¡Hola!

Gracias a damcastillo, CallMeStrange, I'mCruelAndPretty y Julietaa por los reviews del capítulo anterior.


Capítulo 6: Resacas y confesiones

Dejar salir tus fantasmas
que amargan besos y dan,
a cambio de tus silencios,
acopio de ansiedad.
Mutilada paz
Mägo de Oz-El poema de la lluvia triste

Elijah ha sufrido resaca muchas veces. Cada vez que se junta con sus amigos y juega al "Yo nunca", al psicólogo o a todos esos juegos que en realidad sólo son excusas para emborracharse.

Pero está seguro de que jamás ninguna ha sido tan mala como ahora.

Aún no ha abierto los ojos y ya quiere morirse. Anoche debió de beber muchísimo, aunque no lo recuerda. Ni quiere intentarlo, porque la cabeza le pincha cada vez que hace un esfuerzo por pensar algo con un mínimo de complejidad.

Estira la mano hacia su derecha y encuentra otra. La estrecha, sonriendo. O al menos sonríe hasta que se da cuenta de que la mano de James es más áspera que eso.

Aterrado por lo que pueda encontrar, Elijah abre los ojos.

En el otro lado de la cama, Stuart Wright duerme plácidamente, roncando con suavidad y con la boca abierta. Elijah no tiene que devanarse mucho los sesos para encontrar una explicación lógica a ese hecho y articularlo con su desnudez y su dolor de cabeza.

—Ay, no. Ay, no, no, no, no—murmura. Stuart se remueve, se frota los ojos y lo mira con sueño.

—Buenos días—lo saluda con calma.

—¿Qué pasó anoche?—Elijah intenta hacer uso de su imaginación para buscar un razonamiento que explique la situación en la que está y que no implique que él se haya acostado con Stuart.

El hombre arquea las cejas.

—Bueno, no es demasiado complicado, ¿sabes? Anoche te bebiste hasta el agua de los floreros, y yo, caballeroso y amable, me ofrecí a traerte aquí, y…

—¿Y? ¿Se puede saber qué hiciste?—Elijah casi está deseando que Stuart le confiese que anoche preparó un rito satánico en la habitación. Cualquier cosa menos…

—Eh, eh, eh. No te pongas melodramático, que no te quejaste en ningún momento.

Elijah entierra la cara en la almohada. No puede ser. Él no puede haberse acostado con Stuart. Pero todo apunta a que lo ha hecho. Oh, por Merlín, ¿cómo ha podido hacerle eso a James? Porque su novio podrá ser un cabeza hueca, pero jamás le haría algo así.

—Vete de mi habitación—ordena a Stuart. Su voz suena amortiguada por la almohada.

—Técnicamente, tú estás en la mía—aclara él. Elijah bufa y se sienta en la cama—. Tu ropa está ahí—agrega, señalando un montón de prendas arrugadas que se han quedado en el suelo, junto a los pies de la cama.

Sin decir nada, Elijah se viste y sale de la habitación. Menos mal que es domingo y no tiene ninguna reunión. Porque le duele la cabeza, le cuesta caminar y quiere morirse. Y porque ha traicionado a James.

Oh, Merlín. ¿Y ahora qué va a hacer? Porque Elijah sabe que no es capaz de mentirle a su novio, pero tampoco tiene el menor deseo de que James se entere, porque se cabreará con él, y con toda la razón del mundo… Quizá simplemente deba hacer como si nada. Quien no habla, no miente. Y callarse algo no es decir mentiras, es omitir información. Elijah está convencido de que es capaz de hacer eso, si realmente se lo propone.

Sin embargo, cuando entra en la habitación descubre a una lechuza posada en el escritorio, ululando con suavidad. Elijah se acerca al ave y desata el pergamino que lleva atado a la pata, y lo desdobla para leerlo:

Querido Elijah:

Se supone que debería haberte escrito antes, ya lo sé, pero cada vez que no tenía nada que hacer se me olvidaba hacerlo, y me acordaba cuando estaba liado… El caso es que ya me he acordado.

Bueno, yo sólo espero que no estés yendo por ahí como un alma en pena, arrastrándote por el suelo y esas cosas. No te vas a quedar ahí para siempre, cabeza hueca. Y ya queda poco para que vuelvas y celebremos la dichosa cena, que se está resistiendo.

Por cierto, ¿sabes qué? Eleonora dio a luz el otro día. Los dos bebés son bastante monos, aunque Fred no deja que nadie los tenga durante mucho rato en brazos. Parece hasta responsable (sí, Fred y responsable en la misma frase y sin un "no" de por medio).

Espero que estés bien. Yo también, aunque la casa está muy aburrida sin ti. Pero ya queda menos…

Un abrazo muy fuerte (que sé que te hace falta),

James

Elijah entierra la cara entre las manos al terminar de leer la carta, sintiéndose peor que nunca y convencido de que merece tres veces más dolor de cabeza que el que ya está sintiendo. Merlín, James no se merece lo que le hizo anoche.


El día que, por fin, Elijah vuelve de Finlandia, James está de muy mal humor. Lleva una semana teniendo pesadillas y la calidad de su sueño ha sido más bien pobre. El joven detesta la caja negra, que, está convencido, es el motivo de que no haya tenido ni una sola noche de paz.

Se levanta, aún temblando después de haber visto a su madre desangrándose en el suelo y escuchado sus gritos, y prepara el desayuno más dormido que despierto. No es hasta que lleva medio vaso de leche bebido que se da cuenta de que le ha echado sal en lugar de azúcar. James suelta un gruñido y aparta su desayuno; no tiene apetito.

Pensar que Elijah va a volver por la tarde lo anima un poco. Tras lavarse la cara e intentar peinarse (como siempre, sin éxito alguno), James decide ir a ver a Al, que hoy tiene el día libre. Sólo para averiguar cómo le va con su novia-con-dudosas-preferencias-sexuales. De modo que se desaparece hacia la casa de su hermano.

Al no va a abrir. Extrañado, James llama de nuevo.

Pero su hermano sigue sin salir. Es raro, porque no es tan temprano como para que esté dormido; y, además, Al tiene el sueño muy ligero.

Después de casi diez minutos y ya empezando a preocuparse, James abre la puerta de la casa de su hermano con un movimiento de su varita y entra en la casa.

Encuentra a Albus sentado en el sofá, con las piernas cruzadas, observando al infinito. Tiene los ojos verdes ausentes y es obvio que no ha pegado ojo en toda la noche. Su hermano no da la menor señal de haberlo oído.

—Eh… Hola, Al.

Albus gira un poco la cabeza y lo mira como si acabara de darse cuenta de que está ahí.

—Ah, hola, James—responde con un hilo de voz. El mayor se sienta en el sofá y observa a su hermano con preocupación, preguntándose qué diablos le puede haber ocurrido para que esté tan afectado. Sin embargo, Al responde a la pregunta antes de que James pueda formularla—. Rompí con Naira anoche.

—Oh—ahora todo parece mucho más lógico. James se muerde el labio; su hermano parece realmente conmocionado—. ¿Qué pasó?

—Ella estaba besando a una chica—explica Al, en el mismo tono monocorde y ausente—. Aquí, en la casa. Cuando vio que había llegado, me dijo que se había dado cuenta de que no era lo mismo con ella que conmigo… así que rompí con ella.

James le revuelve el pelo a su hermano, desordenándolo más de lo que ya está de serie. En ese aspecto, los dos son muy parecidos a su padre: ninguno de los tres es capaz de peinarse correctamente.

—Piensa que ahora estarás mejor—intenta animarlo—. Y hay muchas tías en el mundo, y… y si no, siempre puedes cambiarte de acera.

Albus abandona por primera vez su expresión ausente al oír a su hermano.

—James, no intentes llevarnos a todos a tu terreno—dice con cierta burla. Baja la vista y observa el suelo—. No es agradable—le asegura.

El mayor suspira.

—Lo…—entonces cae en la cuenta de que no tiene la menor idea de lo que significa romper con alguien a quien se quiere. Y decide que no le gustaría averiguarlo—. Lo supongo.

—En fin—Albus vuelve a mirarlo—. Elijah volvía hoy de Finlandia, ¿no?

James asiente, y el comentario de su hermano hace que recuerde lo que él se propuso anoche, poco antes de dormirse y pasar la noche atormentado y aterrado por las pesadillas. Además de preguntarle a Elijah por esa condenada caja (Merlín, qué ganas tiene de deshacerse de ella de una puñetera vez), ha pensado en aprovechar que su novio ha vuelto del extranjero para hacer la cena que tanto han aplazado. Que ya va siendo hora.

De modo que, después de abrazar a su hermano –porque Al tiene toda la pinta de estar pasándolo fatal–, prepararle el desayuno –por una vez y sin que sirva de precedente, porque Merlín, pobrecito–, asegurarse de que se lo coma y sugerirle que salga por ahí, conozca a alguien y se olvide de Naira, James vuelve al piso y se entretiene en preparar la cena de su novio con toda su ilusión. Incluso se olvida de la caja negra.


Elijah no está de muy buen humor cuando vuelve a Inglaterra. La maleta se le ha roto y ha tenido que hacer una chapuza para poder cerrarla, se le han perdido unos calcetines en la inmensidad de la habitación del hotel y para colmo unos problemas diplomáticos han hecho que el traslador se retrasase casi tres horas.

En cuanto toca el suelo de San Mungo con los pies, piensa en ir a casa, pero luego recuerda el otro motivo por el cual está malhumorado; pese a que lo ha echado muchísimo de menos, ahora tiene miedo de no ser capaz de disimular lo que ha hecho cuando vea a James. Suspira y, tras unos minutos, decide ir a ver a Annie, que se tomó fatal que tuviera que ir a Helsinki y se enfadó con él antes de que se fuera. Elijah no quiere que la pequeña lo odie, más que nada porque le quedan varios meses de rehabilitación y sería muy incómodo.

Se acerca a la habitación de la niña. La encuentra mirando por la ventana con expresión ausente, pero Annie gira la cabeza cuando lo oye.

—Hola—lo saluda de mala gana. Es obvio que no se le ha pasado el enfado. Por Merlín, qué rencorosos son los niños.

—Hola, Annie. ¿Qué tal estos días?

—La mujer que estuvo conmigo es muy antipática—le asegura ella—. No conmigo, pero siempre está hablando mal a todos. Y ayer cuando le pregunté si podía llamar a mis padres se fue y no volvió. Es idiota.

Elijah sonríe y se pregunta cómo se tomará Helen eso.

—¿Y tú qué tal? ¿Has progresado?

—Sí, mira—Annie flexiona los codos –algo que ya podía hacer antes de que Elijah se fuera–, pero también gira las muñecas. Elijah ha de reconocer el mérito de Helen—. Pero los dedos me duelen cuando me los mueven.

—Eso es porque no los tienes acostumbrados a moverse—replica Elijah—. Hasta que te acostumbres, te dolerán. Mañana nos pondremos con eso, ¿vale?—la niña asiente, sonriendo, y Elijah comprende que ya lo ha perdonado.

Cuando ya está oscureciendo, se despide de Annie y vuelve a su consulta, sabiendo que no puede atrasar más lo inevitable y tratando por todos los medios de mantener su rostro impasible. Coge sus maletas y se desaparece hacia el piso.

Se materializa en el vestíbulo con un estampido. Casi al mismo tiempo escucha pasos en la cocina, y antes de que tenga tiempo para dirigirse hacia ahí James aparece por el pasillo y se abalanza sobre él, casi tirándolo al suelo. Elijah se permite olvidarse del asunto que hace que el remordimiento lo mate por dentro lentamente y le devuelve el abrazo mientras lo besa. James, que parece haber incrementado su fuerza durante los últimos días, lo empuja hasta la pared, y sólo cuando la espalda de Elijah se encuentra con algo que impide al joven retroceder más se separa de él, sonriendo.

—¿Qué tal?—inquiere, con los ojos brillantes.

—Normal—Elijah baja la vista. No se siente capaz de mantenerle la mirada a su novio.

—¿Te pasa algo?—el ex Slytherin niega rápidamente con la cabeza. James sonríe de nuevo—. Podrías haber escrito, ¿sabes?

—Lo intenté—le asegura Elijah—. Pero parecían notas de suicidio; no iba a mandarte eso.

James se ríe.

—De todas formas, he preparado la cena—comenta—. Sí, ésa que llevamos más de un mes intentando hacer—se separa de él y tira de su mano, guiándolo hacia la cocina.

Elijah se siente morir. James se ha pasado el día preparando la cena; quizá lo tenía planeado desde hace varios días, mientras él… Mientras él se emborrachaba y se acostaba con Stuart Wright. Se le revuelve el estómago de puro arrepentimiento al pensarlo.

James entra con él en la cocina y le muestra su obra. A Elijah le parece aún mejor que la que preparó él, aquélla que quedó en nada cuando su novio lo dejó tirado por la fiesta de Whitehorn. Y se da cuenta de que no va a poder ocultarle la verdad a James por mucho tiempo.

Quizá lo mejor, piensa, sea decírselo ahora.

—Oye, James…—empieza, incómodo. El joven lo mira, expectante, pero al ver que no dice nada compone una expresión de preocupación.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta?

Elijah niega con la cabeza.

—No es eso. Es… cuando estaba en Helsinki… hubo una fiesta—supone que es un buen punto de partida.

—Ah, bien. ¿Y?

—Que en esa fiesta… me pasé bebiendo.

James arquea las cejas y, tras unos segundos, lo mira con burla.

—Oye, sé que estás muy apegado a tu madre y que ella te ha dicho que el alcohol es muy malo y tal, pero emborracharse no es un delito, si es que te remuerde la conciencia. No es un crimen, al menos hasta el día siguiente.

—Sí, pero lo que haces de mientras sí puede serlo—replica Elijah, acercándose peligrosamente al asunto que le preocupa. James se cruza de brazos y lo observa—. Pues había… a ver, en las reuniones había gente de muchos hospitales mágicos. Entre ellos, un sanador de Cardiff. Se llama Stuart Wright—inmediatamente, los ojos de James se entornan, brillando con celos. Elijah mira al suelo, porque sabe que como siga observando a su novio no podrá continuar—. La noche de la fiesta me acosté con él—lo dice todo lo rápido que puede, como si así las palabras fuesen a doler menos, y vuelve a alzar la vista.

La expresión de James cambia varias veces en pocos segundos: al principio, frunce el ceño, como si creyera haber oído mal; después sus ojos se abren de par en par, sin dar crédito a lo que acaba de escuchar. Luego abre la boca un poco, como si fuera a decir algo, pero luego la cierra, justo en el momento en que sus ojos castaños dejan de albergar sorpresa y su rostro empieza a mostrar el enfado que bulle en su interior, que no logra ocultar del todo un inmenso dolor.

—¿Y me lo dices así?—contra todo pronóstico, no lo grita, aunque su voz está por encima del volumen habitual—. ¡Vaya, yo pensaba que no te gustaba viajar al extranjero! Dime, ¿tirártelo te ha hecho cambiar de idea?—ahora sí, va levantando la voz con cada palabra que pronuncia.

—James, no me acuerdo de lo que hice, y además…

—¿Qué? ¿Además qué? ¿Y por qué crees que el que no te acuerdes hace que no lo hayas hecho? Te acuerdes o no, te has acostado con otro. ¿Se te ha hecho más llevadero el viaje así? Supongo, ni siquiera te has acordado de…

—¡Sí me he acordado!—lo interrumpe Elijah, enfadándose—. ¡Claro que me he acordado! ¡Pero ni siquiera sabía lo que hacía! ¡Además, Stuart llevaba queriendo algo desde que llegamos allí!

—Claro, y por eso tú, en lugar de alejarte de él como cualquier persona normal, le seguiste el rollo y te lo tiraste, ¿no?—replica James, mordaz.

—Yo me…—Elijah aprieta las mandíbulas, buscando algo para excusar lo que no tiene excusa—. ¡Venga ya!—resopla—. ¡Llevo años teniendo que aguantar cómo te diviertes coqueteando con las tías sólo porque te parece entretenido!

—¡No jodas!—exclama James, cabreado. Elijah sabe que no ha debido sacar ese asunto a colación, pero no quiere seguir siendo él el que tenga que defenderse de las acusaciones—. ¡Sabes que no me tiraría a ninguna de ellas!

—¿Y qué? Sigues tonteando con las chicas. Hasta cuando yo estoy delante. Así que no tienes tanto derecho a protestar.

Por un momento, Elijah tiene la impresión de que James va a ahogarse cuando oye sus palabras. Sin embargo, después de varios segundos, el ex Gryffindor respira hondo y habla:

—Largo—lo dice en voz baja, dolida, y a Elijah le duele también. Sin embargo, no da crédito a sus oídos.

—¿Cómo?

—Largo—repite James—. Fuera. Que te vayas de aquí. Ven mañana o cuando te dé la jodida gana a recoger tus cosas, pero ahora vete. Ya sabes dónde está la puerta.

Elijah va a protestar, pero se encuentra con que no tiene voz. No puede creerse que James lo esté echando. Pero lo peor es que está rompiendo con él. Diez años de relación han terminado por un viaje a Helsinki y una borrachera.

Se da la vuelta y sale del piso, dando un portazo. Ya es de noche y no hay luna, pero a Elijah no le importa. Camina sin rumbo fijo durante casi dos horas, deseando no pensar en nada, o volver atrás en el tiempo y no cometer el error que ahora lo tiene en esa situación, pero sabe que ya es imposible.

Cuando se encuentra en Piccadilly, decide que tiene que dormir en algún lado. Tras unos segundos, echa a andar hacia la casa que su madre comparte con Thomas; es el único lugar al que se le ocurre ir. Se dice que mañana buscará un piso para no molestar a su familia, pero a las once de la noche no hay mucho donde mirar.

Su madre lo abraza con fuerza; ella también lo ha echado de menos. Elijah ve en su rostro que va a preguntar algo, pero el brillo en los ojos de él hace que cambie de idea.

—Mamá, ¿te importa que me quede aquí esta noche?

—Claro que no—Emilia Barrow le da un beso en la mejilla—. Tu dormitorio sigue donde estaba antes; no hemos tocado nada.

Elijah sube hasta su antigua habitación, ignorando el intento de broma de su padrastro, y cierra la puerta cuando está dentro. Sin encender la luz siquiera, se acerca a la cama y se deja caer en ella.

Se queda dormido enseguida. No tiene ninguna pesadilla, pero casi lo preferiría. Porque soñar con James, con lo que ha perdido por su estupidez, es una tortura peor que asesinos que se acercan por la noche y monstruos de ojos grises que atacan en la oscuridad.


Notas de la autora: Ejem. Sí. Pues... Ha pasado lo que algunos ya sabíais. No ha sido divertido de escribir. Es como si a mí también me acabase de dejar mi novio (y eso que no tengo).

¿Reviews?