¡Hola!
Gracias a Roxy Everdeen, Mery Vedder, damcastillo, CallMeStrange y aries weasley por los reviews del capítulo anterior.
Capítulo 4: Caras nuevas
Hay dudas que nos mutilan,
hay deudas del corazón;
hay días que nos estorban
y "dioses" que van de Dios
Mägo de Oz-No queda sino batirnos
Después de dos días en una ciudad desconocida, alejado de su familia, sus amigos y James, Elijah está convencido de que no va a aguantar quince días ahí ni aunque le paguen.
Helsinki es una ciudad bonita, hay que admitirlo. Las reuniones son entretenidas y están llenas de propuestas interesantes. La gente es agradable, y no hay rencillas, salvo las clásicas entre los representantes de los hospitales de Escocia y los de Irlanda, que mantienen una rivalidad amistosa.
Pero Elijah se muere de ganas por volver a casa. Si al menos hubiesen permitido que James lo acompañase, todo sería infinitamente más fácil. Pero no le dejaron, y la nostalgia apenas le da lugar para apreciar las vivencias que está teniendo en Helsinki. Y eso que le parece un lugar ciertamente encantador.
Sin embargo, al tercer día de estar ahí encuentra al salir de la reunión a alguien con quien parece que está bien hablar. Se llama Stuart Wright y trabaja en el hospital mágico de Cardiff.
—Aunque creo que me voy a trasladar a San Mungo—le confiesa, mientras ambos se acercan al restaurante y aprovechan que lo tienen todo pagado para pedir algo caro—. Me gustaría vivir en Londres; tiene que ser interesante.
—Puedes llamarlo como quieras, pero es más estresante e irritante que otra cosa—replica Elijah, pinchando un pedazo de lo que parece carne rebozada en queso azul bañada con una extraña salsa y observándolo con curiosidad. Ambos ríen—. ¿Cómo es Cardiff? Digo yo que al estar en Gales será más tranquilo, ¿no?
—No te creas, la gente está mucho más aglomerada—responde Stuart, mientras Elijah se mete el extraño manjar en la boca—. Y no dejan espacio ni para respirar—agrega con cierta amargura.
Elijah entorna los ojos al oír lo último, y no tiene nada que ver con el curioso sabor de lo que está masticando. Está seguro de que el hombre no hablaba en general al decir eso.
—¿Por qué lo dices?—inquiere tras unos segundos con cautela.
—Oh, por nada—Stuart se encoge de hombros—. Estuve saliendo con un tío… un pelín demasiado posesivo. Tampoco es para tanto.
—Creo que yo estoy en un berenjenal parecido—comenta Elijah en tono de broma, pensando en James y en los ínfimos motivos que necesita para ponerse celoso hasta del aire que respira. Vuelve a sentirse mal. Lo echa de menos—. Bueno, creo que me voy a mi habitación.
—¿Ya? Pero si apenas son las ocho.
Elijah se encoge de hombros.
—Aquí se hace de noche muy temprano—argumenta, señalando el cielo ya negro que se ve por la ventana—. Además, el cambio de ambiente me cansa. Nos vemos mañana.
—¿En qué habitación estás?—pregunta Stuart con curiosidad.
—En la setecientos dos—responde Elijah sin plantearse los motivos que pueda tener Stuart para querer conocer ese dato—. ¿Y tú?
—Seiscientos sesenta y seis—Elijah arquea las cejas al oírlo—. Sí, el número del diablo, pero no soy supersticioso, así que no hay ningún problema.
Elijah se encamina a su habitación. En cuanto cierra la puerta tras de sí y la ve, sin embargo, exhala un suspiro de tristeza. Es enorme, lujosa… y horriblemente impersonal. Y además no está acostumbrado a ella. El joven se deja caer boca abajo en la cama, con los ojos cerrados. Sólo once días más, intenta animarse.
Como sabe que no va a poder dormir, decide hacer algo de provecho. Saca pluma y pergamino de una mochila y se entretiene escribiendo una carta para James. Tras varios intentos, sin embargo, desiste. No puede evitar que el tono de sus palabras sea deprimente, y sabe que como su novio lea eso se preocupará inevitablemente por él. De modo que quizá sea mejor no escribirle.
La lechuza que llega por la mañana, tempranísimo, es muy pesada. No hace más que dar picotazos en el cristal, perturbando el tranquilo sueño de James. Tras quince minutos de martirio, el joven se levanta y se acerca a la ventana sin más intención que estrangularla en cuanto coja la carta que trae.
Sin embargo, al ver que es de su primo Fred, permite vivir a la lechuza. Desenrolla rápidamente el pergamino y lee lo que pone:
James:
Sé que es muy temprano y la lechuza te despertará, pero al menos ya lo sabes; además, te aseguro que yo he dormido menos que tú, así que te aguantas. Los niños nacieron anoche. Y al final Ellie no ha dejado que se llamen Zipi y Zape. Si es que es una quisquillosa. En fin, supongo que Fabian y Gideon tampoco está tan mal, y a mi padre le gusta.
Fred
James sonríe al notar la frustración de su primo por el hecho de que sus hijos no vayan a llamarse como él quería (aunque si alguien le pide su opinión, él se alegra de que los bebés no vayan a quedar traumatizados por sus nombres como el pobre Al). Tras unos minutos, supone que debería ir a San Mungo a conocer a esos dos renacuajos, de modo que, sin una pizca del mal humor que tenía al despertarse con los picotazos de la lechuza, deja al ave salir y desayuna rápidamente.
Después de vestirse y hacer un intento por peinarse –si ha de ser sincero, ya no sabe por qué lo sigue haciendo; es inútil–, James se materializa en San Mungo. Pregunta por Eleonora y se acerca a la habitación en la que se supone que está.
Suponía que no iba a ser el primero en llegar, pero tampoco esperaba que hubiera tanta gente. La habitación está abarrotada: están Eleonora, recostada en la cama, cansada, pero sonriendo de oreja a oreja; Fred, que la tiene abrazada y trata de tener un ojo puesto en cada uno de sus hijos; la tía Angelina, que tiene a uno de los bebés en brazos, Roxanne, que sostiene al otro, el tío George, que parece querer quedárselos a ambos; los abuelos Molly y Arthur, que sonríen al ver a su quinto y sexto bisnieto; Victoire, que pese a no haber superado del todo aún la muerte de su bebé hace lo que puede para no contagiar a nadie su tristeza; Ben y Lucy, que sonríen al ver los intentos de Fred por vigilar a sus hijos; Jaqueline Macmillan, la mejor amiga de Eleonora, y Naira Smith, otra buena amiga de la joven y la (de momento) novia de Albus. James ni siquiera siente resentimiento hacia la muchacha, sólo mira con curiosidad a los dos bebés.
—¡Hola, James!—lo saluda Fred, sonriendo—. ¿Quieres verlos?
—Con que veas a uno, ya sabes cómo es el otro, así que mejor coge a Fabian—agrega Roxanne, que parece bastante reacia a soltar a su sobrino, el que por descarte debe de llamarse Gideon.
La tía Angelina se acerca con el bebé y lo deja en los brazos de James, que al principio no sabe muy bien qué hacer con él. Finalmente, logra tenerlo en una postura algo más natural y lo observa.
Tiene la piel morena, aunque no tanto como Fred, y el pelo tan negro como Eleonora. Está profundamente dormido, ajeno a todo el jaleo, y respira profundamente y con suavidad, con las manitas cerradas en puños que, casualidad o no, parecen estar en una posición de preparación de un puñetazo. A James le parece que es guapo. Apenas unos segundos después de haber asimilado el aspecto de su sobrino de primo hermano, Fred se acerca a él, se lo quita y lo mece él mismo, como si estuviera celoso de que otra persona pase más tiempo que él con su hijo en brazos. Roxanne arquea las cejas y deja a Gideon en los brazos de Eleonora, por si a su hermano se le ocurre arrancárselo a ella también.
—Por cierto, James, ¿dónde está Elijah?—pregunta su tía, cayendo en la cuenta.
—Seguro que durmiendo, a quién se le ocurre despertarnos tan temprano…—interviene Roxanne sonriendo.
—No, está en Finlandia—responde James. Merlín, lo echa de menos.
—Oh, vaya—comenta Eleonora—. Le hacía mucha ilusión verlos cuando nacieran.
—No se va a quedar ahí para siempre, no hagas un drama—replica Fred—. ¿No?—agrega, mirando a James.
James niega con la cabeza, pero no puede evitar soltar un suspiro de tristeza. No pensaba que fuera a echar tanto de menos a Elijah.
Mientras tanto, en Finlandia, lo que más le apetece a Elijah al despertar es quedarse en la cama hasta que llegue la hora de volver a dormir. Está empezando a cogerle manía a un lugar que ni siquiera se está tomando la molestia de conocer debidamente, sólo porque añora su hogar. Espera que eso no ocurra, porque Helsinki es una ciudad objetivamente agradable.
Arrastra los pies hacia la ducha, proponiéndose hacer el esfuerzo de escribirle una carta a James en la que no dé la impresión de que está triste para no preocuparlo, porque sabe que la ausencia de información también hará que su novio piense de más.
Sin embargo, cuando sale, mojado, oliendo a lo que le parece ciprés de cementerio y con más sueño del que tenía al despertar, del plato de ducha (hay una bañera enorme también, pero no le apetece utilizarla por la mañana), se encuentra con un intruso sentado en la cama.
—¡Stuart!—exclama, alarmado. Al menos, su sueño se va a otra parte. El hombre sonríe mientras Elijah busca con la mirada su varita, que yace en la mesita de noche. Se acerca a ella disimuladamente. Sólo por si acaso—. ¿Se puede saber qué diablos haces en mi habitación?
—Bueno—Stuart se encoge de hombros—. Ayer se me olvidó preguntarte algo, y como no lo haga ahora se me olvidará de nuevo…
—¿Y no podías esperar a que bajara a desayunar?—refunfuña Elijah, preguntándose cómo echarlo de la habitación sin parecer descortés y cogiendo su varita mientras finge que sólo quiere darle vueltas entre los dedos. Lo único que lo cubre es la toalla, bien sujeta a su cintura, y se siente un tanto expuesto ante la mirada de Stuart.
—No, porque se me olvidará—responde él—. ¿En qué ámbito trabajas, exactamente, en San Mungo?
—Pues…—lo cierto es que la pregunta le ha pillado desprevenido. Elijah esperaba alguna cuestión más… personal—. Rehabilitación. ¿Por?
—Curiosidad—Stuart sonríe—. Por cierto, no hace falta que tengas la varita en la mano, no pensaba hacerte nada—dicho esto, se levanta de la cama y echa a andar hacia la puerta—. Además, tu novio nos mataría a ambos, ¿no?
Elijah entorna los ojos.
—¿Qué estás insinuando?
—Me limito a interpretar lo que tú me dijiste ayer. Estar con alguien tan posesivo como parece ser tu novio no es bueno; acabarás hartándote, te lo digo yo. De hecho… ¿cómo puedes aguantarlo? De verdad que no lo entiendo.
La mano de Elijah se cierra en torno a su varita, mientras él mira a Stuart con rabia. Bien es cierto que, la mayoría de las veces, ni él encuentra más virtudes que defectos en James, pero Stuart no tiene ningún derecho a criticar a su novio, no cuando no sabe de él más que las dos frases que Elijah ha pronunciado sobre James en su presencia.
—No puedes decir eso de alguien que no conoces—dice, intentando evitar un gruñido—. James es…
—Debe de ser un cielo, a juzgar por cómo lo defiendes—lo corta Stuart—. O eso, o te ha enseñado muy bien lo que tienes que decir.
—Largo de mi habitación—ordena Elijah, empezando a enfadarse. El hombre se encoge de hombros.
—Como quieras.
Y sale. Elijah se deja caer en la cama y suelta la varita sobre la colcha arrugada, preguntándose qué diablos pretende Stuart. Desde luego, si lo que quería era que se enfadara, lo ha conseguido. Elijah no tolera que nadie insulte a James. Bueno, algunas veces (vale, muchas veces) él lo hace, pero no es en serio y además suele tener toda la razón del mundo en esas ocasiones.
Con un bufido cansado, Elijah se acerca a la maleta (no, no se ha molestado en deshacerla) y coge algo de ropa para ponerse.
James decide ir a hablar con Albus al día siguiente. Es imposible que su hermano tenga cosas muy siniestras entre manos dos días seguidos. Es decir, seguro que ya puede hablar con él.
James probaría a hacerlo fuera del horario de trabajo de Al, pero Lily le ha dicho que, en un intento por sacar su relación a flote, el mediano de los Potter dedica todo su tiempo libre a Naira y a nadie más. En su fuero interno, James duda que eso vaya a funcionar, pero no puede decírselo a Al hasta que no tengan una conversación medianamente decente.
De modo que se aparece, de nuevo, en el Ministerio, y camina por entre las chimeneas hasta llegar a los ascensores. No obstante, antes de entrar descubre a la persona que busca saliendo por el tercero de la derecha.
Albus parece estresado. Apenas hace caso a los reclamos del hombre que camina tras él, y James, que lo conoce bien (después de todo, es su hermano), sabe que dentro de poco Al va a llegar al límite de su paciencia y, como el jefe de departamento lo sobrepase, va a acabar recibiendo una buena maldición. Sin embargo, su hermano se acerca a él cuando lo ve.
—Hola, James—lo saluda, indiferente a las protestas de su superior.
—… completamente irresponsable, ¿sabes lo que podría pasar ahora, Potter?
—¿Qué ocurre?—pregunta James.
—Ha habido un contratiempo en la vigilancia de uno de los objetos del área de la Muerte y…—empieza Al, cuyos ojos brillan con culpabilidad y algo que James identifica como ganas de estrangular a su superior.
—¿Contratiempo?—más que una repetición con un matiz irónico, el jefe del Departamento de Misterios profiere un gruñido francamente desagradable; agarra a Albus del brazo para obligarlo a girarse hacia él, ya que el joven no parece querer hacerlo por voluntad propia—. ¿Se te ha ocurrido pensar en cómo se podría usar eso? No, claro; tú no lo has vivido.
Al suspira, cansado.
—Hasta luego, James. Hablamos otro día; como ves, hoy no puedo—se despide, echando a andar de nuevo hacia uno de los ascensores. Su jefe lo sigue, gritándole, mientras el mayor se queda preguntándose qué diablos ha hecho su hermano para que estén tan enfadados con él y deseando darle un abrazo, porque es obvio que Al lo necesita.
Sin embargo, antes de que pueda tomar una decisión, un hombre lo arrolla, literalmente, y tanto él como James caen al suelo.
James Potter tiene la cabeza demasiado llena de preguntas, dudas e interrogantes (sobre Al, sobre la novia de su hermano, sobre cómo estará Elijah en Finlandia) como para fijarse en los rasgos de ese tipo. De modo que no se fija en su rostro ligeramente parecido a una gárgola y sus facciones bastas y toscamente talladas, ni en que camina ligeramente achaparrado. Sólo se da cuenta de que es un maleducado y ni siquiera ha pedido perdón por tirarlo al suelo antes de acercarse a una chimenea y salir del Ministerio. Pero ni se le ocurre plantearse por qué tiene tanta prisa.
Sin embargo, sí se fija en un objeto que se le ha caído en el choque. Por un momento, James piensa en llamarlo para devolvérselo, pero luego se lo piensa mejor y decide que ese individuo merece un castigo por ser tan desconsiderado. De modo que lo coge, con cierta curiosidad y, tras unos segundos, se lo mete en el bolsillo y se desaparece hacia su piso.
Por desgracia para él, nadie lo ve. Nadie lo detiene.
James deja esa caja negra, el doble de grande que su puño y con extrañas inscripciones, en una de las estanterías del salón. Ya la examinará dentro de un rato, cuando se haya llenado bien el estómago; ya tendrá tiempo para resolver el acertijo.
El joven aún no sabe todo el daño que va a hacer esa caja.
Notas de la autora: Y aquí empezamos a liar las cosas. Algo que ya sabíais sólo con leer el título, pero me veía en la obligación de decirlo. En fin.
¿Qué os parece Stuart?
