diálogo para arreglar las cosas, lo considera una vía mucho más práctica de resolución de conflictos. Y anoche… anoche estuvo a menos del canto de una moneda de demostrar lo contrario. Y de hacerle daño a James.
Elijah piensa en su padre, y en las muchas veces que zanjó discusiones pegándole a su madre. Entonces se pregunta si existe la posibilidad de que, después de todo lo que lo odia por lo que hizo, él sea como John Anderson. Por mucho que quiera negarlo y a efectos prácticos jamás lo considere su progenitor, después de todo Elijah tiene su sangre. ¿Y si ahora él, después de detestar el maltrato en cualquiera de sus formas, empieza a pegar a James? La sola idea le da náuseas.
Es en ese momento cuando escucha pasos entrar en la habitación. Elijah sabe que es James, pero no quiere mirarlo ni hablar con él, por lo que se queda quieto; por un momento incluso se plantea la posibilidad de romper con su novio para evitar que ocurra lo que anoche casi ocurrió. ¿Y si la próxima vez su autocontrol no es suficiente?
Un olor a desayuno recién hecho invade sus fosas nasales, haciéndole más difícil la tarea de hacerse el dormido. Anoche no cenó por esperar a James y no puede negar que se está muriendo de hambre. Y para terminar de complicarle la misión de aparentar no haberse despertado aún, James lo abraza y le da un beso en la mejilla.
—Elijah… Eh, Elijah—lo llama con suavidad—. Oye, vale que es domingo, pero son casi las once de la mañana, no puedes quedarte todo el día ahí tirado—le sacude un poco el hombro—. Venga, que seguro que estás despierto. Y apuesto lo que quieras a que tienes hambre.
Elijah no puede ignorar más a su novio. Se gira y se incorpora, encontrándose con su rostro a pocos centímetros.
Y lo abraza con fuerza, intentando decirle así que él no quiere hacerle daño alguno, pero que anoche estuvo a punto de hacerlo y que lo lamenta muchísimo y que tiene aún más miedo de que se repita. Sin comprender muy bien qué le ocurre, James le devuelve el abrazo.
—Eh, ¿por qué estás tan cariñoso tú?—inquiere, acariciándole el pelo—. ¿Has tenido una pesadilla o algo así?
Elijah se dice que lo mejor será que James lo sepa, y que en base a ello decida qué quiere hacer. De modo que se separa de él y, con los ojos grises clavados en el tercer botón del pijama de su novio, explica:
—Anoche discutimos—James asiente—. Pues el caso es que… cuando me dijiste que fuera más comprensivo… me molestó bastante, porque tú eres quien me dejó plantado… y te juro que ya está, que sólo fue eso, pero estuve… por un momento quería pegarte para que te retractaras de lo que me habías dicho—susurra—. Lo siento.
James se encoge de hombros, claramente sin ver cuál es el problema.
—¿Y? Admito que muchas veces me merezco un coscorrón. ¿Qué tiene de malo?
Elijah sacude la cabeza.
—No es eso… Mira, muchas veces he pensado que te vendría bien una colleja, pero nunca en serio. Pero anoche quería hacerlo de verdad—se muerde el labio y mira a James a los ojos—. ¿Y si me estoy volviendo como mi padre?—plantea, angustiado—. No quiero ser como él, porque lo odio por todo lo que le hizo a mi madre, pero… ¿y si es algo que se lleva en la sangre? ¿Algo que no puedo evitar? Porque no quiero que por mi culpa lo pases mal y… y…—no sabe cómo continuar.
James lo abraza, comprendiendo lo que le ocurre, y hace que Elijah apoye la cabeza en su pecho.
—No eres como tu padre—le asegura con calma—. Sólo que te estés planteando esto significa que sois diferentes. Si lo fueras, me habrías arreado una torta anoche en lugar de contenerte. Quisiste hacerlo, pero al final te controlaste, ¿no? Puedes evitarlo, y de hecho lo hiciste. Si tuviéramos que arrepentirnos por todo lo malo que pensamos, todos viviríamos con un cargo de conciencia enorme.
Elijah escucha los latidos del corazón de su novio, sintiéndose curiosamente liberado, y de repente nota que le cuesta mucho menos respirar. Sonríe y le devuelve el abrazo. James tiene razón. Él no es como su padre, porque puede controlarse y evitar ponerle la mano encima a su novio.
—Gracias—susurra con sinceridad. James le acaricia la mejilla y lo abraza con más fuerza. Entonces Elijah mira alrededor y descubre una bandeja con el desayuno en los pies de la cama—. ¿Y eso?
—Bueno…—James se encoge de hombros—. Como supongo que no me vas a perdonar haberte dejado tirado así como así, se me ha ocurrido que a lo mejor si te hago la pelota lo tengo un poquito menos difícil.
Elijah se ríe.
—No te lo voy a poner tan fácil.
—Oh—James suelta un bufido—. Bueno, pues desayuna, y luego me dices si voy por buen camino. Si quieres, puedo preparar yo otra cena.
—Y yo dejarte tirado… No, no lo haré—dice Elijah al ver su expresión. James le acerca el desayuno y él empieza a comérselo, y encuentra realmente difícil seguir resistiéndose a perdonar a su novio—. Psé. No vas demasiado mal.
James sonríe y lo abraza de nuevo.
Al día siguiente, Elijah se siente mejor consigo mismo. A ello han contribuido de forma considerable las palabras de James, pero no sólo porque las haya dicho él, sino porque, después de razonarlas, se ha dado cuenta de que son ciertas. Él sintió el impulso hacer daño a James, lo cual, obviamente, estuvo mal, pero no lo hizo, y ahí radica la diferencia entre él y su padre.
Se aparece en San Mungo y camina hasta la habitación de Annie; seguro que la niña está esperándolo con esa ilusión y esa terquedad que hacen que la admire tanto.
No obstante, cuando llega, descubre a Annie mirando las sábanas, con las lágrimas mojando su carita regordeta. Elijah se pregunta por qué estará así, y tras unos segundos deduce que sus padres le han dicho ya que no podrá volver a caminar. Annie ni siquiera alza la vista cuando oye la puerta.
—Hola—la saluda. La niña no responde, y Elijah se acerca a la cama—. ¿Qué te pasa?
Annie lo mira finalmente.
—¿Es verdad que no voy a andar?—pregunta en voz baja.
Elijah suspira y asiente con la cabeza. Nuevas lágrimas se escapan de los ojos de Annie.
—No llores—le pide él.
—Ya no voy a poder jugar a la comba—solloza ella—. Soy la que más aguanta. Y tampoco voy a ir a Hogwarts en septiembre.
—¿Y quién te ha dicho a ti eso?—inquiere Elijah, sonriendo un poco—. Claro que puedes ir a Hogwarts.
—Si no puedo andar—replica la niña con tristeza—. Y mis padres dicen que hay muchas escaleras.
Elijah la coge y la deja en la silla de ruedas que reposa junto a la cama. Annie, que aún no logra mover los brazos, no puede resistirse, pero lo mira con rencor cuando él le coloca las piernas correctamente.
—Vas a poder ir a Hogwarts—le promete—. Yo me encargo de eso, ¿vale?—Annie sorbe por la nariz. Con delicadeza, Elijah le limpia las lágrimas—. Ahora vamos a ayudarte a que puedas mover las manos, ¿sí?
—¿Para qué quiero las manos si no puedo andar?—refunfuña la niña.
—Para sujetar la varita—sugiere Elijah, empujando la silla de ruedas fuera de la habitación. Conforme se acercan a la habitación en la que están los instrumentos de rehabilitación, Annie logra dejar de llorar. Elijah le acaricia el pelo para reconfortarla.
Sin embargo, cuando, media hora más tarde, Annie logra flexionar el codo derecho y Elijah la está felicitando, porque se está esforzando mucho y está agotada, ve al jefe de planta acercarse a él.
—Tengo que hablar contigo un momento.
Elijah mira a Annie.
—Descansa un poco y luego sigues intentándolo, ¿vale?—la niña asiente; toda la tristeza de su rostro se ha evaporado sin dejar rastro cuando ha logrado esa pequeña gran conquista, y ahora tiene una sonrisa adornando su cara. Elijah le acaricia el pelo y se levanta, siguiendo a su superior hasta el pasillo.
—¿Recuerdas el congreso de Helsinki?—Elijah asiente, temiéndose lo peor—. Pues iréis tú, Preston y Albers.
Elijah suspira con resignación, sabiendo que no tiene ninguna opción.
—¿Podemos llevar acompañante?
—No; mejor que no haya distracciones. Te quiero el jueves con el equipaje en mi despacho para coger el traslador; volveremos el catorce de mayo.
Elijah vuelve alicaído a la habitación donde está Annie. No le apetece lo más mínimo pasarse dos semanas en el extranjero. Sin embargo, cuando ve a la niña, que no se ha percatado de su presencia, flexionar el codo con algo más de facilidad, se le olvida un poco.
—¿A Finlandia? Guau—comenta James—. Tiene que ser alucinante.
—Sí, espectacular—replica Elijah, sin ánimo, metiendo la ropa en la maleta. Aún faltan tres días, pero quiere estar preparado por si el día anterior al viaje surge algún imprevisto. Entonces recuerda algo—. James, lo siento, pero no vamos a poder hacer tu cena…
—Oh, no pasa nada—le asegura James—. Además, así estamos en paz, los dos nos hemos dado un plantón por el trabajo… o no, puedo esperar a que vuelvas para hacerla—Elijah sonríe para mostrar su conformidad. Sin embargo, unos segundos más tarde, James lo abraza, separándolo de la maleta y del armario, y lo besa—. Oye, respecto a lo de ayer por la mañana… No seguirás dándole vueltas, ¿no?
Elijah se encoge de hombros.
—Un poco—admite.
—Pues deja de preocuparte, ¿quieres?—pese a que a Elijah le suele molestar que lo interrumpan cuando está haciendo algo, le es imposible enfadarse con James, menos cuando él lo besa—. Además, ten presente que, si alguna vez me pegas, te la devuelvo.
—Lo tendré presente—le asegura el ex Slytherin. Abraza a James con fuerza. Merlín, lo va a echar mucho de menos; es lo que más va a añorar durante las dos semanas que le esperan en el extranjero—. Por cierto, ¿has visto mi…la cosa ésa muggle que me regalaste?
—¿Cuál?
—Ésa que sirve para escuchar música.
James mira alrededor.
—Pues la verdad es que no tengo ni idea de dónde está. El otro día la usé, pero no me acuerdo de dónde la dejé—admite.
Elijah suspira.
—Pues ayúdame a buscarla, porque me la quiero llevar.
Cuando, el jueves por la mañana, Elijah se desaparece hacia San Mungo para coger el traslador que lo llevará a Helsinki, justo en el momento en que se esfuma y desaparece de su vista para no aparecer en dos semanas, James tiene el presentimiento de que algo, algo que no sabe definir, pero que intuye que se trata de una pieza pequeña y fundamental en el complicado sistema que hace que su relación funcione, se ha caído del mecanismo.
Pero no tiene mucho tiempo para meditarlo, porque apenas se ha despedido de su novio se desaparece al trabajo, y durante todo el día está demasiado ocupado como para pensar en Elijah. Sólo cuando sale por la tarde y su cabeza se despeja de retoques y mejoras de escobas voladoras ese pensamiento vuelve a asaltarlo. Y como James no desea en absoluto enfrentarse a él, decide que lo mejor es estar acompañado y se dirige a la casa donde su primo Louis vive desde hace unos años con Julia y su –de momento– única hija, Noah.
Louis se alegra de verlo, porque últimamente apenas tienen tiempo para charlar.
—Así que el imbécil se ha ido a Finlandia—comenta, sin disimular la felicidad que le produce el hecho de que Elijah esté lejos. James entorna los ojos—. Vale, vale, que a ti te cae bien… pero seguro que él habla igual de mí.
—En realidad, evita mencionarte—James suspira. Ni todas las conversaciones con Louis logran que la preocupación que ha nacido en su interior desaparezca—. Oye… ¿cuánto tiempo pueden durar dos personas juntas?
Louis se encoge de hombros.
—El abuelo Arthur y la abuela Molly llevan toda la vida—comenta—. ¿Por qué?
—Entonces… ¿Tú crees que…? ¿Tú crees que una relación puede durar para siempre?
Su primo, que es una de las personas más rubias que conoce pero que no tiene ni un pelo de tonto, capta al vuelo qué es lo que angustia a James:
—¿Es que lo vais a dejar?—él niega con la cabeza—. ¿Entonces? ¿Por qué me preguntas eso?
—Porque…—James suspira—. Es que esta mañana ha sido como si de repente me diera cuenta y… no quiero romper con Elijah—le asegura—. Pero últimamente, los dos nos pasamos el día trabajando, y discutimos por cualquier tontería… y él también está raro, el otro día se sentía culpable por una estupidez y… no sé.
Louis lo observa largamente.
—Pero vamos a ver, James—dice finalmente—. Que tengáis trabajo no tiene por qué ser malo. Si discutís es normal; ¿alguna vez se te ha ocurrido ir a casa de Fred y Eleonora? Parece que están en guerra siempre, y les va muy bien. Y si Anderson se siente culpable… bueno, por mucho que lo quieras no va a dejar de ser imbécil.
James sonríe un poco.
—¿Entonces estoy pensando demasiado?—su primo asiente—. Y yo que era de la ley del mínimo esfuerzo…—James abraza a Louis—. Ay, qué haría yo sin ti.
—Dejarte influenciar aún más por el imbécil de tu novio—sugiere el rubio.
James sonríe a regañadientes.
Después de hablar con Louis, James recuerda que aún tiene pendiente la tarea de ver a Al para averiguar de qué va todo el asunto de su novia supuestamente lesbiana. De modo que se aparece hacia el Ministerio, donde su hermano trabaja como inefable, y tras reírse con suavidad al recordar la carta que le envió, entra en el ascensor y baja hasta la última planta.
Sin embargo, cuando llega, observa a varios operarios transportando una caja de metal, negra, tan grande como una quaffle. James supone que eso tendrá algo que ver con el Departamento de Misterios. No puede evitar sentir curiosidad; durante un tiempo se planteó ser inefable, al menos hasta que comprendió que probablemente se aburriría en cuanto descubriera lo que hacen ahí abajo. No obstante, el secretismo que rodea el Departamento de Misterios, del que se ha contagiado Al desde que trabaja ahí, le atrae más de lo que está dispuesto a admitir.
—¡Eh, Al!—exclama cuando lo ve, junto a la sobria puerta negra que conduce al único lugar que James quiere y no puede explorar.
Su hermano se acerca a él.
—James, sube al Atrio—le pide—. Esto es un asunto que no te incumbe.
—Yo sólo venía a comentarte lo de tus cuernos—replica él, algo ofendido por la altanería de su hermano menor.
Las pálidas mejillas de Albus se tiñen de rosa.
—Imbécil. Ahora no es un buen momento, en serio. Ven a verme cuando estemos con objetos más… menos siniestros—James mira la caja con curiosidad—. Jamie, vete.
Con un suspiro, él se da la vuelta y se encamina hacia el ascensor, pero no puede evitar girar la cabeza varias veces para mirar la caja; es como si tuviera una especie de imán.
Un imán ciertamente macabro.
Notas de la autora: Hala, ya podéis empezar a apostar cosas. No creo que nadie dé en el clavo, y menos todavía, pero oye, siempre viene bien echarse unas risas.
