¡Hola!
Gracias a CallMeStrange, Mery Vedder y Silvers Astoria Malfoy por los reviews del capítulo anterior.
Capítulo 5: No es James
Vámonos de fiesta,
la vamos a liar;
vamos a curar la soledad.
Bebe tus fracasos,
mátalos con rock:
tus miedos se ahogarán.
Mägo de Oz-Vodka 'n' Roll
Sólo ocho días más.
Elijah se repite esa frase una y otra vez durante todo el día, como un mantra, deseando que así llegue antes la hora de volver a casa. Con James. Y también para abrazar a su madre; la echa de menos. Merlín, debió haberse negado a ir con más ímpetu, hasta que lo escucharan… Si es que él no sirve para estar lejos de la gente que le importa. Podrían haber mandado a alguien que no se encariñase tanto con su casa.
Cuando sale de la tercera reunión del día, sin embargo, Stuart lo aborda.
Elijah apenas ha intercambiado un par de palabras, para saludarlo y despedirse, desde que lo descubriera en su habitación. Sigue bastante cabreado por el hecho de que insultase a James sin tener ni idea de cómo es en realidad. Que sí, que no hay día que Elijah llame imbécil a su novio menos de cinco veces, pero… es distinto.
—¿Te apetece dar un paseo?
Elijah lo mira, evaluándolo. Tras unos segundos, se encoge de hombros y sale con él al jardín interior, sin decir nada, esperando a que se disculpe. Porque supone que es eso lo que va a hacer.
Pero Stuart lo sorprende. Justo en el momento en que Elijah se pasa la lengua por los labios resecos por el viento helado, se acerca a él y lo besa. El joven se queda con la mente en blanco durante unos segundos. Hace tanto que no besa a alguien distinto de James que de repente siente que no tiene la menor idea de qué hacer.
Y luego recupera el sentido común. Él no tiene que hacer nada. Por Merlín, porque ese beso no es de James y es asqueroso. Con determinación, empuja a Stuart para separarlo de él.
—Eh… Oye…—se pregunta cuál es la mejor manera de decirlo—. Mira, no es que…
—Sí, es eso—lo interrumpe Stuart; está algo sonrojado—. Tú estás con tu novio y mientras eso no cambie esto no es correcto. Pero si no lo hacía me daba algo—admite; se da la vuelta para entrar de nuevo en el hotel—. Buenas tardes.
Los ojos grises de Elijah siguen a Stuart hasta que desaparece de la vista. No es hasta ese momento que se le ocurre pensar en lo que acaba de pasar.
Oh, Merlín. ¿Un beso robado e involuntario se considera infidelidad? James lo va a matar, seguro. Aunque Elijah no haya tenido la menor intención de besar a Stuart. Y él también se va a matar… Porque se siente increíblemente culpable por haber traicionado a James de esa manera.
James está convencido de que la caja que se le cayó al hombre que se chocó con él tiene que abrirse de alguna manera. Sólo que él todavía no la ha encontrado.
Y el joven se muere de ganas por saber qué contiene la dichosa caja. Ha utilizado todos los hechizos que se le han ocurrido que podrían funcionar para abrir un recipiente. Incluso ha probado a investigar los símbolos que hay grabados en ella, parecidos a letras pero sin llegar a ser completamente iguales, pero no les encuentra ningún sentido.
James la observa de nuevo, intrigado. Es una caja de madera negra, del tamaño de su mano. No tintinea ni hace ningún ruido al ser sacudida, pero se oye un algo que da a entender que no está vacía. Y esos extraños símbolos… no tienen ni pies ni cabeza. Además, tiene un orificio para una llave, pero no tiene la forma tradicional; en su lugar, contiene un agujero con forma de trapecio. James está seguro de no haber visto una llave así en su vida.
Sin embargo, por la tarde algo lo distrae. Concretamente, la visita de Al, que ya parece algo más relajado que cuando James intentó hablar con él en el Ministerio. Su hermano lo saluda sonriente y se sienta en el salón.
—Bueno, ¿qué?—inquiere James, al ver que Albus no parece estar por la labor de hablar con él.
—Pues…—un intenso rubor cubre las mejillas de su hermano—. Ya te lo conté. Naira me ha engañado con una tía.
James se muerde la lengua. Sabe que Al está sufriendo y lo siente por él, pero no puede evitar encontrar el asunto en sí tremendamente divertido. Es como si ahora él dejase a Elijah por una mujer. Algo que no tiene ni pies ni cabeza.
—¿Y qué vas a hacer?
Albus suspira.
—No lo sé, James—admite—. He hablado con Rose y dice que la deje, que es una zorra y que si lo ha hecho una vez lo hará dos y tres… pero también he hablado con Scor. Y él dice que quizá lo haya hecho simplemente por probar, y que todo acabará volviendo a la normalidad…
—Típico de Malfoy—murmura James, que sabe lo extremadamente liberal que es el novio de su hermana pequeña. Observa a Al, que parece abatido—. ¿Y tú? ¿Qué dices?
—Que la quiero—el menor enrojece de nuevo—. Y quiero estar con ella, pero si Naira prefiere a una tía… no quiero impedírselo.
James se muerde el labio.
—Yo creo que deberías dejarla. Hay más gente en el mundo, Al.
Su hermano agacha la cabeza. Entonces James deja de pensar en la difícil situación en que se encuentra la relación entre Albus y Naira, y su mente vuela hacia Helsinki. ¿Cómo se lo estará pasando Elijah? Probablemente esté arrastrándose por los pasillos como un alma en pena, contando los días que le faltan para volver a casa. James se da cuenta entonces de que aún no le ha escrito y se siente mal.
Albus no tarda mucho en irse, porque está un poco deprimido a causa del fallo aparentemente garrafal que cometió en su trabajo y del estancamiento (por llamarlo de alguna manera) de su relación con Naira Smith.
James se sienta en una silla de la cocina, con una pluma en una mano y un pergamino en la otra. Tras unos segundos, empieza a redactar su carta. Intenta no dar demasiados detalles que puedan hacer que Elijah añore más Inglaterra.
Una media hora más tarde, el joven observa el resultado. Ha tachado más de la mitad de lo escrito de primeras, todo con el objetivo de que su novio no se sienta mal, pero finalmente le parece que está bien. Coge otro pergamino y empieza a pasar la carta a limpio.
Sin embargo, a mitad recuerda algo. Deja la pluma y el pergamino y se acerca a la estantería.
Esa caja negra tiene una extraña capacidad de atracción. James no ha logrado sacársela de la cabeza desde que la descubriera. La examina de nuevo, observando las extrañas letras. Juraría que ha visto algo parecido en alguna ocasión. Quizá en alguno de esos enormes libros de Elijah sobre pociones curativas antiguas.
El problema es que James tiene totalmente vetado el acceso a dicho material desde que quemase la mitad de la biblioteca de su novio un día que la cocina se le fue de las manos. Se propone pedirle a Elijah que le eche una mano a descifrar lo que pone ahí cuando vuelva. Luego recuerda que para eso aún faltan ocho días y suspira con tristeza.
—Una fiesta—repite Elijah, atónito.
—Sí, Anderson, un evento en el que habrá comida, bebida y música.
—Sé lo que es una fiesta—replica el joven—. No voy a ir.
—Vas a ir. Te han mandado a Finlandia y vas a hacer acto de presencia en todos los lugares en los que has de hacerlo.
Elijah observa alejarse a Ainhoa Preston, su marimandona compañera de trabajo. Es, sin duda, la que lleva la voz cantante en lo que a la representación de San Mungo se refiere. Elijah y Ken Albers se limitan a hacer lo que ella dice y procurar no contradecirla más de lo estrictamente necesario.
—Esto va a ser gracioso—comenta Ken—. A ver qué tal le sienta que le echen el ponche por la cabeza.
Elijah lo mira sorprendido.
—No serías capaz.
—Ella jamás sabrá que he sido yo—replica su compañero—. Estará oscuro y no se nos verán las caras. En fin… vendrás, ¿no? A no ser que no sientas aprecio por tus ojos.
Elijah suspira. Lo cierto es que supone que un par de copas le ayudarán a olvidar que aún le faltan cinco días para volver a Inglaterra, pero por otro lado no le apetece encontrarse a Stuart. Ha estado evitándolo desde que lo besó, como una quinceañera inmadura. Pero tampoco se le ocurre qué decirle. En realidad, está convencido de que lo único que lograría sería balbucear que es imposible que ellos puedan tener algo, porque él está a las mil maravillas con James.
—Supongo—responde, encogiéndose de hombros.
Unas horas más tarde, Elijah casi ha logrado olvidarse de la nostalgia. Al menos, a grandes rasgos. Sin embargo, se ha instalado en su interior una ridícula ensoñación en la que James aparece en mitad de la fiesta, le suelta un gruñido a Stuart –que lleva toda la noche lo más alejado posible de él–, lo abraza y lo saca de esa fiesta. Y el alcohol no ayuda precisamente a que el joven ponga los pies en la tierra.
—Hola.
Elijah da un respingo al oír a Stuart. Se gira hacia él con los ojos entornados, buscando algo que decirle. Algo cortante, para que se dé cuenta de que no quiere nada con él, pero a la vez amable, porque tampoco quiere que nadie se enfade con él precisamente ahora que el whisky de fuego empieza a ayudarle a flotar unos centímetros. O ésa es la impresión que tiene.
—Hola—dice finalmente—. ¿Qué quieres?
—Siento lo del otro día—se disculpa Stuart—. No quería hacerte sentir culpable ni nada de eso… Sólo fue un impulso.
—Ya—una vocecita en el interior de Elijah le dice que no debería pedir otra copa, pero antes que el joven medite las palabras de su conciencia ya tiene el recipiente relleno de whisky de fuego—. Tampoco pasa nada—mentira, la culpabilidad lo está ahogando—. Pero estoy con James.
Stuart entorna los ojos y lo observa beberse todo el líquido.
—Claro. ¿Otra copa?
Elijah puede jurar que intenta negar con la cabeza. De verdad que sí. Pero por alguna razón su cuerpo hoy no está muy por la labor de obedecerle. Y Stuart parece demasiado servicial, y unos segundos más tarde le pone otra copa en las manos.
Mientras siguen hablando, Elijah continúa emborrachándose casi sin darse cuenta, y la culpabilidad se va a otro lado, quizá de paseo con la idea de que no está bien y que mañana tendrá una no muy agradable resaca.
James despierta temblando y con la sensación de que está a punto de ahogarse.
Aspira aire a bocanadas y mira alrededor, temeroso, hasta que reconoce su habitación. Observa el lado de la cama correspondiente a Elijah, y pese a que lo echa de menos, hace que comprenda que nadie puede hacerle daño.
Ha tenido un sueño francamente extraño. Y aterrador. En él, se veía a sí mismo tumbado en el suelo, aparentemente muerto, mientras, a su lado, su hermano Albus lo llamaba, pero no podía alcanzarlo, ya que estaba maniatado. Luego oía a alguien que se acercaba, y le daba una patada a Al. Y justo después ha aparecido un rostro horroroso, que en la imaginación de James, pese a no haberlo visto nunca, siempre ha sido el del mago al que su padre derrotó con diecisiete años.
Respira hondo. Está convencido de que el motivo de esas pesadillas no es otro que la caja que se encontró hace unos días; ha tenido otros sueños extraños desde entonces. Se pregunta por enésima vez qué habrá en su interior.
Como no puede quedarse quieto, James se levanta y se dirige hacia el salón; coge la caja y le da vueltas entre los dedos. Entonces recuerda una historia que le contó su tía Hermione, sobre una tal Pandora, una mujer que, según la mitología griega, abrió una caja que le habían regalado los dioses y extendió muchos males por el mundo. Se pregunta si ese objeto tendrá algo que ver, y siente un extraño desasosiego al darse cuenta de que no sería extraño; los muggles dan por ficticios muchos objetos del mundo mágico, que por alguna razón u otra pasaron un tiempo en sus curiosas manos.
Asustado sin motivo aparente, James deja la caja en la estantería y la observa con desconfianza. Entonces decide que, en cuanto Elijah le ayude a descubrir qué diablos contiene, se deshará de ella. Para evitar las pesadillas que lo ahogan. Y porque, pese a que James no es ni por asomo una persona supersticiosa, ese objeto tan negro como la oscuridad le da muy mala espina.
Se siente más tranquilo cuando elige ese camino. Pensando que no puede tener más de un mal sueño en una noche, James vuelve a la cama.
No tarda en comprender que se equivoca. Esa noche, las pesadillas lo acosan y lo aterrorizan tanto como cuando era un niño. Como si la caja desease atormentarlo hasta ponerlo al límite de su resistencia.
Elijah puede jurar que no está en pleno uso de sus facultades. De hecho, apenas si puede dar un paso sin correr el riesgo de caerse. Suerte que Stuart ha tenido el detalle de llevarlo a su habitación. Por un camino poco habitual, pero deben de estar dirigiéndose a su habitación. O eso supone Elijah. Está demasiado borracho como para fijarse en los números de las habitaciones.
Stuart abre una puerta y lo ayuda a entrar. Lo guía hasta la cama, y Elijah se queda tumbado boca arriba, observando el techo. Se siente flotar. Y eso lo alivia y lo angustia al mismo tiempo. Por un lado, siempre le ha gustado volar. Por el otro, tiene la impresión de que lo que está ocurriendo es antinatural. Impresión que se ve reforzada cuando la lámpara del techo deja de ser redonda y pierde cualquier forma que Elijah pueda definir en una palabra.
De todas formas, tampoco tiene mucho tiempo para pensarlo (o intentarlo). El rostro de Stuart tapa el techo. Elijah intenta enfocarlo.
—¿No deberías ir…te? ¿A tu habitación?—por Merlín, su voz es muy graciosa. Y el hecho de que tenga la lengua tan pastosa es terriblemente hilarante. A Elijah se le escapa una risita. Ve que Stuart sonríe también.
—De eso hablaremos luego—responde él. Elijah nota la mano del hombre desabrochando varios botones de su camisa, y algo en su interior le dice que eso está mal.
—No—murmura con esfuerzo—. No… puedes—trata de apartar la mano de Stuart, pero antes de alcanzarlo él ya ha dejado de tocarlo.
—Porque estás con James—Stuart alza una ceja—. Pero si él no se entera…—se inclina sobre él para besarlo. Elijah se queda quieto. No sabe qué responder a eso. Stuart se separa de él—. Vamos. ¿Qué tiene él que no tenga yo?
—Tú no eres James—Elijah se siente orgulloso cuando logra que las palabras no se traben en su lengua.
—¿Y? Si cierras los ojos es lo mismo—Elijah intenta entornar los ojos, porque eso ha hecho que se enfade. No es lo mismo. Stuart no es James y…—. Venga, sólo pruébalo—escucha en su oído.
Elijah parpadea varias veces, y luego obedece. Cierra los ojos. Quizá porque está cansado. Quizá para dejar de oír a Stuart. Quizá para ver si lo que dice es cierto.
Sea lo que sea, el hombre se lo toma como una muestra de consentimiento. Elijah nota los labios de Stuart sobre los suyos, y luego sus manos recorriendo su cuerpo y haciendo de todo. Y tiene claro que, pese a que no está viéndolo, no es James.
Pero se parece. En cierto modo. O algo así.
Elijah abandona su propósito de elaborar razonamientos mínimamente complejos. Su cerebro saturado de alcohol sólo alcanza a comprender el principio de acción-reacción. Los besos y las caricias son agradables. Sean de quien sean. Obviamente, son más agradables si provienen de James, pero lo que está haciendo ahora Stuart hace que Elijah se sienta confundido a ese respecto.
Mientras se deja hacer, porque no tiene ni fuerzas ni ganas de poner algo de su parte, Elijah logra introducir algo que destroza su simplificada teoría sobre el funcionamiento de su cuerpo.
Stuart no es James. James está esperándolo en Inglaterra, completamente ajeno a la traición que está sufriendo.
Pero la culpabilidad llega demasiado tarde. Justo después del placer.
Notas de la autora: Chanchán. He de decir que estoy orgullosa de este capítulo. Pero requete-orgullosa.
Sé que lo he dicho en más de una ocasión, pero es sumamente frustrante que la gente te añada a favoritos sin dejar un review. Porque sí, puedo suponer que os ha gustado, pero de la otra forma sé que os ha gustado, y además por qué.
